miércoles, 11 de marzo de 2015

Página cuarenta y dos: El Ministerio del Tiempo

     
     Mi muy querido y recordado lector:

    El día de hoy te traigo un tema que tal vez, para tu sapiente intelecto, juzgues de banal y ligero pero que, aun así, me gustaría mucho poner ante tus ojos como una espacie de golosina. Hoy voy a hablarte de El Ministerio del Tiempo, serie de ficción que apenas comienza su andadura en la cadena 1 de Radio Televisión Española. Me atrajo el título porque no te puedo negar, lector mío, que desde que tengo memoria me ha fascinado elucubrar sobre la posibilidad de viajar en el tiempo para así conocer, aunque fuera  a la distancia o en calidad de ectoplasma, tanto a las personas, como a los lugares en diferentes épocas que desde siempre me han resultado atractivos. El viejo sueño del historiador de poder ser testigo directo de los acontecimientos que estudia, por eso, en cuanto supe que se iba estrenar la serie que te menciono, decidí echar mano de la tecnología para así poder disfrutar esta producción que me causaba tanta curiosidad desde el planteamiento de su trama. Y te voy a confesar que, visto lo que se está haciendo en materia de series de ficción y fantasía en otras partes del planeta, no me sentía muy segura de iniciar la aventura con la desconfianza metida en el cuerpo. Pero, ¡oh sorpresa!, sin ser todo lo que nos tratan de convencer que es, El Ministerio del Tiempo, hasta este justo momento en el que ya se han retrasmitido tres programas de la serie, revivió en mí recuerdos de mi adolescencia en Madrid cargados de deseos imposibles que se resumen en ese viajar por el tiempo para conocer los hechos de la Historia de primera mano. De repente, me veo emocionada frente a la pantalla de mi computadora portátil siguiendo las aventuras de Alonso, Amelia y Julián como si yo volviera a tener catorce o quince años. No, no es una producción perfecta, estoy de acuerdo pero es un maravilloso intento por utilizar a la Historia como vehículo narrativo y enfrentarnos así a un pasado visto desde el presente, un pasado que tiene la clave del por qué el hoy es como es. Me gustó la premisa de que los protagonistas tengan que evitar que la Historia cambie. Finalmente es una premisa clásica en las series que han tratado el tema desde el famoso e inolvidable Túnel del tiempo de la década de 1960. También me gustó ver esa simbólica escalera de caracol cuya espiral nos remite, de manera inevitable, al concepto de evolución y desarrollo que tiene que ver con el discurso histórico. Por supuesto, se substituye la máquina, indispensable desde que H. G. Wells la creará, por las innumerables puertas que llevan a los diferentes tiempos. Tal vez sea rizar el rizo si comento que a mí me pareció la idea de las puertas una clara alusión a los agujeros de gusano que los fisicos actuales conciben como manera, aun no demostrada pero si propuesta como hipótesis, para comunicar lugares distantes del universo, así como planos diferentes que podrían alterar la continuidad del espacio-tiempo tal y como la concebimos en y desde nuestro planeta. El Ministerio del Tiempo parte pues de esa premisa para desarrollar una narración en donde la ficción y la realidad se entremezclan creando una trama verosímil y entretenida. Si, para mí fue una agradable sorpresa que pienso disfrutar todo lo que Radio y Televisión Española me deje ya que, por lo que he leído, tal vez su poco "raiting" no la anime a realizar una segunda temporada. En lo particular, este programa ha sabido captar mi atención con la ligereza de sus diálogos que manifiestan una nada velada crítica a la situación actual que se vive en España mientras trata con humor a personalidades del mundo de la cultura de tiempos pasados convertidos por la historia oficial en personajes intocables que, sin embargo, aquí se transforman al proporcionarles un guiño casi caricaturesco que los humaniza. Si, la serie es divertida y didáctica al mismo tiempo pues, sin mucho rascarle, la España actual se ve, frente a frente con su pasado y, de ese encuentro inevitable, surge el chiste que aligera la trama. No, no trato de convencerte, caro lector mío, de que se trata de un producto absolutamente necesario para comprender los "intringulis" históricos de una nación tan compleja como es España, pero si es un digno intento de presentarla imbuida de un espíritu ligero propio del melodrama de nuestros tiempos. Ojalá la teleaudiencia española, que es la que cuenta para ese "raiting" necesario, le de la oportunidad a esta serie para que sobreviva las suficientes temporadas como para que nos siga sorprendiendo como hasta ahora lo ha hecho. 

