lunes, 26 de febrero de 2018

Pagina cuarenta y ocho: La Quijotita y su prima. Historia muy cierta con apariencia de novela.




Mi muy querido y recordado lector:

Desde el año pasado no me pasaba por aquí para dejarte mis impresiones acerca de mis descubrimientos, o mis lecturas, con tintes o matices históricos. Desde que hace meses me compré la obra de Fernández de Lizardi (1776-1827) intitulada: “La Quijotita y su prima. Historia muy cierta con apariencia de novela”, no pude apartarme de la cabeza el dedicarle una página en este “Álbum de anécdotas”. ¿Por qué?, porque pertenece al delicioso género de la novela de costumbres que tantos buenos momentos me ha hecho pasar desde que lo conocí, hace ya bastantes ayeres, de la mano de Ricardo Palma. La novela de costumbres tiene un profundo arraigo en la narrativa de lengua castellana en las ambas orillas del Atlántico, aunque yo supe de ella y la he disfrutado de este lado, del lado americano, en donde me he encontrado con plumas portentosas como el ya mencionado Ricardo Palma, natural del Perú, o el colombiano Tomás Carrasquilla cuya “Marquesa de Yolombó” forma parte de mi propia educación continental y de mi imaginario juvenil. Una vez en México, leí a Vicente Riva Palacio, a Guillermo Prieto y al singular Manuel Payno, pero me faltaba hincarle el diente al padre del costumbrismo mexicano: José Joaquín Fernández de Lizardi, quien nació como novohispano y murió como mexicano siendo testigo presencial de un momento especialmente convulso. Su obra, tanto literaria como periodística, se la considera ya mexicana aunque parte de ella se publicó cuando México era aun la Nueva España, de manera oficial, ya que no se había consumado la Independencia. Sin ir más lejos, “La Quijotita y su prima”, se imprimió por vez primera en 1818 aunque, como le sucedió a gran parte de la obra literaria de Lizardi, ésta volvió a imprimirse inmediatamente después de la muerte de su autor con algunas correcciones que las reubicaban mejor como obras ya mexicanas de pleno derecho. En la obra que comento, lector mío, eso sucede con puntual claridad pues, después de más de doscientas páginas en las que no se mencionan hechos contemporáneos, ni revueltas o rebeliones, de repente aparece una fecha que te ubica ya en el año final del conflicto, 1821, que debió de añadirse posteriormente, si es que la historia tuvo su primera publicación en 1818. Pero mi idea no es sentar aquí cátedra acerca de los propósitos o desvaríos de los editores de Lizardi al hacer semejante apaño, sino más bien de hablarte acerca de las impresiones que me causó su lectura. Y allá voy, si me lo permites.

La trama tiene elementos de lectura moral para aleccionar al lector pero, al encontrarse a dos siglos de distancia de nuestro propio rango de lo permitido o no como usos sociales, no podemos más que componernos un paisaje humano de una Ciudad de México, capital del virreinato de la Nueva España, desde la perspectiva de un personaje sin nombre que es el que cuenta la historia y que debe de ser el propio Fernández de Lizardi metido a observador. Frente a mis ojos físicos y con ayuda de los de mi imaginación, deambularon los protagonistas y situaciones que eran el pretexto para hablar de la mala y de la buena educación femenina representada en Pomposa, la Quijotita, y su prima Pudenciana. La historia que se narra va del nacimiento a la tumba de la particular protagonista a la que vemos crecer en medio de una vida regalada llena de un despilfarro sin sentido. Pomposita tendrá la vida que sus padres,  don Dionisio y doña Eufrosina, le proporcionarán en medio de cuidados extravagantes y pocas veces de provecho, mientras Pudenciana, hija del militar don Rodrigo y de doña Matilde, la hermana de doña Eufrosina, será criada de una forma ideal que le proporcionará una vida sensata. Aquí, lo importante no es si Pomposa se pierde por su mala educación o si Pudenciana llega ser la hija perfecta, ya que en aquellos momentos, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, la moral aun imponía normas estrictas destinadas a proteger el famoso honor que residía en la conducta de la mujer frente al juicio social. Aquí lo importante, por lo menos para mí, es encontrarme con los usos y costumbres de una sociedad que raramente se retrata, si no es utilizando la pluma literaria que finalmente es la que tiene la misión de congelarla en el tiempo. Leyendo a Fernández de Lizardi me di cuenta que en esos momentos, aun se llevaba a cabo en México el sacrosanto ritual de la siesta, que los bailes y paseos eran frecuentes entre la gente de dinero y que, aunque la imagen choque un poco con la que tenemos de aquellos ayeres, había mujeres que cabalgaban como hombres poniéndose pantalones bajo sus faldas. La lectura me hizo entrar en el mundo de las “chichiguas” y “pilmamas”, palabras de origen náhuatl que señalaban a las nodrizas y a las nanas que criaban a los niños en sus primeros años. Lizardi critica aquí que las mujeres de cierta posición, una vez paridas, se deshacen de sus hijos a los que ponen en los brazos de mujeres, la mayoría ellas ignorantes y descuidadas, que en la mayor parte de los casos era un milagro que lograran sacar adelante a los niños. Después recomienda que no se lleve a las niñas antes de tiempo a la “amiga”, nombre que recibía la profesora encargada de enseñarle los niños, que solían contar entre los cinco y siete años, las primeras letras, pues esa primera instrucción podía perjudicarle a la niña en vez de resultarle provechosa. Pomposa es educada por una madre dominante y un padre débil que no sabe hacerle frente a los caprichos de su mujer mientras pasa por variados escenarios que darán la oportunidad a don Rodrigo, el padre de Pudenciana, de ir desgranando sus doctas opiniones acerca de la educación femenina.

Y, por si hay entre quien pose sus ojos en este texto deseando encontrar un botón de muestra para saber de hablaba Fernández de Lizardi, voy a transcribir un poco del capítulo XV que habla de la boda de unos rancheros, él llamado Nicolás y ella llamada María Antonia, en donde se describe, entre muchas otras cosas y  para deleite mío, como iban vestidos los novios.

