martes, 2 de diciembre de 2008

Página ocho: un cuarto propio

Mi muy apreciado y paciente lector:

De nuevo estoy aquí, frente a mi álbum, tratando de añadir una página más que con gusto ofrezco a tu consideración. Que me disculpe la señora Wolf por utilizar como título el que ella misma concibió para su famoso ensayo que versaba sobre el quehacer literario y el mundo femenino. Pues bien, aquí estoy yo, tratando de hacer algo semejante, aunque no igual. Te lo aclaro para que no concibas falsas esperanzas sobre mi capacidad como escritora que, si bien no es reducida, tampoco es extraordinaria y mucho menos digna de ver impresas sus palabras. No, no es falsa modestia; ¡es una realidad palpable” No escribo mal, lo reconozco. Tengo recursos y oficio, no lo niego; pero aun no poseo ese toque que hace único al estilo personal del autor, sea éste el que sea, y que nos distingue del resto de los seres humanos que se empeñan por transitar el camino no siempre fácil de la comunicación escrita. Sin embargo, me gusta escribir. Me gusta ir desvelando los secretos de mi interior para convertirlos en frases y, a través de las palabras, en vida.

Si, me gusta escribir y por eso intentaré un ejercicio que aparece en un libro titulado: “Secretos, leyendas y susurros. Rituales para mujeres que se atreven a apropiarse de la escritura” escrito por Amparo Espinosa Rugancia y Ethel Kolteniuk Krauze. Pero antes, permíteme lector mío que te de una breve introducción al contenido de sus páginas. Escrito de una manera mágica, y por lo tanto muy atractiva para excitar ese motor ineludible de la creación en la que participa la fantasía, las autoras parten de una leyenda prehispánica que se refiere a una princesa llamada Ameyhale quien engañó al Dios del Viento para que le diera el don de la palabra escrita que estaba prohibido a las mujeres. Así se creo la “Hermandad de las Talladoras de Palabras”, hermandad femenina cuya finalidad es la de rescatar y publicar esa historia silente que ha sido y es la historia de nuestro género a través del tiempo. El instrumento de esta hermandad, es la escritura, por supuesto; así que sus hermanas mayores, las Serenas –en este caso representadas por las autoras de este libro-, se vuelven guías de aquellas que, como yo, aspiramos a desentrañar y desvelar los secretos ocultos de nuestro laberinto personal. La Serena Amparo escribe:

“Escribo para descubrirme, para saber quien soy.

Escribo para darle voy a mi inconformidad.

Escribo para mirar mis huellas.

Escribo para exorcizar mis dolores.

Escribo para descifrar mis desamores, para revivirlos, para eternizarlos.

Escribo para nombrar mis pasiones.

Escribo para tocar a Dios.

Escribo para curar mi alma.

Escribo para rescatar mi humanidad.

Escribo en búsqueda de sentido.

Escribo para seguir viviendo.

Escribo porque la escritura es mía, me pertenece.

Escribo porque me aterra morir inédita.

Escribo para conectarme con mi esencia.

Escribo para trascender mi narcisismo.

Escribo para hermanarme con otros.

Escribo porque me da placer.

Escribo, luego existo.”

Y añade después de esta profesión de fe en su sino de escritora irreductible:

“Escribir significa para las mujeres, un acto trasgresor, un acto de rebeldía que nunca queda impune.

Cuando escribo, les arrebato la escritura a los dioses (..)

Cuando escribo, también recae sobre mí la Maldición Desesperada”.

Y es aquí, en capitulo dedicado al primer secreto de las Serenas: “La aventura del robo”, en donde aparece el primer ejercicio de escritura que me dispongo llevar a cabo en unos cuantos renglones sobre la blanca hoja de mi álbum. En este ejercicio se me pide que describa tres espacios que yo considere propios, tres espacios en donde yo me sienta cómoda, ¡donde yo sea yo, vamos! Uno de ellos, el primero sin duda, mi ónfalo existencial aquí en México, es el Castillo de Chapultepec. Un lugar del cual he hablado y he escrito hasta cansarme sin percibir aun que lo haya dicho todo. Es un lugar en donde mi yo se vuelve intemporal, un lugar para convivir con mis sueños y para olvidarme que el aquí y el ahora me reclaman detrás de sus rejas verdes. Soy feliz en las terrazas del Castillo de Chapultepec. ¡Es mi espacio!, ¡mi sitio!, ¡mi lugar por antonomasia! Un espacio que siempre está atestado de visitantes a los que ignoro para poder disfrutar mejor esas visitas furtivas en horarios inverosímiles –preferentemente antes de que lo cierren por la tarde-. Cada vez que necesito sentirme viva, voy al Castillo, subo su rampa y me interno en ese patio exterior para iniciar un recorrido que ya se me de memoria, pero que me sigue fascinando porque es como el hilo conductor de mis sueños, de mis conversaciones interiores con los “habitantes” imperceptibles de ese espacio. Me sé de memoria lo que se exhibe, donde están las joyas, al ropa, los abanicos, los muebles, los retratos, los espejos en los que me gusta reflejarme, los carruajes… Me gusta soñar con el tiempo ido y con los fragmentos de mi propia historia que están engarzados en ese lugar. Las escaleras por las que alguna vez subí hasta alcanzar las rejas de la entrada al Castillo, el recinto del Audiorama en donde le escuché cantar a un coro austriaco el “Danubio Azul” de Johann Strauss y que le fue dedicado en aquella ocasión al mismísimo Maximiliano provocándome una extraña sensación de absoluta y feliz sincronicidad… Creo que hay mucho de mí sobre el Cerro del Chapulín.

