jueves 12 de enero de 2012

Página veinticinco: La inspiración de Naná

Lectores míos -si es que aun conservo alguno por aquí-:

Retomo la pluma virtual, para incluir una nueva entrada acerca de mis proyectos, más o menos, de carácter reminiscente.  Han pasado muchas cosas desde la última vez que me animé a poner algo entre estas páginas.  Por ejemplo: viajé, me cambié de casa, conocí en persona a alguien muy querido por mí... Vamos, que resumiendo, mi vida volvió a cambiar.  Empecé este 2012 -año de aniversarios-, sintiéndome bastante contenta y reconstituida, mientras pensaba en todo lo que quería hacer antes de cerrar, con broche de oro, este año recién inaugurado. ¿Propósitos?, pocos. Tal vez el mayor de ellos sea reconciliarme con el trabajo y dejar de pelearme con esa sensación de no tener tiempo para lo que me gusta.  ¿Qué es lo que me gusta? Leer, dibujar, escribir, pasear, descubrir nuevas cosas, sentirme creativa y poder compartir lo que soy con la gente que quiero. Ciertamente, en estos últimos años, no he tenido muchas oportunidades para sentirme creativa, si exceptúo los momentos puntuales que me ha brindado la costura,  Y digo bien: ¡puntuales! Sin ir más lejos, el año pasado, solo me pude hacer un vestido, aunque asistí a dos eventos.  En el primero, aparecí como el Espíritu de la Rosa en un desfile carnavalesco que celebraba el inició de la Primavera.  En el segundo, que fue en el Parque de los Viveros, volví a hacerme un traje Imperio, con un toque más al gusto anglosajón, en un color celeste que me favoreció mucho. Mi tercera participación estaba planeada para el concurso de Ofrendas el 1o de noviembre en la calle de Regina del Centro Histórico de la Ciudad de México, con un modelito de mediados de la década de 1840, que nunca vió la luz.  Debo de confesar que me hice una camisa interior -que no me gustó como me quedó, la verdad- y me enfrasqué en la confección de una enagua que tengo guardada hecha solo a la mitad. Un desastre y, por qué no, un fracaso casi mayúsculo. Aunque, no todo se perdió ya que la cantidad de metros que compré para el traje de la década de 1840, bien puedo utilizarlo para hacerme otro traje de miriñaque que tiene, como plazo para ser estrenado, el 5 de mayo de este ominoso 2012. Curiosamente, considero que la tela en cuestión, es más apropiada para un traje de principios de la década de 1860 y, puesto que ni siquiera pude utilizarla para cortar las piezas que componían el traje del anterior proyecto, la utilizaré para este futuro evento que espero, esta vez, si pueda concretarse sin que se presente en el inter, ningún inconveniente de cuidado. Por supuesto, para esta ocasión, tengo otro reto que asumir: fabricarme el miriñaque.

Y aquí llego al punto en el que he estado atorada desde que pensé llevar a cabo su confección:  ¿cómo hacerlo?, ¿qué materiales debo utilizar? Me hubiera gustado hacerlo de fleje metálico; pero, creo que finalmente lo haré de varilla de plástico.  Lo que si tengo muy claro es, cómo lo quiero.  Será de jaula y de cinco aros, como muchos de la época. Sé que el fleje metálico tiene más ventajas que la varilla de plástico pero, aquí en México, es mucho más difícil de conseguir el dichoso fleje.  Por otro lado, si lo tengo que transportar, la varilla de plástico me ofrece ciertas ventajas que el fleje metálico no me da.  En fin, ahora, lo que tengo que conseguir son los metros y metros de varilla de plástico a un precio razonable. ¿Con qué recubriré los aros para darle consistencia?, ¿qué material utilizaré? Manta que es, finalmente, una tela de algodón 100% en un color crudo. El asunto deriva pues hacia las instrucciones técnicas de como hacer los aros, como reforzarlos y, por fin, como unirlos para que se forme la "jaula" que pueda ahuecar la falda.  Después de eso, es obvio que necesitaré una enagua para que no se me marquen los aros y, por fin, la falda.  No pienso hacerme nada complicado porque, como de costumbre, no voy a tener mucho tiempo disponible para  hacerlo.  Va a ser un falda sencilla y una blusa también sencilla con uno de esos cinturones tan en boga en la década de 1860 -aunque no pueda meterme aun en los berejenales de construir armazones elípticos-. ¡Ni modo!, conozco mis limitaciones y  asumo que mi reto será, en esta ocasión, construirme mi propio miriñaque.  Ni siquiera tengo pensado hacerme los calzones largos ya que, como Naná, pienso llevar la camisa interior y las medias, nada más.  Quiero ser optimista y pensar, no solo que puedo, sino que ciertamente voy a lograrlo, me salga como me salga.

