martes, 5 de abril de 2016

Página cuarenta y cinco: Un crimen sentimental





      Mi muy querido lector:

  Me sumerjo de nuevo en las profundidades históricas para tratar un tema que, si bien no corresponde de lleno al siglo XIX, digamos que su trascendencia si lo hizo pues se alargó hasta las primeras décadas del siglo XX. El motivo de esta nueva página es el de acercarte a la experiencia que viví gracias al contenido de un libro escrito por John Brewer titulado: Un crimen sentimental. Amor y locura en el siglo XVIII. La experiencia comenzó justo en el momento en que lo hallé en el reciente remate de libros en el Auditorio Nacional este pasado marzo. Como últimamente he empezado a leer muchos libros pero ninguno ha logrado atraparme en su contenido, tomé el ejemplar con bastante desgana preguntándome si no sería un titulo más que añadir a la larga lista de lecturas fallidas en estos últimos meses. El título prometía pero hay muchos títulos que prometen y que dejan la ilusión del lector al interior del hoyo negro de la desgana; sin embargo, esta vez me encontré con un tema apasionante, muy bien tratado y con una narración ágil y entretenida. ¿De qué va ese texto?, de un suceso que conmocionó a la buena sociedad londinense de 1779 ya que involucraba a la conocida concubina -o "demi rep" como se les solía llamar en ese momento- del cuarto conde de Sandwich, a la sazón Primer Lord del Almirantazgo, y a un hombre respetable pero enloquecido por el amor no correspondido que sentía hacia esta mujer. Si piensas en un  hecho de sangre, mi querido lector, acertarás ya que el 7 de abril de 1779, a las puertas del Convent Garden, Martha Ray fue asesinada por el reverendo James Hackman. ¿Y que de importante tiene éste hecho de nota roja para que se haya publicado un libro más de doscientos años después hablando de él? Importancia histórica solo tiene en la medida en que nos habla de un evento que, como dice al principio de esta página, conmocionó a la buena sociedad londinense de la época; pero, su importancia historiográfica, en estos momentos, lo vuelve más relevante ya que John Brewer, el autor, escoge el hecho para explicarnos como es que se va transformando la manera de comprender lo sucedido generación tras generación y las implicaciones que esto conlleva. Para mí, caro lector, este texto resultó ser una verdadera golosina intelectual, un auténtico descubrimiento que va en el sentido de afirmar lo que siempre he sostenido acerca de la veracidad de la Historia, así, con mayúscula, y la función que esta veracidad cumple en el proceso historiográfico.

     Pero, hay algo más que extraje de esta interesante lectura y ese algo es, sin duda ninguna, el descubrimiento de una historia íntima y sentimental que yo desconocía por completo. Empezaré diciendo que la vida de Martha Ray se parece a muchas otras vidas femeninas que en el siglo de los Jorges, en Inglaterra, se encumbraron de la pobreza a la riqueza gracias a una sola particularidad: llamar la atención de un hombre poderoso o, por lo menos, en este caso en específico, a un hombre de buena cuna. Martha Ray era sombrerera, una profesión que en el siglo XVIII, en Londres, parecía ser la actividad más adecuada para establecer contactos de todo tipo entre los diferentes estratos sociales. En concreto, Brewer menciona que la palabra "sombrerera" llegó a ser casi sinónimo de alcahueta en ese siglo en Inglaterra. Pues bien, Martha Ray era sombrerera y conoció al cuarto conde de Sandwich cuando éste tenía ya una muy bien fundamentada fama de libertino y de incansable actor político. Sandwich había sufrido en su juventud un fuerte revés de fortuna en su entorno familiar ya que su esposa se volvió loca al poco tiempo de casados y él se consoló en los brazos de cuanta mujer pudo. Aun así, la relación que sostuvo con la agraciada Martha, no fue una relación circustancial sino una especie de concubinato que la elevó al rango de "semi respetable" -"demi reputation" o "demi rep"-. Por supuesto, el campo de acción de una "demi rep" tenía sus límites ya que no podía traspasar las fronteras de los estamentos sociales de la época, dicho de otra manera: podía ser la administradora de Hinchingbrooke o compartir el entorno doméstico de Sandwich en el Almirantazgo pero ciertamente no podía ser tratada como la igual de ninguna Lady lo cual hacía que el círculo de Martha Ray se restringiera a la sociedad que el propio Sandwich le proporcionaba cuando se hacían esas inolvidables fiestas en la casa campestre del cuarto conde de Sandwich en donde departía con cantantes, escritores, científicos e intelectuales. Ella misma parecía tener una voz de soprano tan buena que llegó a pensar en independizarse de la tutela de su protector convirtiéndose en cantante de ópera. Por supuesto, eso nunca sucedió ya que la propia Martha utilizaba ese argumento para presionar al aristócrata, que era el padre de todos sus hijos, con la intención de que Sandwich dejara bien protegida a su descendencia. La vida de Martha era pues una vida tranquila y cómoda como amante de un hombre connotado y como madre de familia aunque, por supuesto, tenía sus sinsabores sociales al no ser aceptada por el gran mundo aristocrático de la Inglaterra georgiana ya que solo se trataba de una "demi rep". Su discreta vida se hubiera  diluido en el mundo de las anécdotas de alcoba si no hubiera tenido el final que tuvo. Martha era una mujer atractiva para su época y era natural que tuviera pretendientes que se animaban a acercarse a ella para beneficiarse de su intimidad con el conde de Sandwich, pero Martha era una "semi respetable" así que, aunque su nombre se vio envuelto en ciertos asuntos de tráfico de influencias y negocios no muy claros por parte del Almirantazgo, nunca se pronunció dentro de "chismes" de sociedad que tuvieran que ver con alguna infidelidad por su parte. Al contrario, mientras vivió, ni siquiera la sombra que sobre ella proyectó la locura amorosa del reverendo Hackman pudo hacer dudar de su infidelidad.