Discúlpame, lector querido, si me engolosino hablando de ese espacio que es sin duda, ¡mi espacio! por antonomasia. Pero me doy cuenta que estoy ya a punto de concluir esta nueva página de mi álbum antes de que pueda hablar de otro espacio que es, sin duda ninguna, mi pequeño Chapultepec físico: mi cuarto. Un lugar de 12 metros cuadrados en donde se encuentra reunido todo mi mundo exterior. En el él duermo, escribo, veo la televisión, oigo mi música y, por supuesto, tecleo en mi computadora. En él tengo el retrato enmarcado de un hombre al que nunca podré conocer porque murió casi 100 antes de que yo naciera. Un hombre que fue fugazmente, él sí, propietario del Castillo sobre el Cerro del Chapulín y con el que me gusta platicar en el interior de mi imaginación dándole una voz y un movimiento que nunca tendré la oportunidad de constatar que fueron suyos. Un hombre que es, hoy por hoy, el centro de mi vida y de mis fantasías, no todas confesables, lo reconozco. Un hombre al que conocí en el tránsito de mi adolescencia y a quien he regresado una y otra vez después de largos periodos de ausencia. Tal vez no fue el mejor hombre del mundo; pero, para mí es toda una inspiración porque en él me reconozco y me encuentro. Probablemente hubiéramos sido una pareja desastrosa de habernos encontrado en el mismo tiempo y el mismo lugar, pero mi fantasía siempre ha hecho tolerable nuestra relación absolutamente platónica.

Creo que en otra ocasión hablaré en estas páginas de a que dedico mi tiempo y que aspiro hacer con él. Por hoy, ha sido todo, lector mío. Solo me queda despedirme hasta la próxima vez en que nos encontremos.

sábado, 18 de octubre de 2008

Página siete: Matilde Petra Montoya Lafragua o los atrevimientos necesarios

Mi muy paciente y querido lector:

Un vez más pongo a tu considera mis humildes palabras que, en esta ocasión, quieren llevarte de nuevo a recorrer los largos pasillos del laberinto del recuerdo hasta llegar a este rostro que hoy te muestro. Un rostro de mujer que dejó el anonimato, hace ya algo más de un siglo, al atreverse a romper un paradigma de su época. ¿Qué hizo pues Matilde para ser recordada hasta el día de hoy? Atreverse a hacer lo que ninguna mujer de su momento había hecho todavía en México: aspirar a un título universitario que le fue finalmente concedido el 24 de agosto de 1887. Matilde nació un 14 de marzo de 1857, año crítico para la nación mexicana pues apenas un mes antes de que ella viniera a este mundo, el 5 de febrero de ese mismo año, se promulgó la Constitución Liberal que tanta sangre costaría mantener vigente. Se llamó pues Matilde para honrar a la santa del día de su nacimiento y fue la última hija de la familia Montoya Lafragua. Como mujer, tenía pocas posibilidades de estudiar más allá de la primaria; sin embargo, su inclinación y buena disposición como estudiante le llevó a su madre a considerar que tal vez, solo tal vez, con la insistencia adecuada, Matilde podría llegar a ser una mujer lo suficientemente instruida como para vivir en el futuro de una profesión liberal como cualquier hombre. Supongo que doña Soledad Lafragua, su señora madre, consolidò esa idea a partir del empeño que demostraba Matilde por seguir el camino del estudio, mismo del que no se apartó hasta que hubo concluido su carrera de medicina en la facultad de la Universidad Nacional de México. ¿Cómo se le ocurrió a la muchacha la peregrina idea de estudiar algo tan fuera del paradigma decimonónico respecto a la educación de las mujeres? Podemos especular que fue doña Soledad la que la alentó a su hija a realizar lo imposible: matricularse en la universidad en una carrera que, hasta ese momento, había sido un feudo de masculinidad impenetrable.

Matilde no era precisamente bonita, tal y como la podemos apreciar en ese retrato de la época; pero, tampoco carecía de atractivo. Se le nota en sus peculiares rasgos, así como en su actitud, una fuerza de voluntad capaz de arrostrar cualquier obstáculo y podemos creer que fue esa voluntad la que la llevó a no dejarse vencer por el cansancio o por las dificultades que en su época le imponía su condición femenina. Hoy nos puede parecer menos difícil lo que Matilde tuvo que enfrentar por ser mujer ya que hoy, las mujeres, tenemos una presencia innegable dentro de los espacios reputados como feudos masculinos; pero, en aquellos lejanos días del siglo XIX, la presencia de Matilde en la facultad, no solo era una extrañeza, sino un símbolo de la futura hecatombe de la sociedad ya que la mujer debía de asumir su rol de esposa y madre con sumisión y aceptar que su finalidad en esta vida era la de engendrar a las futuras generaciones dentro del marco legal del matrimonio y ayudarlas a formarlas dentro de los cánones sociales constituidos sin mayores pretensiones de cambio. A la mujer del XIX se la educaba para ser bastión del más recrudecido de los conservadurismos ya que de ella dependía que el “status quo” continuara como hasta ese momento perfectamente estructurado y encuadrado entre los márgenes del pensamiento positivista que hacía del progreso material aquello a lo que se debía de aspirar como símbolo de modernidad irrefutable. Positivismo y liberalismo, iban de la mano y en él se contemplaba a la educación femenina en la medida en que sirviera para hacer madres más capaces y mujeres más conscientes de su rol socialmente subordinado. Jamás promovió que las mujeres abandonaran sus hogares para convertirse en profesionistas ya que, la sociedad del siglo XIX veía como una abominación tales pretensiones en el espíritu femenino. No había pues peor insulto que el de remarcar rasgos masculinizantes en las actitudes y las pretensiones de una mujer. Aquella que, como Matilde, aspirara a estudiar a un nivel superior para obtener así el aval que le permitiera desempeñarse como profesionista y poder vivir de ello, estaba condenada a ser vista como un fenómeno social a la que se le toleraría esa excentricidad de querer hacer cosas de hombres sin serlo; pero, jamás se la reconocería en un rango de igualdad porque la sociedad de la época no creía en la igualdad de condiciones entre los géneros para poder desarrollarse y obtener una vida más plena.

