martes, 28 de septiembre de 2010

Página veintiuna: Un intento más.

Mi muy querido y extrañado lector:

No me había pasado por aquí desde hace eones, me parece y hoy, si me aparezco es para decirte que no te extrañe si empiezas a notar cambios en este espacio cibernético que cumple con recoger mis impresiones sobre un siglo que duro más de los 100 años estipulados en el calendario.  Si, después de pensarlo y repensarlo, he decidido que mi álbum sea un lugar de encuentro para quienes, como yo, difrutamos de ese siglo XIX de mis pecados y de los pecados de todos aquellos que lo vivieron en su momento y de los que aun lo viven por medio de su imaginación.  No te soprendas, por ejemplo, si ves desaparecer las direcciones de los blogs que sigo con verdadero gusto y placer o si, por el contrario, empiezan a aparecer otras sugerencias en sus márgenes.  En realidad, mi idea es que me acompañes en mis viajes a través del tiempo utilizando el vehículo de la Literatura y de la Historia a las que trataré de salpicar con anécdotas propias y confesiones de gustos que no todos comparten conmigo.  Si, necesito darle un sabor más conciso a este espacio que empezaba a írseme de las manos.

Y bueno, reiniciaré estas páginas de una manera muy mía hablando de la extensión que, para mí, posee ese siglo de contrastes que empezó con una verdadera orgía de sangre en las postrimerías del siglo XVIII y concluyó con otro baño de sangre, no menos cuentro, a principios del siglo XX.  Y, como para mí la moda y los estilos tienen mucho que decir a la hora de etiquetar momentos, puedo decir que el siglo XIX comienza con el llamado estilo Imperio en 1794, cuando la cintura perdió su lugar de centro de la figura femenina y concluye cuando el corsé, herido de muerte, iba a hacia su extinción mientras los ruedos de las faldas subían imparables hacía sus actuales largos.  Para mí, hay dos fechas claves para marcar el nacimiento y la muerte de este siglo largo, largo, marcado por un espíritu que se reclamaba científico y progresista: el 14 de julio de 1789 y el 28 de junio de 1914.  Entre una y otra discurre el ir y venir de varias generaciones que se maravillaron ante el incontenible desarrollo social de Occidente y soñaron con un futuro que terminó no siendo más que una extraña utopía romántica de la fraternidad universal.  Un siglo de desigualdades profundas y de gritos de libertad que no terminaban de cuajar en ningún lado.  Un siglo de esperanza para alcanzar la riqueza y de resignación ante la apabullante pobreza provocada por un sistema que explotaba irracionalmente no solo a su entorno natural sino al hombre mismo.  Un siglo en donde el pensamiento se revolucionó sobre si mismo convencido de que el futuro sería el epítome de la grandeza humana y, por eso, había que trabajar duramente en ese sentido sublimando al espíritu y supeditándolo al deseable y siempre codiciado bienestar material.  Siglo de descubrimientos e inventos, siglo de avances y también de encubiertos retrocesos. Siglo de la imaginación al servicio de la riqueza. Y finalmente, como herederos directos de esa visión positivista de la Economía como motor de la Historia, estamos sufriendo los descalabramos de ese exceso materialista que nos está enfrentando a una extinción casi segura de nuestros logros por no haber sido lo suficientemente racionales como para cuidar nuestro entorno natural en beneficio de nosotros mismos.  Pero, bueno, lo hecho, hecho está y, a pesar de lo que el siglo XIX nos heredó casi como una maldición, es el siglo del que procedemos todos aquellos que nacimos en algún punto del siglo XX.

Este álbum es al fin solo eso, un álbum de anécdotas, de recuerdos, personales o de los otros que escribieron sobre esos más de 100 años que denominamos siglo XIX.  Este es pues, un espacio para mostrar mi percepción, mi sensibilidad sobre aquellas décadas y lo que nos dejaron de bueno y de malo.  Espero poder lograr que el hilo conductor que ahora propongo, no solo se mantenga, sino dé frutos insospechados y provoque, por qué no, una retroalimentación de ideas entre las tuyas, caro lector, y las mías en los muchos temas que puedan ocuparnos.  Tal vez así, hablando del pasado, podamos entender mejor el presente que nos toca vivir.  Paciencia pues, mi buen lector, ya que no te puedo prometer la constancia deseada en mis actualizaciones; pero, si te puedo asegurar que dejaré en cada participación mía un trocito de misma para que lo disfrutes y paladees como la éxotica golosina que sin duda puede llegar a resultar este experimento cibernético. Así pues, me despido hasta la próxima que espero sea más pronto de lo que yo pueda ahora augurar.