     Y aquí es donde entra el tercer personaje de este triángulo amoroso. James Hackman, cuando conoció a Martha Ray en una de esas inolvidables fiestas de Hinchingbrooke en 1775, era un militar trece años menor que ella con quien conversó animadamente. James se sintió muy atraído por Martha y mantuvieron una amistad que se desarrolló en varios encuentros ocasionales hasta que James fue trasladado con su regimiento a Irlanda. De Irlanda regresó para convertirse en reverendo y, en este regreso, aunque James hizo hasta lo imposible por volver a ver a Martha, ésta se negó ya que existía el antecedente de que James le había pedido matrimonio a ella y ella se había negado. Todo esto se sabe por comentarios de terceras personas y, por supuesto, por una breve relación epistolar de muy pocas cartas, de él fundamentalmente. El chiste es que ella había decidido no volver a verle más para que no insistiera sobre algo que no tenía ningún sentido. James, ante la negativa de Martha, decidió suicidarse y hacerlo frente a ella, escribió un par de cartas que dejó con su cuñado y cargo dos pistolas que se llevó consigo al encuentro fatal del Covent Garden. ¿Por qué dos pistolas si solo tenía la intención de suicidarse? En el juicio que se le siguió como asesino de la amante del conde Sandwich, se manifestó que fueron dos por si una fallaba, cosa que, según parece, en la época era algo bastante frecuente. Sin embargo, lo que se planeó como un suicidio acabó siendo un asesinato y James Hackman, arrepentido, asumió las consecuencias perdiendo asimismo la vida en el patíbulo. Brewer sabe como trasmitirnos la sensación de estupor que causó este hecho en la buena sociedad londinense y también nos lleva de la mano para que veamos como en siglos posteriores este "romance" se transformó, primero, en un caso de estudio científico sobre por qué James Hackman reaccionó como lo hizo para cometer el crimen y luego, más tarde, se convirtió en un tema literario que terminaría hablando de un amor frustrado. Solo hasta finales del siglo XX, cuando la historia amplió sus temas de estudio dando énfasis a la historia social del periodo, resurgió la curiosidad por regresar a Martha Ray y a James Hackman tal y como lo hace John Brewer en este libro cuya lectura recomiendo ampliamente. Quisiera seguir mostrándote mucho más de lo que el texto encierra, lector mío, pero no quiero extenderme más para ver si así logro picar tu curiosidad y provocar su lectura tal y como yo lo hice. Y no, no creas que he olvidado la promesa que te hice respecto a Guillermo Prieto. Déjame solo que se me disipe un poco la emoción de esta extraordinaria lectura y que pueda volver a centrarme en mi bienamado siglo XIX mexicano.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Página cuarenta y cuatro: Sueños de baile

Mi muy querido y apreciado lector:

Espero que me perdones mis largos silencios pero a veces la vida solo discurre en forma de pensamientos y, por lo tanto de un diálogo muy íntimo entre la que soy por fuera y la que soy por dentro. Han sido años difíciles de tratar de recuperar un control que espero haberlo hecho de una forma satisfactoria, en primera instancia para mí y después para ese mundo con el que convivo y que es el que me suele sufrir, con mayor o menor estoicismo, mis exabruptos de carácter. Lo confieso, no soy una perita en dulce, como se suele decir por estos lares pero, como tengo otros espacios cibernéticos para esos menesteres de autoexplicarme, mejor entro en materia y no aplazo más el momento de hablar de lo que deseo. ¿Y de que deseo hablarte hoy? pues de un sueño que tuve despierta mientras escuchaba y tarareaba así, por lo bajo, el que escogí para que fuese mi vals favorito de toda la ingente producción musical de la familia Strauss: "Rosas del Sur". Era inevitable que las imágenes fueran formándose en mi mente al ritmo del tres por cuatro y que de esas imágenes se hilara un deseo y de ese deseo llegara a una historia a mi cabeza. Una historia sin principio ni fin, más bien un pedazo de "película mental" que ya he visto en otros momentos de mi vida. Una historia con una protagonista -yo misma- y con una locación exacta: el Casino Español de la Ciudad de México ubicado en la calle de Isabel la Católica. Si, escuchaba el vals, ¡mi vals!, cuando empecé a decirme a mi misma que, si tuviera dinero, mucho dinero, o al menos la posibilidad de conseguirlo, haría realidad uno de esos sueños imposibles que han vivido en mí durante décadas y décadas: haría realidad ese baile que solo ha existido en mis sueños. Un baile con orquesta, en un gran salón y, por supuesto, conmigo como anfitriona, apareciendo como esa gran señora a la que aspiré a convertirme desde que era una niña. Cuando pertenecí a la Sociedad Victoriana Augusta reviví ese sueño, aunque nunca pudo volverse realidad del todo porque en México no existen las condiciones para hacer florecer el recreacionismo histórico y así poder vivir la reconstrucción del ayer a través de eventos en lugares más o menos de la época. Sin embargo, esta mañana, mientras me vestía para irme a trabajar y mientras escuchaba el vals de Johann Strauss, hijo, volví a fantasear con ese baile en el Casino Español que aun no se produce. Tengo una amiga, a la que conocí en la anteriormente citada Sociedad, que va a hacer un baile en un palacio de Madrid como evento público. Un baile al que asistirán más amigos míos junto con esta amiga llamada Inma. Asistirán: Rosario, Eva, Pedrete..., y yo aquí, a miles de kilómetros del otro lado del océano soñando con un baile como el que se llevará acabo en Madrid este año. Bueno, si soy honesta, mi baile, el baile de mi mente, no es precisamente un baile de la época del Imperio napoleónico -o de la Regencia inglesa-. Y no puede serlo porque sería un baile que transcurriría bajo la mirada de dos retratos, el de una madre y un hijo, ambos reyes de España durante el siglo XIX. Ella, la desterrada por la Gloriosa. Él, el carismático Alfonso, el de Merceditas, el de la Restauración. Y yo me veo ahí bailando valses, polcas, mazurcas y rigodones vestida como "Doña Virtudes", la viuda de Alfonso, con un vestido negro con flores amarillas en el escote, colores ambos emblemáticos de la añeja casa de los Habsburgo. Porque así es como me veo vestida, sobria, de negro pero con un toque de color para alegrar la mirada de los circunstantes al mismo tiempo que me haría ver como la señora que soy a mis cincuenta cuatro años. Sé que en las páginas de este  álbum guardo saberes y recuerdos, así como expreso en él planes que a veces, la mayoría de las veces, por desgracia, se quedan solo en eso, en planes que no concreto porque ni la vida ni las ganas me dan para ello. Por eso, porque es un álbum de historias y de sueños, dejo aquí esta flor de encanto decimonónico esperando que un día florezca y se convierta en experiencia vivida lo que hoy solo es un anhelo. Prometo otro día, lector mío, paciente lector mío, volver a este álbum a hablarte de mi presente lectura cuyo tema no dudo que pueda interesarte. ¿Conoces a Guillermo Prieto, el inolvidable "Fidel" de los periódicos mexicanos  de mediados del siglo XIX?, pues ahora ando llevando con él una sabrosísima conversación a través de mis ojos. Conversación que, si gustas, podré comentarte en otra ocasión para hablarte de un México que fue y que me encanta visitar de vez en cuando a través de la lectura, las imágenes y los lugares físicos como este interesante Casino Español que fue fundado en 1863 y cuya actual sede ocupa el predio que fue el de la iglesia del Espiritu Santo derriba por la piqueta del imparable progreso porfirista de finales de ese siglo que tanto me gusta. Aguarda con tu proverbial paciencia  mi próxima entrega con una página más de álbum de anécdotas.

viernes, 3 de julio de 2015

Página cuarenta y tres: Porfirio José de la Cruz Díaz Mori. Cien años después.