(…) Culás estaba de gala con sus calzones de pana azul galoneados y bien surtidos de botones de plata; unas buenas botas picadas y bordadas de oro y azul; sus zapatos abotinados de cordobán, de los que llaman de boca de cántaro, una muy curiosa cotona de indianilla verde guarnecida de listoncito de color de rosa; su mascada del mismo color; su sombrerito redondo, pardo y con toquilla y galón de plata; concluyendo este lujo con una famosa manga de paño azul con dragona carmesí y galones y flecos de oro.

La novia no estaba menos decente en su clase, porque tenía un traje de indiana fina de fondo lacre; su mascada de las que llaman de arco iris, sus aretes de piedra inga muy relumbrantes; unos tres o cuatro hilos de perlas finas, aunque menudas, sus cintillos de iguales piedras que sus aretes; una porción de listones en la cabeza, que sujetaba una peineta de carey, y remataba su compostura con unas medias de seda, nuevas de primera, y unos zapatos de raso color rosa bordados de plata.

Culás era un mocetón alto y bien formado, rubio y como de veintiséis años de edad, y Marantoña (…) sería como de diez y ocho, o diez y nueve, gordita, no muy alta, pero sí blanca, huera, colorada y con unos ojos grandes y negros, los que, juntos a una buena tez de cara y a una boca pequeña encarnada y habilitada de buenos dientes, hacían una figura agradable.

Luego que pasaron las humildes salutaciones de todos aquellos pobres, sacó doña Eufrosina un túnico negro, una mantilla y un abanico, todo muy bueno como que era de gala, y quería que luciera la ahijada de su hermana; pero ésta, luego que entendió que la iban a vestir con aquella ropa, poniéndose más colorada de lo que era, le dijo:

-¡Ay!, no, señora; con su licencia no me pongo esos sacos prietos. Esos se quedan para las señoras como su merced, pero ¡para mí que soy una probe paya! En mi vida me he puesto eso; ¿qué dirán mis amigas si me lo ven puesto? Ya parece que las oigo. Dirán: “Miren la ranchera motivosa; ayer andaba arreando vacas con sus naguas de jerguetilla y agora sale izque con túnico negro, como una marquesa o una conda”. Así dirán, y otras cosas más peores. Conque no, señora; yo iré a la iglesia con mi rebozo de seda que me ha comprado mi señor padre, y que se queden esos vestidos para los ricos, o para los probes que quieran ser redículos.

En el camino decía el coronel a doña Matilde:

-¿Has de creer que me gusta la novia?

-¡Hola!, ¿te gusta?, pues cásate con ella.

-No es eso lo que te digo. Me agrada en ella su carácter sencillo y su juicioso modo de pensar. ¿No oíste que oportuna lección de conformidad dio a más de cuatro que la escuchaban cuando rehusó a ponerse el túnico negro? Esta es mucha humildad y moderación en una payita joven, de quien se debía esperar que estuviera deseosa de parecer bien y de componerse, aunque fuera de prestado, como lo hacen tantas, aunque no estén de boda; pero María Antonia ha conocido la vanidad de este deseo, y no quiere exponerse a que sus iguales, envidiosas de su decencia, se la murmuren llamándola rota y motivosa, como ella misma dice”.

Y hasta aquí lo dejo por hoy, lector mío, con la promesa de regresar en cuanto tenga otro motivo por el cual llamar tu atención. Espero que la Quijotita haya picado tu curiosidad hasta el punto de desear adentrarte en sus páginas tal y como yo lo hice. De ser así, no te demores en leerla y disfrutarla a cabalidad como bien se merece.

sábado, 8 de abril de 2017

Página cuarenta y siete: Calentando motores

    Mi muy querido y recordado lector:

    Hacía un buen rato que no me pasaba  por las páginas de este álbum para comentarte lo último que andaba dándome vueltas por mi mente. Te dejé en noviembre y ya estamos casi medidados de abril del siguiente año. Hoy no te hablaré de la Historia en ninguna de sus variantes, tampoco de un libro leído y su interesante contenido. Te hablaré de lo que pienso hacer con una tela que compré en enero y que hasta ahora no supe que hacer con ella. Pero antes de empezar, comparto contigo unos antecedentes que seguro sabrás apreciar. Desde muy niña me interesaron los vestidos antiguos, sí; esos vestidos que hasta el día de hoy mi madre sigue catalogando como "disfraces". Mis mejores momentos desde la niñez, los más felices, así como los de mi adolescencia, tienen que ver con esos juegos de "recreación" de otras épocas que disfrutaba yo sola porque nunca he tenido quien comparta conmigo esos viajes al pasado. Yo sola y mi alma, encerrada en el cuarto de mi abuela probándome sus guantes hechos a ganchillo que aun conservo y que datan de finales de la década de los Cuarenta. Jugaba con sus abanicos, con sus mantillas, me ponía sus pendientes largos y me inventaba historias en las que yo era la protagonista mientras me veía en la luna del espejo de su tocador. también me ponía las faldas largas de terciopelo de mi madre y sus blusas blancas mientras me imaginaba que vivía a principios del siglo XX. Llegué incluso a hacerme  una falda de polisón con unos almohadones y unas sábanas. Jugaba sola y me inventaba historias mientras me reflejaba en los espejos, es cierto, y todo eso sucedió durante la década de 1970. Vivía dentro de mi mente y lo único que deseaba era que un milagro me llevara a vivir en la realidad todas esas historias que sucedían en el interior de mi cabeza y que se volvían momentáneamente realidad solo cuando dibujaba o escribía, por ejemplo. Entonces crecí, no de golpe porque tardé mucho en hacerlo interiormente ya que no tenía ninguna prisa por alcanzar ese mundo adulto que me seducía tan poco; pero si, tuve que crecer porque fue inevitable, aunque seguí soñando con mis cosas e inventándome historias en las que yo era la protagonista mientras conocía y convivía con personajes de otras épocas. Y, de repente, cuando la vida iba encauzando mis ansias soñadoras por otros derroteros, me tropecé con el recreacionismo histórico en el 2006. Estaba que no me lo podía creer; entonces ¿había otras personas que eran como yo? Finalmente había encontrado la manera de materializar, ahora si, mis sueños de toda la vida. Solo, lector, que como buena historia humana, ésta también tenía un "pero". A mis 45 años vivía del lado equivocado y, aunque me entusiasmé brevemente y encontré un par de personas que parecían gustarles lo mismo que a mí aquí en México, me di cuenta que no era así, tal vez el tema se asemejara pero la coincidencia no iba más allá. Así pues no ha habido manera, hasta ahora, de poder integrar un grupo serio y formal que esté dispuesto a vivir el recreacionismo histórico en México, tal y como se vive en otras partes. No sabes lo mal que me llegué a sentir hasta que entendí que, tal vez, lo mío, mío, no pasa de ser, eso: "jugar" sola y adaptarme a las circunstancias lo mejor que pueda si quiero ser tan feliz como recuerdo haberlo sido en el pasado cuando fuí niña y adolescente. 

