domingo, 4 de octubre de 2009

Página quince: Un sábado como cualquier otro sábado

Mi muy querido y paciente lector:

Cuando yo me decidía a iniciar este “Álbum de Anécdotas”, mi intención fue dedicarlo a mis gustos y aficiones sin distraerme con los ecos de mis voces interiores para los que tenía destinados otros espacios cibernéticos; pero, mi intención fue rebasada y aquí estoy escribiéndote sobre mis entresijos existenciales sin que pueda evitarlo. Mis otros espacios permanecen mudos y empolvados mientras me vuelco en este rincón, así, sin más. ¿Qué es eso que me urge comentarte acerca de mi misma? En realidad, no es nada importante, solo es una reflexión que se mezcla con la crítica de mis días y la crónica de mi quehacer humano.

Hoy fue sábado. Un sábado como cualquier otro sábado. Un sábado de prisa y corre, sin agua y en donde me empeñé en descapitalizar mi exigua cuenta bancaria asistiendo a un curso esotérico y comiendo fuera de mi casa. No pienso atormentarte con lo ocurrido en el curso, aunque sí puedo decirte que me sentí ominosamente enfrentada a mi destino. Al final quedamos en reunirnos de nuevo la noche del 31 de octubre, en el mismo lugar. Te mentiría si te dijese que no espero nada extraordinario de esa nueva sesión. Sé que, por la naturaleza misma de la reunión y lo que manejamos entre los convocados, sucederá algo para recordar; pero, no quiero enfrentarme a algo que escape de mi control. Soy muy racional, aunque admito que creo en lo invisible y en lo indemostrable. Y, soy muy racional, porque esa es la única manera que encuentro para protegerme y no salir dañada a la hora de manejar energías extrañas. Mis compañeros del grupo maneja cada quien su propia creencia acerca de cómo controlar esas energías, lo que nos vuelve un rompecabezas nada homogéneo como grupo; a pesar de lo cual, trabajamos juntos en un afán por avanzar, cada quien a su manera, por su camino espiritual respectivo.

¿Cuál es mi camino espiritual?, sé que estarás preguntándote, no sin cierto dejo de escepticismo. Esa es una pregunta cuya respuesta puede resultar compleja. Inicié mi recorrido dentro de la tradición de mis padres quienes, a pesar de no ser católicos practicantes, me bautizaron, me metieron a un colegio de monjas y allí, con ellas, hice mi Primera Comunión. Con una madre que cree en Dios pero no en la Iglesia como institución terrenal y un padre que se me declaró en alguna ocasión como agnóstico convencido a la par de ateo militante, por la gracia de Dios; hay que entender que mis días como ferviente católica estaban más que contados. Y así fue. Con la adolescencia llegaron las dudas y las críticas a la débil fe que me heredaron mis padres y fue, en esos días, cuando inició mi búsqueda espiritual. Del catolicismo, di un brinco hacia el judaísmo y de ahí, me seguí buscando las fuentes en donde abrevaba la espiritualidad humana. El judaísmo, me llevó a las márgenes del paganismo ancestral y ahí me di cuenta que alcanzaba a reconocer las débiles voces del atávico eco neolítico y supe entonces que mi búsqueda había finalmente concluido. Supe que me sentía más a gusto cobijada por la sombra generosa de la Gran Madre que siendo juzgada por esa divinidad patriarcal que me descalifica por el solo hecho de ser mujer. Supe que no tenía porque renunciar a esa dualidad contradictoria que está enraizada en mi interior y que, de alguna manera, me define como ser humano. Supe que, finalmente, no tenía porque casarme con ninguna iglesia dogmática cuando me sentía tan a gusto siendo Hija de la Naturaleza y aceptando sus leyes y sus ciclos. Me acerqué al muy ecléctico y contemporáneo camino de la Wicca y me sentí en perfecta compatibilidad con esa nueva tradición neopagana surgida en el siglo XX. Ahora estoy viendo como reconocerme en ese camino y como transitarlo con orgullo para lograr, al fin, hacer que trascienda mi propia naturaleza al utilizarlo como herramienta.

Demasiadas cosas de golpe, ¿verdad lector mío? En realidad, es una sola: mi deseo de lograr darle un sentido trascendente a mi propia existencia. Y yo, mientras estaba en ese curso, volví a sentir que podía lograrlo. Pero, eso no fue el único acto significante del día de hoy. Después del curso me fui con mi amiga Araceli a comer y a pasear por Plaza Universidad, ese demorado encuentro me llevó de nuevo a expresar mis actuales temores acerca del nuevo tránsito que me encuentro iniciando. Volví a expresar que tres son las etapas de la mujer claramente marcadas y definidas: la de la niña, la de la mujer y la de la anciana, con sus dos tránsitos claramente definidos: el tránsito de la pubertad y el tránsito del climaterio. Yo estoy por abordar este último tránsito que me despojará de todo lo que me regaló el tránsito de la pubertad para hacerme entrar en la última etapa de mi vida, una etapa que puede ser tan maravillosa como las dos anteriores si soy capaz de reconocer, con plena sabiduría, en que consisten mis nuevas limitaciones y mis nuevas y absolutas ventajas. No todo lo que llega con la edad es malo y eso es algo que necesito estar en plena conciencia de ello. Tal vez las fuerzas físicas tiendan a abandonarnos; pero, mientras continuemos nuestro camino con lucidez y seamos capaces aun de aprender de la vida, creo que la vejez no tiene por que ser una época oscura para el ser humano. Al contrario, llegar a viejo puede ser una verdadera bendición.