     Mi muy querido y apreciado lector:

  Después de este último silencio, regreso con nuevos bríos para comentarte que tal estuvo este centenario luctuoso con tintes nostálgicos. Pues bien, cien años después de muerto, nuestro querido amigo sigue dando guerra. ¿Cómo es eso?, te preguntarás. Pues ya sabes que quien nace con el sable en la mano, ni muerto lo abandona. Y así fue como nació Porfirio ese 15 de septiembre de 1830 en la ya entonces Ciudad de Oaxaca, la antigua Antequera virreinal, hijo de madre indígena mixteca y padre español o descendiente de españoles. Niñez común y adolescencia cargada de sueños de grandeza que se veía alcanzando por medio de la vida civil, así como lo había hecho ya su coterráneo Benito Juárez que vino a demostrar que el origen humilde e índigena no tenía porque ser un impedimento para insertarse en una sociedad estamental como lo era la de Oaxaca en aquel momento. El lema de aquellos ayeres era el progreso. Todo pendía y se orientaba hacia esa línea recta de desarrollo continuo que marcaba el éxito social, económico y, sobre todo, personal.  Pues bien, Porfirio quiso ser abogado, profesión liberal que ayudaba a subir los peldaños del empinado escalafón social, o al menos así se creía entonces como se siguió creyendo durante mucho tiempo. Y no, no lo consiguió por muchas razones, entre ellas por su precaria situación económica, por su carácter que no se avenía bien a seguir ciertas disposiciones de sus superiores y porque su destino estaba ciertamente en otra parte. El se veía como civil pero las circunstancias de su entorno le demostraron que lo suyo, suyo, era el ejército y que, como dije al principio, había nacido con un sable en la mano o con un bastón de mando que para el caso, era lo mismo. Porfirio salió de su nada cómoda zona de confort acicateado por su hermano Félix, el famoso Chato, el que le entró a los “catorrazos” desde muy joven porque le encantaba la pelea y no era muy dado a entender razones. Así que, convencido por su hermano y viendo que la vida civil no tenía ya mucho que ofrecerle, Porfirio se fue a probar suerte en el ejército y allí fue en donde terminó haciendo una carrera que lo encumbró hasta la presidencia de México. Creo que en aquellos años de ímpetu juvenil, nunca se le pasó por la mente que algún día sería el “Señor Presidente” con tintes de autócatra pues llegó a detentar un poder que nada le tenía que envidar al Zar de todas las Rusias, por ejemplo. Porfirio se hizo liberal porque tenía una convicción profunda, no de tipo ideológico precisamente, pero si de estar haciendo lo correcto al defender a su patria de amenazas externas como fue el caso de la Intervención Francesa (1862-1867). Para entonces, en ese preciso momento, su prurito militar era ya dominante dentro de su carácter y su concepto de honor le llevaba a sostener un compromiso inalterable con la causa liberal y republicana. No, aun no pensaba en la política, lo único que pensaba era en demostrar a los franceses que lo que mejor podían hacer era que se regresaran a  su casa y dejaran a México en paz. Se batió como un león en Puebla. Estuvo allí en 1862 y después cuando cayó la ciudad en 1863. Fue apresado y se escapó, por lo menos en un par de ocasiones. Los franceses lo respetaban como enemigo y trataron varias veces de que defeccionara de la causa republicana ya que lo consideraban como un verdadero peligro para la estabilidad del Imperio que sostenían las bayonetas francesas. Pero Porfirio no cedió ante aquellos inquietantes y seductores cantos de las sirenas. Tal vez porque, conforme su fama militar crecía, más consciente se iba haciendo de su lugar en medio de aquella lucha de muchos frentes. 1867, fue el año en que la victoria definitiva sobre el Imperio y los franceses, lo elevaron al rango de héroe nacional. Liberó Puebla en abril y entró victorioso a la Ciudad de México escoltando  el carruaje en donde iba Benito Juárez recibiendo el aplauso de la multitud que vitoreaba no solo al benemérito sino también al héroe que lo acompañaba.

     A partir de entonces, como militar sin ocupación y tras haberse retirado a la vida civil,  fue cuando se planteó ingresar a la política. Sus “pininos” en ese sentido fueron desastrosos y nadie, ¡ni él mismo!, creía que pudiera tener un futuro en en ese campo de batalla en donde menudean los golpes efectistas, la demagogia y la traición. No, la política era demasiado complicada para él que no era muy afecto a hacer discursos en donde terminaba entrampándose con los conceptos y acababa llorando de impotencia al no poder expresarse con la claridad que deseaba. Pero el levantamiento, la asonada, eso si le era familiar y se sentía como pez en el agua dirigiendo a sus hombres y obligando a los civiles que lo “escucharan” con las armas en la mano. Así se levantó primero contra Juárez quien quería volver a ser presidente a través de una elección ya que, a pesar de haberlo sido de manera continua desde la época de la Guerra de Reforma (1857-1861), nunca había detentado el cargo por elección sino porque las circunstancias lo habían mantenido en él en una especie de prolongado interinato. Después Porfirio se levantó contra Lerdo de Tejada cuando éste trató de hacerse elegir como presidente constitucional ya que la muerte de Juárez lo había colocado también en la presidencia de manera interina para terminar de cubrir el periodo presidencial de su antecesor y quiso, como el propio Juárez, ser presidente por elección. Ese segundo levantamiento de Porfirio fue el que lo catapultó a presidencia de México por primera vez envuelto en el lema de su revuelta que,  fue, precisamente, la no reelección presidencial. Y así fue como, en 1876, Porfirio llegó a ser el “Señor Presidente”.