En fin, lector mío, poco hay que añadir a lo que acabo de expresar.  Para mayo, el miriñaque; y para diciembre, probablemente sea algo de la Vuelta del Siglo, por otro nombre: la Belle Epoque -aunque esto último no está aun muy decidido-.  Pero, como no hay que comer ansias, primero va lo primero y esto es, para mí, tener que entrarle al asunto de los aros. Dos proyectos, pues, para un año peculiar cargado de una atmósfera un tanto pesada marcada por un pesimismo contenido.  Espero entonces tener tiempo para irte notificando de mis avances y, bueno, también poder contarte algo más acerca de esa época fascinante que fue el siglo XIX al que este álbum esta especialmente dedicado. 

viernes 8 de julio de 2011

Página veinticuatro: Una reunión en los Viveros

Mi querido, apreciado y nunca olvidado lector:

La anunciada reunión de mayo, finalmente se realizó. En Augusta-México, somos pocas, así que todo estuvo fluido y sin mayor contratiempo -si se exceptúa la perdida de mi celular-. Para mí, cada reunión de Augusta, es única; y, en esta ocasión, lo volvía constatar. Me costó tanto llevar buen fin mi atuendo para esta reunión. Desde las indecisiones para conseguir la tela, hasta mi necedad por seguir cosiendo a mano -teniendo, como tengo una máquina de coser eléctrica-. Este ha sido mi mejor creación aunque asumo que sus errores, en cuanto a confección, han sido muchos.  No, no se me da el patronaje y, por otro lado, lo hago todo a "ojo de buen cubero". En fin... Lo importante aquí, es que me sentí increíble vestida de esta manera y me divertí mucho jugando al "badminton" y bailando.  Reafirme mi torpeza para los deportes de raqueta; pero, me reí y me reí hasta quedar casi sin aliento.  Hablamos mucho, intercambiamos opiniones e hicimos planes para futuras reuniones. Hicimos un "picnic" y hasta nos tomamos vídeos que aun no se editan.  La verdad, fue una mañana magnífica entre árboles y con música de batucada de fondo. La sesión de fotos, entre las palmeras, me evocó un soñado viaje al Egipto de los Siddons.

Ahora, nos encontramos preparando una ofrenda a los héroes de 1847 y, por supuesto, el vestuario tendrá que ir de acorde a la época señalada. Iré comentando más de esto conforme se vaya acercando la fecha de noviembre en la que pensamos reunirnos. De momento, concluiré esta breve entrada con este enlace de fotografías que espero que sean de tu agrado lector mío.

http://www.flickr.com/photos/63514264@N06/sets/72157626851223118/

jueves 7 de abril de 2011

Página veintitrés: Proyecto para mayo


Mi muy querido e inolvidable lector:

Aquí estoy dispuesta a poner, frente a tus ojos, mi última idea acerca de la próxima reunión de mayo.  Si, aun no hay fecha, solo sé que será en mayo y supongo que se verificará cerca del 24 de mayo para celebrar un aniversario más de la difunta pero, aun así, siempre recordada Victoria de Inglaterra, nuestra Victoria. Es común que "Augusta-México" se reúna más cuando puede que cuando quiere en realidad. Múltiples factores son los que nos han imprimido esa dinámica un poco errática que, de todas maneras, no deja de proporcionarnos algo de satisfacción.  Hay años en los que hemos planeado varias reuniones sin que hayamos podido reunirnos más de una vez y a veces, ni eso. Sin embargo, y a pesar de todos los pesares, siempre que planeamos una reunión la espero animosa y, como en esta ocasión, rebullendo mil y una ideas en el interior de mi cabeza para lograr superar siempre mi última cota costureril.  Desde el 2007 llevo realizados cuatros atuendos: dos estilo Imperio, uno de miriñaque muy sencillo y uno más de la década de 1840, más o menos, correspondiente a un tipo popular mexicano de la época: la china. Ahora, volvimos a escoger el estilo Imperio -o Regencia, para el mundo anglosajón- con la idea de hacer un picnic en uno de los parques de la Ciudad de México.