Y bueno, por hoy, ha sido todo lector mío. Solo me queda por recordarte que, si te gustó el contenido de la página de hoy, no olvides dejar un comentario al calce que siempre será bienvenido.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Página catorce: Reflexiones

Mi muy querido Lector:
De nuevo estoy frente a tus ojos para poner a tu consideración esta página cuya finalidad fundamental es la de desahogar en ella mis inquietudes más personales. Sé indulgente con su planetamiento, te lo ruego y empieza a leer con calma para que después puedas verter tus comentarios, si la lectura así te lo provoca.

Son más allá de las 12: 30 de la noche y sigo despierta. A pesar de que mañana trabajo, sigo despierta y con unas ganas locas de publicar alguna cosilla mía en la red. ¿Qué es lo que tengo que decir? Mucho y nada, al mismo tiempo. Sensaciones incomprensibles que me regresan a una época de mi vida en donde el sueño sobrepasaba a la realidad y vivía en ese mundo ideal de mi cabeza en donde todo era posible. Será que esta menopausia anunciada me regresa a mi adolescencia y vuelvo a sentir lo que, en realidad, nunca he dejado de sentir, a pesar de las depresiones y las euforias cíclicas que ha habido en mi vida. A veces me olvido que ya voy para los cincuenta y sigo viéndome, interiormente, como aquella muchacha que deseaba cambiar el mundo con sus ideas que nada tenían que ver con la realidad. Sigo enamorada de lo imposible y sigo tratando de justificar mi existencia en medio del día a día monótono y rutinario. Siempre quise ser importante, especial, conocer a la gente que hace la Historia –si, así, con mayúsculas- y convertirme en una de esas personas cuyo nombre se lee en los libros cuando buscas que sucedió en un momento histórico determinado. Sin embargo, en términos de protagonismo y fama, mi tiempo ya paso. Difícilmente se vuelve uno importante después de cumplir medio siglo de existencia; sobre todo, cuando jamás “pintó” para ser nadie. Se supone que, a mi edad, yo ya debía de haber superado todo esto y vivir conformada con mi suerte, mi momento y mi vida; pero, en el fondo, muy en el fondo, aun me rebelo a que sea así.

Me he cansado de decirlo: la vida me ha dado lo que no le pedí, mientras que aquello que siempre deseé, está relegado a la calidad de “sueños imposibles”. No formé mi familia y, finalmente, mi vocación profesional no fue más que una ilusión que nunca pudo concretarse. Mis sueños se enranciaron y ya no me sirven tal y como están; sin embargo, me resisto a deshacerme de ellos porque forman parte de lo que soy hoy como ser humano. Lo peor del caso, aquí, es que no tengo nuevos sueños que se vislumbren como metas reales proyectadas hacia el futuro –un futuro que, por otro lado, se me hace mucho menos halagüeño de lo que se me hacía cuando fui adolescente-. Hoy tengo más vida a mis espaldas de la que puedo tener frente a mí en términos de mañana. Ya pase por el ecuador de mi existencia. No sé cuando pasó eso, pero sé que ya fue. Trató de ser optimista y me digo que no tengo porque entristecerme por lo inevitable. Ya fui joven y solo me queda adaptarme a mis nuevas circunstancias, ciertamente. ¿Volvería vivir todo igual tal y como lo viví?... No sé. Si supiera acerca de mi suerte previamente, quizá me aventuraría a tomar otras decisiones. Si no lo supiera, creo que si volvería a vivir mi vida tal cual sin cambiar nada. No estoy arrepentida de no haber sido “noviera”, por ejemplo. A estas alturas del partido, sigo considerando a la pareja como algo muy serio y sigo pensando que, para formar una familia bien constituida, firme y sólida, no se necesita experimentar la variedad, solo escoger bien y, por supuesto, saber escoger. Uno de mis sueños fue el de tener mi familia, si; pero, no se trataba de hacerla al aventón para que te saliera “eso” que siempre desee evitar. También desee encontrar o tropezarme con el hombre de mi vida, lo sé; pero escogí mal y no fui correspondida. No, no estoy arrepentida de haber llegado hasta aquí como lo he hecho, solo me hubiera gustado escoger bien y poder vivir el amor como siempre desee. Quise una carrera que se me negó, aunque al principio parecía que se me iba dar sin problemas, ni obstáculos. Creo que fui muy optimista al pensarlo. Uno propone y la vida dispone sin que podamos hacer nada para variar el resultado. Bueno, sí, podemos aceptar lo que se nos da y vivir contento con ello aunque no sea exactamente lo que pedimos o lo que quisimos para nosotros en realidad. Esta es una lección que aun tengo que aprender y que me está costando horrores porque, para mí, todo el mundo tiene lo que quiere o lo que desea, aunque reconozco que esa no es una verdad rotunda, ni exacta.