     Porque si, aunque te resulte un poco difícil de creer, lector mío, en ese primer acercamiento al poder, Porfirio, aun siendo el “Señor Presidente”, aun no era el “Don Porfirio” que después conocería México.  Su primer cuatrienio como presidente de la República, apenas fue un ensayo prefigurando, a duras penas, lo que vendría después de 1884. Antes que Don Porfirio llegará finalmente a ocupar la famosa silla, símbolo del poder presidencial mexicano -así como en las monarquías lo es la corona-, tuvo que sentarse en ella su compadre Manuel González a quien no le fue muy bien que digamos ya que los ánimos seguían sin apaciguarse y con medidas como el famoso asunto de las monedas de níquel que causó un verdadero escándalo dentro de la sociedad mexicana - que aun no se entendía bien como iba eso de las devaluaciones-, salió más que raspado mientras la sociedad clamaba el retorno del hombre fuerte que los iba sacar de todos sus problemas. Y ahora sí, a partir de 1884, Don Porfirio entra en escena completamente metamorfoseado en el salvador de México. Tenía ya casi 55 años y no se levantaría de la silla hasta que la Revolución de 1910 lo levantó de un golpe, y muy a su pesar, siendo ya un anciano de 80 años. Entre los 55 y los 80, gozó y detentó un poder casi omnímodo que lo hacía sentirse el Padre de México. Si, adivino tu gesto, caro lector mío, pero así fueron las cosas. Porfirio, Don Porfirio, marcó toda una época a la que, como en el caso de la longeva reina de Inglaterra, dio su nombre. Hablar en México del Porfiriato es evocar al último cuarto del siglo XIX y la primera década del convulso siglo XX con todas sus luces y todas sus sombras. Evocar a una modernización dependiente y trunca que llevó a la sociedad mexicana a la más obscena de las desigualdades sociales.  Evocar el costo de un progreso que enriqueció, de una manera insultante, a unas cuantas familias protegidas por el régimen mientras el resto de la población apenas subsistía de manera bastante precaria. Sus luces consistieron en ubicar a México como nación en vías de un desarrollo que prometía alcanzar el tan deseado progreso al nivel de las naciones más poderosas de Occidente. Sus sombras fueron evidenciándose y alargándose cada vez más conforme Porfirio se reelegía, una y otra vez, porque él seguía siendo el hombre fuerte de México. La década de 1880 fue la de la esperanza de que las cosas podían e iban a cambiar para mejor. La de 1890 fue la de la seguridad de que el progreso había llegado a México, finalmente, y se respiraba esa confianza en el futuro que empezó a enrarecerse unos años, solo unos pocos años después, del cambio de siglo. Fue cuando Porfirio cruzó la frontera de sus 70 que a México empezó a pesarle la gerontocracia que le gobernaba. Se imponía un cambio porque el mundo estaba cambiando y porque la propia sociedad mexicana lo estaba haciendo también a un ritmo que se aceleraba mientras Porfirio, en su ancianidad, no reconocía la necesidad de ese cambio. Así fue como llegó primero la entrevista concedida al periodista norteamericano Creelman en 1908 que ni siquiera se llegó a publicar en México pero que trascendió y fue como el banderazo de salida para las nuevas generaciones a las que les urgía ya brincar a la palestra política. De 1908 a 1910, año este último en el que Don Porfirio decidió no reparar en gastos para celebrar los primeros cien años de la Independencia de México, los acontecimientos se precipitaron y terminaron estrellando al “Señor Presidente” contra la evidente realidad de que México había finalmente cambiado, con o sin su anuencia, y que él ya, no solo no imponía el ritmo sino que además ya ni siquiera podía seguirlo. A las provocaciones del proceso electoral de 1910 no pudo, ni supo, como controlarlas, simplemente se impuso, como lo había hecho siempre, causando con ello la ruptura que terminó generando la conflagración que desangraría al país, de manera ininterrumpida, en los siguientes diez años. Cuando subió por la escalerilla del Ipiranga en mayo de 1911 rumbo al exilio, Don Porfirio era un anciano que cargaba sobre sus espaldas el odio y el desprecio de unas cuantas generaciones de mexicanos que habían sufrido por su perdida de contacto con una realidad que terminó por rebasarle. De 1911 a 1915 cuando murió en París el 2 de julio, Don Porfiro, el ex presidente de México, se paseó por el mundo como lo hacían entonces los monarcas destronados pensando en lo injusto que había sido ese pueblo para el que había tratado de ser como un padre bondadoso con su cariño e inflexible castigando sus faltas. Sus últimos pensamientos fueron para México.

     Hoy, cien años después, sus restos continúan exiliados en Montparnasse, París, como metáfora sublime  y rotunda de su propia vida. Hoy, cien años después, hay voces que se levantan pidiendo que se regresen sus huesos a la tierra que tanto amó, aunque fuera de una manera tan paternalista y desenfocada. Hoy, cien años después, hay quien exige que se le hagan honores de Jefe de Estado a su regreso. Pero, quien sabe, a lo mejor lleva décadas reposando en una tumba sin nombre, aquí en México, y no nos hemos enterado. Y con esto, lector mío, te dejo hasta la próxima entrega.



Dedico este texto, con todo mi cariño, a Rosario T Palacios y a su pequeño Sebastián.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Página cuarenta y dos: El Ministerio del Tiempo

     
     Mi muy querido y recordado lector:

    El día de hoy te traigo un tema que tal vez, para tu sapiente intelecto, juzgues de banal y ligero pero que, aun así, me gustaría mucho poner ante tus ojos como una espacie de golosina. Hoy voy a hablarte de El Ministerio del Tiempo, serie de ficción que apenas comienza su andadura en la cadena 1 de Radio Televisión Española. Me atrajo el título porque no te puedo negar, lector mío, que desde que tengo memoria me ha fascinado elucubrar sobre la posibilidad de viajar en el tiempo para así conocer, aunque fuera  a la distancia o en calidad de ectoplasma, tanto a las personas, como a los lugares en diferentes épocas que desde siempre me han resultado atractivos. El viejo sueño del historiador de poder ser testigo directo de los acontecimientos que estudia, por eso, en cuanto supe que se iba estrenar la serie que te menciono, decidí echar mano de la tecnología para así poder disfrutar esta producción que me causaba tanta curiosidad desde el planteamiento de su trama. Y te voy a confesar que, visto lo que se está haciendo en materia de series de ficción y fantasía en otras partes del planeta, no me sentía muy segura de iniciar la aventura con la desconfianza metida en el cuerpo. Pero, ¡oh sorpresa!, sin ser todo lo que nos tratan de convencer que es, El Ministerio del Tiempo, hasta este justo momento en el que ya se han retrasmitido tres programas de la serie, revivió en mí recuerdos de mi adolescencia en Madrid cargados de deseos imposibles que se resumen en ese viajar por el tiempo para conocer los hechos de la Historia de primera mano. De repente, me veo emocionada frente a la pantalla de mi computadora portátil siguiendo las aventuras de Alonso, Amelia y Julián como si yo volviera a tener catorce o quince años. No, no es una producción perfecta, estoy de acuerdo pero es un maravilloso intento por utilizar a la Historia como vehículo narrativo y enfrentarnos así a un pasado visto desde el presente, un pasado que tiene la clave del por qué el hoy es como es. Me gustó la premisa de que los protagonistas tengan que evitar que la Historia cambie. Finalmente es una premisa clásica en las series que han tratado el tema desde el famoso e inolvidable Túnel del tiempo de la década de 1960. También me gustó ver esa simbólica escalera de caracol cuya espiral nos remite, de manera inevitable, al concepto de evolución y desarrollo que tiene que ver con el discurso histórico. Por supuesto, se substituye la máquina, indispensable desde que H. G. Wells la creará, por las innumerables puertas que llevan a los diferentes tiempos. Tal vez sea rizar el rizo si comento que a mí me pareció la idea de las puertas una clara alusión a los agujeros de gusano que los fisicos actuales conciben como manera, aun no demostrada pero si propuesta como hipótesis, para comunicar lugares distantes del universo, así como planos diferentes que podrían alterar la continuidad del espacio-tiempo tal y como la concebimos en y desde nuestro planeta. El Ministerio del Tiempo parte pues de esa premisa para desarrollar una narración en donde la ficción y la realidad se entremezclan creando una trama verosímil y entretenida. Si, para mí fue una agradable sorpresa que pienso disfrutar todo lo que Radio y Televisión Española me deje ya que, por lo que he leído, tal vez su poco "raiting" no la anime a realizar una segunda temporada. En lo particular, este programa ha sabido captar mi atención con la ligereza de sus diálogos que manifiestan una nada velada crítica a la situación actual que se vive en España mientras trata con humor a personalidades del mundo de la cultura de tiempos pasados convertidos por la historia oficial en personajes intocables que, sin embargo, aquí se transforman al proporcionarles un guiño casi caricaturesco que los humaniza. Si, la serie es divertida y didáctica al mismo tiempo pues, sin mucho rascarle, la España actual se ve, frente a frente con su pasado y, de ese encuentro inevitable, surge el chiste que aligera la trama. No, no trato de convencerte, caro lector mío, de que se trata de un producto absolutamente necesario para comprender los "intringulis" históricos de una nación tan compleja como es España, pero si es un digno intento de presentarla imbuida de un espíritu ligero propio del melodrama de nuestros tiempos. Ojalá la teleaudiencia española, que es la que cuenta para ese "raiting" necesario, le de la oportunidad a esta serie para que sobreviva las suficientes temporadas como para que nos siga sorprendiendo como hasta ahora lo ha hecho. 