Por supuesto, una mujer que pretendiera ser alguien en un ámbito dominado por hombres, no podía aspirar a ser un partido deseable como futura madre de familia. Dicho de otra manera: ningún hombre podría aceptar como esposa a una mujer que hiciera cosas de hombre. Así pues, Matilde fue médica pero nunca se casó ni tuvo hijos propios –aunque adoptó a varios niños en un afán por poder tener una familia suya-. Ejerció su profesión durante casi 50 años y murió empobrecida, pues jamás lucro con ella, el 26 de enero de 1938. Su vida transcurrió durante uno de los periodos más interesantes y convulsos de la Historia de México y que va desde la Guerra de Reforma al sexenio de Lázaro Cárdenas pasando por la Intervención Francesa, la República Restaurada, el prolongado Porfiriato y la Revolución de 1910. Su vida fue una vida de atrevimientos ya que, desde que se propuso estudiar medicina en la universidad, empezó a romper los esquemas de una sociedad que su gesto dividió en admiradores de su voluntad y en detractores de sus veleidosas pretensiones. Para mi, Matilde Petra Montoya Lafragua, es un ejemplo más de lo que se puede lograr si se lucha por lo que uno desea, aun a costa de la comodidad que nos repliega siempre tras la barrera sin dejarnos avanzar a la trinchera de la vida. Matilde es para mí una inspiración en estos momentos de mi vida en los que me siento como empantanada y atenazada por una edad que me rebasa y que me hace creer que ya es demasiado tarde para iniciar algo nuevo y diferente en mi vida. Si, Matilde Montoya finalmente decidió anteponer sus metas y sus logros a las convenciones sociales de su época que exigían de ella ser sumisa y obediente. Matilde Montoya rompió pues paradigmas sin protagonismos de ninguna especie; solo le interesaba ser médico para poder vivir mejor de una profesión en la que empezó como partera cuando aun era adolescente; pero, no se contentó con ocupar solamente el lugar que le correspondía por ser mujer, sino que se atrevió a abrir una brecha para que por ella se deslizaran muchas otras mujeres que, como la propia Matilde, aspiraban a ver convertidos sus proyectos de vidas independientes en una realidad palpable.

martes, 7 de octubre de 2008

Página seis: Dando un paseo por la Estación D´Orsay en compañía de Auguste Renoir


Mi muy querido y paciente lector:
Hago aquí una declaración pública de sobra conocida por todos acerca del poco entusiasmo que tengo por la obra de Auguste Renoir. Nunca ha sido uno de mis “impresionistas” favoritos pero, poco a poco, siento que el viento está cambiando a su favor. De repente, y a raíz de mi permanencia en ese Jardín Secreto que es la Sociedad Victoriana Augusta, he ido viendo su apastelada obra con otros ojos. Hoy, por ejemplo, casi corrí del trabajo hasta mi casa para ver un programa acerca del Museo D´Orsay cuyo tema en específico era la pintura de Renoir y su relación con la moda del momento. Enterarme de que su padre fue sastre y su madre costurera, fue para mi, no solo una revelación, sino un punto de identidad con ese pintor al que siempre repudié por presentar imágenes tan endulcoradas y, por ende, empalagosas. Siempre me resistí a ese “mojar sus pinceles en merengue”, como decía el ácido Jardiel Poncela que hacía monsieur Renoir cuando pintaba sus alegres escenas parisinas o sus retratos de damas rozagantes. Mi sensibilidad estética siempre se sintió agredida por ese uso indiscriminado de los azucarados tonos pasteles pasando por alto su magistral tratamiento de la luz. Yo solo me fijaba en esos colores difuminados y en esos temas de cajitas de bombones convertidas en costureros. Renoir, para mí, era el epítome de la cursilería amerengada del siglo XIX y hoy, aunque me cueste expresarlo, lo estoy redescubriendo desde otra perspectiva más cercana a mis propios intereses.
Monsieur Renoir retrató a una época que emergía de un desencanto muy particular. Una época que dejaba atrás, definitivamente, los arrebatos románticos para seguir el camino ortogenético del más crudo realismo social. Una época que trocó las ampulosidades del miriñaque, por la desmedida extravagancia del polisón. El miriñaque era un artilugio más democrático que el polisón burgués ya que, hasta la década de 1860, la falda ahuecada gobernó sobre el gusto femenino sin que nadie, a excepción de las voces acostumbradas que siempre están dispuestas a criticar cualquier falta de mesura, sé escucharan en contra de los aros. Pero, el miriñaque sucumbió bajo las balas de Guerras Civiles e Imperios efímeros y, en Europa, cuna del gusto y de la moda, los cañones de la Guerra Franco-Prusiana, rubricaron su acta de defunción. Aunque…, parafraseando a Herr Einstein: nada se crea ni se destruye, solo se transforma y, este concepto, para el mundo de la moda, es todo un axioma irrebatible. El miriñaque pues se transformó ante los ojos atónitos de una sociedad que veía surgir de los escombros de la guerra, a una figura femenina absolutamente deformada. Siempre me he preguntado por qué el polisón parece ser una moda tan sugerente y, al mismo tiempo, tan seductora para algunas personas. La respuesta pudiera encontrarse en la manera en la que el polisón destacaba, de forma desproporcionada, el “derrière” femenino. Fetichismo pues relacionado con las caderas amplias que anuncian la deseada fertilidad en la hembra humana; pero, al mismo tiempo, el polisón fue también una cuestión de estatus social ya que solo las señoras de cierta clase hacían ostentación de sus “derrières” exagerados remarcando con la extravagancia la distancia social.
Monieur Renoir pinta a esas mujeres de escotes generosos y formas voluptuosas envueltas en sedas y con sus escandalosos polisones atrayendo las miradas hacia sus espaldas. Esas mujeres que empleaban sus fortunas en vestirse como princesas a las que imitaban a través de las tendencias que marcaban las revistas femeninas de la época. En este programa de televisión al que aludo, el narrador señalaba que fue a partir de la década de 1870, con el ingreso del polisón al mundo femenino, cuando el concepto contemporáneo de la moda vio su aparición. Charles Frederick Worth, el indiscutible padre de las primeras pasarelas de la Historia, empezó a lanzar sus colecciones dos veces al año, tal y como se hace actualmente, influyendo así en la conformación del concepto de “temporada” para la vestimenta femenina. El polisón pues nace y se desarrolla en medio de un clima de efervescencia que privilegia lo efímero, la esencia misma de la moda. Y, en efecto, después de un periodo de varios años en que la angosta “crinolette” desembocó en un abultado polisón con cauda ó cola (1870-1875), sobrevino un periodo en el que se trató de rescatar, desesperadamente, una forma más natural para la figura femenina, aunque para ello se tuviera que conservar la cauda en un afán de guardar un equilibrio estético de la figura femenina (1876-1882). Desgraciadamente, la forma natural, sucumbió frente al retorno de un polisón aun más exagerado que en su primera etapa, aunque eso sí, ya sin cauda (1883-1888). Pero, como nada dura para siempre, y menos aun cuando se trata del gusto y de la moda, para 1889, el polisón agonizaba.
Monsieur Renoir vivió toda esa curiosa evolución y, por supuesto, la plasmó en sus lienzos. Pero hoy, no solo descubrí un aspecto del pintor con el que llego a identificarme, sino que además, “reconocí” rostros familiares entre sus famosos retratos. En primer lugar, dejé escapar un: “¡Esa es Charity!” frente al televisor, absolutamente arrobada, al ver un rostro que, en efecto, con un poco de indulgencia, me recordaba a una de mis queridas “victorianiñas”. Pero, aun me esperaba otra sorpresa más ya que, mientras el narrador explicaba la diferencia entre un baile en el campo y un baile en la ciudad en relación al formalismo de los atuendos femeninos, la risueña carita de la protagonista de “Baile en el campo” me hizo recordar, de repente, a mi adorada Getzsemane, otra de mis “victorianiñas” queridas. De repente, las vi pintadas por Renoir y comprobé, una vez más, la hermosura de mis niñas, esas con las que juego todos los días en el Jardín Secreto de la Sociedad Victoriana Augusta.