¿Por qué estoy escribiendo, una vez más, lo que me causa tanto dolor sobre lo que pudo ser y no fue en mi vida? Porque no deja de ser un intento, después de todo, de tratar de controlar mi desasosiego por esa falta de tiempo que no deja de ser una realidad para mí. Es cierto que me he dedicado más a dolerme por lo que no tiene remedio, que a buscarle una solución a todo eso que inmoviliza mi vida. Como bien me lo ha dicho cantidad de gente a lo largo de mi vida: “Perfecto, ya detectaste el problema. Ahora, ¿cómo lo solucionarás?”… Tengo ganas de que, en efecto, pueda hallar la solución que ansío a mi disgusto por no haber concretado ese mapa de vida que diseñé para mí en mi adolescencia. Tengo ganas de que lo que yo me prometí a mi misma que sería, de la manera en como yo lo vislumbre, no me siga pesando como una losa en mi ánimo diciéndome que mi vida no tuvo sentido sencillamente porque lo que yo soñé y desee para mí, ya no fue. Tengo ganas de demostrarme a mi misma que lo que me queda de vida, mucho o poco, es tan valioso como lo fue en su momento esos planes y proyecto que impulsaron mi existencia en el pasado, aun sin llegar a cumplirse. Siempre me he dicho, desde que soy niña, que mientras hay vida hay esperanza y que lo que quedó sin realizarse hoy, puede realizarse mañana, o al día siguiente, si realmente tienes ganas de que se cumpla. Siempre he tratado de hacer las cosas como deben de ser, siguiendo las reglas, cumpliendo con lo que se debe de cumplir para no equivocarme. Hoy sé que nadie que se precie de ser humano puede decir que no metió las patas, aunque sea una vez en su vida, y que tuvo que pagar el precio correspondiente de semejante aprendizaje. Hoy asumo que no quise aprender de la manera fácil y que eso también llevó implícito un precio que es el que me causa toda esta sensación de pérdida y dolor. No se trata de no pensar, de no razonar frente a la experiencia, de lanzarse con los ojos vendados para ver que es lo que sale, bueno o malo. No tengo el gen del riesgo y no me gusta la sensación de inseguridad que me provoca el vivir así. Siempre quise saber, más allá de los límites permitidos, que podía pasar si hacía tal o cual cosa, para poder decidir mejor y evitar así experiencias innecesarias. Nunca me gustó dar paso sin “huarache” y, contra todo pronóstico, me gustó siempre tener el control de mis propias circunstancias. Ahora sé que no siempre se puede actuar así y que, aun cuando nos resistimos a tomar ciertas decisiones, la vida nos empuja a tomarlas sin que podamos pensarlo demasiado. A veces la jugada sale a pedir de boca pero, en otras ocasiones, terminamos llorando nuestro inevitable error.

lunes, 3 de agosto de 2009

Página trece: Un poco de literatura inglesa

Mi muy querido y extrañado lector:

Con un pie en el estribo y con los nervios naturales que me asaltan previos a cualquier viaje, pongo a tu disposición este texto que espero sea de tu agrado.

Inspiración, no hay mucha, por desgracia. Sucesos en los que inspirarse para contarte algo que llame tu atención… Lo intentaré. Hubiera querido hablarte un poco sobre Tamara de Lempicka; pero, ya lo hice en otros espacios cibernéticos en donde suelo volcar también mis pareceres. Esos dos espacios, cuyos nombres puedes leer en el margen izquierdo de esta página, son el que titulo de manera muy personal con mi propio nombre: Carmen López y Martí; y, con dos palabras comunes: El Laberinto. Si estás interesado en saber que pueden decir acerca de la exposición de Tamara de Lempicka y de la película de “Enemigos Públicos”, introdúcete a través de los enlaces. Aquí, y al respecto de todo ello, solo me queda por añadir que Tamara de Lempicka tuvo un “plus” inesperado: saber que a mi entrañable amiga, Rosario T. Palacios –la talentosa anfitriona de “Cuaderno de Costura”-, también le gusta esa pintora tan cercana al diseño. Creo que, a partir del momento en que lo supe, la de Lempicka creció aun más en mi estima. Hay quien se esfuerza por demostrar que nada de lo que nos sucede en nuestra vida es por casualidad, que lo que llamamos Destino existe de alguna manera y que, por supuesto, también existen esos famosos 6 grados de separación con respecto a quienes conocemos a lo largo de nuestra vida. Y sí, este tipo de detalles me vuelven a demostrar que conozco exactamente a quienes siempre debí de conocer y que me relaciono con aquellos que tienen algo que aportar a mi existencia –y yo a la suya, por supuesto-.

Pero, no seguiré por el recto camino de la Filosofía porque, en realidad, me gustaría platicarte hoy de un par de lecturas y, tal vez, de la última película que ví en el cine. Todo tiene que ver conmigo, definitivamente. Empezaré con la señorita Austen, Jane Austen, y su obra “Sensatez y sentimientos”. Que me disculpen todos aquellos que idolatran la novela sentimental de la muy convencional señorita Austen –y espero que tú, mi paciente lector, seas indulgente con mi crítica-; pero, si exceptúo algunos momentos puntuales del texto en donde si pude percibir la ironía tan británica de su autora, el resto me resultó denso y, hasta podría decir que aburrido, si no me expusiera a herir algunas susceptibilidades. Sí, mi querido lector, Jane Austen me aburrió tanto como el propio profesor Tolkien -una vez dejó a Bilbo Baggins en la Comarca y antes de que el singular Faramir se volviera un héroe en el último libro de su mamotétrico “Señor de los Anillos”-. Creo que a partir de este momento, Jane Austen y John Ronald Ruel Tolkien, quedarán hermanados por la desafortunada experiencia de mi lectura. No quiero que pienses que son malas plumas pues, de ser así, no gozarían del gusto de los lectores contemporáneos. Además, como tampoco soy una experta en literatura británica, mi crítica no es precisamente la mejor documentada. Más bien, mi crítica se desarrolla a partir de mi propia experiencia como lectora, absolutamente hispano parlante, que no le queda más remedio que echar mano de los “traidores” traductores que me simplifican recorrer el tortuoso camino de la lengua original.