     Y entonces, ¿cómo sacar adelante eso que está dentro de mí en referencia a esa vuelta al pasado y mostrarlo al resto del mundo? Después de mucho pensar, de mucho arrepentirme y de regresar al mismo punto de partida que me dejaba sin aliento, acabé diciéndome: "A ver, conoces a excelentes recreacionistas que hacen maravillas, esas maravillas con las que siempre soñaste y que intestaste tú misma aprender a hacer, apoyada por un grupo que finalmente se volvió humo. Si no hay grupos a los que pertenecer, ni eventos en los que participar, ni nada que te motive a hacerte cosas históricas con auténtico rigor, ¿por qué no te haces "cositas" que puedas usar sin llevar corsé y que puedas sacar de paseo cualquier día? Vestidos, blusas, faldas, ¡hasta pantalones!, que cuando la gente te vea te pueda decir que lo que estás usando parece de tal o cual época, aunque no lo sea, pero que se pueda reconocer de donde procede tu inspiración". Y justo aquí, en este punto, es en el que me hayo con un par de telas que me compre este enero y que quiero convertir en un vestido. La idea original era hacerme algo inspirado en la moda de 1917 por la cantidad de aniversarios históricos que se celebran este año y que empiezan en el centenario de la Constitución Mexicana en febrero y acaban con el estallido de la Revolución Rusa en octubre, pero me di cuenta que estaba forzándome a permanecer en la época del corsé y bueno, me "desencorseté" diciéndome: "¿Y por qué no intentar algo de los Veinte? Algo modesto, por supuesto, que puedas sacar a pasear antes de que lleguen las lluvias este año". Y en esas estoy, buscando la inspiración que finalmente se convierta en un vestido cómodo y elegante para usar con un poco de tacón, nada más. Algo que me haga sentir contenta, muy contenta y sobre todo feliz. Algo que cuando me vea en el espejo con él puesto me haga decir: "¿Lo ves? Si puedes hacerlo, solo es cuestión de que te decidas y te pongas manos a la obra hasta terminarlo. ¡Ah! y te ves fabulosa, no lo olvides, ¿eh?". Porque una puede verse fabulosa a cualquier edad, así esté a punto de cerrar el ciclo de mis 56 e iniciar el ciclo de mis 57 este próximo junio.

     Gracias una vez más por leerme y en la medida en que tenga algo que contarte, aquí me tendrás de nuevo dispuesta a hacerlo, lector mío.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Página cuarenta y seis: Día de Muertos


Mi muy querido y entrañable lector:

Desde abril de este año que no te dirijo unas palabras, y bueno, ya que estamos en noviembre -y aunque sea en un viernes por la tarde- me dirijo a ti casi al final de esta extraña semana partida por la mitad. Y es precisamente de ese punto en que la semana se partió en dos, de lo que te quiero hablar, o mejor dicho, escribir. En el mundo globalizado en el que nos encontramos y en donde nuestra sociedad occidental está hoy cargada de sincretismos inevitables, las tradiciones se unen, se amalgaman y, como no puede ser de otra manera, producen síntesis que no siempre nos agradan. Digo esto porque el tan famoso Día de Muertos mexicanos está convertido ya en un producto más de exportación con toda la carga mediática que amerita un producto cultural contemporáneo. El Día de Muertos nació como hijo del afortunado, si, afortunado mestizaje, de las grises, pesadas y contundentes tradiciones peninsulares hijas a su vez de otro "encuentro" cultural entre la raíz pagana mediterránea y el sincretismo religioso judeocristiano; y la fuerza espiritual de la arraigada tradición prehispánica que también recibía a las almas de sus muertos por estas fechas. La fortuna del mestizaje radica en su ligereza, en el color, en la forma tan íntima y familiar  como se recibe a los espíritus de los difuntos convencidos de que se les permite departir,  durante un breve tiempo, el mismo espacio físico que ocupan los vivos. Esta tradición surgió en ese periodo de incubación histórica de la identidad nacional que fue el Virreinato de la Nueva España. Una época larga de casi tres siglos exactos, el XVI, el XVII y el XVIII.  El siglo "sandwich", por denominarlo de alguna manera, fue el siglo en que aparecieron los primeros brotes de "criollismo" en la sociedad novohispana que, después de tener que adaptarse a los importantes cambios de pensamiento que se dieron durante el siglo XVIII, dio a luz a las diferentes luchas emancipadoras de las primeras décadas del siglo XIX. Pues bien, la tradición genérica del Día de Muertos, hunde sus raíces en el tiempo antes de que México empezara a ser reconocido como tal y ha ido transformándose, poco a poco, conforme a las exigencias de la sociedad. En el siglo XIX, el Día de Muertos era algo más íntimo y familiar. Se les compraban los dulces, en forma de calaveras y huesos, a los niños, es cierto, pero cada quien, a su manera, honraba a sus difuntos. Tuvo que llegar el siglo XX para que la uniformidad de la expresión saliera a la calle preocupada por no sucumbir ante las tradiciones extranjeras, como el "Halloween" gringo que no dejaba ser una invención norteamericana inspirada en el "Samhain" celta.