martes, 23 de septiembre de 2008

Página cinco: Un día perfecto

Mi muy querido y apreciado lector:

A veces la vida nos regala días perfectos y así me sucedió a mi el pasado sábado en el que me fui a Veracruz, mochila en hombro, a conocer a una persona que, hasta ese justo instante, solo había sido letras en la pantalla del ordenador. El mundo contemporáneo nos da esa opción de conocer a quienes viven a kilómetros de distancia de nosotros a través del más usado de los medios: la omnipresente red cibernética. Lady Angelica Rosetti, hasta este sábado 20 de septiembre, solo había podido ser para mí un “nick” y la imagen de un “avatar”, como se dice en el mundo de la red; un montón de frases que disfruto leer porque emanan un encanto cautivante que procede de una persona, hasta este sábado, casi desconocida por mí. Lady Angelica había sido eso: una interlocutora distante. Hasta este sábado, reitero, en el que finalmente conocí a la persona que le da vida a Lady Angelica: Raquel Limpo.

Soy pésima fisonomista y siempre sufrí con las descripciones en el colegio; así que, si deseas conocerla, te dejaré una foto para aprecies su belleza que es tanto externa como interna. ¡Lo que hace este espacio virtual! Cuando la tuve frente a mí, fue como si la conociera de toda la vida; como si hubiéramos crecido juntas sin importar en realidad los años que nos separan. De inmediato, empezamos a hablar y ya nadie nos calló. Es una mujer dulce de carácter muy fuerte, aunque te suene un poco contradictorio. Una mujer que está aprendiendo a descubrirse, como lo hacemos todos y que, como todos, está sorprendiéndose por lo que encuentra a su paso. Hablar con ella fue como si alma fuera ungida por un bálsamo vivificante cuyo perfume me trajo recuerdos olvidados de un pasado muy, muy distante en mi vida. Hablar con ella me regresó a un momento de mi infancia en donde yo no iniciaba aun mis grandes periplos existenciales. Su conversación me transportó a mi origen y me regresó, por un breve instante, a ese momento fugaz de mi pasado cuyo recuerdo siempre anega mis ojos de lágrimas. Fue gracias a Raquel y a su conversación sanadora, que rescate del dolor parte mi pasado y volví a sentarme en el poyo de la cocina del departamento de la calle Novell a aprender a atarme los cordones de los zapatos mientras mi abuela hacia caramelo y mi madre me relataba el cuento del “Patufet” en catalán. Fue gracias a Raquel que repasé una historia, ¡mi propia historia!, mientras me contactaba y establecía un puente invisible entre aquel ayer nebuloso que solo vive en mis recuerdos y este hoy del que me enorgullezco a pesar de todos sus pesares. Hablar con Raquel me confirmó decisiones y planes para mi futuro. Fue un día hermoso que espero repetir, aunque sé que, por razones de tiempo y de distancia, aun tendré que esperar para que las circunstancias sean favorables y me lleven a concretar mis deseos. Raquel me dio un regalo maravilloso este sábado, un regalo que tiene que ver conmigo misma y fue el de facilitarme el contacto con mi pasado, el de ayudarme a repara un puente que el tiempo había ido desgastando en mi interior. Me sentí como no me sentía desde hacía mucho, mucho tiempo. Por un instante, volvía ser adolescente y a arreglar el mundo mientras hacía tiempo en el semáforo de Clara del Rey… Al final, me costó despedirme de ella, claro; pero tuve que hacerlo y lo hice con una serenidad asombrosa ya que, en mi interior, de alguna u otra manera, sé que habrá más ocasiones para renovar este contacto y esta incipiente amistad.