Pues sí, primero leí a la señorita Austen y, acabando el volumen de “Sensatez y sentimientos”, pasé a empaparme de la biografía del ya mencionado JRR Tolkien. Es maravilloso constatar la vigencia del famoso conservadurismo inglés recorriendo los siglos. La señorita Austen es un producto de la educación británica del siglo XVIII. Una educación que no le pudo brindar a la famosa Jane Austen más que un poco de conocimiento y muchas restricciones a causa de su sexo y de su condición económica. La señorita Austen leyó lo que la bien provista y selecta biblioteca de su padre, el reverendo Austen, puso a su alcance, y gozó de una educación poco convencional entre sus hermanos varones y los pupilos de su padre. Sin embargo, pronto se doblegó ante la experiencia de ser mujer en un mundo de hombres y terminó cediendo a lo que se esperaba de ella. Nació, creció y murió en un entorno rural cargado de normas, reglas y expectativas. Algo que me cansó sobremanera en la lectura de su novela, fue la constante referencia al dinero y a la intolerancia social causada por una mala decisión en ese sentido. Aunque admito que la lectura de su obra me enseñó más acerca de las costumbres británicas del momento, que cualquier libro erudito de sociología o historia. Respecto a Tolkien, quien nació antes de que la señorita Austen cumpliera un siglo de muerta –y cuando su crecida fama aun no alcanzaba las cotas que alcanzaría después a lo largo del siglo XX-, es tan convencional como la propia hija del reverendo Austen, a pesar de haberse desarrollado su historia más de cien años después. Nacido en Sudáfrica, su vida comienza en medio de un exotismo que estaría presente a lo largo de su vida para siempre. Nada le fue ahorrado. El no tener casi recuerdos de su padre, quien murió cuando el era apenas un niño. El perder a su madre al inicio de su adolescencia. Los rigores de la tutela de un cura católico, gran amigo de su madre, quien se impuso sobre sus deseos hasta que fue mayor de edad. El perder a sus amigos en la Primera Guerra Mundial… Si, se casó con la primera mujer que llegó a conocer y formó con ella una familia que, junto a su inclasificable obra, le dio sentido a su vida. Fue un profesor convencional dentro de un Oxford convencional. Un hombre de clubes de hombres en donde se hablaba de temas absolutamente intelectuales. Un hombre que hizo de las lenguas propias su vehículo para poder comunicar ese extravagante mundo interior que lo rebasaba. Nada que ver con lo que al fin su imaginación fue capaz de provocar en ese público joven que absorvió su obra como si fuera esa mitología que él se esforzó por crear como una realidad palpable. Seguir, paso a paso, las vicisitudes de su vida fue algo enriquecedor para mí ya que, como acostumbro, me identifiqué con su proceso creativo y con sus limitaciones como creador. Su biógrafo, Humphey Carpenter, en un tono ameno, me acercó a un Tolkien en quien reconocí mis propias ansias de dejar un legado creativo para trascender y, sobre todo, las serias dificultades de carácter que nos limitan. Adoro llegar a este punto como lectora, no lo niego; pero, también me desespera ver que el tiempo pasa y yo no logro conseguir lo que otros si hicieron. Me siento, curiosamente, más identificada con el profesor Tolkien que con la señorita Austen, aunque la lectura de las obras de ambos tengan sobre mi un efecto somnífero similar.

Por cierto, algo te prometí comentar sobre la última película que vi y que fue la de “Harry Potter y el misterio del príncipe”. Como película de entretenimiento, cumple su finalidad: me entretuve con sus imágenes y me divertí con su trama recompuesta inspirada en el tomo sexto de la saga de JR Rowling, otra autora inglesa. No tenía grandes expectativas así que, disfruté la película. Todos aquellos que vayan buscando algo en específico motivado por la devoción que le tienen a la saga de Rowling, evítenla ya que no me cabe la menor duda de que saldrán del cine decepcionados. Pero, los que quieran ir al cine a ver una película más sin ningún otro objetivo, pueden incluso llegar a disfrutarla. Yo lo hice y no me costó mucho lograrlo. Adaptar en lenguaje cinematográfico a Rowling después del tercer libro, no es una tarea fácil ya que, desde el cuarto libro de la saga, Rowling empieza a complicar cada vez más la trama de una manera poco esclarecedora ya que se engolosina con los detalles de las subtramas sin aportar al esquema narrativo nada auténticamente sustancial. Por eso agradecí que la película casi narrara una historia diferente. Por desgracia, las “complejidades” de Rowling, dificultan cualquier intento decente de adaptar su obra para una narración cinematográfica. Lo he dicho hasta la saciedad y vuelvo a repetirlo en estas líneas: para mí, la mejor adaptación de un libro de Rowling, ha sido, hasta hoy, la que dirigió Alfonso Cuarón ya que le imprimió a su película una serie de valores, meramente cinematográficos, que no se han vuelto a ver en ninguna otra adaptación.