Yo llegué a México a principios  de la década de 1980 y fue entonces cuando conocí un Día de Muertos genérico para consumo nacional debatiéndose en enconada lucha contra el extranjerizante "Halloween". Los niños se disfrazaban e iban de puerta en puerta pidiendo su "calaverita". Si, su "calaverita", que podían o no ser dulces ya que había quien les daba dinero. ¿Cómo estuvo la última transformación de esta tradición mexicana? Sucedió ya en el siglo XXI cuando en el sur de los Estados Unidos se empezó a celebrar el Día de Muertos igual que se celebra el 5 de Mayo, como una fiesta descontextualizada que permite todo tipo de curiosas novedades que nada tienen que ver con la verdadera tradición. Es así como hace unos años empezaron a pintarse el rostro como calaveras llenos de detalles que se inspiran en los adornos florales de las tradicionales calaveritas de azúcar, rematando la imagen con un tocado floral a lo Frida Kahlo, actual icono cultural mexicano con calidad de exportación. No tiene mucho que esa tradición se importó de allende de Río Bravo siendo ahora lo que se podría denominar como lo último en "huaracha" en cuanto a la temática obligada en los Días de Muertos. Pero aun faltaba un colofón inevitable cuando las autoridades populistas que gobiernan a la Ciudad de México decidieron este año realizar un espectacular desfile a lo "Spectre" -título de la última película de la serie de James Bond- ya que, argumentaron, los turistas venían a esta ciudad en busca de lo que se veían en la película y, al no encontrarlo, regresarían a sus casas tan decepcionados como engañados, supongo. Este primer desfile, hijo de la globalización de la cultura occidental, significó dinero gastado en lo que más le gusta los vivos de éstas y otras muchas latitudes: la fiesta y el entretenimiento que los libere de sus responsabilidades diarias y los haga sentir felices en un momento tan especialmente crítico como el actual. Dicen que este primer desfile atrajo a un cuarto de millón de espectadores curiosos de los cuales dudo mucho que la mayoría fueran turistas ansiosos por encontrarse con la estética de la película de James Bond reconocida como parte de la tradición auténtica del pueblo de México.

Por supuesto, obvia decir que yo no fui al Centro Histórico de la Ciudad de México hasta el mero 2 de noviembre, día de Todos los Santos, cuando llegué al histórico Panteón de San Fernando para presentar mis respetos a quienes aun duermen allí el sueño eterno. La atmósfera era diferente, más calmada, más íntima y mucho más gratificante. De ahí pegué el brinco para ver el París de Toulousse Lautrec en el Palacio de Bellas Artes. Más tarde, comí enchiladas de mole en el Sanborns de la calle de Isabel la Católica y me regresé, caminando apresurada, hasta el metro que me llevó a casa. Para mi fue un buen día en el cual, si bien es cierto que no pude estrenar el vestido ando cosiendo, si cumplí con mi programa disfrutando de mi tiempo. Y aquí acabo por hoy, lector mío, deseando que estas palabras mías hayan sido de tu agrado.



martes, 5 de abril de 2016

Página cuarenta y cinco: Un crimen sentimental





      Mi muy querido lector:

  Me sumerjo de nuevo en las profundidades históricas para tratar un tema que, si bien no corresponde de lleno al siglo XIX, digamos que su trascendencia si lo hizo pues se alargó hasta las primeras décadas del siglo XX. El motivo de esta nueva página es el de acercarte a la experiencia que viví gracias al contenido de un libro escrito por John Brewer titulado: Un crimen sentimental. Amor y locura en el siglo XVIII. La experiencia comenzó justo en el momento en que lo hallé en el reciente remate de libros en el Auditorio Nacional este pasado marzo. Como últimamente he empezado a leer muchos libros pero ninguno ha logrado atraparme en su contenido, tomé el ejemplar con bastante desgana preguntándome si no sería un titulo más que añadir a la larga lista de lecturas fallidas en estos últimos meses. El título prometía pero hay muchos títulos que prometen y que dejan la ilusión del lector al interior del hoyo negro de la desgana; sin embargo, esta vez me encontré con un tema apasionante, muy bien tratado y con una narración ágil y entretenida. ¿De qué va ese texto?, de un suceso que conmocionó a la buena sociedad londinense de 1779 ya que involucraba a la conocida concubina -o "demi rep" como se les solía llamar en ese momento- del cuarto conde de Sandwich, a la sazón Primer Lord del Almirantazgo, y a un hombre respetable pero enloquecido por el amor no correspondido que sentía hacia esta mujer. Si piensas en un  hecho de sangre, mi querido lector, acertarás ya que el 7 de abril de 1779, a las puertas del Convent Garden, Martha Ray fue asesinada por el reverendo James Hackman. ¿Y que de importante tiene éste hecho de nota roja para que se haya publicado un libro más de doscientos años después hablando de él? Importancia histórica solo tiene en la medida en que nos habla de un evento que, como dice al principio de esta página, conmocionó a la buena sociedad londinense de la época; pero, su importancia historiográfica, en estos momentos, lo vuelve más relevante ya que John Brewer, el autor, escoge el hecho para explicarnos como es que se va transformando la manera de comprender lo sucedido generación tras generación y las implicaciones que esto conlleva. Para mí, caro lector, este texto resultó ser una verdadera golosina intelectual, un auténtico descubrimiento que va en el sentido de afirmar lo que siempre he sostenido acerca de la veracidad de la Historia, así, con mayúscula, y la función que esta veracidad cumple en el proceso historiográfico.