Espero que la lectura de esta página te haya resultado agradable y me despido por hoy con la promesa de un pronto reencuentro.

viernes, 6 de marzo de 2015

Página cuarenta y uno: Dos parejas imperiales. Una comparativa


  Mi muy estimado y presente lector:

   Decidí regresar frente a tus ojos con la comparativa de dos fotografías que nos muestran a dos parejas imperiales en una pose casi idéntica que, sin embargo, nos dejan ver la notoria diferencia que existía entre ambas. No solo por la edad de los retratados, sino además por la importancia de ambas parejas dentro del mundo europeo de mediados del siglo XIX.  La primera es la pareja conformada por Carlos Luis Napoleón Bonaparte, el autoproclamado heredero del Gran Corso, y su esposa Eugenia de Montijo, una aristocrata española muy afecta al legado napoleónico. La otra pareja está conformada por el hermano del emperador de Austria, Fernando Maximiliano, y la hija del rey de Bélgica, Carlota Amalia. Las circunsatancias relacionaron estrechamente, y de una forma por demás trágica, a ambas parejas teniendo como telón de fondo la invasión militar que realizó Francia en suelo mexicano con la intención de crear un imperio latino en México que contuviera el avance de los Estados Unidos sobre lo que Napoleón III proclamó como "América Latina" y que abarcaba, territorialmente, a toda la América española de los siglos precedentes.

     Carlos Luis Napoleón nació el 20 de abril de 1808 siendo hijo de Luis Bonaparte, hermano de Napoleón el Grande y de Hortensia Beauharnais, hija del primer matrimonio de María Josefa Rosa Tascher de la Pagerie, quien llegaría ser la emperatriz Josefina. Eugenia de Montijo, hija de un aristócrata andaluz, conde Teba y grande de España y de la hija de un rico comerciante escocés afincado en Granada de apellido Kirpatrick, nació el 5 de mayo de 1826 el mismo día que se recordaba  el primer lustro de la muerte de Napoleón I en su destierro de la isla de Elba. Que estos dos se encontrarán, solo fue cuestión de tiempo ya que, si creemos en la famosa anécdota en la que a Eugenia una gitana le prometió que llegaría ser más que reina, además de la educación "napoleónica" que le había proporcionado su madre y el empeño que finalmente ésta última puso para que su primogénita llegara a emparentarse con la citada familia, dio por resultado que, sin una verdadera y auténtica historia de amor de por medio -aunque si un irrefrenable deseo por parte de Luis Napoleón por llevarse a la cama a la señorita de Montijo, decimosexta condesa de Teba-, Eugenia y el recién proclamado emperador de los franceses contrajeran matrimonio el 30 de enero de 1853. Podemos decir que, a pesar de lo desigual de sus respectivos orígenes y otros detalles de la vida matrimonial que trascendieron en su momento, Eugenia y Napoleón estaban bien avenidos puesto que participaban en un proyecto en común que recibía el nombre de Segundo Imperio Francés. No, Eugenia no se casó enamorada, como tampoco lo hizo Napoleón. La suya fue una unión formalizada por el deseo de establecer una dinastía nueva e independiente de cualquier otra casa real europea.  Por supuesto, el orgullo de Napoleón no iba reconocer que se sentía herido por el rechazo que había recibido su petición de la mano de la princesa Adelaida Victoria de Hohenlohe-Langenburg, sobrina de la reina Victoria de Inglaterra. Fue este rechazo el que le hizo considerar la unión con María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox-Portocarrero de Guzmán y Kirpatrick, como una declaración de independencia frente a la añeja sangre real de las dinastías europeas. Él era un hombre de su tiempo que iba a demostrar que no necesitaba de nadie para gobernar los destinos de Europa tal y como había hecho su famoso tío. Y sí, casi lo logra si no hubiera sido por el encontronazo final que tuvo con un taimado conde prusiano apellidado Bismarck que fue el único que consiguió replegarlo hasta el olvido. Pero, mientras tanto, fue el arbitro indiscutible de la política continental europea desde 1853 a 1870. Casi dieciocho años de imperio en los que Eugenia fue, asimismo, arbitro de la elegancia en términos de moda y asesora en algunas de las discutibles aventuras en las que se internó la política imperial francesa, especialmente, durante lo que se conoció como la Guerra de México.

    Pues bien, la foto que te presento hoy, tomada según dictaban los cánones de la pose fotográfica durante las décadas de 1850 y de 1860, nos trasmite mucho de como era la relación de pareja de Eugenia y Napoleón. Ella está sentada, volviendo el rostro hacia él con un gesto que se antoja de interrogación pero que a la vez nos muestra la fuerza de carácter de la misma Eugenia. Si, ella era la emperatriz de los franceses gracias a ese hombre pequeño en estatura pero de una tenacidad y un atrevimiento proverbial que lo había convertido en un formidable rival para las testas coronadas europeas. Un hombre que se había creído con el derecho de cambiar el destino de dos continentes, por su pura voluntad, imitando a su modelo político  que era su propio tío Napoleón I. Un hombre que fue tachado de "parvenu", de torpe, en muchos sentidos, de nos estar a la altura de su propia sangre al comparásele constantemente con su inolvidable tío -comparación de la que, como es evidente, no salía muy bien librado-. Sin embargo, a pesar de las constantes críticas e inevitables comparaciones, a pesar de su garrafales errores de cálculo provocados por su ambición y por su resentimiento político, Napoleón III fue la estrella más brillante de la política continental en esas dos décadas en las que Francia se convirtió en referencia obligada dentro y fuera de Europa. Eso es algo que sabía muy bien Napoleón III, por eso mira directamente a la cámara mientras apoya su mano sobre el hombro izquierdo de su esposa Eugenia como simbolizando así el apoyo que encontraba en ella, un apoyo que iba más allá de la esfera de la relación íntima y cotidiana del día a día. En esta imagen observo yo una complicidad de socios más que de esposos ya que cada quien cumplía su rol siendo, antes que cualquier otra cosa, el emperador y la emperatriz de Francia. No, no eran la pareja perfecta pero era algo que tenían aceptado desde el principio. Por supuesto, la convivencia en las buenas y en las malas, y el haber tenido un hijo en común, los terminó acercando como complices que eran y solo la muerte pudo separarlos.