Por hoy, eso ha sido todo mi inapreciable lector. Y, para que puedas demandármela en un futuro, quedo comprometida con una próxima entrega.

miércoles, 24 de junio de 2009

Página doce: Matilde Barroso Calero

Mi muy querido y extrañado lector:

Muchas cosas han pasado en mi mundo desde la última vez que te dirigí la palabra para hablarte acerca de los aforismos imperiales. Todo lo que puede constreñirse en las apretadas horas que pueblan los más de dos meses en los que no has sabido nada de mí. En realidad, no he escrito en las albas páginas de mi álbum, porque no encontraba el tema idóneo con el cual motivar tu lectura ya que, desde que inicié esta aventura cibernética, tenía el claro propósito de no caer en el lugar común de la anécdota anodina. Por el contrario, deseaba hacer de este espacio una prolongación de mi mundo interior. Creo que es ardua la tarea cuando uno es excesivamente puntilloso y nada parece ser digno para que tus ávidas pupilas lo recorran. Sin embargo, estoy dispuesta a romper ahora mismo con ese cerco de pudor literario, para hablarte de alguien muy importante para mí. Alguien que me abandonó hace exactamente 22 años, no porque así lo quisiera, sino porque ya no tenía más tiempo para compartir conmigo. Quiero hablarte de mi abuela paterna llamada Matilde Barroso Calero. Esta fue la mujer que estuvo presente en los primeros 26 años de vida de una manera constante. Fue la mujer que me llevó a la pila bautismal, precisamente un 24 de junio, para que se me impusiera el nombre de Carmen. La mujer a la que yo asediaba con mil y una pregunta acerca de un mundo que yo no conocí, pero ella sí. La mujer que me heredó sus sueños.

Ella nació un 14 de marzo de 1912 y fue la mayor de 5 hermanos. A la edad de 8 años, su vida se cimbró hasta sus cimientos cuando se quedó sin padre. Ella tuvo que empezar a trabajar a los 14 años y conoció a mi abuelo, su marido, en un baile de pueblo en donde él tocaba el saxofón. Le tocó vivir los horrores de una guerra y el exilio en Francia. Tuvo que vivir también la pérdida de una hija a la que lloró hasta el último día de su existencia. Quedó viuda a la edad de 35 años con la responsabilidad de mi padre a sus espaldas y, finalmente, se convirtió en abuela a la edad de 49 años. Acabo de resumir su vida en unos cuantos renglones y, como todas las vidas, ni fue tan simple, ni tan fugaz. Ahora que yo tengo ya 48, entiendo mejor lo que, cuando era adolescente, me era imposible entender de mi abuela. Sus miedos, su orgullo, sus desplantes. Ahora lo entiendo mejor, lo que no significa que “entender” se convierta en sinónimo de “aceptar”. Entiendo, por ejemplo, sus nostalgias y sus sensibilidades. Entiendo mejor sus resistencias y sus gustos. Empiezo a entender lo que antes me costaba y aun me causaba vergüenza, una vergüenza ajena de la que hoy parezco haberme liberado casi por completo.

Para mí, mi abuela fue el modelo a seguir durante muchos años, hasta que me di cuenta que no todo lo de ella me gustaba. No, yo no quería repetir sus egoísmos y empecinamientos; pero, si me gustaba esa aura de dignidad señorial que la caracterizaba. Sus miedos me resultaban ridículos y la criticaba con dureza; pero hoy, la entiendo mejor que entonces y, aunque siga sin compartir muchas de sus actitudes, ya no la puedo juzgar sin juzgarme a mi misma. Me hubiera gustado mucho conocerla de niña cuando aun vivía su padre, mi bisabuelo Sebastián. O conocerla cuando se hizo novia de mi abuelo Luis. ¿Quién era ella entonces?, ¿qué soñaba hacer con su vida?, ¿dónde se veía en el futuro? Era muy soñadora y se distraía con cualquier cosa. Con un organillero que llevara un mono en sus hombros, por ejemplo. Y también era infinitamente curiosa. Su carácter era fuerte y sus determinaciones tajantes. Su orgullo rozaba la frontera de la soberbia. Le seducía el mundo de las candilejas y disfrutaba mucho socializar. Quizá no fue la mejor madre del mundo, me es imposible negarlo; pero, para mí, fue una buena abuela. Claro que quizá eso no tiene chiste cuando tú eres la nieta favorita. ¿Yo era acaso la retribución de una perdida para ella? Nunca lo sabré, aunque puedo suponer que sí, que yo llegué a su vida para retomar la vida trunca de mi tía Manuela. Lo único que se a ciencia cierta, es que ella me quiso y me quiso mucho. Que yo llegué a ser su debilidad, después del recuerdo de su padre y su marido; después del cariño que profesaba a su hijo, mi padre; después de ese recuerdo borroso en el que se convirtió mi tía Manuela y que yo le ayudé a rehacer. Si, después de todo eso, yo era su debilidad y me consta.

Ahora, me parece increíble que ya hayan transcurrido 22 años de ausencia por su parte y que a mi me siga pareciendo que fue ayer cuando se despidió de mi cuando se la llevaban al Hospital Español de la Ciudad de México. Me parece que fue ayer y, sin embargo, ya transcurrieron 22 años.