     Pero, hay algo más que extraje de esta interesante lectura y ese algo es, sin duda ninguna, el descubrimiento de una historia íntima y sentimental que yo desconocía por completo. Empezaré diciendo que la vida de Martha Ray se parece a muchas otras vidas femeninas que en el siglo de los Jorges, en Inglaterra, se encumbraron de la pobreza a la riqueza gracias a una sola particularidad: llamar la atención de un hombre poderoso o, por lo menos, en este caso en específico, a un hombre de buena cuna. Martha Ray era sombrerera, una profesión que en el siglo XVIII, en Londres, parecía ser la actividad más adecuada para establecer contactos de todo tipo entre los diferentes estratos sociales. En concreto, Brewer menciona que la palabra "sombrerera" llegó a ser casi sinónimo de alcahueta en ese siglo en Inglaterra. Pues bien, Martha Ray era sombrerera y conoció al cuarto conde de Sandwich cuando éste tenía ya una muy bien fundamentada fama de libertino y de incansable actor político. Sandwich había sufrido en su juventud un fuerte revés de fortuna en su entorno familiar ya que su esposa se volvió loca al poco tiempo de casados y él se consoló en los brazos de cuanta mujer pudo. Aun así, la relación que sostuvo con la agraciada Martha, no fue una relación circustancial sino una especie de concubinato que la elevó al rango de "semi respetable" -"demi reputation" o "demi rep"-. Por supuesto, el campo de acción de una "demi rep" tenía sus límites ya que no podía traspasar las fronteras de los estamentos sociales de la época, dicho de otra manera: podía ser la administradora de Hinchingbrooke o compartir el entorno doméstico de Sandwich en el Almirantazgo pero ciertamente no podía ser tratada como la igual de ninguna Lady lo cual hacía que el círculo de Martha Ray se restringiera a la sociedad que el propio Sandwich le proporcionaba cuando se hacían esas inolvidables fiestas en la casa campestre del cuarto conde de Sandwich en donde departía con cantantes, escritores, científicos e intelectuales. Ella misma parecía tener una voz de soprano tan buena que llegó a pensar en independizarse de la tutela de su protector convirtiéndose en cantante de ópera. Por supuesto, eso nunca sucedió ya que la propia Martha utilizaba ese argumento para presionar al aristócrata, que era el padre de todos sus hijos, con la intención de que Sandwich dejara bien protegida a su descendencia. La vida de Martha era pues una vida tranquila y cómoda como amante de un hombre connotado y como madre de familia aunque, por supuesto, tenía sus sinsabores sociales al no ser aceptada por el gran mundo aristocrático de la Inglaterra georgiana ya que solo se trataba de una "demi rep". Su discreta vida se hubiera  diluido en el mundo de las anécdotas de alcoba si no hubiera tenido el final que tuvo. Martha era una mujer atractiva para su época y era natural que tuviera pretendientes que se animaban a acercarse a ella para beneficiarse de su intimidad con el conde de Sandwich, pero Martha era una "semi respetable" así que, aunque su nombre se vio envuelto en ciertos asuntos de tráfico de influencias y negocios no muy claros por parte del Almirantazgo, nunca se pronunció dentro de "chismes" de sociedad que tuvieran que ver con alguna infidelidad por su parte. Al contrario, mientras vivió, ni siquiera la sombra que sobre ella proyectó la locura amorosa del reverendo Hackman pudo hacer dudar de su infidelidad.

     Y aquí es donde entra el tercer personaje de este triángulo amoroso. James Hackman, cuando conoció a Martha Ray en una de esas inolvidables fiestas de Hinchingbrooke en 1775, era un militar trece años menor que ella con quien conversó animadamente. James se sintió muy atraído por Martha y mantuvieron una amistad que se desarrolló en varios encuentros ocasionales hasta que James fue trasladado con su regimiento a Irlanda. De Irlanda regresó para convertirse en reverendo y, en este regreso, aunque James hizo hasta lo imposible por volver a ver a Martha, ésta se negó ya que existía el antecedente de que James le había pedido matrimonio a ella y ella se había negado. Todo esto se sabe por comentarios de terceras personas y, por supuesto, por una breve relación epistolar de muy pocas cartas, de él fundamentalmente. El chiste es que ella había decidido no volver a verle más para que no insistiera sobre algo que no tenía ningún sentido. James, ante la negativa de Martha, decidió suicidarse y hacerlo frente a ella, escribió un par de cartas que dejó con su cuñado y cargo dos pistolas que se llevó consigo al encuentro fatal del Covent Garden. ¿Por qué dos pistolas si solo tenía la intención de suicidarse? En el juicio que se le siguió como asesino de la amante del conde Sandwich, se manifestó que fueron dos por si una fallaba, cosa que, según parece, en la época era algo bastante frecuente. Sin embargo, lo que se planeó como un suicidio acabó siendo un asesinato y James Hackman, arrepentido, asumió las consecuencias perdiendo asimismo la vida en el patíbulo. Brewer sabe como trasmitirnos la sensación de estupor que causó este hecho en la buena sociedad londinense y también nos lleva de la mano para que veamos como en siglos posteriores este "romance" se transformó, primero, en un caso de estudio científico sobre por qué James Hackman reaccionó como lo hizo para cometer el crimen y luego, más tarde, se convirtió en un tema literario que terminaría hablando de un amor frustrado. Solo hasta finales del siglo XX, cuando la historia amplió sus temas de estudio dando énfasis a la historia social del periodo, resurgió la curiosidad por regresar a Martha Ray y a James Hackman tal y como lo hace John Brewer en este libro cuya lectura recomiendo ampliamente. Quisiera seguir mostrándote mucho más de lo que el texto encierra, lector mío, pero no quiero extenderme más para ver si así logro picar tu curiosidad y provocar su lectura tal y como yo lo hice. Y no, no creas que he olvidado la promesa que te hice respecto a Guillermo Prieto. Déjame solo que se me disipe un poco la emoción de esta extraordinaria lectura y que pueda volver a centrarme en mi bienamado siglo XIX mexicano.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Página cuarenta y cuatro: Sueños de baile

Mi muy querido y apreciado lector:

