martes 26 de enero de 2010

Página diecisiete: Las nuevas flores de mi Jardín Secreto

Mi muy querido lector: Aquí me tienes, otra vez, para poner a tu amable consideración, lo último de lo último en cuanto a mi existencia. ¿Qué tan importante es esto?... ¡Mucho! Estoy convencida que, sin la amistad, poco sentido tendría mi vida y hoy, mis amigas, me demostraron que significa esa palabra que tanto se usa aunque no siempre se use bien. ¿Sabes, lector caro?, hasta el día de hoy, llevaba al hilo varios días con un humor muy variable y sintiéndome bastante dejada de la Mano de Dios. Me sentía deprimida porque parecía que me había vuelto casi invisible y, para colmo, ¡hasta los dientes empezaron a molestarme! Muchas veces me he preguntado por qué mi vida no tiene la luminosidad y el brillo que tienen la vida de los otros ante mis ojos. Lo he hecho, a lo largo de mi vida, en una cantidad proporcional a lo años que he ido acumulando; y, lo más frustrante es que, aunque me pese, mi amiga Alejandra tiene razón cuando utiliza este viejo refrán anglosajón para consolarme: el pasto siempre se ve más verde en el jardín del vecino. Y si, para que te lo niego, mi pasto se ve amarillento cuando comparo mis logros con los logros ajenos. Sin embargo, si soy objetiva, mis logros son tan verdes y frescos, como cualquier logro ajeno. ¿Por qué?, porque solo sirven para explicar el desarrollo de mi existencia y para evaluarla sin ensañamientos particulares. Hoy, cuando tuve frente a mis ojos el ejemplar número 0 de “La Columna Augusta” –publicación cibernética de mi adorada Sociedad-, pude entender con bastante exactitud, cuan verde podía verse mi pasto desde el otro lado de la cerca. Ciertamente, “La Columna Augusta” no es mi obra, ¡ni siquiera fue mi idea!; pero, si es el reflejo del cariño que me une a mis “victorianiñas”. Leer la entrevista, ver las fotos, admirar el cuidado de su diseño y todo lo que significa en un lenguaje no verbal, me llevó a mí a sentirme en contacto con ellas. No solo con las que participaron directamente en la hechura de este proyecto, sino con todas las que configuran el espíritu de “Augusta”. Dicho de otro modo: ver ese periódico cibernético, me hizo el día, como se dice coloquialmente. Aunque, si soy sincera, otros detalles contribuyeron también a hacer de hoy un día prácticamente perfecto –la llamada de mi madre cuando iba al trabajo, por ejemplo; además del mensaje que recibí de Getzse, justo cuando estaba saliendo de él-. No sé como será el día de mañana; pero, lo que si sé, es que el día de hoy fue un día que alimentó mi espíritu y me hizo contemplar, con toda objetividad, cuan verde es el color de mi pasto. En fin, no tengo mucho más que añadir, de momento. Así que, si me tienes un poco de paciencia, prometo regresar a poner en estas páginas, todo esto que se me viene de repente a la cabeza y que me gusta compartir contigo. Postdata: Aunque, ya se me estaba olvidando hacerte participe de mi orgullo por este trabajo que merece ser divulgado como parte de mis afectos. Aquí lo dejo a tu consideración y te ruego seas gentil con él. http://issuu.com/sociedadaugusta/docs/columnaagustan0?mode=embed&layout=http%3A%2F%2Fskin.issuu.com%2Fv%2Flight%2Flayout.xml&showFlipBtn=true