miércoles, 1 de abril de 2009

Página once: Aforismos imperiales

Mi muy querido y paciente lector:
Inauguro esta página alba con una pregunta: ¿sabes lo que es un aforismo? Supongo que “a grosso modo” si, como yo. Pero ¿sabías que un aforismo es algo más que una máxima? Qué, ¿más allá del simple apotegma se trata de un dicho breve y sentencioso? Esta pues, por su brevedad, a la altura de un refrán o un proverbio, pero sin esa naturaleza democráticamente popular que lo hace pura sabiduría doméstica. Si, hoy quiero hablarte del último libro que leí ayer mismo, apenas utilizando unas horas para cubrir la totalidad de sus 128 páginas. ¿El autor? Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg –Lotheringen. Si, Ferdinand Max. Ese Ferdinand Max para que no quede ninguna duda.
¿Sabías que los publicó hacia 1862 como colofón de un libro de memorias, de contenido heterogéneo, sobre sus viajes a bordo de la fragata Novara? Si, lector mío, voy a serte sincera: moriría por tener uno de esos ejemplares reeditados en donde Max -¡mi Max!- redacta en primera persona los avatares y vicisitudes de esos felices días en la marina austriaca. Pero, como siempre, me desvío del tema y, el día de hoy, el tema de esta página de mi álbum, son sus aforismos concebidos durante 11 años de su vida, entre los 19 y los 30, antes de sucumbir frente al mortal espejismo de México. Escogeré unas cuantas máximas mínimas de este príncipe que prefería la soledad para pensar y que consideraba a la mujer como un adorno en la vida del hombre. Y espero escogerlas bien para que puedas aquilatar toda la dimensión de su educación decimonónica y de su extraordinario convencionalismo secular. Bien dice un proverbio árabe que el hombre es más hijo de su tiempo que de sus padres, poniendo así al influjo del entorno social, y por ende a la educación, sobre la genética y creo que, en este caso, Ferdinand Max fue, precisamente un buen ejemplo para demostrar esta contundente afirmación. O ¿qué otra cosa se podría pensar de un hombre que es capaz de decir: “Existe una gran analogía entre una mujer hermosa y un niño; nos gusta hacerlos impacientar y jugar con ambos? Así como: “El pueblo en masa no tiene inteligencia pero si instinto, y este instinto siempre es justo. Los gobernantes que saben dirigirlo hacia un desarrollo gradual y libre, cosechan la paz y la prosperidad”.
Por otro lado, me llama poderosamente la atención el uso que hace del concepto “instinto” aplicado a la política. El consideraba que un buen gobernante debía de usar su instinto aplicándolo con sensibilidad a las necesidades del pueblo. Si, no te calles, lector mío, era un idealista que no entendía bien los intríngulis del poder. Un idealista romántico que estaba convencido que la buena voluntad era el primer paso para lograr el éxito de cualquier gestión política. Y para muestra, este botón: “Dos cosas son necesarias en el hombre de Estado: el instinto y el tacto. Aquel para discernir; éste para ejecutar. Saber gobernar es un talento innato que no se adquiere y al que, como las aptitudes naturales, lo más que se puede hacer es pulirlo”. Me pregunto si este pensamiento fue la causa de su rotundo fracaso en la empresa mexicana. ¿El tenía ese instinto del que habla?, ¿tenía ese tacto? Su instinto apenas pudo desarrollarse cegado por el convencimiento de que su cuna y su educación eran suficientes para poder gobernar, sin darse cuenta que, aparte de esas dudosas prendas, un gobernante debe tener inteligencia, firmeza de carácter y el suficiente carisma como para hacerse perdonar cualquier mala decisión política. No, Max no había venido a este mundo a gobernar a los otros; había venido a descubrirse a si mismo y a hacer evidente la naturaleza torpe de su propio siglo –no en balde declaró: “Nosotros vivimos en el siglo de la mentira coronada”-. Y aun así, la covencionalidad decimonónica, lo tenía perfectamente asido: “Los hábitos son unos puentes que permiten al tiempo marchar con rapidez y sin sacudimientos” o “Hasta los treinta se vive para el amor; de los treinta a los cuarenta para la ambición; de los cincuenta en adelante para el estómago y los recuerdos”. U otras, absolutamente fulminantes en su contenido moral: “El ateísmo es inconciliable con la verdadera fuerza moral”. Otra de sus obsesiones era la debilidad; debilidad que engendra desprecio en lo otro y aun en él mismo. El gobernante no se puede dar el lujo de ser débil y timorato; ¡pobre Max!, ese fue su “sanbenito” cuando fue emperador de México y esa es la imagen con la que ha pasado a la Historia de ese país, a pesar de sus esfuerzos por hacer las cosas bien. En realidad fue un hombre que no supo controlar sus defectos que a la larga fueron más notorios que sus muchas virtudes. No supo controlar su indolencia y su pereza, tampoco supo controlar su indecisión. Era carismático con sus amigos y abúlico con sus enemigos. Sabía enfrentarse a la adversidad con una dignidad que asombraba; pero, era incapaz de resolver cualquier problema que le exigiera un mínimo de esfuerzo. Lloraba cuando la emoción llegaba a rebasarlo y era mordaz con su lengua cuando se sentía incómodo con sus circunstancias. Sabía adular y así como adulaba, se mostraba iriente aun con sus seres más queridos. No, no era el mejor de los hombres pero tampoco el peor. Fue capaz de morir con dignidad cuando llegó su momento, por ejemplo. En efecto, no fue el mejor gobernante que tuvo México; pero, tampoco fue el peor. Bien es cierto que se engañaba a si mismo pensando que podría ser lo que el consideraba era su deber dinástico, cuando en realidad sus circunstancias lo orillaban a ser el eterno antagonista del poder.

jueves, 12 de marzo de 2009

Página diez: Eaton Place

Mi muy querido lector:

Hoy vengo a contarte que, en mi entrañable Sociedad Augusta, acicatearon de nuevo a mi nostalgia escribiendo sobre una serie inglesa que tuve la dicha de ver y disfrutar en una par de ocasiones a caballo entre dos décadas, la de los setentas y la de los ochenta, mientras mi vida transitaba fugazmente de una país a otro. “Upstair, downstair” o, como yo la conocí: “Los de arriba y los de abajo” llenó muchas horas de ensueño adolescente en aquellos lejanos días. Lady Marjorie Bellamy, su esposo y su familia; así como el simpar señor Hudson, la señora Bridges, Rose y el resto del servicio de la casa ubicada en Eaton Place 165, fueron mis maestros a la hora de instruirme sobre los usos y costumbres domésticas de la Inglaterra post-victoriana. Tan vivo permanece en mí el recuerdo de esos capítulos, que hoy por hoy, cuando tuve que crearme un domicilio para jugar en el rol de Augusta, no dudé en utilizar la misma casa de Eaton Place en donde se grabaron los exteriores de la residencia de los Bellamy. Era algo que no podía dejar de hacer en homenaje a todas esas horas de atención que pasé frente a la pantalla de la televisión de mi casa. Horas de ver pasar ante mí escenas de la vida doméstica de una Inglaterra que ya no existía.

