martes, 2 de diciembre de 2008

Página ocho: un cuarto propio

Mi muy apreciado y paciente lector:

De nuevo estoy aquí, frente a mi álbum, tratando de añadir una página más que con gusto ofrezco a tu consideración. Que me disculpe la señora Wolf por utilizar como título el que ella misma concibió para su famoso ensayo que versaba sobre el quehacer literario y el mundo femenino. Pues bien, aquí estoy yo, tratando de hacer algo semejante, aunque no igual. Te lo aclaro para que no concibas falsas esperanzas sobre mi capacidad como escritora que, si bien no es reducida, tampoco es extraordinaria y mucho menos digna de ver impresas sus palabras. No, no es falsa modestia; ¡es una realidad palpable” No escribo mal, lo reconozco. Tengo recursos y oficio, no lo niego; pero aun no poseo ese toque que hace único al estilo personal del autor, sea éste el que sea, y que nos distingue del resto de los seres humanos que se empeñan por transitar el camino no siempre fácil de la comunicación escrita. Sin embargo, me gusta escribir. Me gusta ir desvelando los secretos de mi interior para convertirlos en frases y, a través de las palabras, en vida.

Si, me gusta escribir y por eso intentaré un ejercicio que aparece en un libro titulado: “Secretos, leyendas y susurros. Rituales para mujeres que se atreven a apropiarse de la escritura” escrito por Amparo Espinosa Rugancia y Ethel Kolteniuk Krauze. Pero antes, permíteme lector mío que te de una breve introducción al contenido de sus páginas. Escrito de una manera mágica, y por lo tanto muy atractiva para excitar ese motor ineludible de la creación en la que participa la fantasía, las autoras parten de una leyenda prehispánica que se refiere a una princesa llamada Ameyhale quien engañó al Dios del Viento para que le diera el don de la palabra escrita que estaba prohibido a las mujeres. Así se creo la “Hermandad de las Talladoras de Palabras”, hermandad femenina cuya finalidad es la de rescatar y publicar esa historia silente que ha sido y es la historia de nuestro género a través del tiempo. El instrumento de esta hermandad, es la escritura, por supuesto; así que sus hermanas mayores, las Serenas –en este caso representadas por las autoras de este libro-, se vuelven guías de aquellas que, como yo, aspiramos a desentrañar y desvelar los secretos ocultos de nuestro laberinto personal. La Serena Amparo escribe:

“Escribo para descubrirme, para saber quien soy.

Escribo para darle voy a mi inconformidad.

Escribo para mirar mis huellas.

Escribo para exorcizar mis dolores.

Escribo para descifrar mis desamores, para revivirlos, para eternizarlos.

Escribo para nombrar mis pasiones.

Escribo para tocar a Dios.

Escribo para curar mi alma.

Escribo para rescatar mi humanidad.

Escribo en búsqueda de sentido.

Escribo para seguir viviendo.

Escribo porque la escritura es mía, me pertenece.

Escribo porque me aterra morir inédita.

Escribo para conectarme con mi esencia.

Escribo para trascender mi narcisismo.

Escribo para hermanarme con otros.

Escribo porque me da placer.

Escribo, luego existo.”

Y añade después de esta profesión de fe en su sino de escritora irreductible:

“Escribir significa para las mujeres, un acto trasgresor, un acto de rebeldía que nunca queda impune.

Cuando escribo, les arrebato la escritura a los dioses (..)

Cuando escribo, también recae sobre mí la Maldición Desesperada”.

Y es aquí, en capitulo dedicado al primer secreto de las Serenas: “La aventura del robo”, en donde aparece el primer ejercicio de escritura que me dispongo llevar a cabo en unos cuantos renglones sobre la blanca hoja de mi álbum. En este ejercicio se me pide que describa tres espacios que yo considere propios, tres espacios en donde yo me sienta cómoda, ¡donde yo sea yo, vamos! Uno de ellos, el primero sin duda, mi ónfalo existencial aquí en México, es el Castillo de Chapultepec. Un lugar del cual he hablado y he escrito hasta cansarme sin percibir aun que lo haya dicho todo. Es un lugar en donde mi yo se vuelve intemporal, un lugar para convivir con mis sueños y para olvidarme que el aquí y el ahora me reclaman detrás de sus rejas verdes. Soy feliz en las terrazas del Castillo de Chapultepec. ¡Es mi espacio!, ¡mi sitio!, ¡mi lugar por antonomasia! Un espacio que siempre está atestado de visitantes a los que ignoro para poder disfrutar mejor esas visitas furtivas en horarios inverosímiles –preferentemente antes de que lo cierren por la tarde-. Cada vez que necesito sentirme viva, voy al Castillo, subo su rampa y me interno en ese patio exterior para iniciar un recorrido que ya se me de memoria, pero que me sigue fascinando porque es como el hilo conductor de mis sueños, de mis conversaciones interiores con los “habitantes” imperceptibles de ese espacio. Me sé de memoria lo que se exhibe, donde están las joyas, al ropa, los abanicos, los muebles, los retratos, los espejos en los que me gusta reflejarme, los carruajes… Me gusta soñar con el tiempo ido y con los fragmentos de mi propia historia que están engarzados en ese lugar. Las escaleras por las que alguna vez subí hasta alcanzar las rejas de la entrada al Castillo, el recinto del Audiorama en donde le escuché cantar a un coro austriaco el “Danubio Azul” de Johann Strauss y que le fue dedicado en aquella ocasión al mismísimo Maximiliano provocándome una extraña sensación de absoluta y feliz sincronicidad… Creo que hay mucho de mí sobre el Cerro del Chapulín.

Discúlpame, lector querido, si me engolosino hablando de ese espacio que es sin duda, ¡mi espacio! por antonomasia. Pero me doy cuenta que estoy ya a punto de concluir esta nueva página de mi álbum antes de que pueda hablar de otro espacio que es, sin duda ninguna, mi pequeño Chapultepec físico: mi cuarto. Un lugar de 12 metros cuadrados en donde se encuentra reunido todo mi mundo exterior. En el él duermo, escribo, veo la televisión, oigo mi música y, por supuesto, tecleo en mi computadora. En él tengo el retrato enmarcado de un hombre al que nunca podré conocer porque murió casi 100 antes de que yo naciera. Un hombre que fue fugazmente, él sí, propietario del Castillo sobre el Cerro del Chapulín y con el que me gusta platicar en el interior de mi imaginación dándole una voz y un movimiento que nunca tendré la oportunidad de constatar que fueron suyos. Un hombre que es, hoy por hoy, el centro de mi vida y de mis fantasías, no todas confesables, lo reconozco. Un hombre al que conocí en el tránsito de mi adolescencia y a quien he regresado una y otra vez después de largos periodos de ausencia. Tal vez no fue el mejor hombre del mundo; pero, para mí es toda una inspiración porque en él me reconozco y me encuentro. Probablemente hubiéramos sido una pareja desastrosa de habernos encontrado en el mismo tiempo y el mismo lugar, pero mi fantasía siempre ha hecho tolerable nuestra relación absolutamente platónica.

Creo que en otra ocasión hablaré en estas páginas de a que dedico mi tiempo y que aspiro hacer con él. Por hoy, ha sido todo, lector mío. Solo me queda despedirme hasta la próxima vez en que nos encontremos.