miércoles 6 de enero de 2010

Página dieciséis: La década invisible

Queridísimo y bien recordado lector: A lo mejor pensabas que había abandonado este espacio para nunca más volver y no, no es así. Tal vez no tenía mucho que decir. O si he de serte sincera, si tenía que decir pero no tenía ganas para hacerlo. Lo lamento. Soy inconstante y no siempre mi humor es el ideal para hacer un recuento de mis penas o de mis alegrías. Por otro lado, aunque he leído libros muy interesantes y me han pasado cosas dignas de ser registradas, he estado sin ánimos para hacerlo. ¿Dónde nos quedamos la última vez? En algo que tal vez desee en el fondo olvidar, aunque no puedo pues no depende de mí control el poder hacerlo. ¿Sabes?, estoy en un momento de mi vida en el que nada es lo que parece y viceversa. Ayer escuché en un programa de televisión una frase realmente reveladora acerca del episodio vital que me encuentro viviendo y quiero compartírtela: “En la menopausia las mujeres nos convertimos en seres invisibles para el género opuesto”. Es el momento en que te dejan de decir “mamacita” para decirte “madrecita”. Vamos, que se acabó lo que se daba; si es que alguna vez se dio, claro. Y bueno, para que lo niego, vivo un fluctuar de sentimientos encontrados. No, nunca quise ser una “mamacita” vulgar y corriente; pero, ahora que estoy llegando al tiempo de volverme una “madrecita”, echo de menos el poder enojarme por los comentarios que suscitaban mi atractivo sexual. La naturaleza te acostumbra al galanteo y, un buen día… ¡todo se acaba! Así estoy yo ahora, ingresando en el momento de la invisibilidad femenina. Aunque, tal vez, el ser invisibles no sea tan malo después de todo. Se acabaron las tensiones sexuales, por ejemplo, y una puede volver a la sinceridad de la infancia en su trato con el otro. Finalmente, no vas a tratar de encandilar a nadie para que se reproduzca contigo. Se acabaron las peculiares y enloquecedoras danzas de las hormonas. El sexo deja de ser lo primero en la lista de prioridades para pasar a ocupar otro lugar en la vida. La felicidad ya no está en encontrar una pareja que inconscientemente buscamos para reproducirnos y conscientemente juramos que la queremos para solo pasárnosla bien –sea lo que sea eso de “pasárnosla bien” en realidad-. No todo es malo pero, durante el tránsito, se sufre porque debes de dejar atrás lo que ha constituido el meollo de tu existencia durante un buen rato. Y este tránsito es como una metamorfosis completa, tan completa como la que sufrimos durante la pubertad y de la que, a estas alturas del partido de la vida, ya no nos acordamos como estuvo. Aquí, en esta etapa, el asunto no son los cambios de humor ó los bochornos; el asunto está en que crees volverte vieja e inservible porque así te lo dice tu entorno cultural y la sociedad con la que te reúnes. Todos llegamos a ser viejos en algún momento de nuestra vida y, si no lo logramos, es porque nos quedamos en algún punto del camino. Hay quien prefiere no verse decrépito por fuera y no resisten que la edad les vaya restando fuerzas, esas mismas fuerzas que se derrochan tan generosamente durante la juventud como si nos fueran a durar para siempre. Y no, no es así. Como de niños pasamos a ser jóvenes adultos, de jóvenes adultos pasamos a ser adultos maduros y, finalmente, viejos. Pero, la vida es generosa, ya que solo te da dos tránsitos definitivos: la pubertad y la menopausia. Y si, con nosotras es mucho más rigurosa que con ellos, ¡eso sí, ni quien lo discuta! Aunque también nos da la fuerza necesaria para poder cruzar esos dos umbrales. Si alguien piensa que ser mujer es ser menos, no sabe lo equivocado que está pues, a pesar de todos los pesares, de los cambios de humor repentinos, de la acumulación de grasa en la zona del vientre y las caderas, del consecuente aumento de kilos, de las canas, las arrugas y de todo lo demás que viene con la edad, ser mujer significa ser parte de la vida, una parte irrenunciable que comprende y engloba otras partes asimismo vitales. No importa si nunca has sido madre porque de todas maneras habrás dado a luz cosas importantes al interior del proceso de la vida. Habrás tenido hijos del espíritu y los habrás ayudado a crecer. Habrás concebido ideas transformadoras. Habrás concretado proyectos sustentables en un mundo de situaciones transitorias. Habrás aprendido a vivir y habrás ayudado a otros a dar sus pasos en ese complejo camino que es la vida. Y, para ser útil y sentirse plena, no importa la edad que tengas; solo importará todo lo hayas aprendido y hayas sido capaz de compartir con los otros. Y eso es lo que quiero para mí: ser una mujer sabia. Eso es lo que espero para mi futuro: convertirme en una anciana respetada por lo que aun puedo aportar al mundo y por lo que el mundo aun puede enseñarme. Después de este último cambio, la juventud aparecerá solo en mis ideas; pero, aun así, aparecerá y se mostrará como una joya para quien quiera apreciarla y descubrirla. Ser joven significará para mí estar viva, estar sana y seguir teniendo intereses. A lo mejor, con menos presiones hormonales, descubriré nuevos encantos a la vida sin necesidad de agobiarme por cumplir con la especie. Finalmente podré ser yo, como recuerdo vagamente que fui en algún momento de mi existencia. Podré dedicarme a lo que en verdad es importante y definitivo. Y me reiré, me reiré mucho de todo aquello que me causaba problemas. No, no seré perfecta y tendré tantas mañas como tiene el resto del género humano que llega a esta edad, pero trataré de ser honesta conmigo misma y haré todo lo posible por controlar aquellas que más problemas me causen en mi relación con los otros. Y aquí quiero dedicar las siguientes líneas a mi querida amiga Patricia Alba: ¿qué cómo me veo dentro de diez años, me preguntas? Me veo feliz y trabajando. Tal vez en lo que estoy haciendo ó en otra cosa que me dé todas las satisfacciones que buscaré en su momento. Ahorrando para mis viajes y generándome nuevos recuerdos que me ayuden a seguir adelante. Con una casita un poco más grande que la que ahora tengo, casita que compartiré con dos gatos y muchos amigos a los que invitaré, de vez en cuando, a compartir mí espacio. Espero ya haberme “iniciado” y estar así en paz con esta espiritualidad tan “sui generis” que me cargo. También quiero dedicarle un tiempo a los estudios y otro tiempo a mi propia creatividad. Seguir dibujando para mis amigos, seguir escribiendo aunque solo publique y sea leída en internet. Seguir diseñando mis propios trajes y trajes para otros, ¿por qué no? También me veo participando en la vida cultural del lugar en donde me encuentre radicando, claro. Una participación activa, me refiero. Dando ideas y concretando ideas como ese gran Museo del Traje Mexicano que tengo en mente desde hace muchos años. Dentro de diez años tendré cincuenta y ocho, casi cincuenta y nueve años y sé que pensaré en que estoy a las puertas de mi vejez; pero, ¿sabes?, pienso y deseo estar mucho más tranquila con respecto a eso. No, no me veo con pareja pero si con mucha gente a mi alrededor, más jóvenes que yo, por supuesto que me inyectarán una buena dosis diaria de su aquí y su ahora, lo que me hará sentir viva y actual. Me gustaría enseñar, no por vocación de maestra, sino para heredar mis conocimientos a quienes sepan aprovecharlos y sacarles todo el jugo de que sean capaces. Tal vez me invente un curso de algo y lo imparta para sentirme útil. No, no voy a ser millonaria pero tendré los suficientes recursos como para vivir bien, sin apuros y dándome mis gustitos de vez en cuando, ¿por qué no? Espero ya haberte conocido en persona, a ti y a Rosario, mis cuatitas del alma. Y por supuesto, os seguiré leyendo y escuchando cada vez que se pueda. También espero que Augusta crezca como proyecto y entonces, tal vez estaremos planeando una reunión trasatlántica. En diez años, pueden ocurrir muchas cosas. Me enviarás fotos de tu hijo y de ti con tu pareja. Y yo seré muy feliz porque te veré feliz a ti con tu niño, tu gato y, como se dice en México, con tu “viejo”. Sé que será así porque así lo estoy viendo ahora en mi mente. Y sabes lo mejor, mi querida, muy querida amiga, que algún día conversaremos bajo la sombra del sauce que se encontrará en el patio de tu casa mientras tu niño corretea persiguiendo al gato y esperamos que tu hombre regrese a casa después de arduo día de trabajo. Y, por hoy, esto ha sido todo. No prometo regresar pronto a ilustrar otra página de este álbum porque no sé cuando pueda y tenga ganas de hacerlo; sin embargo, aun sin Justificar a ambos ladosponerle fecha, habrá otra página más después de ésta, lo sé, así que espérala, lector mío.