Espero que me perdones mis largos silencios pero a veces la vida solo discurre en forma de pensamientos y, por lo tanto de un diálogo muy íntimo entre la que soy por fuera y la que soy por dentro. Han sido años difíciles de tratar de recuperar un control que espero haberlo hecho de una forma satisfactoria, en primera instancia para mí y después para ese mundo con el que convivo y que es el que me suele sufrir, con mayor o menor estoicismo, mis exabruptos de carácter. Lo confieso, no soy una perita en dulce, como se suele decir por estos lares pero, como tengo otros espacios cibernéticos para esos menesteres de autoexplicarme, mejor entro en materia y no aplazo más el momento de hablar de lo que deseo. ¿Y de que deseo hablarte hoy? pues de un sueño que tuve despierta mientras escuchaba y tarareaba así, por lo bajo, el que escogí para que fuese mi vals favorito de toda la ingente producción musical de la familia Strauss: "Rosas del Sur". Era inevitable que las imágenes fueran formándose en mi mente al ritmo del tres por cuatro y que de esas imágenes se hilara un deseo y de ese deseo llegara a una historia a mi cabeza. Una historia sin principio ni fin, más bien un pedazo de "película mental" que ya he visto en otros momentos de mi vida. Una historia con una protagonista -yo misma- y con una locación exacta: el Casino Español de la Ciudad de México ubicado en la calle de Isabel la Católica. Si, escuchaba el vals, ¡mi vals!, cuando empecé a decirme a mi misma que, si tuviera dinero, mucho dinero, o al menos la posibilidad de conseguirlo, haría realidad uno de esos sueños imposibles que han vivido en mí durante décadas y décadas: haría realidad ese baile que solo ha existido en mis sueños. Un baile con orquesta, en un gran salón y, por supuesto, conmigo como anfitriona, apareciendo como esa gran señora a la que aspiré a convertirme desde que era una niña. Cuando pertenecí a la Sociedad Victoriana Augusta reviví ese sueño, aunque nunca pudo volverse realidad del todo porque en México no existen las condiciones para hacer florecer el recreacionismo histórico y así poder vivir la reconstrucción del ayer a través de eventos en lugares más o menos de la época. Sin embargo, esta mañana, mientras me vestía para irme a trabajar y mientras escuchaba el vals de Johann Strauss, hijo, volví a fantasear con ese baile en el Casino Español que aun no se produce. Tengo una amiga, a la que conocí en la anteriormente citada Sociedad, que va a hacer un baile en un palacio de Madrid como evento público. Un baile al que asistirán más amigos míos junto con esta amiga llamada Inma. Asistirán: Rosario, Eva, Pedrete..., y yo aquí, a miles de kilómetros del otro lado del océano soñando con un baile como el que se llevará acabo en Madrid este año. Bueno, si soy honesta, mi baile, el baile de mi mente, no es precisamente un baile de la época del Imperio napoleónico -o de la Regencia inglesa-. Y no puede serlo porque sería un baile que transcurriría bajo la mirada de dos retratos, el de una madre y un hijo, ambos reyes de España durante el siglo XIX. Ella, la desterrada por la Gloriosa. Él, el carismático Alfonso, el de Merceditas, el de la Restauración. Y yo me veo ahí bailando valses, polcas, mazurcas y rigodones vestida como "Doña Virtudes", la viuda de Alfonso, con un vestido negro con flores amarillas en el escote, colores ambos emblemáticos de la añeja casa de los Habsburgo. Porque así es como me veo vestida, sobria, de negro pero con un toque de color para alegrar la mirada de los circunstantes al mismo tiempo que me haría ver como la señora que soy a mis cincuenta cuatro años. Sé que en las páginas de este  álbum guardo saberes y recuerdos, así como expreso en él planes que a veces, la mayoría de las veces, por desgracia, se quedan solo en eso, en planes que no concreto porque ni la vida ni las ganas me dan para ello. Por eso, porque es un álbum de historias y de sueños, dejo aquí esta flor de encanto decimonónico esperando que un día florezca y se convierta en experiencia vivida lo que hoy solo es un anhelo. Prometo otro día, lector mío, paciente lector mío, volver a este álbum a hablarte de mi presente lectura cuyo tema no dudo que pueda interesarte. ¿Conoces a Guillermo Prieto, el inolvidable "Fidel" de los periódicos mexicanos  de mediados del siglo XIX?, pues ahora ando llevando con él una sabrosísima conversación a través de mis ojos. Conversación que, si gustas, podré comentarte en otra ocasión para hablarte de un México que fue y que me encanta visitar de vez en cuando a través de la lectura, las imágenes y los lugares físicos como este interesante Casino Español que fue fundado en 1863 y cuya actual sede ocupa el predio que fue el de la iglesia del Espiritu Santo derriba por la piqueta del imparable progreso porfirista de finales de ese siglo que tanto me gusta. Aguarda con tu proverbial paciencia  mi próxima entrega con una página más de álbum de anécdotas.

viernes, 3 de julio de 2015

Página cuarenta y tres: Porfirio José de la Cruz Díaz Mori. Cien años después.


     Mi muy querido y apreciado lector:

  Después de este último silencio, regreso con nuevos bríos para comentarte que tal estuvo este centenario luctuoso con tintes nostálgicos. Pues bien, cien años después de muerto, nuestro querido amigo sigue dando guerra. ¿Cómo es eso?, te preguntarás. Pues ya sabes que quien nace con el sable en la mano, ni muerto lo abandona. Y así fue como nació Porfirio ese 15 de septiembre de 1830 en la ya entonces Ciudad de Oaxaca, la antigua Antequera virreinal, hijo de madre indígena mixteca y padre español o descendiente de españoles. Niñez común y adolescencia cargada de sueños de grandeza que se veía alcanzando por medio de la vida civil, así como lo había hecho ya su coterráneo Benito Juárez que vino a demostrar que el origen humilde e índigena no tenía porque ser un impedimento para insertarse en una sociedad estamental como lo era la de Oaxaca en aquel momento. El lema de aquellos ayeres era el progreso. Todo pendía y se orientaba hacia esa línea recta de desarrollo continuo que marcaba el éxito social, económico y, sobre todo, personal.  Pues bien, Porfirio quiso ser abogado, profesión liberal que ayudaba a subir los peldaños del empinado escalafón social, o al menos así se creía entonces como se siguió creyendo durante mucho tiempo. Y no, no lo consiguió por muchas razones, entre ellas por su precaria situación económica, por su carácter que no se avenía bien a seguir ciertas disposiciones de sus superiores y porque su destino estaba ciertamente en otra parte. El se veía como civil pero las circunstancias de su entorno le demostraron que lo suyo, suyo, era el ejército y que, como dije al principio, había nacido con un sable en la mano o con un bastón de mando que para el caso, era lo mismo. Porfirio salió de su nada cómoda zona de confort acicateado por su hermano Félix, el famoso Chato, el que le entró a los “catorrazos” desde muy joven porque le encantaba la pelea y no era muy dado a entender razones. Así que, convencido por su hermano y viendo que la vida civil no tenía ya mucho que ofrecerle, Porfirio se fue a probar suerte en el ejército y allí fue en donde terminó haciendo una carrera que lo encumbró hasta la presidencia de México. Creo que en aquellos años de ímpetu juvenil, nunca se le pasó por la mente que algún día sería el “Señor Presidente” con tintes de autócatra pues llegó a detentar un poder que nada le tenía que envidar al Zar de todas las Rusias, por ejemplo. Porfirio se hizo liberal porque tenía una convicción profunda, no de tipo ideológico precisamente, pero si de estar haciendo lo correcto al defender a su patria de amenazas externas como fue el caso de la Intervención Francesa (1862-1867). Para entonces, en ese preciso momento, su prurito militar era ya dominante dentro de su carácter y su concepto de honor le llevaba a sostener un compromiso inalterable con la causa liberal y republicana. No, aun no pensaba en la política, lo único que pensaba era en demostrar a los franceses que lo que mejor podían hacer era que se regresaran a  su casa y dejaran a México en paz. Se batió como un león en Puebla. Estuvo allí en 1862 y después cuando cayó la ciudad en 1863. Fue apresado y se escapó, por lo menos en un par de ocasiones. Los franceses lo respetaban como enemigo y trataron varias veces de que defeccionara de la causa republicana ya que lo consideraban como un verdadero peligro para la estabilidad del Imperio que sostenían las bayonetas francesas. Pero Porfirio no cedió ante aquellos inquietantes y seductores cantos de las sirenas. Tal vez porque, conforme su fama militar crecía, más consciente se iba haciendo de su lugar en medio de aquella lucha de muchos frentes. 1867, fue el año en que la victoria definitiva sobre el Imperio y los franceses, lo elevaron al rango de héroe nacional. Liberó Puebla en abril y entró victorioso a la Ciudad de México escoltando  el carruaje en donde iba Benito Juárez recibiendo el aplauso de la multitud que vitoreaba no solo al benemérito sino también al héroe que lo acompañaba.