Pero, eso no fue todo. Una vez habiéndome despedido de Raquel y de su encantadora tía Monserrat, cuando llegué a la estación de autobuses llena de una sorprendente sensación de plenitud que me disponía disfrutar en el camino de regreso a mi realidad cotidiana de la Ciudad de México, sonó de nuevo mi celular. Me encontraba viviendo una situación que difícilmente da cabida a la sorpresa; estaba emocionalmente contenida tratando de explicarme lo inexplicable mientras empezaba a sentir un cansancio que terminaría rindiéndome dentro del autobús. El celular sonó en ese junto momento y una voz desconocida preguntó por mí. Cuando se identificó e identificó la voz de su compañera, supe que estaba en presencia de lo mágico convertido simplemente en maravilloso. Eran dos voces que yo había imaginado siempre dirigirse a mí, pero que no había escuchado hacerlo hasta ese justo instante. Eran Getzsemane y Rosario. ¡Mi Getzsemane y mi Rosario! que se acordaban de mí y que me hablaban desde España. Fue el remate perfecto de un día perfecto. Las escuché, me emocioné muchísimo y me sentí como si en realidad estuvieran allí conmigo, a mi lado, como siempre están porque siempre están conmigo, esté yo donde esté y estén ellas donde estén.

Dime entonces si esté sábado 20 de septiembre, fue o no un día perfecto, mi querido lector.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Página cuatro: Entre Monterrey y Veracruz

Mi muy querido y apreciado lector:

Hace un mes, exactamente un mes, deslice por última vez mi pluma sobre las páginas de este álbum de anécdotas haciendo anotaciones varias sobre un personaje histórico. Esta vez le toca el turno a mis vivencias personales. Hoy me encuentras entre mi viaje a Monterrey y mi viaje a Veracruz. A Monterrey fui a trabajar en la segunda Edición del Encuentro Internacional de Gastronomía y Arte Culinario, mientras que a Veracruz voy a encontrarme con Lady Angelica Rosetti, una de mis “victorianiñas” españolas. Puedo hablar de Monterrey, por supuesto y esbozar lo que espero sea Veracruz.

En Monterrey viví dos semanas. Exactamente del 29 de agosto al 13 de septiembre. Dos semanas en el hotel más tradicional de la capital regia: el Gran Hotel Ancira. Su extraordinaria ubicación hace que este a un tiro de piedra de la centenaria catedral, de la Macroplaza, del disímil conjunto arquitectónico que forman los tres museos de Historia, de lo que queda del Barrio Antiguo, de los pasajes comerciales y del hermosísimo y antiguo Palacio Postal. Monterrey es además las zona conurbada que apenas conozco pero de la que si he escuchado hablar con frecuencia. San Nicolás de los Garzas, San Pedro, Apodaca… Como suele suceder en casi todas las ciudades grandes de México, sin ser por ello la excepción: en Monterrey hay muchos Monterrey. Por si quieres hacerte una idea de cómo puede ver esta ciudad, lector mío, te diré que tiene una fuerte inspiración texana. Avenidas grandes y espaciosas de doble sentido con camellón arbolado y barrios residenciales. Enormes centros comerciales por todas partes que son el lugar de reunión básico para las familias y los amigos. Coches, camionetas en las calles con el típico tránsito de la provincia. Monterrey es una ciudad de contrastes, como casi todas las grandes ciudades de este país, con sus desplantes de progreso y sus tradiciones agazapadas en cada rincón. Que hablando de tradiciones combinadas con el gusto vanguardista en esta ciudad norestense, el segundo sábado que pasé allí, acercándome al canal artificial de Santa Lucía que arranca desde el lugar mismo de la plaza de los museos que antes mencioné, ví en sus desniveles a una novia y dos quinceañeras sacándose fotos ya que el canal, las modernas escaleras de los museos y el vanguardista puente peatonal que cruza sobre el canal, parecen proporcionar espacios y rincones apetecibles, desde el punto de vista estético, para las nuevas generaciones de regiomontanas –que así se les dice a las mujeres que viven en Monterrey-. Hay mucho hombre guapo en Monterrey y también mucha mujer bonita. Abunda la piel clara y los ojos de color, como se suele decir, así que para mí resultó un goce adicional convivir con tanto joven atractivo mientras duró el encuentro.

Ahora estoy con la mochila ya hecha para dirigir mis pasos hacia el Golfo de México. Viajaré de noche para llegar temprano por la mañana y así aprovechar el día. Me llevaré mi cámara para hacer los registros oportunos de este viaje al Atlántico mexicano. Hace más de 22 años que no piso Veracruz y me emociona sobremanera saber que voy a volver a respirar ese aire salino y voy a sentir ese calor pegajoso del puerto. Quiero tener de nuevo la oportunidad de mojar mis pies en el Atlántico y fijar mi vista en ese horizonte tras el cual permanece la tierra de la que yo procedo. Por eso me gusta el Atlántico, porque lame dos orillas que son muy caras para mí, la de la Europa que dejé y que aun añoro, y la de esta América en la que me estoy terminando de formar como ser humano. ¿Qué sorpresas me tendrá deparadas este nuevo viaje? Por principio de cuentas, cometí un error con el tiempo y las fechas, un error que pienso subsanar con creces cuando mañana tenga frente a mí a Lady Angelica. Afortunadamente, se pudo reestructurar nuestro encuentro y mañana nos veremos -como se suele decir: si así Dios lo quiere-, en un restaurante. Estoy muy emocionada ante la perspectiva de vivir este encuentro que, para mí, es como la concreción de un pequeño adelanto para mi futura reunión en España con el resto de mis muy queridas “victorianiñas”. Tengo fe en esta promesa y sé que, ese viaje que tanto deseo realizar, lo haré en cuanto complete ese número mágico de los 5000 mensajes que no son más que un pretexto para concretar ese ansiado viaje de descubrimiento a una España diferente que pretendo hacer mía de nuevo.