domingo 4 de octubre de 2009

Página quince: Un sábado como cualquier otro sábado

Mi muy querido y paciente lector:

Cuando yo me decidía a iniciar este “Álbum de Anécdotas”, mi intención fue dedicarlo a mis gustos y aficiones sin distraerme con los ecos de mis voces interiores para los que tenía destinados otros espacios cibernéticos; pero, mi intención fue rebasada y aquí estoy escribiéndote sobre mis entresijos existenciales sin que pueda evitarlo. Mis otros espacios permanecen mudos y empolvados mientras me vuelco en este rincón, así, sin más. ¿Qué es eso que me urge comentarte acerca de mi misma? En realidad, no es nada importante, solo es una reflexión que se mezcla con la crítica de mis días y la crónica de mi quehacer humano.

Hoy fue sábado. Un sábado como cualquier otro sábado. Un sábado de prisa y corre, sin agua y en donde me empeñé en descapitalizar mi exigua cuenta bancaria asistiendo a un curso esotérico y comiendo fuera de mi casa. No pienso atormentarte con lo ocurrido en el curso, aunque sí puedo decirte que me sentí ominosamente enfrentada a mi destino. Al final quedamos en reunirnos de nuevo la noche del 31 de octubre, en el mismo lugar. Te mentiría si te dijese que no espero nada extraordinario de esa nueva sesión. Sé que, por la naturaleza misma de la reunión y lo que manejamos entre los convocados, sucederá algo para recordar; pero, no quiero enfrentarme a algo que escape de mi control. Soy muy racional, aunque admito que creo en lo invisible y en lo indemostrable. Y, soy muy racional, porque esa es la única manera que encuentro para protegerme y no salir dañada a la hora de manejar energías extrañas. Mis compañeros del grupo maneja cada quien su propia creencia acerca de cómo controlar esas energías, lo que nos vuelve un rompecabezas nada homogéneo como grupo; a pesar de lo cual, trabajamos juntos en un afán por avanzar, cada quien a su manera, por su camino espiritual respectivo.

¿Cuál es mi camino espiritual?, sé que estarás preguntándote, no sin cierto dejo de escepticismo. Esa es una pregunta cuya respuesta puede resultar compleja. Inicié mi recorrido dentro de la tradición de mis padres quienes, a pesar de no ser católicos practicantes, me bautizaron, me metieron a un colegio de monjas y allí, con ellas, hice mi Primera Comunión. Con una madre que cree en Dios pero no en la Iglesia como institución terrenal y un padre que se me declaró en alguna ocasión como agnóstico convencido a la par de ateo militante, por la gracia de Dios; hay que entender que mis días como ferviente católica estaban más que contados. Y así fue. Con la adolescencia llegaron las dudas y las críticas a la débil fe que me heredaron mis padres y fue, en esos días, cuando inició mi búsqueda espiritual. Del catolicismo, di un brinco hacia el judaísmo y de ahí, me seguí buscando las fuentes en donde abrevaba la espiritualidad humana. El judaísmo, me llevó a las márgenes del paganismo ancestral y ahí me di cuenta que alcanzaba a reconocer las débiles voces del atávico eco neolítico y supe entonces que mi búsqueda había finalmente concluido. Supe que me sentía más a gusto cobijada por la sombra generosa de la Gran Madre que siendo juzgada por esa divinidad patriarcal que me descalifica por el solo hecho de ser mujer. Supe que no tenía porque renunciar a esa dualidad contradictoria que está enraizada en mi interior y que, de alguna manera, me define como ser humano. Supe que, finalmente, no tenía porque casarme con ninguna iglesia dogmática cuando me sentía tan a gusto siendo Hija de la Naturaleza y aceptando sus leyes y sus ciclos. Me acerqué al muy ecléctico y contemporáneo camino de la Wicca y me sentí en perfecta compatibilidad con esa nueva tradición neopagana surgida en el siglo XX. Ahora estoy viendo como reconocerme en ese camino y como transitarlo con orgullo para lograr, al fin, hacer que trascienda mi propia naturaleza al utilizarlo como herramienta.