     A partir de entonces, como militar sin ocupación y tras haberse retirado a la vida civil,  fue cuando se planteó ingresar a la política. Sus “pininos” en ese sentido fueron desastrosos y nadie, ¡ni él mismo!, creía que pudiera tener un futuro en en ese campo de batalla en donde menudean los golpes efectistas, la demagogia y la traición. No, la política era demasiado complicada para él que no era muy afecto a hacer discursos en donde terminaba entrampándose con los conceptos y acababa llorando de impotencia al no poder expresarse con la claridad que deseaba. Pero el levantamiento, la asonada, eso si le era familiar y se sentía como pez en el agua dirigiendo a sus hombres y obligando a los civiles que lo “escucharan” con las armas en la mano. Así se levantó primero contra Juárez quien quería volver a ser presidente a través de una elección ya que, a pesar de haberlo sido de manera continua desde la época de la Guerra de Reforma (1857-1861), nunca había detentado el cargo por elección sino porque las circunstancias lo habían mantenido en él en una especie de prolongado interinato. Después Porfirio se levantó contra Lerdo de Tejada cuando éste trató de hacerse elegir como presidente constitucional ya que la muerte de Juárez lo había colocado también en la presidencia de manera interina para terminar de cubrir el periodo presidencial de su antecesor y quiso, como el propio Juárez, ser presidente por elección. Ese segundo levantamiento de Porfirio fue el que lo catapultó a presidencia de México por primera vez envuelto en el lema de su revuelta que,  fue, precisamente, la no reelección presidencial. Y así fue como, en 1876, Porfirio llegó a ser el “Señor Presidente”.

     Porque si, aunque te resulte un poco difícil de creer, lector mío, en ese primer acercamiento al poder, Porfirio, aun siendo el “Señor Presidente”, aun no era el “Don Porfirio” que después conocería México.  Su primer cuatrienio como presidente de la República, apenas fue un ensayo prefigurando, a duras penas, lo que vendría después de 1884. Antes que Don Porfirio llegará finalmente a ocupar la famosa silla, símbolo del poder presidencial mexicano -así como en las monarquías lo es la corona-, tuvo que sentarse en ella su compadre Manuel González a quien no le fue muy bien que digamos ya que los ánimos seguían sin apaciguarse y con medidas como el famoso asunto de las monedas de níquel que causó un verdadero escándalo dentro de la sociedad mexicana - que aun no se entendía bien como iba eso de las devaluaciones-, salió más que raspado mientras la sociedad clamaba el retorno del hombre fuerte que los iba sacar de todos sus problemas. Y ahora sí, a partir de 1884, Don Porfirio entra en escena completamente metamorfoseado en el salvador de México. Tenía ya casi 55 años y no se levantaría de la silla hasta que la Revolución de 1910 lo levantó de un golpe, y muy a su pesar, siendo ya un anciano de 80 años. Entre los 55 y los 80, gozó y detentó un poder casi omnímodo que lo hacía sentirse el Padre de México. Si, adivino tu gesto, caro lector mío, pero así fueron las cosas. Porfirio, Don Porfirio, marcó toda una época a la que, como en el caso de la longeva reina de Inglaterra, dio su nombre. Hablar en México del Porfiriato es evocar al último cuarto del siglo XIX y la primera década del convulso siglo XX con todas sus luces y todas sus sombras. Evocar a una modernización dependiente y trunca que llevó a la sociedad mexicana a la más obscena de las desigualdades sociales.  Evocar el costo de un progreso que enriqueció, de una manera insultante, a unas cuantas familias protegidas por el régimen mientras el resto de la población apenas subsistía de manera bastante precaria. Sus luces consistieron en ubicar a México como nación en vías de un desarrollo que prometía alcanzar el tan deseado progreso al nivel de las naciones más poderosas de Occidente. Sus sombras fueron evidenciándose y alargándose cada vez más conforme Porfirio se reelegía, una y otra vez, porque él seguía siendo el hombre fuerte de México. La década de 1880 fue la de la esperanza de que las cosas podían e iban a cambiar para mejor. La de 1890 fue la de la seguridad de que el progreso había llegado a México, finalmente, y se respiraba esa confianza en el futuro que empezó a enrarecerse unos años, solo unos pocos años después, del cambio de siglo. Fue cuando Porfirio cruzó la frontera de sus 70 que a México empezó a pesarle la gerontocracia que le gobernaba. Se imponía un cambio porque el mundo estaba cambiando y porque la propia sociedad mexicana lo estaba haciendo también a un ritmo que se aceleraba mientras Porfirio, en su ancianidad, no reconocía la necesidad de ese cambio. Así fue como llegó primero la entrevista concedida al periodista norteamericano Creelman en 1908 que ni siquiera se llegó a publicar en México pero que trascendió y fue como el banderazo de salida para las nuevas generaciones a las que les urgía ya brincar a la palestra política. De 1908 a 1910, año este último en el que Don Porfirio decidió no reparar en gastos para celebrar los primeros cien años de la Independencia de México, los acontecimientos se precipitaron y terminaron estrellando al “Señor Presidente” contra la evidente realidad de que México había finalmente cambiado, con o sin su anuencia, y que él ya, no solo no imponía el ritmo sino que además ya ni siquiera podía seguirlo. A las provocaciones del proceso electoral de 1910 no pudo, ni supo, como controlarlas, simplemente se impuso, como lo había hecho siempre, causando con ello la ruptura que terminó generando la conflagración que desangraría al país, de manera ininterrumpida, en los siguientes diez años. Cuando subió por la escalerilla del Ipiranga en mayo de 1911 rumbo al exilio, Don Porfirio era un anciano que cargaba sobre sus espaldas el odio y el desprecio de unas cuantas generaciones de mexicanos que habían sufrido por su perdida de contacto con una realidad que terminó por rebasarle. De 1911 a 1915 cuando murió en París el 2 de julio, Don Porfiro, el ex presidente de México, se paseó por el mundo como lo hacían entonces los monarcas destronados pensando en lo injusto que había sido ese pueblo para el que había tratado de ser como un padre bondadoso con su cariño e inflexible castigando sus faltas. Sus últimos pensamientos fueron para México.