martes, 19 de agosto de 2008

Página tres: Franz Josef

Querido y apreciado lector:

Haciéndome la pregunta de que cuál sería el siguiente tema para mostrar en las páginas aun albas de este peculiar álbum virtual, decidí poner también entre sus hojas, las miradas distantes de los retratos. Retratos de muertos y de vivos. Retratos de mis amores platónicos ó de mis sueños imposibles. También retratos vivos de personas que se pasean por este mundo y a las que tengo al dicha de conocer, bien sea en persona ó bien sea virtualmente a través de la red. ¿Con quién iniciaré pues el periplo de esta singular galería? Varias imágenes se agolpan en mi mente mientras trato de escoger a la persona ó personaje que inaugure esta sección de mi álbum de anécdotas. ¿Alguien real ó alguien que solo existe en mi fantasía? ¿Alguien vivo ó alguien que persiste en el interior de mi memoria como única forma de supervivencia? Meto pues mi mano en la aterciopelada bolsa de mis recuerdos y extraigo un retrato que encontré en mis interminables navegaciones por la red. Le doy las gracias a Kalliope, una mujer que no conozco y que escogió como sobrenombre de internauta el de una de las nueve hijas de Apolo. Le doy las gracias porque la lectura de sus textos, así como la vista de sus imágenes, me ha proporcionado instantes de infinita felicidad. Kalliope sabe mucho de los Habsburgos, mi familia real favorita, y leyéndola, me aportó datos que yo ignoraba sobre sus historias y sus vidas. Y aquí es donde enlazo para poder traer ante ti, mi paciente lector, al personaje que abre mi galería de retratos.

Obsérvalo bien, ahí sentado, abrazado a sus hijos mientras ve hacia la cámara que los está retratando con cierto gesto de augusta majestad. Sí, no te equivocas al pensar que es un personaje importante. Muy importante para la Europa de su tiempo y muy importante para mí que lo conocí ya muerto en el interior de las páginas de las novelitas que leía yo mientras duraba el tránsito de mi pubertad y mi prolongada adolescencia. Fue bautizado como Franz Josef Karl –Francisco José Carlos- para honrar convenientemente la memoria de todos aquellos Habsburgos que, desde el siglo XVI, habían sido emperadores con tales nombres. Nació en 1830, un 18 agosto, precisamente, llenando por fin el vacío de un matrimonio archiducal, cercano, muy cercano al trono de Austria que llevaban ya varios años, largos años de estéril convivencia. La corte de Viena, que nunca se había destacado por contener su lengua maledicente, asumía que la archiduquesa –nacida princesa de Baviera-, se había auxiliado con la colaboración de algún aristócrata de buen ver para poder concebir al retoño. Pero ya sabemos que los chismes de las cortes no son más que eso, puros chismes sin fundamento ya que, finalmente, Franz Josef terminó teniendo un fuerte aire a la familia imperial. Además, una vez puestos en el camino, la pareja archiducal concibió a cinco hijos más de los que llegaron a la edad adulta solamente tres. Franzl, era el orgullo de su madre, la criticada archiduquesa Sophie, que decidió en un momento dado que haría de su primer hijo el futuro emperador de Austria. Para eso se alió con su enemigo, el conservador Metternich, quien finalmente le sirvió la oportunidad en bandeja de plata –Sophie nunca pudo olvidar, ni perdonarle al brillante Metternich, que él en su famoso Congreso de 1814, decidó emparejarla, por razones de Estado, con un hombre de pocas, muy pocas luces que terminó siendo el padre de sus muchachos-. Metternich estaba convencido como el resto de su compatriotas que se avecinaba un conflicto sucesorio severo, ya que el tío de Franzl, emperador a la sazón, a parte de medio loco, había resultado estéril puesto que no tenía hijos, lo que significaba que había que educar a los hijos del esposo de Sophie para que, llegado el caso, heredaran la corona de Austria.

Como la mortalidad infantil estaba a la orden del día en aquellos ayeres, se determinó que Franzl y su hermano Max –solo dos años menor que él-, fueran educados como futuros monarcas. Pero Franzl tenía una salud de hierro, así que, desde que subió al trono el 2 de diciembre de 1848, hasta que murió el 21 de noviembre de 1916 en plena Primera Guerra Mundial, Franzl gobernó los destinos de media Europa durante más de sesenta años. ¿Qué circunstancia fue la que llevó Franzl a asumir finalmente las riendas de los destinos de Austria? ¡Una revolución! Así es, la famosa Revolución de 1848 que en su versión austriaca –pues se propago por casi todo el centro de Europa, incluyendo a una Francia burguesa que le había tomado un gusto muy particular al ímpetu innovador de las revoluciones desde julio de 1789-, dejó acéfala a la monarquía danubiana. Franz Josef, con su educación conservadora que cuadraba perfectamente con su carácter, tuvo que volverse emperador en medio de circunstancias que solo la represión pudo controlar. El joven no se andaba con chiquitas, no señor. En Hungría hubo un baño de sangre y la independencia del Lombardo-Veneto solo pudo conseguirse a punta de disparos de fusil. De 1848 a 1916, Franzl tuvo que enfrentar levantamientos a los que reprimió con dureza y tuvo que participar en conflictos bélicos que acabó perdiendo. Fue el gran perdedor de la reorganización del mapa europeo durante el siglo XIX y si la monarquía de los Habsburgos siguió siendo importante fue por la aceptación de la corona de Hungría –negociaciones que fueron inspiradas por el gran carisma que tenía al interior de Hungría la emperatriz Elisabeth- y por la vinculación de los territorios eslavos de la Europa Oriental al mosaico nacional de lo que se denominó, un tanto forzadamente, la monarquía austro-húngara. Austria dejó pues de ser, poco a poco, la cabeza del Sacro Imperio Romano Germánico, para convertirse en el imposible “puzzle” de la coalición austro-húngara.