Falta poco, lo sé, y eso no deja de preocuparme ya que esta vez decidí hacerme, además del vestido, una camisa larga que pueda fungir también como enagua y una especie de corpiño-sujetador.  ¿Tendré tiempo para llevar a buen puerto esta nueva aventura?  Espero que si.  Y no solo espero que sí, también espero que el resultado me guste para poder sentirme orgullosa de él, tan orgullosa como la primera vez que me cosí un vestido. De momento, ya tengo la tela para los "interiores" y para el vestido.  Nunca imaginé que terminaría yendo vestida de azul cielo; pero, en un golpe de inspiración, pude encontrar una tela barata de rayas en ese color. Por supuesto, me hubiera encantado poder encontrar una telita de algodón con un estampado cuco y reminiscente; pero, lo que encontré que me gustó, era de 1.10 de ancho a 70 pesos el metro, lo que decididamente lo ponía fuera de mi alcance adquisitivo.  Así que me tuve que conformar con lo que compré de 1.50 de ancho y a 12 pesos el metro. Y, como dijo en memorable ocasión el conquistador Julio César: "la suerte está echada". Ahora solo me hace falta empezar y continuar de manera dedicada y firme.

Aun no tengo avances, solo ideas, así que solo puedo escribir sobre esas ideas que andan revoloteándome de un rincón a otro de mi inquieta mente.  No me gusta prometer cuando no estoy muy segura de poder cumplir pero la idea es ir actualizando aquí los avances de este plan para mayo. A ver si lo logro y no me pierdo en el intento.  En fin, creo que la próxima entrada será para hablar del patrón que, como en las veces anteriores, adaptaré a mis necesidades, y a mi pericia, por supuesto.



martes 22 de febrero de 2011

Página veintidós: Los amantes del siglo

Mi muy querido y nunca olvidado lector:

Tengo material nuevo, y por lo tanto inédito, para compartir contigo. Empezaré pues con el recuento obligado, verás... El día primero de este 2011, a pesar de todos los pesares -lo digo porque me fue imposible ver la película con unos decentes y deseados subtítulos en español-, finalmente ví "Le roi danse" y me encontré, cara a cara, con un muy peculiar actor francés contemporáneo llamado Benôit Magimel. Peculiar por su fuerza y su curiosa belleza masculina.  Peculiar porque, sin ser guapo, a la manera de una estatua griega, tiene algo que atrae y que hace que lo veas de un modo por demás complaciente.  Sí, eso fue lo que sentí cuando lo ví vistiendo los ropajes del afamado "Rey Sol" y, más tarde -concretamente ayer-, cuando lo ví como Alfred Musset, el escritor y poeta, cuya tormentosa relación amorosa con Aurore Dupin -la inmortal George Sand-, es modelo para representar a cualquier relación amorosa del periodo romántico invadido por una extrema necesidad de libertad  que se expresaba muy bien dentro de la anarquia imperante en el espíritu bohemio del siglo XIX. Aurore y Alfred se conocieron durante la convulsionada década de 1830 y su relación pasional, intermitente y cruda, los llevó a explorar los límites de las emociones exacerbadas. Ambos eran creadores y, dentro de esa faceta, se admiraban y complementaban; pero, veían el mundo de diferente manera y eso los llevó, finalmente, a separar sus caminos. Aurore, era un mujer voluntariosa y firme que, desde su infancia, había decidido a hacer lo que le diera su regalada gana sufriendo por los límites que la sociedad de su tiempo imponía a las mujeres.  Alfred tenía la libertad social que se le negaba a Aurore; pero, como hombre de su tiempo, vivía la contradicción de amar locamente al ideal femenino y repudiar a la mujer de carne y hueso a la que trataba de una manera muy controversial. Idealizó primero a Aurore y, cuando se convirtió en la mujer de carne y hueso que exigía y demandaba, no supo que hacer con ella y la abandonó.  Aurore rompió paradigmas y escandalizó a sus contemporáeos, uniéndose a un hombre diez años menor que ella, abandonando a su marido -al que, ciertamente, no amaba- y viviendo a su lado una existencia trasumante. Sí, Aurore tuvo que enfrentarse a la crítica moral de su tiempo y a la inevitable reprobación, mientras él, Alfred, solo adquiría una raya más en su  extraordinario pelaje de tigre. Las excentricidades de Musset, solo servían para confirmar su dandismo bohemio lleno de excesos. Una historia amorosa única que, en esta producción francesa de 1999 que protagonizaron el mencionado Benôit Magimel y la reconocida Juliette Binoche, consigue una buena adaptación circunscrita a la anécdota y rodeada del encanto que siempre produce en el espectador la buena recreación histórica. Magimel, como Alfred Musset, tiene una fuerza inquietante; mientras que Juliette Binoche, cumple cabalmente como una George Sand seducida y a la vez seductora del joven Musset. Si, es cierto, fisicamente no son muy parecidos a los personajes originales pero, su destreza actoral convence al público de estar frente a ambos escritores siendo testigos de una pasión excepcional como solo podía vivirse en aquellos tiempos de idealismo y represión social. Por mi parte, disfruté mucho esta producción y la disfruté por su preciosismo en  términos de imagen y por el desarrollo de una trama que le dio el punto justo a los detalles morbosos de una relación que fue vivida al límite por sus protagonistas.  Y si, si a la famosa Aurore Dupin le hubieran preguntando en el ocaso de su vida, quién fue el amor que marcó de manera más definitiva a su existencia, no hubiera titubeado en decir que fue Alfred Musset, un hombre al que amó como solo se ama en muy contadas ocasiones en una sola vida y al que recordó por siempre pues fue el que más le enseñó acerca de lo que significa amar apasionadamente.

martes 28 de septiembre de 2010

Página veintiuna: Un intento más.

Mi muy querido y extrañado lector:

No me había pasado por aquí desde hace eones, me parece y hoy, si me aparezco es para decirte que no te extrañe si empiezas a notar cambios en este espacio cibernético que cumple con recoger mis impresiones sobre un siglo que duro más de los 100 años estipulados en el calendario.  Si, después de pensarlo y repensarlo, he decidido que mi álbum sea un lugar de encuentro para quienes, como yo, difrutamos de ese siglo XIX de mis pecados y de los pecados de todos aquellos que lo vivieron en su momento y de los que aun lo viven por medio de su imaginación.  No te soprendas, por ejemplo, si ves desaparecer las direcciones de los blogs que sigo con verdadero gusto y placer o si, por el contrario, empiezan a aparecer otras sugerencias en sus márgenes.  En realidad, mi idea es que me acompañes en mis viajes a través del tiempo utilizando el vehículo de la Literatura y de la Historia a las que trataré de salpicar con anécdotas propias y confesiones de gustos que no todos comparten conmigo.  Si, necesito darle un sabor más conciso a este espacio que empezaba a írseme de las manos.