Espero que la lectura de esta página te haya resultado agradable y me despido por hoy con la promesa de un pronto reencuentro.

viernes, 6 de marzo de 2015

Página cuarenta y uno: Dos parejas imperiales. Una comparativa


  Mi muy estimado y presente lector:

   Decidí regresar frente a tus ojos con la comparativa de dos fotografías que nos muestran a dos parejas imperiales en una pose casi idéntica que, sin embargo, nos dejan ver la notoria diferencia que existía entre ambas. No solo por la edad de los retratados, sino además por la importancia de ambas parejas dentro del mundo europeo de mediados del siglo XIX.  La primera es la pareja conformada por Carlos Luis Napoleón Bonaparte, el autoproclamado heredero del Gran Corso, y su esposa Eugenia de Montijo, una aristocrata española muy afecta al legado napoleónico. La otra pareja está conformada por el hermano del emperador de Austria, Fernando Maximiliano, y la hija del rey de Bélgica, Carlota Amalia. Las circunsatancias relacionaron estrechamente, y de una forma por demás trágica, a ambas parejas teniendo como telón de fondo la invasión militar que realizó Francia en suelo mexicano con la intención de crear un imperio latino en México que contuviera el avance de los Estados Unidos sobre lo que Napoleón III proclamó como "América Latina" y que abarcaba, territorialmente, a toda la América española de los siglos precedentes.

     Carlos Luis Napoleón nació el 20 de abril de 1808 siendo hijo de Luis Bonaparte, hermano de Napoleón el Grande y de Hortensia Beauharnais, hija del primer matrimonio de María Josefa Rosa Tascher de la Pagerie, quien llegaría ser la emperatriz Josefina. Eugenia de Montijo, hija de un aristócrata andaluz, conde Teba y grande de España y de la hija de un rico comerciante escocés afincado en Granada de apellido Kirpatrick, nació el 5 de mayo de 1826 el mismo día que se recordaba  el primer lustro de la muerte de Napoleón I en su destierro de la isla de Elba. Que estos dos se encontrarán, solo fue cuestión de tiempo ya que, si creemos en la famosa anécdota en la que a Eugenia una gitana le prometió que llegaría ser más que reina, además de la educación "napoleónica" que le había proporcionado su madre y el empeño que finalmente ésta última puso para que su primogénita llegara a emparentarse con la citada familia, dio por resultado que, sin una verdadera y auténtica historia de amor de por medio -aunque si un irrefrenable deseo por parte de Luis Napoleón por llevarse a la cama a la señorita de Montijo, decimosexta condesa de Teba-, Eugenia y el recién proclamado emperador de los franceses contrajeran matrimonio el 30 de enero de 1853. Podemos decir que, a pesar de lo desigual de sus respectivos orígenes y otros detalles de la vida matrimonial que trascendieron en su momento, Eugenia y Napoleón estaban bien avenidos puesto que participaban en un proyecto en común que recibía el nombre de Segundo Imperio Francés. No, Eugenia no se casó enamorada, como tampoco lo hizo Napoleón. La suya fue una unión formalizada por el deseo de establecer una dinastía nueva e independiente de cualquier otra casa real europea.  Por supuesto, el orgullo de Napoleón no iba reconocer que se sentía herido por el rechazo que había recibido su petición de la mano de la princesa Adelaida Victoria de Hohenlohe-Langenburg, sobrina de la reina Victoria de Inglaterra. Fue este rechazo el que le hizo considerar la unión con María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox-Portocarrero de Guzmán y Kirpatrick, como una declaración de independencia frente a la añeja sangre real de las dinastías europeas. Él era un hombre de su tiempo que iba a demostrar que no necesitaba de nadie para gobernar los destinos de Europa tal y como había hecho su famoso tío. Y sí, casi lo logra si no hubiera sido por el encontronazo final que tuvo con un taimado conde prusiano apellidado Bismarck que fue el único que consiguió replegarlo hasta el olvido. Pero, mientras tanto, fue el arbitro indiscutible de la política continental europea desde 1853 a 1870. Casi dieciocho años de imperio en los que Eugenia fue, asimismo, arbitro de la elegancia en términos de moda y asesora en algunas de las discutibles aventuras en las que se internó la política imperial francesa, especialmente, durante lo que se conoció como la Guerra de México.