Pero, si su desempeño como estadista no fue precisamente brillante, su vida personal no fue otra cosa más que el reflejo de su poca habilidad para manejar sus relaciones con la gente que lo rodeaba. A los 23 años escogió personalmente a su futura esposa que no fue otra más que su prima hermana, por parte de madre, la pequeña Elisabeth von Wittelsbach, que tenía a la sazón quince años, para cumplir los dieciséis el 24 de diciembre. En realidad, no fue amor a primera vista. Ella era aun muy pequeña y no habías sido presentada convenientemente ante la sociedad; pero, entre la aniñada Sisi y su fea hermana Nené –que era la que le tenían escogida como candidata para convertirse en la siguiente emperatriz de Austria- Franzl no se lo pensó mucho y escogió a la aun inmadura Elisabeth con la esperanza de que una buena educación terminaría convirtiéndola en lo que él necesitaba: una emperatriz, no una compañera de vida. Su elección cimbró hasta sus cimientos a la ascendencia que su madre había tenido hasta ese momento sobre él como consejera de sus asuntos más íntimos. La anonadada archiduquesa tuvo que enfrentarse al hecho consumado de que su hijo había preferido a la aun “verde” Sisi, sobre la educada aunque muy poco agraciada Nené, sin importarle en lo más mínimo el terrible predicamento en que le acababa de poner a controladora archiduquesa Sophie. Un matrimonio que, contra toda lógica, Franzl no tuvo ninguna prisa en consumar después de las bendiciones eclesiásticas y que si lo hizo tres días después de la boda, fue porque su madre no dejaba de recordarle sus deberes como emperador y como esposo. Por supuesto, no fue la mejor experiencia para la pobre muchacha que, primero ignorada y después sometida a la frialdad del acto necesario, terminó rechazando el coito como parte de la expresión amorosa, aunque lo soportaba estoicamente –como la mayoría de las esposas de su época- con fines netamente reproductivos.

La pareja imperial tuvo cuatros hijos: Sophie, Giselle, Rudolf y Valeria. La primera murió antes de cumplir los dos años y casi no hay vestigios iconográficos de la pequeña archiduquesa que llevaba el nombre de su abuela paterna. Los dos niños que acompañan a su muy católica e imperial majestad en esta foto son Gisella, la mayorcita, y Rudolf, el que descansa sobre sus piernas. Principia la década de 1860, lo que se puede apreciar perfectamente por la edad y la indumentaria de los niños. El frisaba el inicio de su treintena y su vida matrimonial era un desastre declarado. Elisabeth, lejos de ser dócil y obediente, como él esperó al principio de su matrimonio, estaba fuera de control. Una depresión aguda disfrazada de tuberculosis –tal vez una enfermedad más fácil de asimilar para sus contemporáneos-, la había alejado de Austria llevándola a la idílica Madeira en medio del océano Atlántico. Tardó más de un año en regresar a Viena y, cuando lo hizo, expuso sus condiciones sobre la mesa de negociaciones: si Franzl quería una emperatriz, tendría una emperatriz; pero, no podía pedirle nada más, ni exigirle nada más ya que ella no iba darle nada más. En compensación, él debía de tolerar sus constantes arrebatos que la llevaban a huir de la opresiva atmósfera de la corte de Viena. El se convirtió entonces en su más devoto admirador y ella empezó a cuidarse con un rigor obsesivo convirtiéndose en la Sisi que no dejaría que su cintura aumentase más allá de los 50 centímetros que le permitía el corsé.

Por supuesto, sin una atmósfera afectiva real dentro de su familia, Franzl formó otros núcleos familiares fuera de la familia imperial. Sisi, lo sabía y lejos de incomodarla, alentaba esas relaciones extramaritales de Franz Josef hasta el punto de que ella misma sirvió de enlace para que se trataran Franzl y su última amante, la señora Katharina Schratt. Ella era actriz y él se enamoró de ella como un adolescente cuando tenía cincuenta y cinco años de edad. Fue una relación duradera y se puede decir que hasta feliz. Ella era veintitrés años menor que él y le dio lo que siempre había necesitado: un poco de tranquilidad y equilibrio. No necesitaba nada más a esas alturas de su vida. solo intimidad y un poco de afecto. En términos generales, la vida de Franzl había sido una vida de grandes presiones que habían concluido en grandes tragedias familiares. Su esposa no resultó ser la emperatriz ideal. Su hermano Max terminó muriendo a los treinta y cuatro años en un país extraño por no haber escuchado a la sensatez y a la cordura de las que no carecía, ciertamente, pero que se eclipsaban en cuanto el rencor y el resentimiento alimentaban su necesidad de gloria y de destacarse como un miembro importante de la familia. Su hermano Karl Ludwig se había dedicado a tener esposas e hijos sin hacer nada más de provecho, ciertamente. Respecto al más pequeño de sus hermanos, Ludwig Víktor, había tenido que castigarle severamente para silenciar así el escándalo continuo que provocaba su afición por los hombres jóvenes. Aunque nada se comparó al hecho de que su propio hijo Rudolf, el Príncipe de la Corona, lo desafiara continuamente poniéndole siempre al límite como padre y como soberano hasta el punto de que no le ahorro ninguna pena, ni siquiera la de tener que asumir su suicidio. Pero, nada se comparó a la perdida de Elisabeth ocho años después del suicidio de Rudolf. Y aun le quedaba el ser testigo de una desgracia más, la de la muerte de su sobrino y heredero Franz Ferdinand, quien iba ser emperador pero sin poder heredar el trono a sus hijos ya que su matrimonio morganático con la condesas Sophie Chotek, anulaba tal posibilidad.