     Hoy, cien años después, sus restos continúan exiliados en Montparnasse, París, como metáfora sublime  y rotunda de su propia vida. Hoy, cien años después, hay voces que se levantan pidiendo que se regresen sus huesos a la tierra que tanto amó, aunque fuera de una manera tan paternalista y desenfocada. Hoy, cien años después, hay quien exige que se le hagan honores de Jefe de Estado a su regreso. Pero, quien sabe, a lo mejor lleva décadas reposando en una tumba sin nombre, aquí en México, y no nos hemos enterado. Y con esto, lector mío, te dejo hasta la próxima entrega.



Dedico este texto, con todo mi cariño, a Rosario T Palacios y a su pequeño Sebastián.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Página cuarenta y dos: El Ministerio del Tiempo

     
     Mi muy querido y recordado lector:

    El día de hoy te traigo un tema que tal vez, para tu sapiente intelecto, juzgues de banal y ligero pero que, aun así, me gustaría mucho poner ante tus ojos como una espacie de golosina. Hoy voy a hablarte de El Ministerio del Tiempo, serie de ficción que apenas comienza su andadura en la cadena 1 de Radio Televisión Española. Me atrajo el título porque no te puedo negar, lector mío, que desde que tengo memoria me ha fascinado elucubrar sobre la posibilidad de viajar en el tiempo para así conocer, aunque fuera  a la distancia o en calidad de ectoplasma, tanto a las personas, como a los lugares en diferentes épocas que desde siempre me han resultado atractivos. El viejo sueño del historiador de poder ser testigo directo de los acontecimientos que estudia, por eso, en cuanto supe que se iba estrenar la serie que te menciono, decidí echar mano de la tecnología para así poder disfrutar esta producción que me causaba tanta curiosidad desde el planteamiento de su trama. Y te voy a confesar que, visto lo que se está haciendo en materia de series de ficción y fantasía en otras partes del planeta, no me sentía muy segura de iniciar la aventura con la desconfianza metida en el cuerpo. Pero, ¡oh sorpresa!, sin ser todo lo que nos tratan de convencer que es, El Ministerio del Tiempo, hasta este justo momento en el que ya se han retrasmitido tres programas de la serie, revivió en mí recuerdos de mi adolescencia en Madrid cargados de deseos imposibles que se resumen en ese viajar por el tiempo para conocer los hechos de la Historia de primera mano. De repente, me veo emocionada frente a la pantalla de mi computadora portátil siguiendo las aventuras de Alonso, Amelia y Julián como si yo volviera a tener catorce o quince años. No, no es una producción perfecta, estoy de acuerdo pero es un maravilloso intento por utilizar a la Historia como vehículo narrativo y enfrentarnos así a un pasado visto desde el presente, un pasado que tiene la clave del por qué el hoy es como es. Me gustó la premisa de que los protagonistas tengan que evitar que la Historia cambie. Finalmente es una premisa clásica en las series que han tratado el tema desde el famoso e inolvidable Túnel del tiempo de la década de 1960. También me gustó ver esa simbólica escalera de caracol cuya espiral nos remite, de manera inevitable, al concepto de evolución y desarrollo que tiene que ver con el discurso histórico. Por supuesto, se substituye la máquina, indispensable desde que H. G. Wells la creará, por las innumerables puertas que llevan a los diferentes tiempos. Tal vez sea rizar el rizo si comento que a mí me pareció la idea de las puertas una clara alusión a los agujeros de gusano que los fisicos actuales conciben como manera, aun no demostrada pero si propuesta como hipótesis, para comunicar lugares distantes del universo, así como planos diferentes que podrían alterar la continuidad del espacio-tiempo tal y como la concebimos en y desde nuestro planeta. El Ministerio del Tiempo parte pues de esa premisa para desarrollar una narración en donde la ficción y la realidad se entremezclan creando una trama verosímil y entretenida. Si, para mí fue una agradable sorpresa que pienso disfrutar todo lo que Radio y Televisión Española me deje ya que, por lo que he leído, tal vez su poco "raiting" no la anime a realizar una segunda temporada. En lo particular, este programa ha sabido captar mi atención con la ligereza de sus diálogos que manifiestan una nada velada crítica a la situación actual que se vive en España mientras trata con humor a personalidades del mundo de la cultura de tiempos pasados convertidos por la historia oficial en personajes intocables que, sin embargo, aquí se transforman al proporcionarles un guiño casi caricaturesco que los humaniza. Si, la serie es divertida y didáctica al mismo tiempo pues, sin mucho rascarle, la España actual se ve, frente a frente con su pasado y, de ese encuentro inevitable, surge el chiste que aligera la trama. No, no trato de convencerte, caro lector mío, de que se trata de un producto absolutamente necesario para comprender los "intringulis" históricos de una nación tan compleja como es España, pero si es un digno intento de presentarla imbuida de un espíritu ligero propio del melodrama de nuestros tiempos. Ojalá la teleaudiencia española, que es la que cuenta para ese "raiting" necesario, le de la oportunidad a esta serie para que sobreviva las suficientes temporadas como para que nos siga sorprendiendo como hasta ahora lo ha hecho. 

Espero que la lectura de esta página te haya resultado agradable y me despido por hoy con la promesa de un pronto reencuentro.