     Ahora, permíteme lector mío que te presente a la otra pareja de esta comparativa, a aquellos que llegarían a ser emperadores de México gracias a la voluntad y a la fuerza militar de Napoleón III -quien aprovechó las reclamaciones de los exilados conservadores mexicanos para experimentar, por su cuenta, un proyecto de contención a la amenazadora expansión norteamericana-, y que pertenecían, ellos sí, a esas familias reales de sangre añeja que tanto despreciaban a Napoleón. El, Fernando Maximiliano José de Habsburgo-Lorena, había nacido el 6 de julio de 1832 en el palacio de Schönbrunn a las afueras de Viena y era sobrino carnal de la segunda esposa del Gran Corso, María Luisa, la madre del Aguilucho. Por su parte, María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia-Corburgo-Gotha y Orleans, hija del tío favorito de la reina Victoria de Inglaterra, había nacido en Leaken, cerca de Bruselas, Bélgica, el 7 de junio de 1840. Hoy no te cansaré, lector mío, con los detalles de esa unión cuya naturaleza puede apreciarse mejor en la fotografía que te muestro y, cuya sesión fotografica se realizó en 1859 o, tal vez, en 1860. Él viste con el uniforme de la marina austríaca de la cual era comandante y dirige su mirada ligeramente hacia la derecha mientras se apoya, displicentemente, sobre el respaldo del sillón en el que su esposa se sienta. La mano izquierda se encuentra apoyada en su cadera en un gesto muy característico suyo que aquí parece denotar cierta impaciencia. Ella aparece sentada, volviendo su rostro en la dirección contraria a la de él con un gesto casi de ausencia mezclada con cansancio. Probablemente aquí el matrimonio, que hasta el dia de hoy se publicita como amoroso y tierno, pasaba por uno de sus peores momentos. La verdad es que, desde el principio, fue una unión condenada en donde los esposos vivieron el desencuentro que parece apreciarse en esta foto.  Ella lo escogió a él pero él nunca pudo corresponderle de la manera en la que ella hubiera deseado que lo hiciera. Aquí no hubo ese pacto de complicidad que se aprecia en la pareja francesa, Aquí, lo que se aprecia, es la indiferencia y el hartazgo. Una indiferencia y un hartazgo provocados por el aburrimiento que los confinaba a vivir una vida que ninguno de los dos había elegido para sí. A ella le costaba soportar el casi exilio de Miramar que percibía tan estéril como su propia vida en común con el hombre que había escogido por esposo, mientras que él se evadía yendo y viniendo defendiendo esa soledad que le resultaba tan atractiva como refugio interior. Para nadie es un misterio que él dudo hasta el último instante si aceptar o no la corona de México, como tampoco es un misterio que fue ella la que más insistió, llegando incluso a hacer presión sobre él, para que aceptara esa corona.  El final de la historia es de sobra conocido: él murió en México y ella se volvió loca. Él optó por dejarse hundir en las profundidades de su orgullo habsbúrgico que le exigía una salida digna y honorable, mientras ella prefirió evadirse de la realidad que la condenaba como única resposable del rotundo fracaso de su sueño. El decidió que la salida más digna era la muerte ya que había perdido -o así al menos lo sintió él-, el apoyo que necesitaba para regresar a casa y la historia familiar le había enseñado que tal vez los Habsburgos tenían problemas para vivir pero no para morir como se esperaba de ellos que lo hicieran.

En fin, lector mío, pongo aquí el punto y final por hoy, y te emplazó a que nos encontremos, si tal es tu deseo, en una próxima entrada. 

lunes, 23 de febrero de 2015

Página cuarenta: Hablemos de Ferdinand Max

   
 







     Mi querido, paciente y muy considerado lector:

    Regreso a tí con un tema que, en lo particular, me mueve muchos hilos interiores haciendo que emerja, sin proponérmelo, lo más granado y selecto de mi Jardín Secreto, ese mismo que me delecto en cultivar para poder compartirlo con mis afectos más cercanos. Creo que para nadie, de todos aquellos que me conocen y tratan, es un secreto que la figura de Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg-Lotheringen, conocido también como el emperador Maximiliano I de México, es uno de mis personajes históricos preferidos y por ende, uno de los más queridos y apreciados habitantes de ese Jardín Secreto que he mencionado al principio. Querido, apreciado y añoso ya que entró a formar parte de él cuando yo era una adolescente que me nutría con una ecléctica selección de autores serios y no serios, clásico y contemporáneos, doctos y vanales como era el caso de la serie de novelitas que en los años cincuentas y sesentas se publicaron sobre la vida de la emperatriz Elisabeth de Austria, más conocida con el diminutivo de "Sissi" y por el rostro de la simpar Romy Schneider, actriz austriaca que la encarnaría en cuatro películas, tres dirigidas por Ernest Marishka y una más por el talentoso Luchino Visconti. Pues bien, esas novelitas de "Sissi" me introdujeron dentro de la historia edulcorada del penúltimo emperador de Austria y rey de Hungría, Franz Josef  de la mano de su muy neurótica, pero eso sí, bellísima esposa, Elisabeth que, para mí, en esos días, era el epítome de todo lo que yo deseaba ser. Y bueno, como siempre he tenido madera para investigar y desentrañar temas que me gustan en pos de una verdad más o menos objetiva, me dí a la tarea de averiguar quiénes eran y cómo eran en realidad estos personajes. Me puse a hacer mi "tarea", como buena diletante, a ratos perdidos y acicateada por una curiosidad que me llevó a realizar interesantes descubrimientos tratando de reunir todas las  piezas de ese rompecabezas histórico que tanto me seducía. Y si, así fue como Ferdinad Max llegó a mi vida para quedarse en ella a partir de 1977 cuando yo tenía 16 años. Tal vez lo conociera un poco antes a través de unos retratos que había publicados en las enciclopedias de mi casa, en concreto el de Graefle que se exhibe en el Castillo de Chapultepec, cuando aun ni se me pasaba por la mente que algún día, en el futuro, yo podría contemplarlo con mis propios ojos. La nuestra fue, a partir de ese momento, una relación constante y única. De Franz Josef, pase a Ferdinand Max y todo lo que me caía en las manos acerca de él y de su esposa Carlota, lo leía con verdadera avidez. El inicio fue lento y errático pues aun vivía yo en España y en Europa, la figura trágica de Maximiliano no deja de ser la de un segundón de la Casa de Austria que se fue a México, un país semisalvaje del que todo se desconocía entonces, para poder lograr ese sueño imposible de llegar a ser aquello para lo que había sido educado: emperador de algún sitio más o menos civilizado. De ahí que, en la imaginación del colectivo europeo, Ferdinad Max se lanzara hacia una incierta aventura que le salió mal, muy mal hasta el punto de costarle al vida. En Europa aun se le echa la culpa de su desgracia a la ambición de su esposa, la hija favorita de uno de los monarcas más apreciados en la Europa de su época: Leopoldo I de Bélgica quien era además del tío favorito de la monarca que dio nombre a gran parte del siglo XIX: Victoria  de Inglatera. En realidad, la historia europea y en concreto, la historia austriaca, lo deja de contemplar seriamente en el momento que se embarca en la fragata Novara rumbo hacia su breve y fugaz instante de gloria y su trágico fin que no sorprendió a nadie. Y bueno, a partir del 19 de junio de 1867 no ha dejado de ser el "pobre Max" que se fue a hacer la América a su manera y acabó asesinado por gente que ni lo entendía, ni lo merecía.