La historia de la familia Bellamy se ubica entre los primeros años del reinado de Eduardo VII, heredero decadente de la monolítica gloria de la sociedad victoriana, y los primeros años de la década de 1930 bajo el reinado de Jorge VI, padre de la actual monarca inglesa. La familia Bellamy nos introduce pues en los intríngulis de una sociedad de tránsito, una sociedad que venía de los rígidos estándares morales victorianos que se fueron relajando, poco a poco, ante los reveses sufridos por una sociedad en franca transformación social. La familia Bellamy y su servicio inicia la serie como una familia modelo de la alta burguesía con aspiraciones político-aristocráticas muy definidas para pasar a convertirse en el espejo de su momento histórico en donde la rigidez victoriana tiene que ceder el paso a las nuevas generaciones hambrientas de un nuevo “estatus quo” mucho más equitativo y democrático. Presenciar el cambio tan bien narrado y sostenido por unas actuaciones de primer nivel, hace de esta serie una de las mejores que haya producido la BBC en aquellos días repletos de éxitos televisivos. Para mí, estimado lector, la familia Bellamy es tan poderosa, como representante de ese tránsito histórico que te comento, como lo fue después la familia Julio-Claudia en la multipremiada serie de “Yo, Claudio”. La BBC y sus series históricas y literarias, se convirtieron para mí en punto de referencia obligado para entender al mundo anglosajón y, en concreto, a la idiosincracia inglesa.

Ahora, muchos años después, cuando me encuentro a las puertas de una nueva etapa de mi vida, regresa a mi la emoción de aquellas tardes y noches en las que gocé de esa historia simpar. Y regresa a través de los comentarios de mis amigas de Augusta que están descubriendo a este clásico de la BBC bajo circunstancias completamente diferentes a las que yo viví en mi momento. Recuerdo la emoción que me producía tener que esperar a ver el capítulo semanal; o después, verlos de corrido, día tras día, a la misma hora. Recuerdo como me embobaba frente a la pantalla tratando de absorber cuanta información pudiera proporcionarme el capítulo correspondiente acerca de la vida doméstica de la Inglaterra de principios del siglo XX. Y aprendí, ¡vaya si aprendí!, capítulo tras capítulo, sobre el entorno social, sobre las relaciones entre los de arriba y los de abajo, sobre los intríngulis de una casa rica que, finalmente, si la despojábamos del hálito victoriano que la inundaba, no dejaba de parecerse a cualquier otra casa rica en cualquier parte de Europa.

Así es, estimado lector. “Upstair, downstair”, no solo atrapó mi imaginación adolescente, sino que la instruyó acerca de un momento histórico que me seducía entonces y que gestó la semilla que hoy germina en Augusta. Si, Eaton Place es hoy el hogar de mi personaje y, como en la serie, me esfuerzo por integrar a su historia, los intríngulis de las rígidas relaciones sociales entre amos y criados. Claro está que mi doña Carmen no es una Lady inglesa; al contrario, ella misma procede de una clase social trabajadora con aspiraciones a ser pequeño burguesa, en un país en donde las relaciones sociales eran mucho menos rígidas y, por ende, mucho más democráticas que en la Inglaterra victoriana. Por eso ella no actúa como los Bellamy de la serie y, a la hora de tratar a sus criados, lo hace con una cercanía escandalosa para su entorno social. Mi doña Carmen anda ahora viviendo la vida que se atrevió a soñar sin esperar realmente que pudiera hacerse realidad. Una vida que tiene sus bemoles, por supuesto, y que no resultó tan perfecta como ella esperaba, es verdad; pero que la compenso con sorpresas absolutamente insospechadas que supo aquilatar para poder ser feliz.

Como bien puedes leer, mi querido lector, el Eaton Place de ayer sobrevive en el Eaton Place de hoy como vínculo entre lo que fue y lo que es, entre la adolescente que soñaba ser algún día como Lady Marjorie, distinguida y elegante, y la mujer madura que vuelve sus ojos con nostalgia a aquellos sueños concretados hoy en el rol de Augusta.

jueves, 5 de marzo de 2009

Página nueve: Una estampa en el Munal

Mi muy querido y apreciado lector:

En esta ocasión, regreso a mi álbum contrita y apenada por mi larga ausencia. Por este silencio pertinaz que confieso involuntario; de alguna manera, claro. Sé que me preguntarás: ¿acaso no había nada que decir en estos tres largos meses? ¿Acontecimientos, por mínimos que estos hubieran sido, dignos de registrarse en las hojas de este álbum cibernético?... Y los hubo, ¡claro que los hubo!; aunque, si he de serte sincera, no consideré a ninguno de ellos, digno de suceder a lo que escribí en este álbum en la última ocasión. Y bueno, si a eso le sumas una especie de apatía que inmovilizó mi voluntad de escritora durante estos tres largos meses; el desenlace natural era pues el silencio. Sin embargo, aquí estoy de nuevo tratando de sobreponerme para exponer de nuevo, frente a tus ojos, algo que puedas juzgar de interés como probable lectura.