Y bueno, reiniciaré estas páginas de una manera muy mía hablando de la extensión que, para mí, posee ese siglo de contrastes que empezó con una verdadera orgía de sangre en las postrimerías del siglo XVIII y concluyó con otro baño de sangre, no menos cuentro, a principios del siglo XX.  Y, como para mí la moda y los estilos tienen mucho que decir a la hora de etiquetar momentos, puedo decir que el siglo XIX comienza con el llamado estilo Imperio en 1794, cuando la cintura perdió su lugar de centro de la figura femenina y concluye cuando el corsé, herido de muerte, iba a hacia su extinción mientras los ruedos de las faldas subían imparables hacía sus actuales largos.  Para mí, hay dos fechas claves para marcar el nacimiento y la muerte de este siglo largo, largo, marcado por un espíritu que se reclamaba científico y progresista: el 14 de julio de 1789 y el 28 de junio de 1914.  Entre una y otra discurre el ir y venir de varias generaciones que se maravillaron ante el incontenible desarrollo social de Occidente y soñaron con un futuro que terminó no siendo más que una extraña utopía romántica de la fraternidad universal.  Un siglo de desigualdades profundas y de gritos de libertad que no terminaban de cuajar en ningún lado.  Un siglo de esperanza para alcanzar la riqueza y de resignación ante la apabullante pobreza provocada por un sistema que explotaba irracionalmente no solo a su entorno natural sino al hombre mismo.  Un siglo en donde el pensamiento se revolucionó sobre si mismo convencido de que el futuro sería el epítome de la grandeza humana y, por eso, había que trabajar duramente en ese sentido sublimando al espíritu y supeditándolo al deseable y siempre codiciado bienestar material.  Siglo de descubrimientos e inventos, siglo de avances y también de encubiertos retrocesos. Siglo de la imaginación al servicio de la riqueza. Y finalmente, como herederos directos de esa visión positivista de la Economía como motor de la Historia, estamos sufriendo los descalabramos de ese exceso materialista que nos está enfrentando a una extinción casi segura de nuestros logros por no haber sido lo suficientemente racionales como para cuidar nuestro entorno natural en beneficio de nosotros mismos.  Pero, bueno, lo hecho, hecho está y, a pesar de lo que el siglo XIX nos heredó casi como una maldición, es el siglo del que procedemos todos aquellos que nacimos en algún punto del siglo XX.

Este álbum es al fin solo eso, un álbum de anécdotas, de recuerdos, personales o de los otros que escribieron sobre esos más de 100 años que denominamos siglo XIX.  Este es pues, un espacio para mostrar mi percepción, mi sensibilidad sobre aquellas décadas y lo que nos dejaron de bueno y de malo.  Espero poder lograr que el hilo conductor que ahora propongo, no solo se mantenga, sino dé frutos insospechados y provoque, por qué no, una retroalimentación de ideas entre las tuyas, caro lector, y las mías en los muchos temas que puedan ocuparnos.  Tal vez así, hablando del pasado, podamos entender mejor el presente que nos toca vivir.  Paciencia pues, mi buen lector, ya que no te puedo prometer la constancia deseada en mis actualizaciones; pero, si te puedo asegurar que dejaré en cada participación mía un trocito de misma para que lo disfrutes y paladees como la éxotica golosina que sin duda puede llegar a resultar este experimento cibernético. Así pues, me despido hasta la próxima que espero sea más pronto de lo que yo pueda ahora augurar.

martes 4 de mayo de 2010

Página veinte: Sueño de un domingo en la alameda

Mi muy querido lector:

Voy a hablarte de un domingo maravilloso, un domingo que me recordó, no solo a un celebérrimo mural del reconocido pintor mexicano Diego Rivera; sino, además, me trajo a la memoria el recuerdo de aquellos veranos en Santa Pola, población costera cercana a Elche, en la provincia de Alicante, cuya canícula disfruté haciendo paseos solitarios por sus calles desiertas ó por su cementerio igual de desierto.  Este pasado domingo 2 de mayo, con el eco de un dia de furia que tan bien retrata Pérez-Reverte en su obra homónima sobre mis memoriosas espaldas, gocé de un paseo singular que es el que quiero venir a contarte. Verás, empezó frente al Palacio de Bellas Artes, esa estructura colosal que fue diseñada, en su exterior, por el famoso arquitecto italiano Adamo Boari.  Poema de "art noveau" en marmol, levantado por órdenes de un régimen decrépito que pronto, muy pronto, seria sustituido por la vorágine revolucionaria que transformaría, no solo a la sociedad mexicana, sino a los interiores de ese coloso que finalmente fue inaugurado 30 años después de haber sido puesta su primera piedra en 1904.