Demasiadas cosas de golpe, ¿verdad lector mío? En realidad, es una sola: mi deseo de lograr darle un sentido trascendente a mi propia existencia. Y yo, mientras estaba en ese curso, volví a sentir que podía lograrlo. Pero, eso no fue el único acto significante del día de hoy. Después del curso me fui con mi amiga Araceli a comer y a pasear por Plaza Universidad, ese demorado encuentro me llevó de nuevo a expresar mis actuales temores acerca del nuevo tránsito que me encuentro iniciando. Volví a expresar que tres son las etapas de la mujer claramente marcadas y definidas: la de la niña, la de la mujer y la de la anciana, con sus dos tránsitos claramente definidos: el tránsito de la pubertad y el tránsito del climaterio. Yo estoy por abordar este último tránsito que me despojará de todo lo que me regaló el tránsito de la pubertad para hacerme entrar en la última etapa de mi vida, una etapa que puede ser tan maravillosa como las dos anteriores si soy capaz de reconocer, con plena sabiduría, en que consisten mis nuevas limitaciones y mis nuevas y absolutas ventajas. No todo lo que llega con la edad es malo y eso es algo que necesito estar en plena conciencia de ello. Tal vez las fuerzas físicas tiendan a abandonarnos; pero, mientras continuemos nuestro camino con lucidez y seamos capaces aun de aprender de la vida, creo que la vejez no tiene por que ser una época oscura para el ser humano. Al contrario, llegar a viejo puede ser una verdadera bendición.

Y bueno, por hoy, ha sido todo lector mío. Solo me queda por recordarte que, si te gustó el contenido de la página de hoy, no olvides dejar un comentario al calce que siempre será bienvenido.

lunes 21 de septiembre de 2009

Página catorce: Reflexiones

Mi muy querido Lector:
De nuevo estoy frente a tus ojos para poner a tu consideración esta página cuya finalidad fundamental es la de desahogar en ella mis inquietudes más personales. Sé indulgente con su planetamiento, te lo ruego y empieza a leer con calma para que después puedas verter tus comentarios, si la lectura así te lo provoca.

Son más allá de las 12: 30 de la noche y sigo despierta. A pesar de que mañana trabajo, sigo despierta y con unas ganas locas de publicar alguna cosilla mía en la red. ¿Qué es lo que tengo que decir? Mucho y nada, al mismo tiempo. Sensaciones incomprensibles que me regresan a una época de mi vida en donde el sueño sobrepasaba a la realidad y vivía en ese mundo ideal de mi cabeza en donde todo era posible. Será que esta menopausia anunciada me regresa a mi adolescencia y vuelvo a sentir lo que, en realidad, nunca he dejado de sentir, a pesar de las depresiones y las euforias cíclicas que ha habido en mi vida. A veces me olvido que ya voy para los cincuenta y sigo viéndome, interiormente, como aquella muchacha que deseaba cambiar el mundo con sus ideas que nada tenían que ver con la realidad. Sigo enamorada de lo imposible y sigo tratando de justificar mi existencia en medio del día a día monótono y rutinario. Siempre quise ser importante, especial, conocer a la gente que hace la Historia –si, así, con mayúsculas- y convertirme en una de esas personas cuyo nombre se lee en los libros cuando buscas que sucedió en un momento histórico determinado. Sin embargo, en términos de protagonismo y fama, mi tiempo ya paso. Difícilmente se vuelve uno importante después de cumplir medio siglo de existencia; sobre todo, cuando jamás “pintó” para ser nadie. Se supone que, a mi edad, yo ya debía de haber superado todo esto y vivir conformada con mi suerte, mi momento y mi vida; pero, en el fondo, muy en el fondo, aun me rebelo a que sea así.

Me he cansado de decirlo: la vida me ha dado lo que no le pedí, mientras que aquello que siempre deseé, está relegado a la calidad de “sueños imposibles”. No formé mi familia y, finalmente, mi vocación profesional no fue más que una ilusión que nunca pudo concretarse. Mis sueños se enranciaron y ya no me sirven tal y como están; sin embargo, me resisto a deshacerme de ellos porque forman parte de lo que soy hoy como ser humano. Lo peor del caso, aquí, es que no tengo nuevos sueños que se vislumbren como metas reales proyectadas hacia el futuro –un futuro que, por otro lado, se me hace mucho menos halagüeño de lo que se me hacía cuando fui adolescente-. Hoy tengo más vida a mis espaldas de la que puedo tener frente a mí en términos de mañana. Ya pase por el ecuador de mi existencia. No sé cuando pasó eso, pero sé que ya fue. Trató de ser optimista y me digo que no tengo porque entristecerme por lo inevitable. Ya fui joven y solo me queda adaptarme a mis nuevas circunstancias, ciertamente. ¿Volvería vivir todo igual tal y como lo viví?... No sé. Si supiera acerca de mi suerte previamente, quizá me aventuraría a tomar otras decisiones. Si no lo supiera, creo que si volvería a vivir mi vida tal cual sin cambiar nada. No estoy arrepentida de no haber sido “noviera”, por ejemplo. A estas alturas del partido, sigo considerando a la pareja como algo muy serio y sigo pensando que, para formar una familia bien constituida, firme y sólida, no se necesita experimentar la variedad, solo escoger bien y, por supuesto, saber escoger. Uno de mis sueños fue el de tener mi familia, si; pero, no se trataba de hacerla al aventón para que te saliera “eso” que siempre desee evitar. También desee encontrar o tropezarme con el hombre de mi vida, lo sé; pero escogí mal y no fui correspondida. No, no estoy arrepentida de haber llegado hasta aquí como lo he hecho, solo me hubiera gustado escoger bien y poder vivir el amor como siempre desee. Quise una carrera que se me negó, aunque al principio parecía que se me iba dar sin problemas, ni obstáculos. Creo que fui muy optimista al pensarlo. Uno propone y la vida dispone sin que podamos hacer nada para variar el resultado. Bueno, sí, podemos aceptar lo que se nos da y vivir contento con ello aunque no sea exactamente lo que pedimos o lo que quisimos para nosotros en realidad. Esta es una lección que aun tengo que aprender y que me está costando horrores porque, para mí, todo el mundo tiene lo que quiere o lo que desea, aunque reconozco que esa no es una verdad rotunda, ni exacta.