No, no me remontaré a mis patéticas vacaciones invernales con sus puntuales momentos de goce y magia. Tampoco me trasladaré a principios de este año para rememorar el gusto con el que disfruté dos exposiciones, en sendos museos, que me mostraron la gloria de los tiempos idos. No. ¿De que te hablaré esta vez? No sé, probablemente de un libro esquivo o de mi próximo proyecto de costura. O, tal vez, de ambas cosas que se reunieron en un solo espacio el pasado sábado 28 de febrero. Y, como decían mis antepasados latinos: iniciemos esta historia “ad ovo”, desde el huevo. Tengo una amiga llamada Alejandra Catalina Escudero Carrillo. La conocí una tarde de sábado en el hoy ya casi extinto Club de Harry Potter que entonces se reunía en el emblemático Parque Hundido de la Ciudad de México. Debió de ser en uno de los meses finales del agonizante 2004, año en el que ambas ingresamos al Club. ¿Por qué me lanzo a la distancia de ese tiempo pasado? Porque ella fue la causante de que este sábado 28 que comentó, yo dirigiera mis pasos al ya centenario edificio del Museo Nacional de Arte –el abreviado Munal-. Me hizo la cordial invitación el jueves anterior y como dijo en su momento el famoso Don Corleone: fue una oferta que sencillamente no pude rechazar. Primero, fui a al correo a ponerle una carta a Charity y después me encaminé, feliz como cualquier par de castañuelas que se precien de serlo, a nuestro punto de reunión. El día amaneció perfecto. Soleado y sin nubes, aun frío; pero, en el que se podía ventear ya la proximidad de la tan deseada Primavera. Estos días así, me vuelven loca pues, no puedo evitar relacionarlos con esos otros, de mi apenas lejano pasado, en los que la vida tenía un risueño matiz de rotunda esperanza. Sí, no pude evitar traerme a mientes otro sábado en el que también fui, con mis compañeras de colegio, a otro museo, este en Madrid, que puso ante mis ojos adolescentes un futuro que en esos momentos no reconocí; es más, ni siquiera alcancé a intuir. Pues bien, lector mío, otra vez era sábado y de nuevo tuve esa sensación de gozo contendido ante las maravillas que mis ojos contemplaron. Creo que en mi interior hermané ambas experiencias y tuve la dicha de regresar el tiempo al sobreponerlas para convertirlas en una sola. Sí, por un instante, el Museo de América de Madrid y el Museo Nacional de Arte de la Ciudad de México, fueron uno. Y, en esa involuntaria, aunque perfecta yuxtaposición de instantes, mi pasado y mi presente convergieron dándose sentido mutuamente. Es más, de repente, muchos momentos de mi vida pasada, se tocaron y alcanzaron a fundirse en uno solo. Momentos de mi vida de estudiante en la hoy Universidad del Claustro de Sor Juana, o de mi vida como maestra del bachillerato de Periodismo y Arte en Radio y Televisión –PART-, o de mi vida como parte de la Sociedad Victoriana Augusta. Todo fue uno y me sentí absolutamente plena.

Alejandra tenía una razón para ir a ese Museo. Una razón muy poderosa que la mantuvo sentada cerca de una hora escuchando las voces de un par de difuntos talentosos, muy queridos y admirados por ella: Jorge Ibargüengoitia y Alejandro Aura. La escuché reírse al recibir esos mensajes grabados y la vi abstraerse verdaderamente arrobada mientras los oía. Y, como esa experiencia era incompartible para nosotras –me refiero a quienes la acompañamos; o sea, Kimberly Ollinger y yo-, decidí en ese instante, buscar mi propia experiencia en los corredores y salas ese Museo que he visitado tantas veces y de tantas maneras. Recorrí pues el espacio en busca de un retrato que me diera inspiración para el próximo traje Imperio que me voy a hacer para la siguiente reunión de Augusta en México. De repente, encontré colgado de uno de sus muros, el retrato que necesitaba para inspirarme. Por supuesto, el resultado de esta nueva aventura costureril, no tendrá nada que ver con una fiel copia del original, carísimo lector; pero, me conformo con que se vea más o menos cercano en cuanto a imagen. Ya tengo ubicada la tela que volverá ser de algodón con un sorprendente estampado en blanco y negro. Espero lograr un buen acercamiento, en cuanto efecto visual, a su correspondiente histórico (1806). En fin, que me entusiasmé frente al retrato viéndome ya vestida con el traje Imperio que pienso hacerme como regalo para mi próximo cumpleaños.

Y, como el éxtasis auditivo de mi amiga Alejandra se prolongo más allá del tiempo que alcancé a dedicar para visualizarme como una mujer de la Nueva España hacia 1806, me dio tiempo para regresar a soñar frente a los paisajes de Velasco y Landesio, o frente a los retratos de Juan Cordero, o frente a la obra de Hermenegildo Bustos. Fue un breve y rápido recorrido por las salas, acompañada por Kim, por quien regresé, inconscientemente, a mi rol de maestra. Como puedes apreciar, mi muy querido lector, fue un sábado al que no le faltó nada, ni siquiera el recorrido por los puestos de libros antiguos en donde me volví a encontrar ese título esquivo y burlón al que escucho carcajearse de mis ganas de adquirirlo cada vez que pregunto por su precio que siempre resulta ser desproporcionado ante mi magro poder adquisitivo.