Llegué tarde a la cita y me apené porque ahí estaban mis ahijados Cecilia y Nacho esperándome después de haber efectuado un viaje de casi dos horas desde la cercana Puebla.  Me dio pena que me tuvieran que esperar pero, gran parte de esa misma pena se disipó en cuanto pude abrazarlos.  Los nervios se me transformaron en un torrente de palabras.  Hablé de Guillermo Prieto, de la marquesa Calderón de la Barca, del Castillo de Chapultepec, de la cantante alemana Susan Sontag, del Panteón de Santa Paula, hoy desaparecido, y de la inevitable pierna de Santa Anna que se enterró con toda la pompa y circunstancia debida a tan glorioso apéndice cercenado en una gesta heroíca.  Hablé, hablamos... Esperamos hasta que el siguiente miembro del grupo apareció con su característica sonrisa: Araceli.  Ya era tarde y puesto que nadie más parecía tener intención de unírsenos, decidí que entráramos a  Bellas Artes a ver una exposición de la obra de un verdadero mago del surrealismo: el belga Magritte. Fue una experiencia realmente interesante y hasta gozamos de una inesperada puesta en escena ya que fuímos testigos de una vista guiada por el mismísimo Magritte.  Bueno, por un actor que lo representaba con su característico bombín y su paraguas.  No pude menos que echar en mientes a un personaje de la literatura infantil: Pan Tau, a quien tanto se parecía este personaje.  ¿En que momento tocaría el ala de su bombín para hacer magia? Supongo que fue en el momento en el que nos puso frente a la paleta del pintor y diseñador belga para ver sus rostros suspendidos en el aire, sus lluvias de hombres de bombín, sus casacabeles, sus buques hechos de mar.

Saliendo de ese extraordinario reciento de las artes, cruzamos la alameda para enfilarnos hacía la avenida de Puente de Alvarado.  La alameda de la Ciudad de México tiene su historia propia, una historia de casi 5 siglos que empezó siendo un pequeño bosque de álamos plantados como paseo en las goteras de la muy noble, leal e imperial Ciudad de México, allá, por el siglo XVI.  Pero, el siglo XVII, con sus inacabables inundaciones, sus epidemias y sus revueltas, vieron reconstruirse, una y otra vez, el perímetro de la alameda que ya no contenía álamos más que en su nombre.  Ese paseo, compuesto de varias avenidas, plazoletas y estatuas que la adornan, conserva hoy la mala fama que tuvo durante otros tiempos, aunque también conserva el encanto de sus leyendas y sus "aparecidos".  Hoy, un domingo en la alameda, es un paseo entre puestos ambulantes de comidas y chucherías, gente trabajadora y amiga de lo ajeno que se mezclan sin poder distinguirse bien.  También hay fotógrafos de ocasión y policía montada que lleva el revólver a la cintura en la cartuchera piteada y grandes sombreros de charro. Verlos, me produce siempre la sensación de volver a un pasado más soñado e imaginado que real cuando México era reconocido por sus gallardos jinetes que demostraban sus artes ante las hijas de familia que iba a pasear a lugares como aquellos durante el siglo XIX.  Recorrimos la alameda, pues, acompañados de esas imágenes que surgían al calor de nuestra conversación mientras transitabamos por sus avenidas.