¿Por qué estoy escribiendo, una vez más, lo que me causa tanto dolor sobre lo que pudo ser y no fue en mi vida? Porque no deja de ser un intento, después de todo, de tratar de controlar mi desasosiego por esa falta de tiempo que no deja de ser una realidad para mí. Es cierto que me he dedicado más a dolerme por lo que no tiene remedio, que a buscarle una solución a todo eso que inmoviliza mi vida. Como bien me lo ha dicho cantidad de gente a lo largo de mi vida: “Perfecto, ya detectaste el problema. Ahora, ¿cómo lo solucionarás?”… Tengo ganas de que, en efecto, pueda hallar la solución que ansío a mi disgusto por no haber concretado ese mapa de vida que diseñé para mí en mi adolescencia. Tengo ganas de que lo que yo me prometí a mi misma que sería, de la manera en como yo lo vislumbre, no me siga pesando como una losa en mi ánimo diciéndome que mi vida no tuvo sentido sencillamente porque lo que yo soñé y desee para mí, ya no fue. Tengo ganas de demostrarme a mi misma que lo que me queda de vida, mucho o poco, es tan valioso como lo fue en su momento esos planes y proyecto que impulsaron mi existencia en el pasado, aun sin llegar a cumplirse. Siempre me he dicho, desde que soy niña, que mientras hay vida hay esperanza y que lo que quedó sin realizarse hoy, puede realizarse mañana, o al día siguiente, si realmente tienes ganas de que se cumpla. Siempre he tratado de hacer las cosas como deben de ser, siguiendo las reglas, cumpliendo con lo que se debe de cumplir para no equivocarme. Hoy sé que nadie que se precie de ser humano puede decir que no metió las patas, aunque sea una vez en su vida, y que tuvo que pagar el precio correspondiente de semejante aprendizaje. Hoy asumo que no quise aprender de la manera fácil y que eso también llevó implícito un precio que es el que me causa toda esta sensación de pérdida y dolor. No se trata de no pensar, de no razonar frente a la experiencia, de lanzarse con los ojos vendados para ver que es lo que sale, bueno o malo. No tengo el gen del riesgo y no me gusta la sensación de inseguridad que me provoca el vivir así. Siempre quise saber, más allá de los límites permitidos, que podía pasar si hacía tal o cual cosa, para poder decidir mejor y evitar así experiencias innecesarias. Nunca me gustó dar paso sin “huarache” y, contra todo pronóstico, me gustó siempre tener el control de mis propias circunstancias. Ahora sé que no siempre se puede actuar así y que, aun cuando nos resistimos a tomar ciertas decisiones, la vida nos empuja a tomarlas sin que podamos pensarlo demasiado. A veces la jugada sale a pedir de boca pero, en otras ocasiones, terminamos llorando nuestro inevitable error.

lunes 3 de agosto de 2009

Página trece: Un poco de literatura inglesa

Mi muy querido y extrañado lector:

Con un pie en el estribo y con los nervios naturales que me asaltan previos a cualquier viaje, pongo a tu disposición este texto que espero sea de tu agrado.

Inspiración, no hay mucha, por desgracia. Sucesos en los que inspirarse para contarte algo que llame tu atención… Lo intentaré. Hubiera querido hablarte un poco sobre Tamara de Lempicka; pero, ya lo hice en otros espacios cibernéticos en donde suelo volcar también mis pareceres. Esos dos espacios, cuyos nombres puedes leer en el margen izquierdo de esta página, son el que titulo de manera muy personal con mi propio nombre: Carmen López y Martí; y, con dos palabras comunes: El Laberinto. Si estás interesado en saber que pueden decir acerca de la exposición de Tamara de Lempicka y de la película de “Enemigos Públicos”, introdúcete a través de los enlaces. Aquí, y al respecto de todo ello, solo me queda por añadir que Tamara de Lempicka tuvo un “plus” inesperado: saber que a mi entrañable amiga, Rosario T. Palacios –la talentosa anfitriona de “Cuaderno de Costura”-, también le gusta esa pintora tan cercana al diseño. Creo que, a partir del momento en que lo supe, la de Lempicka creció aun más en mi estima. Hay quien se esfuerza por demostrar que nada de lo que nos sucede en nuestra vida es por casualidad, que lo que llamamos Destino existe de alguna manera y que, por supuesto, también existen esos famosos 6 grados de separación con respecto a quienes conocemos a lo largo de nuestra vida. Y sí, este tipo de detalles me vuelven a demostrar que conozco exactamente a quienes siempre debí de conocer y que me relaciono con aquellos que tienen algo que aportar a mi existencia –y yo a la suya, por supuesto-.

