martes, 22 de febrero de 2011

Página veintidós: Los amantes del siglo

Mi muy querido y nunca olvidado lector:

Tengo material nuevo, y por lo tanto inédito, para compartir contigo. Empezaré pues con el recuento obligado, verás... El día primero de este 2011, a pesar de todos los pesares -lo digo porque me fue imposible ver la película con unos decentes y deseados subtítulos en español-, finalmente ví "Le roi danse" y me encontré, cara a cara, con un muy peculiar actor francés contemporáneo llamado Benôit Magimel. Peculiar por su fuerza y su curiosa belleza masculina.  Peculiar porque, sin ser guapo, a la manera de una estatua griega, tiene algo que atrae y que hace que lo veas de un modo por demás complaciente.  Sí, eso fue lo que sentí cuando lo ví vistiendo los ropajes del afamado "Rey Sol" y, más tarde -concretamente ayer-, cuando lo ví como Alfred Musset, el escritor y poeta, cuya tormentosa relación amorosa con Aurore Dupin -la inmortal George Sand-, es modelo para representar a cualquier relación amorosa del periodo romántico invadido por una extrema necesidad de libertad  que se expresaba muy bien dentro de la anarquia imperante en el espíritu bohemio del siglo XIX. Aurore y Alfred se conocieron durante la convulsionada década de 1830 y su relación pasional, intermitente y cruda, los llevó a explorar los límites de las emociones exacerbadas. Ambos eran creadores y, dentro de esa faceta, se admiraban y complementaban; pero, veían el mundo de diferente manera y eso los llevó, finalmente, a separar sus caminos. Aurore, era un mujer voluntariosa y firme que, desde su infancia, había decidido a hacer lo que le diera su regalada gana sufriendo por los límites que la sociedad de su tiempo imponía a las mujeres.  Alfred tenía la libertad social que se le negaba a Aurore; pero, como hombre de su tiempo, vivía la contradicción de amar locamente al ideal femenino y repudiar a la mujer de carne y hueso a la que trataba de una manera muy controversial. Idealizó primero a Aurore y, cuando se convirtió en la mujer de carne y hueso que exigía y demandaba, no supo que hacer con ella y la abandonó.  Aurore rompió paradigmas y escandalizó a sus contemporáeos, uniéndose a un hombre diez años menor que ella, abandonando a su marido -al que, ciertamente, no amaba- y viviendo a su lado una existencia trasumante. Sí, Aurore tuvo que enfrentarse a la crítica moral de su tiempo y a la inevitable reprobación, mientras él, Alfred, solo adquiría una raya más en su  extraordinario pelaje de tigre. Las excentricidades de Musset, solo servían para confirmar su dandismo bohemio lleno de excesos. Una historia amorosa única que, en esta producción francesa de 1999 que protagonizaron el mencionado Benôit Magimel y la reconocida Juliette Binoche, consigue una buena adaptación circunscrita a la anécdota y rodeada del encanto que siempre produce en el espectador la buena recreación histórica. Magimel, como Alfred Musset, tiene una fuerza inquietante; mientras que Juliette Binoche, cumple cabalmente como una George Sand seducida y a la vez seductora del joven Musset. Si, es cierto, fisicamente no son muy parecidos a los personajes originales pero, su destreza actoral convence al público de estar frente a ambos escritores siendo testigos de una pasión excepcional como solo podía vivirse en aquellos tiempos de idealismo y represión social. Por mi parte, disfruté mucho esta producción y la disfruté por su preciosismo en  términos de imagen y por el desarrollo de una trama que le dio el punto justo a los detalles morbosos de una relación que fue vivida al límite por sus protagonistas.  Y si, si a la famosa Aurore Dupin le hubieran preguntando en el ocaso de su vida, quién fue el amor que marcó de manera más definitiva a su existencia, no hubiera titubeado en decir que fue Alfred Musset, un hombre al que amó como solo se ama en muy contadas ocasiones en una sola vida y al que recordó por siempre pues fue el que más le enseñó acerca de lo que significa amar apasionadamente.