Hablamos entonces del Hotel de Cortés, antiguo hospital para menesterosos, y también del Paseo del Pendón hasta la iglesia de San Hipólito -hoy San Judas Tadeo- mientras yo me abanicaba tratando de refrescarme.  De ahí, hicimos alto en el Panteón -cementerio- de San Fernando.  Un lugar único, no solo por los que que ahí reposan hasta el Día del Juicio, sino porque es uno de los pocos cementerios del siglo XIX que quedan dentro de la Ciudad de México.  Voy a sincerarme:  los cementerios me han gustado desde que yo era adolescente y mi alma romántica tenía necesidad de historias trascendentes.  No, la muerte nunca ha sido el final para mí y la relación de los que fueron con los que somos, aunque poco lógica, ha sido para mí parte de mi "leit motiv" existencial.  Para mi, aquellos que fueron, aun son en mi interior gracias a mi socorrida imaginación que es capaz de darle vida propia a quien ya no la tiene.  Solo necesito unas cuantas cordenadas espacio-temporales, unos cuantos datos anecdóticos y, por supuesto, dos ó tres rasgos físicos para componer una imagen, una historia, un entorno, una vida, en fin, que me acompañará mientras mi memoria así lo decida.  Y ahí, en San Fernando, descansan muchos de mis conocidos y más que conocidos, amigos de muchas aventuras inéditas y personales.  Visitamos pues a Don Benito Juárez y gran parte de su familia directa, esposa e hijos.  A Ignacio Zaragoza, a quien lo acompaña también su joven esposa.  Al ocurrente general Riva Palacio y a su no menos ilustre antepasado, Don Vicente Guerrero, prócer de la gesta insurgente.  Por supuesto, no pude olvidar a los míos, al honesto Tomás Mejía y al sacrificado Ignacio Comonfort.  Ahí, en San Fernando, estuvo quizá el momento más álgido del paseo.  Algido en cuanto a calor, álgido en cuanto a emoción, álgido en cuanto a descubrimientos.  Allí, en San Fernando, el siglo XIX nos envolvió con su sentimentalismo grandielocuente, con su romanticismo puro y su nostalgia inevitable.  Allí, en San Fernando, Max volvió a  salir a mi encuentro y traté, vanamente, de inmortalizar ese instante que, como instante, dejó de ser después de que el obturador de la cámara lo congeló en forma de imagen.  No, no me hubiera ido nunca de allí; finalmente, mi nombre ya está escrito en una lápida, esperándome. Sin embargo, ese no era el fin de nuestro recorrido y era inexorable que abandonara aquel recinto de paz con la promesa del retorno.

Caminando y conversando, hicimos camino hasta el museo de San Carlos en donde se expone "De peinados e individuos", una muestra de retratos del siglo XVIII, en su mayoría, que ilustra esa pasión por las composiciones artísticas hechas de cabello.  El museo de San Carlos fue diseñado por un arquitecto valenciano que hizo carrera en México a principios del siglo XIX, se llamó Manuel Tolsá y trajo el neoclásico para imponerlo frente a las desproporciones churriguerescas, tan del gusto del criollo mexicano. Manuel Tolsá hizo un palacio a las afueras de la Ciudad de México que nunca fue ocupado por su dueños originales.  Después, como sucede siempre en este país, ese elegante edificio fue de todo lo que se pudiera uno imaginar, desde casa-habitación a escuela pasando por almacén.  Hoy es un museo y su planta singular, atrae a mucha gente ya que el vistante ingresa por un patio elíptico que es verdaderamente único como concepto arquitectónico.  Ahí, en unas cuantas salas, se está exponiendo "De peinados e individuos", contando con el acervo de varios museos mexicanos, incluyendo el de Historia del Castillo de Chapultepec.  Tal vez, lo más notorio de la exposición fueron las peinetas y peinetones de carey, junto a los alfileres para adornar el cabello, que se usaron durante el siglo XIX.  carey, marfil, corales, madreperlas, plata... Es fácil imaginarse usándolos en un sobrio peinado de mediados del siglo ó con algo un poco más complicado lleno de lazos y tirabuzones de la década de 1830.  Ese fue el momento en que mi amiga Laura se nos unió junto a su hijito Iván, mi otro ahijado y, hechas las presentaciones, empezamos a intercambiar puntos de vista acerca  de nuestras intenciones de reunirnos en septiembre y en noviembre de este año, ahora si, caracterizadas para la ocasión.

La última parada, después de aquella intensa mañana y principio de tarde, fue el Vips de San Cosme, en donde comimos rico y sabroso teniendo una divertida sobremesa en la que se habló de todo.  ¿Fotos?, algunas cuantas que podrán verse en Augusta a la brevedad.  No muchas porque nos somos de fotografiarnos demasiado.  Aunque, aquí te dejó una para ilustrar esta página del álbum y con ella, también te dejo la promesa de regresar en otra ocasión a participarte más cosas que tengan que ver con mi mundo interior.

lunes 12 de abril de 2010

Página diecinueve: El recuerdo de Zapata

Mi muy querido lector:

Si es que aun sigues con interes las páginas de este álbum, has de saber que la página de hoy corresponde a algo que escribí antes de ayer, sábado 10 de abril, con mi puño y letra, mientras desayunaba en el Sanborns de Coyoacán. Si te preguntas por qué desayuné en Coyoacán, porque es una especie de ritual cada vez que voy a revisar mi apartado de correos que lo tengo en la oficina de la Calle de la Higuera.  Fuí con la esperanza de encontrar lo que no encontré y, acto seguido, dirigí mis pasos al Sanborns que está frente al Parque de los Coyotes para desayunar ese antojo que traía de huevos rancheros. Y, mientras me lo servían, con el run run de la conversación de una mesa cercana, empecé a escribir lo siguiente:

"Hoy, hace casi cien años, un hombre singular, sin duda alguna, fue acribillado a balazos en la hacienda de Amecameca.  Este hombre se llamaba Emiliano Zapata y era oriundo del Estado de Morelos.  Ese hecho aconteció, exactamente, un 10 de abril de 1919 y, desde ese día, el pueblo de México llora su ausencia.  En realidada, no es todo México el que lo llora hoy, solo lo hace la parte más lástimada, la que sigue viendo en él y en sus ideas, una esperanza de futuro.  Tal vez hoy, pocos se acuerden de este aniversario luctuoso ya que, este México contemporáneo tiene sus propios problemas que, aunque resulte extraño señalarlo, se asemejan en el fonfo que no en la forma, a aquellos problemas de antaño que originaron la famosa y muy estudiada revuelta social que estalló en 1910 y que es considerada como la primera Revolución del siglo XX.

Cien años después, todo parece seguir igual, sin grandes cambios, ya que los logros significativos de aquel entonces, se han diluido dentro de los aconteceres de la cotidianeidad que vive acostumbrada a ellos.  Ahora, en el 2010, se necesitan nuevos logros que se amparan detrás de los retos de la sociedad contemporánea.  Pero, esta vez se trata de hacerlo todo racionalmente, no por medio del descontrol de la cólera. En el México de hoy, hay elementos nuevos que no se pueden soslayar y, al presencia del narcotráfico con sus corte de acciones delictivas, es uno de ellos. La cacareada inseguridad, por otra parte, más que factor, es indicio de la situación extremosa que se vive hoy en México. Historicamente, este país ha tenido siempre niveles muy altos de inseguridad, en especial desde que inicio su periplo como nación independiente.  Y es que, apartir de ese momento, la inseguridad que se vivía en sus caminos, constituía el mayor indicio del descontrol absoluto que se vivía en aquellos tiempos.  La difencia de antaño con hogaño, es que esa misma inseguridad  forma parte de nuestra vida cotidiana en las ciudades densamente pobladas.

La Ciudad de México, ó el Distrito Federal, como se le conoce, es una población que hacina a más de veinte millones de personas entre los kilómetros que se expande la ciudad y su llamada zona conurbada que se extiende por el Estado de México.  Esto se dice rápido; pero, esos veintitantos millones de almas, tienen necesidades muy concretas de comida, agua, luz, vivienda... Hablar del estrés que se llega a vivir en una ciudad de estas características, es sencillamente inimaginable y, por supuesto, los niveles de inseguridad en ella, son altísimos.  Muy pocos son los afortunados ciudadanos que pueden decair que no han vivido aun la experiencia del asalto. Las calles de esta gran ciudad, en términos generales, son inseguras.  Por supuesto, unas más que otras.  Por ejemplo, las zonas en donde se cometen más de estos actos delictivos, son donde viven los ricos o sencillamente los pudientes.  La Ciudad de México, es un lugar de contrastes pues, al lado de los imponentes corporativos de Santa Fé, de los departamentos millonarios, existen las llamadas Ciudades Perdidas, verdaderos campamentos construidos con lámina de asbesto y cartón cuya miseria es vecina a la más opulenta e insultante riqueza..."


Y aquí quedó el texto ya que, en ese momento, llegó mi desayuno al que, sencillamente, no me pude resistir. Después, tomé fotos y, más tarde, me dedique a ver libros mientras me daba cuenta de que la sincronicidad realmente existe.  Y, por hoy, esto ha sido todo.  Regresaré otro día con otro tema cualquiera que exponer a tu crítica lectura.  Hasta entonces, me despido.