Pero, no seguiré por el recto camino de la Filosofía porque, en realidad, me gustaría platicarte hoy de un par de lecturas y, tal vez, de la última película que ví en el cine. Todo tiene que ver conmigo, definitivamente. Empezaré con la señorita Austen, Jane Austen, y su obra “Sensatez y sentimientos”. Que me disculpen todos aquellos que idolatran la novela sentimental de la muy convencional señorita Austen –y espero que tú, mi paciente lector, seas indulgente con mi crítica-; pero, si exceptúo algunos momentos puntuales del texto en donde si pude percibir la ironía tan británica de su autora, el resto me resultó denso y, hasta podría decir que aburrido, si no me expusiera a herir algunas susceptibilidades. Sí, mi querido lector, Jane Austen me aburrió tanto como el propio profesor Tolkien -una vez dejó a Bilbo Baggins en la Comarca y antes de que el singular Faramir se volviera un héroe en el último libro de su mamotétrico “Señor de los Anillos”-. Creo que a partir de este momento, Jane Austen y John Ronald Ruel Tolkien, quedarán hermanados por la desafortunada experiencia de mi lectura. No quiero que pienses que son malas plumas pues, de ser así, no gozarían del gusto de los lectores contemporáneos. Además, como tampoco soy una experta en literatura británica, mi crítica no es precisamente la mejor documentada. Más bien, mi crítica se desarrolla a partir de mi propia experiencia como lectora, absolutamente hispano parlante, que no le queda más remedio que echar mano de los “traidores” traductores que me simplifican recorrer el tortuoso camino de la lengua original.

Pues sí, primero leí a la señorita Austen y, acabando el volumen de “Sensatez y sentimientos”, pasé a empaparme de la biografía del ya mencionado JRR Tolkien. Es maravilloso constatar la vigencia del famoso conservadurismo inglés recorriendo los siglos. La señorita Austen es un producto de la educación británica del siglo XVIII. Una educación que no le pudo brindar a la famosa Jane Austen más que un poco de conocimiento y muchas restricciones a causa de su sexo y de su condición económica. La señorita Austen leyó lo que la bien provista y selecta biblioteca de su padre, el reverendo Austen, puso a su alcance, y gozó de una educación poco convencional entre sus hermanos varones y los pupilos de su padre. Sin embargo, pronto se doblegó ante la experiencia de ser mujer en un mundo de hombres y terminó cediendo a lo que se esperaba de ella. Nació, creció y murió en un entorno rural cargado de normas, reglas y expectativas. Algo que me cansó sobremanera en la lectura de su novela, fue la constante referencia al dinero y a la intolerancia social causada por una mala decisión en ese sentido. Aunque admito que la lectura de su obra me enseñó más acerca de las costumbres británicas del momento, que cualquier libro erudito de sociología o historia. Respecto a Tolkien, quien nació antes de que la señorita Austen cumpliera un siglo de muerta –y cuando su crecida fama aun no alcanzaba las cotas que alcanzaría después a lo largo del siglo XX-, es tan convencional como la propia hija del reverendo Austen, a pesar de haberse desarrollado su historia más de cien años después. Nacido en Sudáfrica, su vida comienza en medio de un exotismo que estaría presente a lo largo de su vida para siempre. Nada le fue ahorrado. El no tener casi recuerdos de su padre, quien murió cuando el era apenas un niño. El perder a su madre al inicio de su adolescencia. Los rigores de la tutela de un cura católico, gran amigo de su madre, quien se impuso sobre sus deseos hasta que fue mayor de edad. El perder a sus amigos en la Primera Guerra Mundial… Si, se casó con la primera mujer que llegó a conocer y formó con ella una familia que, junto a su inclasificable obra, le dio sentido a su vida. Fue un profesor convencional dentro de un Oxford convencional. Un hombre de clubes de hombres en donde se hablaba de temas absolutamente intelectuales. Un hombre que hizo de las lenguas propias su vehículo para poder comunicar ese extravagante mundo interior que lo rebasaba. Nada que ver con lo que al fin su imaginación fue capaz de provocar en ese público joven que absorvió su obra como si fuera esa mitología que él se esforzó por crear como una realidad palpable. Seguir, paso a paso, las vicisitudes de su vida fue algo enriquecedor para mí ya que, como acostumbro, me identifiqué con su proceso creativo y con sus limitaciones como creador. Su biógrafo, Humphey Carpenter, en un tono ameno, me acercó a un Tolkien en quien reconocí mis propias ansias de dejar un legado creativo para trascender y, sobre todo, las serias dificultades de carácter que nos limitan. Adoro llegar a este punto como lectora, no lo niego; pero, también me desespera ver que el tiempo pasa y yo no logro conseguir lo que otros si hicieron. Me siento, curiosamente, más identificada con el profesor Tolkien que con la señorita Austen, aunque la lectura de las obras de ambos tengan sobre mi un efecto somnífero similar.

Por cierto, algo te prometí comentar sobre la última película que vi y que fue la de “Harry Potter y el misterio del príncipe”. Como película de entretenimiento, cumple su finalidad: me entretuve con sus imágenes y me divertí con su trama recompuesta inspirada en el tomo sexto de la saga de JR Rowling, otra autora inglesa. No tenía grandes expectativas así que, disfruté la película. Todos aquellos que vayan buscando algo en específico motivado por la devoción que le tienen a la saga de Rowling, evítenla ya que no me cabe la menor duda de que saldrán del cine decepcionados. Pero, los que quieran ir al cine a ver una película más sin ningún otro objetivo, pueden incluso llegar a disfrutarla. Yo lo hice y no me costó mucho lograrlo. Adaptar en lenguaje cinematográfico a Rowling después del tercer libro, no es una tarea fácil ya que, desde el cuarto libro de la saga, Rowling empieza a complicar cada vez más la trama de una manera poco esclarecedora ya que se engolosina con los detalles de las subtramas sin aportar al esquema narrativo nada auténticamente sustancial. Por eso agradecí que la película casi narrara una historia diferente. Por desgracia, las “complejidades” de Rowling, dificultan cualquier intento decente de adaptar su obra para una narración cinematográfica. Lo he dicho hasta la saciedad y vuelvo a repetirlo en estas líneas: para mí, la mejor adaptación de un libro de Rowling, ha sido, hasta hoy, la que dirigió Alfonso Cuarón ya que le imprimió a su película una serie de valores, meramente cinematográficos, que no se han vuelto a ver en ninguna otra adaptación.