    Pues bien, la foto que te presento hoy, tomada según dictaban los cánones de la pose fotográfica durante las décadas de 1850 y de 1860, nos trasmite mucho de como era la relación de pareja de Eugenia y Napoleón. Ella está sentada, volviendo el rostro hacia él con un gesto que se antoja de interrogación pero que a la vez nos muestra la fuerza de carácter de la misma Eugenia. Si, ella era la emperatriz de los franceses gracias a ese hombre pequeño en estatura pero de una tenacidad y un atrevimiento proverbial que lo había convertido en un formidable rival para las testas coronadas europeas. Un hombre que se había creído con el derecho de cambiar el destino de dos continentes, por su pura voluntad, imitando a su modelo político  que era su propio tío Napoleón I. Un hombre que fue tachado de "parvenu", de torpe, en muchos sentidos, de nos estar a la altura de su propia sangre al comparásele constantemente con su inolvidable tío -comparación de la que, como es evidente, no salía muy bien librado-. Sin embargo, a pesar de las constantes críticas e inevitables comparaciones, a pesar de su garrafales errores de cálculo provocados por su ambición y por su resentimiento político, Napoleón III fue la estrella más brillante de la política continental en esas dos décadas en las que Francia se convirtió en referencia obligada dentro y fuera de Europa. Eso es algo que sabía muy bien Napoleón III, por eso mira directamente a la cámara mientras apoya su mano sobre el hombro izquierdo de su esposa Eugenia como simbolizando así el apoyo que encontraba en ella, un apoyo que iba más allá de la esfera de la relación íntima y cotidiana del día a día. En esta imagen observo yo una complicidad de socios más que de esposos ya que cada quien cumplía su rol siendo, antes que cualquier otra cosa, el emperador y la emperatriz de Francia. No, no eran la pareja perfecta pero era algo que tenían aceptado desde el principio. Por supuesto, la convivencia en las buenas y en las malas, y el haber tenido un hijo en común, los terminó acercando como complices que eran y solo la muerte pudo separarlos.

     Ahora, permíteme lector mío que te presente a la otra pareja de esta comparativa, a aquellos que llegarían a ser emperadores de México gracias a la voluntad y a la fuerza militar de Napoleón III -quien aprovechó las reclamaciones de los exilados conservadores mexicanos para experimentar, por su cuenta, un proyecto de contención a la amenazadora expansión norteamericana-, y que pertenecían, ellos sí, a esas familias reales de sangre añeja que tanto despreciaban a Napoleón. El, Fernando Maximiliano José de Habsburgo-Lorena, había nacido el 6 de julio de 1832 en el palacio de Schönbrunn a las afueras de Viena y era sobrino carnal de la segunda esposa del Gran Corso, María Luisa, la madre del Aguilucho. Por su parte, María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia-Corburgo-Gotha y Orleans, hija del tío favorito de la reina Victoria de Inglaterra, había nacido en Leaken, cerca de Bruselas, Bélgica, el 7 de junio de 1840. Hoy no te cansaré, lector mío, con los detalles de esa unión cuya naturaleza puede apreciarse mejor en la fotografía que te muestro y, cuya sesión fotografica se realizó en 1859 o, tal vez, en 1860. Él viste con el uniforme de la marina austríaca de la cual era comandante y dirige su mirada ligeramente hacia la derecha mientras se apoya, displicentemente, sobre el respaldo del sillón en el que su esposa se sienta. La mano izquierda se encuentra apoyada en su cadera en un gesto muy característico suyo que aquí parece denotar cierta impaciencia. Ella aparece sentada, volviendo su rostro en la dirección contraria a la de él con un gesto casi de ausencia mezclada con cansancio. Probablemente aquí el matrimonio, que hasta el dia de hoy se publicita como amoroso y tierno, pasaba por uno de sus peores momentos. La verdad es que, desde el principio, fue una unión condenada en donde los esposos vivieron el desencuentro que parece apreciarse en esta foto.  Ella lo escogió a él pero él nunca pudo corresponderle de la manera en la que ella hubiera deseado que lo hiciera. Aquí no hubo ese pacto de complicidad que se aprecia en la pareja francesa, Aquí, lo que se aprecia, es la indiferencia y el hartazgo. Una indiferencia y un hartazgo provocados por el aburrimiento que los confinaba a vivir una vida que ninguno de los dos había elegido para sí. A ella le costaba soportar el casi exilio de Miramar que percibía tan estéril como su propia vida en común con el hombre que había escogido por esposo, mientras que él se evadía yendo y viniendo defendiendo esa soledad que le resultaba tan atractiva como refugio interior. Para nadie es un misterio que él dudo hasta el último instante si aceptar o no la corona de México, como tampoco es un misterio que fue ella la que más insistió, llegando incluso a hacer presión sobre él, para que aceptara esa corona.  El final de la historia es de sobra conocido: él murió en México y ella se volvió loca. Él optó por dejarse hundir en las profundidades de su orgullo habsbúrgico que le exigía una salida digna y honorable, mientras ella prefirió evadirse de la realidad que la condenaba como única resposable del rotundo fracaso de su sueño. El decidió que la salida más digna era la muerte ya que había perdido -o así al menos lo sintió él-, el apoyo que necesitaba para regresar a casa y la historia familiar le había enseñado que tal vez los Habsburgos tenían problemas para vivir pero no para morir como se esperaba de ellos que lo hicieran.

En fin, lector mío, pongo aquí el punto y final por hoy, y te emplazó a que nos encontremos, si tal es tu deseo, en una próxima entrada.