     Tuve que llegar a México, con mi escasa información y mi parco conocimiento europeo del "affaire" monárquico de Ferdinand Max, para decubrir aquí otra dimensión de los hechos. El imaginario mexicano no lo trata mucho mejor porque existe un severo conflicto de intereses entre sus figuras históricas. En México, la historia oficial es una historia de "buenos" y "malos", si, una historia para ser contada como la de los cuentos de hadas a los niños. En esta historia, Ferdinand Max, el soñador, el romántico, el antagonista ideológico del conservador Franz Josef que gustaba de las artes y de las ciencias, el suave, el gentil, el carismático príncipe que sedujo a los intelectuales libertarios de la insurgente Italia, se convierte en el iluso usurpador que llegó apoyado por las bayonetas del invasor francés del cual era solo un títere, un maniquí coronado por Napoleón III al que le debía absolutamente todo. Fue un golpe fuerte encontrarme, de repente, con que la misión civilizadora, el sueño redentor de establecer una monarquía europea en suelo americano bajo los parámetros vanguardistas del liberalismo imperante a mediados del siglo XIX y del cual Ferdinand Max se reconocía como ferviente seguidor, era un puesto que ya estaba ocupado por un liberal a la mexicana como era Benito Juárez, mucho más capaz de hacer entrar en cintura a un pueblo contradictorio que aun no se liberaba de las nieblas estamentales de la sociedad virreinal de la Nueva España. Fue un golpe fuerte ir leyendo e ir encontrándome con que Max cayó en una trampa que él mismo se había tendido desde que fue aumentando el rencor que sentía hacia su hermano Franz Josef cuyo conservadurismo lo había puesto siempre entre la espada y la pared a la hora de tener que tomar decisones de cualquier tipo -desde casarse con una mujer que no amaba hasta tener que aceptar la renuncia de su posición dentro de una familia extensa llena de archiduques sin oficio ni beneficio-. En México fuí descubriendo al verdadero Maximiliano que, finalmente, no era el príncipe azul del cuento de hadas europeo.

     Todo esto viene a colación porque el día de ayer, 22 de febrero, a las 19 horas, y teniendo una conexión de "wifi" estable, ví finalmente por internet un documental más sobre este entrañable personaje. El "plus" de esta "nueva" versión e interpretación de la vida de Max era que había sido hecha al "alimón" entre la televisón oficial austriaca y la televisión de Universidad Nacional Autónoma de México, así que, si había sido hecha entre austriacos y mexicanos, debía de estar bien hecha. Como bien dice Dhyana Angélica Rodríguez Vargas, licenciada en periodismo y dedicada artículista de divulgación histórica, la figura de Maximiliano necesita una serie televisiva de varios capítulos en donde poder exponer a conciencia quien fue Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg-Lotheringen y, por supuesto, cual fue su huella real en la historia tanto de México como de Europa. Desgraciadamente, el breve documental dirigido y escrito por el director austriaco Franz Leopold, no logra esa pretendida reunión de las visiones e interpretaciones que, tanto los austriacos como los mexicanos, tienen de este personaje. Más bien resultó la exposición libre de un texto del escritor e investigador austriaco Konrad Radtz, experto en el tema que ha desarrollado su investigación de una manera bastante convencional y sin ahondar realmente entre los entresijos y recovecos de este fascinante personaje. Entiendo que, en escasos 52 minutos de proyección, no se puede, de ninguna manera, acercarnos a Maximiliano si no es de una forma muy superficial y fragmentada, como en efecto sucedió. Lo más interesante de todo el documental fueron las imágenes presentadas y algunas de las locaciones escogidas tanto en Europa como en México. Esas imagenes fueron en si el verdadero meollo de esta versión trunca de la historia. El director sabe transmitirnos emociones a través de los ojos pero no a través de las palabras. Por supuesto, no quiero meterme en honduras acerca de la pobreza o no de la producción ya que entiendo que, tratándose de televisoras oficiales, no hay mucho dinero para gastar en darle a la ambientación un toque más fidedigno en cuanto a vestuario, caracterizaciones y esas cosas que parecen antojársenos superfluas pero que, ciertamente, no lo son cuando son las encargadas de meternos como espectadores dentro de una atmósfera histórica adecuada. Lo dije en su momento y lo repito: como intento, es un buen intento pero en eso se quedó sin aportarnos realmente el gusto de que este material se presentara como  un esfuerzo serio y cabal para acercarnos a Maximiliano desde una perspectiva en verdad mucho más completa y profunda.  Es curioso, lector mío, pero desde mediados del siglo XIX cuando fue fusilado en el Cerro de las Campanas a las afueras de la ciudad de Querétaro, el recuerdo del hombre que fue Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg-Lotheringen no ha podido sobreponerse a las veleidades que el propio archiduque propicio con respecto a su comportamiento humano. Pareciera que se condenó a si mismo a ser recordado a través del cristal de sus muchos y muy criticables defectos y debilidades que no nos permiten acercarnos como nos gustaría al verdadero legado de su vida.

     Eso es todo por hoy, lector mío. En otra ocasión volveré sobre éste u otro tema diferente que considere de interés para para tus ojos y entendimiento a través de este álbum "sui generis" que es la más pura expresión de mi inefable Jardín Secreto.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Página treinta y nueve: Una visita al Madrid de Francisco Santos

Mi muy querido y siempre bien recordado lector:

Regreso a estas páginas para hablarte de mi última lectura inaugurando así una nueva época de este espacio dedicado a mis gustos y aficiones al que decidí liberar de toda traba para que se ajuste a mis nuevas necesidades de expresión. Si, para darle más vida a este entrañable rincón de mi álbum, he decidido que debería de abrir una ventana, si no es que varias, a mis gustos y placeres, tanto intelectuales como emocionales, que van más allá del breve lapso que se encuentra entre 1789 y 1914 ya que, si pretendo mostrarte las diversas páginas de las que se compone mi rico álbum interior, debo hacerlo sin tapujos ni cortapisas transitando por las imágenes que provocan a mi imaginario las lecturas, la música, la moda o las historias de las diversas épocas que me atraen y que tanto disfruto de recrear. Así pues hoy, de la mano de Francisco Santos, un escritor madrileño que vivió y retrató fielmente a su sociedad a través de su pluma, te voy a llevar a conocer el Madrid de 1666 con sus formas y maneras, con su lenguaje y sus preocupaciones. Y bueno, si una página de este álbum no es suficiente, siempre le podremos dedicar las que se consideren necesarias para pintarte de cuerpo entero una sociedad que, no por distante, nos resulta del todo ajena. Y bueno, todo es empezar a entrar en materia.