Por hoy, eso ha sido todo mi inapreciable lector. Y, para que puedas demandármela en un futuro, quedo comprometida con una próxima entrega.

miércoles 24 de junio de 2009

Página doce: Matilde Barroso Calero

Mi muy querido y extrañado lector:

Muchas cosas han pasado en mi mundo desde la última vez que te dirigí la palabra para hablarte acerca de los aforismos imperiales. Todo lo que puede constreñirse en las apretadas horas que pueblan los más de dos meses en los que no has sabido nada de mí. En realidad, no he escrito en las albas páginas de mi álbum, porque no encontraba el tema idóneo con el cual motivar tu lectura ya que, desde que inicié esta aventura cibernética, tenía el claro propósito de no caer en el lugar común de la anécdota anodina. Por el contrario, deseaba hacer de este espacio una prolongación de mi mundo interior. Creo que es ardua la tarea cuando uno es excesivamente puntilloso y nada parece ser digno para que tus ávidas pupilas lo recorran. Sin embargo, estoy dispuesta a romper ahora mismo con ese cerco de pudor literario, para hablarte de alguien muy importante para mí. Alguien que me abandonó hace exactamente 22 años, no porque así lo quisiera, sino porque ya no tenía más tiempo para compartir conmigo. Quiero hablarte de mi abuela paterna llamada Matilde Barroso Calero. Esta fue la mujer que estuvo presente en los primeros 26 años de vida de una manera constante. Fue la mujer que me llevó a la pila bautismal, precisamente un 24 de junio, para que se me impusiera el nombre de Carmen. La mujer a la que yo asediaba con mil y una pregunta acerca de un mundo que yo no conocí, pero ella sí. La mujer que me heredó sus sueños.

Ella nació un 14 de marzo de 1912 y fue la mayor de 5 hermanos. A la edad de 8 años, su vida se cimbró hasta sus cimientos cuando se quedó sin padre. Ella tuvo que empezar a trabajar a los 14 años y conoció a mi abuelo, su marido, en un baile de pueblo en donde él tocaba el saxofón. Le tocó vivir los horrores de una guerra y el exilio en Francia. Tuvo que vivir también la pérdida de una hija a la que lloró hasta el último día de su existencia. Quedó viuda a la edad de 35 años con la responsabilidad de mi padre a sus espaldas y, finalmente, se convirtió en abuela a la edad de 49 años. Acabo de resumir su vida en unos cuantos renglones y, como todas las vidas, ni fue tan simple, ni tan fugaz. Ahora que yo tengo ya 48, entiendo mejor lo que, cuando era adolescente, me era imposible entender de mi abuela. Sus miedos, su orgullo, sus desplantes. Ahora lo entiendo mejor, lo que no significa que “entender” se convierta en sinónimo de “aceptar”. Entiendo, por ejemplo, sus nostalgias y sus sensibilidades. Entiendo mejor sus resistencias y sus gustos. Empiezo a entender lo que antes me costaba y aun me causaba vergüenza, una vergüenza ajena de la que hoy parezco haberme liberado casi por completo.

Para mí, mi abuela fue el modelo a seguir durante muchos años, hasta que me di cuenta que no todo lo de ella me gustaba. No, yo no quería repetir sus egoísmos y empecinamientos; pero, si me gustaba esa aura de dignidad señorial que la caracterizaba. Sus miedos me resultaban ridículos y la criticaba con dureza; pero hoy, la entiendo mejor que entonces y, aunque siga sin compartir muchas de sus actitudes, ya no la puedo juzgar sin juzgarme a mi misma. Me hubiera gustado mucho conocerla de niña cuando aun vivía su padre, mi bisabuelo Sebastián. O conocerla cuando se hizo novia de mi abuelo Luis. ¿Quién era ella entonces?, ¿qué soñaba hacer con su vida?, ¿dónde se veía en el futuro? Era muy soñadora y se distraía con cualquier cosa. Con un organillero que llevara un mono en sus hombros, por ejemplo. Y también era infinitamente curiosa. Su carácter era fuerte y sus determinaciones tajantes. Su orgullo rozaba la frontera de la soberbia. Le seducía el mundo de las candilejas y disfrutaba mucho socializar. Quizá no fue la mejor madre del mundo, me es imposible negarlo; pero, para mí, fue una buena abuela. Claro que quizá eso no tiene chiste cuando tú eres la nieta favorita. ¿Yo era acaso la retribución de una perdida para ella? Nunca lo sabré, aunque puedo suponer que sí, que yo llegué a su vida para retomar la vida trunca de mi tía Manuela. Lo único que se a ciencia cierta, es que ella me quiso y me quiso mucho. Que yo llegué a ser su debilidad, después del recuerdo de su padre y su marido; después del cariño que profesaba a su hijo, mi padre; después de ese recuerdo borroso en el que se convirtió mi tía Manuela y que yo le ayudé a rehacer. Si, después de todo eso, yo era su debilidad y me consta.