No, en efecto, tal y como exclamase tras la muerte de Elisabeth, ninguna desgracia le había sido ahorrada, ni siquiera la de vislumbrar que, después de él, aquel precario imperio multinacional, no existiría más.

lunes, 11 de agosto de 2008

Página dos: Chapultepec

Mi muy querido lector, ¿sabes lo que es un Jardín Secreto?...

Antiguamente, allá por el siglo XIX, solía utilizarse esta expresión para denominar a ese lugar al que solo podía acceder uno para su solaz; para el goce exclusivo, para el placer íntimo de quien lo visitaba. Pues bien, yo tengo varios Jardines Secretos. Lugares reales o virtuales a los accedo para dejarme ir en pos de mis sueños. Chapultepec, concretamente el castillo, es uno de esos Jardines Secretos que suelo recorrer cuando necesito ponerme en contacto con mi interior, ponerme en contacto con el mundo intangible de mis sueños y de mis deseos. En Chapultepec puedo sentirme la dueña del mundo o, mejor dicho, la indiscutible soberana de mi mundo porque Chapultepec, es mucho más que los centenarios ahuhuetes que conforman el bosque. Es mucho más que una rampa o que unas escaleras. Es mucho más que una terraza de suelo ajedrezado que mira hacia un ángel cobijado por enormes edificios. Chapultepec es para mí como un delgado hilo de plata que me mantiene unida al lugar del cual provengo. Es una casa que no es mía pero que yo suelo visitar como si en realidad lo fuera. En Chapultepec, el ruido de la cotidianeidad queda afuera de sus rejas verdes mientras que, sobre el Cerro del Chapulín, el tiempo se detiene congelando el instante. Chapultepec tiene una vibración energética que, no solo atrae, sino que retiene. Allí estuvieron los famosos baños de Moctezuma antes de que Mexico Tenochtitlan cediera, bañado en sangre, su solar a la virreinal Ciudad de México. Allí hay un ónfalo, un ombligo energético de mal llamado Valle de México y allí, sobre el Cerro del Chapulín, dominando la masa boscosa a las afueras de la ciudad, se levantó un fuerte para vigilar la entrada de México por el acueducto que bebía del agua que manaba de Chapultepec.

La primera vez que pisé los terrenos del bosque y subí la rampa que conduce al castillo, fue a finales de 1983. No quería hacerme ilusiones respecto a lo que iba a encontrar erguido sobre el cerro y, lo que encontré, fue un espacio que me acogió con una hospitalidad que sencillamente me desarmó. Mi impresión fue tal, que prometí regresar cada vez que pudiera, y lo he hecho, en efecto, cada vez que he tenido la oportunidad. Chapultepec es mi casa, la casa de mis sueños y de mis deseos, así que en cuanto cruzo la linde del bosque, mi corazón empieza a latir aceleradamente pues sabe que va a conectarse con lo que lo alimenta y lo mantiene vivo.

Cuando voy a Chapultepec voy a visitar a los que ya no están pero que alguna vez estuvieron y disfrutaron como yo la energía del entorno. Voy a ver sus retratos y los objetos que dejaron tras de sí esperando que sean puntos de contacto para poder sentir sus presencias. Y, ¿las siento en realidad? A veces muy débilmente y con mucha interferencia; pero, en otras ocasiones es más clara la sensación y, sobre todo, mucho más fuerte. No, no veo fantasmas, solo percibo otro tiempo mientras me paseo por ese recorrido que ya se me de memoria y que podría realizar con los ojos cerrados. Solo son sensaciones, nada más, de un tiempo suspendido en el no tiempo que soy capaz de reconocer mientras permanezco en Miravalle.

A veces, mirar un retrato es suficiente para que sienta la conexión. Pasear mientras converso, en un largo diálogo interior, con esas presencias que voy a buscar. Sentir el viento acariciando mi rostro mientras imagino, siempre imagino, que ocupo el mismo espacio, aunque no sea el mismo tiempo, de esas presencias. Por todo esto, quería inaugurar con Chapultepec y su castillo, el rubro de mis Jardines Secretos. Más adelante, iré colocando en estas páginas el resto de mis espacios mágicos, de mis Jardines Secretos que son, finalmente, los lugares en donde reposa mi corazón.

jueves, 7 de agosto de 2008

Pagina Uno: Carta de presentación

Mi muy apreciable y estimado lector:

En está primera página de mi álbum, me presento a tu consideración para guiarte por los “intríngulis” de mi mundo interior, que no son pocos. Este es el cuarto espacio cibernético que voy a sostener con la inapreciable ayuda de tu interés y que me servirá, por supuesto, para desahogar en él comentarios, proyectos, sueños… Todo ese material del que se compone el álbum de nuestra vida diaria.

Un álbum es un espacio en blanco que vamos llenando con todo aquello que realmente nos importa. Imágenes, recortes, flores secas, poemas y dedicatorias. Eso y más se reúne en este sitio, querido lector. Este será un lugar para que el corazón repose. Un jardín secreto que compartiré solo contigo pues mi intención es esa: la de brindarte lo que soy y lo que tengo por si te sirve y lo aprecias, por supuesto.

No necesito pues halagos de tu parte, solo comentarios sinceros. Buenos o malos. Críticas sustantivas para este rincón hecho de retazos de mi vida. No pretendo una fama efímera, ni una gloria ligera. Pretendo solo hacer nido en tu corazón y corresponder así la deferencia que me brindas con tu desinteresada lectura. Pasa pues a lo barrido, ponte cómodo y acompáñame, si tal es tu gusto, en este nuevo viaje que hoy inicio.