     ¿Conoces acaso a éste contemporáneo de Quevedo, Calderón, Lópe y Gracián  que te menciono? seguro que ni te suena como a mi no me sonó cuando me tropecé con este ejemplar en una Feria del Libro en plena Plaza Mayor de la Ciudad de México. Iba en busca de lectura, si; pero, de una lectura diferente que atrapara a mi imaginación llevándola de paseo a conocer territorios inexplorados para mi conocimiento y así fue como me tropecé con este Francisco Santos que me llevó de la mano a conocer su Madrid lleno de espadachines, hombres seducidos por las argucias femeninas, academias de mendigos poetas y mujeres virtuosas que ocultaban con pudor sus rostros bajo los mantos y mantillas. Los protagonistas de este mosaico costumbrista del Siglo de Oro son un caballero napolitano llamado Onofre liberado del cautiverio en tierra de moros por los monjes mercedarios y Juanillo, el de la Provincia, natural de Madrid, joven pobre pero honrado, que vivió durante un tiempo de la limosna haciéndose pasar por loco y que, por supuesto, es el mejor guía para mostrarle a Onofre tanto las luces como las sombras de la sociedad que habitaba en la Villa y Corte en aquellos tiempos de crisis y de miseria, así como de pompas cortesanas y gozos espirituales en donde la muerte era presencia inevitable entre ricos y pobres, jóvenes y viejos, honrados y viciosos. Por supuesto, nuestro amigo Santos era un hombre de instrucción esmerada, conocedor de los clásicos, poeta y amigo de la ironía y de moralizar por partes iguales mientras nos trata de convencer que la tierra es un valle de lágrimas, la vida es breve y la muerte llega en un instante por lo que nos conviene estar alertas, morigerar nuestras costumbres y tener la conciencia en paz para cuando la Parca siegue nuestra vida y nos lleve a la presencia del Supremo Juez. Por eso y con ganas de ejemplificar y de hacernos ver que nadie se escapa a esta suerte, nos muestra personajes en actitudes cotidianas que no dejan de ser una advertencia para el buen comportamiento. Solo así nos muestra, por ejemplo, al hombre que pide prestado para agradar a unas mujeres que sin duda viven del galanteo de este tipo de hombres que, teniendo mujer y familia propia, son capaces de perder su hacienda y dejar sin comer a sus hijos por andar detrás de esas mujeres que se aprovechan de estos incautos. Pero, no voy adelantarte vísperas, lector mío, y voy a tratar de ceñirme a un orden que si bien no pretendo estricto, si quiero que sea lo suficientemente ilustrativo como para que tú también veas, a través de los ojos de tu imaginación, lo que yo llegué a vislumbrar a través de los míos.

     Empezaré por los vestidos de ricos y pobres, cumpliendo con esto una promesa a un amigo que hoy cumple años y al que quiero regalarle esta página de mi álbum para que la disfrute. Pues bien Pedrete -que tal así se llama y a quien pienso dirigirme desde este momento, caro lector mío, en aras de mi ofrecimiento-, te comento, siguiendo a mi autor que "estos ricos, para el adorno personal, no dejan terciopelo rizo ni liso, felpa, chamelote, tafetán ni raso, que todo lo arrastran y aun inventan otras telas; medias de pelo y de arrugar, las bastantes; zapatos, l,os que sobran; sombreros de castor, más de uno, ropa blanca, mucha, que no hacen otra cosa las doncellas de la casa." Más adelante continúa hablando del pobre comenzando el comparativo que lleve al ejemplo: "Más da de hacer el pobre en su casa (...) Cada noche a menester su mujer dos cuartos de hilo para remendarle el hato; toma la camisa y, más que el verla rota, la aburre y consume no tener remiendos para ella, obligándola la fuerza de la necesidad a cercenar las faldas para acudir al cuerpo; si ase los calzones, que parecen, salpicados de diferentes remiendos, papagayos en muda, los tiene en pie, volviéndolos lo de atrás adelante. Las mangas vestideras, que asidas a un miserable jubón de gamuzas andan, son de fustán, bien parecidas a los calzones en lo trabajoso. La ropilla, sin mangas, que perdidas se han desecho a puras peticiones de los zarigüelles. la capa, muy alcuza, que también ha entrado en las sisas de tantos remiendos como se han ofrecido para socorrer la necesidad del vestido. El sombrero, como los zapatos, que a puro limpiarlos ya no tienen color. Las medias han sido parte para haber hecho a su mujer maestra de coger puntos, y con toda esta miseria se holgaría de tener que comer para él y su mujer". Y ahora, para entender de que hablaba Francisco Santos, inserto un pequeño glosario de aquellas palabras que son más difíciles de entender por lo olvidadas que han quedado en nuestra lengua. empecemos por el "chamelote" que según la RAE define como proveniente de una voz francesa: "chamelot" ya que hace referencia a una tela impermeable hecha de pelo grueso de camello o cabra. Santos habla aquí, al enumerar las telas más frecuentes de la indumentaria masculina de su época, no solo del lujo sino de los recursos que se tenían para crear confecciones que los protegiera de la lluvia, por ejemplo. Respecto a las "medias de pelo y de arrugar", es un recursos literario el que se utiliza aquí para hablar de la lana y de la seda puesto que la lana es pelo de oveja y la seda, mal ceñida y ajustada, termina arrugándose por lo que se refiere a que el rico le sobraban prendas que utilizar en cada estación del año o situación a la que estuviera expuesto. El "castor" era un tejido de lana cuya suavidad y textura semejaba al pelo del animal del que toma su nombre y con él se hacían los sombreros de ala ancha denominados "chambergos" y que fueron tan característicos del periodo, así como faldas u otras prendas ya que no era una tela onerosa ni especialmente lujosa, aunque si ciertamente muy vistosa. Respecto a la "ropa blanca", se refiere con ello a la ropa interior que por la naturaleza de su uso que no las mostraba o las mostraba poco, no solía ser muy tomada en cuenta y, por lo tanto, se consideraba un derroche propio del lujo y del dispendio el tener mucha ropa blanca que a duras penas se utilizaba cuando los cambios de ropa interior no eran muy frecuentes en aquellos tiempos. La "mangas vestideras" eran unas mangas estrechas que, como bien dice el autor, se cosían al jubón y al hablar que son hechas de "fustán", se refiere a una tela gruesa, basta y pesada que era una mezcla de una trama de algodón con urdimbe de  lino y que fue muy usada, desde la Edad Media hasta el siglo XIX, por las clases más humildes y trabajadoras ya que era durable y muy resistente.  Los "zarigüelles" es una hierba en forma de espiga que aquí entra a colación hablando de las mangas perdidas de la ropilla porque, de mucho usarla recorriendo los campos, esa espiguilla se ha encargado de hacerlas desaparecer de la propia ropilla. Respecto a la capa muy "alcuza", se refiere a una capa llena de pringue y suciedad que ha ido encogiéndose de tanto que han recurrido a ella para ir remendando otras partes de la indumentaria. Ciertamente, la comparación, un tanto exagerada para ambos extremos de la riqueza dispendiosa y de la pobreza llena de necesidades, no deja de ser un buen ejemplo de lo extremosa que era esa sociedad española cargada de pobreza miserable con casos de escandalosa riqueza que ofendía al decoro de la conciencia del buen cristiano, tal y como presumía ser este Francisco Santos. 

     Esto es solo una probada, mi querido Pedrete -y también muy querido lector mío- de las golosinas costumbristas con que este autor nos acicatea como lectores para atrapar nuestra curiosidad con la intención de aleccionarnos. En otra ocasión, si gustas y gustan el resto de mis los lectores, seguiré hablándote de estos tipos madrileños del siglo XVII tan mañosos como entrañables. Por hoy, aquí me detengo y te hago la promesa formal de volver sobre esta obra titulada "Día y noche de Madrid", si tal es tu gusto. ¡Feliz cumpleaños, Pedrete, y que la dicha y el gozo te acompañen todos los años de tu vida!