Ahora, me parece increíble que ya hayan transcurrido 22 años de ausencia por su parte y que a mi me siga pareciendo que fue ayer cuando se despidió de mi cuando se la llevaban al Hospital Español de la Ciudad de México. Me parece que fue ayer y, sin embargo, ya transcurrieron 22 años.

miércoles 1 de abril de 2009

Página once: Aforismos imperiales

Mi muy querido y paciente lector:
Inauguro esta página alba con una pregunta: ¿sabes lo que es un aforismo? Supongo que “a grosso modo” si, como yo. Pero ¿sabías que un aforismo es algo más que una máxima? Qué, ¿más allá del simple apotegma se trata de un dicho breve y sentencioso? Esta pues, por su brevedad, a la altura de un refrán o un proverbio, pero sin esa naturaleza democráticamente popular que lo hace pura sabiduría doméstica. Si, hoy quiero hablarte del último libro que leí ayer mismo, apenas utilizando unas horas para cubrir la totalidad de sus 128 páginas. ¿El autor? Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg –Lotheringen. Si, Ferdinand Max. Ese Ferdinand Max para que no quede ninguna duda.
¿Sabías que los publicó hacia 1862 como colofón de un libro de memorias, de contenido heterogéneo, sobre sus viajes a bordo de la fragata Novara? Si, lector mío, voy a serte sincera: moriría por tener uno de esos ejemplares reeditados en donde Max -¡mi Max!- redacta en primera persona los avatares y vicisitudes de esos felices días en la marina austriaca. Pero, como siempre, me desvío del tema y, el día de hoy, el tema de esta página de mi álbum, son sus aforismos concebidos durante 11 años de su vida, entre los 19 y los 30, antes de sucumbir frente al mortal espejismo de México. Escogeré unas cuantas máximas mínimas de este príncipe que prefería la soledad para pensar y que consideraba a la mujer como un adorno en la vida del hombre. Y espero escogerlas bien para que puedas aquilatar toda la dimensión de su educación decimonónica y de su extraordinario convencionalismo secular. Bien dice un proverbio árabe que el hombre es más hijo de su tiempo que de sus padres, poniendo así al influjo del entorno social, y por ende a la educación, sobre la genética y creo que, en este caso, Ferdinand Max fue, precisamente un buen ejemplo para demostrar esta contundente afirmación. O ¿qué otra cosa se podría pensar de un hombre que es capaz de decir: “Existe una gran analogía entre una mujer hermosa y un niño; nos gusta hacerlos impacientar y jugar con ambos? Así como: “El pueblo en masa no tiene inteligencia pero si instinto, y este instinto siempre es justo. Los gobernantes que saben dirigirlo hacia un desarrollo gradual y libre, cosechan la paz y la prosperidad”.
Por otro lado, me llama poderosamente la atención el uso que hace del concepto “instinto” aplicado a la política. El consideraba que un buen gobernante debía de usar su instinto aplicándolo con sensibilidad a las necesidades del pueblo. Si, no te calles, lector mío, era un idealista que no entendía bien los intríngulis del poder. Un idealista romántico que estaba convencido que la buena voluntad era el primer paso para lograr el éxito de cualquier gestión política. Y para muestra, este botón: “Dos cosas son necesarias en el hombre de Estado: el instinto y el tacto. Aquel para discernir; éste para ejecutar. Saber gobernar es un talento innato que no se adquiere y al que, como las aptitudes naturales, lo más que se puede hacer es pulirlo”. Me pregunto si este pensamiento fue la causa de su rotundo fracaso en la empresa mexicana. ¿El tenía ese instinto del que habla?, ¿tenía ese tacto? Su instinto apenas pudo desarrollarse cegado por el convencimiento de que su cuna y su educación eran suficientes para poder gobernar, sin darse cuenta que, aparte de esas dudosas prendas, un gobernante debe tener inteligencia, firmeza de carácter y el suficiente carisma como para hacerse perdonar cualquier mala decisión política. No, Max no había venido a este mundo a gobernar a los otros; había venido a descubrirse a si mismo y a hacer evidente la naturaleza torpe de su propio siglo –no en balde declaró: “Nosotros vivimos en el siglo de la mentira coronada”-. Y aun así, la covencionalidad decimonónica, lo tenía perfectamente asido: “Los hábitos son unos puentes que permiten al tiempo marchar con rapidez y sin sacudimientos” o “Hasta los treinta se vive para el amor; de los treinta a los cuarenta para la ambición; de los cincuenta en adelante para el estómago y los recuerdos”. U otras, absolutamente fulminantes en su contenido moral: “El ateísmo es inconciliable con la verdadera fuerza moral”. Otra de sus obsesiones era la debilidad; debilidad que engendra desprecio en lo otro y aun en él mismo. El gobernante no se puede dar el lujo de ser débil y timorato; ¡pobre Max!, ese fue su “sanbenito” cuando fue emperador de México y esa es la imagen con la que ha pasado a la Historia de ese país, a pesar de sus esfuerzos por hacer las cosas bien. En realidad fue un hombre que no supo controlar sus defectos que a la larga fueron más notorios que sus muchas virtudes. No supo controlar su indolencia y su pereza, tampoco supo controlar su indecisión. Era carismático con sus amigos y abúlico con sus enemigos. Sabía enfrentarse a la adversidad con una dignidad que asombraba; pero, era incapaz de resolver cualquier problema que le exigiera un mínimo de esfuerzo. Lloraba cuando la emoción llegaba a rebasarlo y era mordaz con su lengua cuando se sentía incómodo con sus circunstancias. Sabía adular y así como adulaba, se mostraba iriente aun con sus seres más queridos. No, no era el mejor de los hombres pero tampoco el peor. Fue capaz de morir con dignidad cuando llegó su momento, por ejemplo. En efecto, no fue el mejor gobernante que tuvo México; pero, tampoco fue el peor. Bien es cierto que se engañaba a si mismo pensando que podría ser lo que el consideraba era su deber dinástico, cuando en realidad sus circunstancias lo orillaban a ser el eterno antagonista del poder.

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