miércoles, 1 de abril de 2009

Página once: Aforismos imperiales

Mi muy querido y paciente lector:
Inauguro esta página alba con una pregunta: ¿sabes lo que es un aforismo? Supongo que “a grosso modo” si, como yo. Pero ¿sabías que un aforismo es algo más que una máxima? Qué, ¿más allá del simple apotegma se trata de un dicho breve y sentencioso? Esta pues, por su brevedad, a la altura de un refrán o un proverbio, pero sin esa naturaleza democráticamente popular que lo hace pura sabiduría doméstica. Si, hoy quiero hablarte del último libro que leí ayer mismo, apenas utilizando unas horas para cubrir la totalidad de sus 128 páginas. ¿El autor? Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg –Lotheringen. Si, Ferdinand Max. Ese Ferdinand Max para que no quede ninguna duda.
¿Sabías que los publicó hacia 1862 como colofón de un libro de memorias, de contenido heterogéneo, sobre sus viajes a bordo de la fragata Novara? Si, lector mío, voy a serte sincera: moriría por tener uno de esos ejemplares reeditados en donde Max -¡mi Max!- redacta en primera persona los avatares y vicisitudes de esos felices días en la marina austriaca. Pero, como siempre, me desvío del tema y, el día de hoy, el tema de esta página de mi álbum, son sus aforismos concebidos durante 11 años de su vida, entre los 19 y los 30, antes de sucumbir frente al mortal espejismo de México. Escogeré unas cuantas máximas mínimas de este príncipe que prefería la soledad para pensar y que consideraba a la mujer como un adorno en la vida del hombre. Y espero escogerlas bien para que puedas aquilatar toda la dimensión de su educación decimonónica y de su extraordinario convencionalismo secular. Bien dice un proverbio árabe que el hombre es más hijo de su tiempo que de sus padres, poniendo así al influjo del entorno social, y por ende a la educación, sobre la genética y creo que, en este caso, Ferdinand Max fue, precisamente un buen ejemplo para demostrar esta contundente afirmación. O ¿qué otra cosa se podría pensar de un hombre que es capaz de decir: “Existe una gran analogía entre una mujer hermosa y un niño; nos gusta hacerlos impacientar y jugar con ambos? Así como: “El pueblo en masa no tiene inteligencia pero si instinto, y este instinto siempre es justo. Los gobernantes que saben dirigirlo hacia un desarrollo gradual y libre, cosechan la paz y la prosperidad”.
Por otro lado, me llama poderosamente la atención el uso que hace del concepto “instinto” aplicado a la política. El consideraba que un buen gobernante debía de usar su instinto aplicándolo con sensibilidad a las necesidades del pueblo. Si, no te calles, lector mío, era un idealista que no entendía bien los intríngulis del poder. Un idealista romántico que estaba convencido que la buena voluntad era el primer paso para lograr el éxito de cualquier gestión política. Y para muestra, este botón: “Dos cosas son necesarias en el hombre de Estado: el instinto y el tacto. Aquel para discernir; éste para ejecutar. Saber gobernar es un talento innato que no se adquiere y al que, como las aptitudes naturales, lo más que se puede hacer es pulirlo”. Me pregunto si este pensamiento fue la causa de su rotundo fracaso en la empresa mexicana. ¿El tenía ese instinto del que habla?, ¿tenía ese tacto? Su instinto apenas pudo desarrollarse cegado por el convencimiento de que su cuna y su educación eran suficientes para poder gobernar, sin darse cuenta que, aparte de esas dudosas prendas, un gobernante debe tener inteligencia, firmeza de carácter y el suficiente carisma como para hacerse perdonar cualquier mala decisión política. No, Max no había venido a este mundo a gobernar a los otros; había venido a descubrirse a si mismo y a hacer evidente la naturaleza torpe de su propio siglo –no en balde declaró: “Nosotros vivimos en el siglo de la mentira coronada”-. Y aun así, la covencionalidad decimonónica, lo tenía perfectamente asido: “Los hábitos son unos puentes que permiten al tiempo marchar con rapidez y sin sacudimientos” o “Hasta los treinta se vive para el amor; de los treinta a los cuarenta para la ambición; de los cincuenta en adelante para el estómago y los recuerdos”. U otras, absolutamente fulminantes en su contenido moral: “El ateísmo es inconciliable con la verdadera fuerza moral”. Otra de sus obsesiones era la debilidad; debilidad que engendra desprecio en lo otro y aun en él mismo. El gobernante no se puede dar el lujo de ser débil y timorato; ¡pobre Max!, ese fue su “sanbenito” cuando fue emperador de México y esa es la imagen con la que ha pasado a la Historia de ese país, a pesar de sus esfuerzos por hacer las cosas bien. En realidad fue un hombre que no supo controlar sus defectos que a la larga fueron más notorios que sus muchas virtudes. No supo controlar su indolencia y su pereza, tampoco supo controlar su indecisión. Era carismático con sus amigos y abúlico con sus enemigos. Sabía enfrentarse a la adversidad con una dignidad que asombraba; pero, era incapaz de resolver cualquier problema que le exigiera un mínimo de esfuerzo. Lloraba cuando la emoción llegaba a rebasarlo y era mordaz con su lengua cuando se sentía incómodo con sus circunstancias. Sabía adular y así como adulaba, se mostraba iriente aun con sus seres más queridos. No, no era el mejor de los hombres pero tampoco el peor. Fue capaz de morir con dignidad cuando llegó su momento, por ejemplo. En efecto, no fue el mejor gobernante que tuvo México; pero, tampoco fue el peor. Bien es cierto que se engañaba a si mismo pensando que podría ser lo que el consideraba era su deber dinástico, cuando en realidad sus circunstancias lo orillaban a ser el eterno antagonista del poder.

6 comentarios:

Barbara dijo...

"Existe una gran analogía entre una mujer hermosa y un niño; nos gusta hacerlos impacientar y jugar con ambos"

Vaaaaale no digo nada puntilloso porque se que esas palabras fueron producto de masculina y decimonónica mentecita...pero aún así no se me quitan las ganas de darle un zape en su cabeza... Y decirle que una hermosa mujer es la que le cuidaba el changarro mientras el se iba de gran tour (cul niña) por México...


Ains Max!

Carmen López y Martí dijo...

Igual piendo yo. No se vale criticar lo que finalmente es producto de su muy decimonónica educación. Pero, aun así, del "zape" no lo libra ¡ni Dios! ;)Digo, se la pasó rodeado de mujeres inteligentes. Algunas medio locas, como Elisabeth, estoy de acuerdo; pero otras, de carácter fuerte y decidido como su mismísima madre y, por supuesto, Carlota. En fin, que el señorito nos salió de lo más convencional y convenenciero de este mundo ;)

Getzsemane Ament dijo...

Muy consentido estaba, me temo.
Un gran hombre, puede que sí, pero debería haber sido más humilde reconociendo sus limitaciones. Quizás eso le hubiera salvado el pellejo.

Ahora, yo le metería el "zape" ese por lo de Carlota. Y a ella otro, por bobalicona. Con lo guapa que era (por que a mí, Carlota, me parece muy bella) debería hacerle puesto los puntitos en las íes a Max y saltarle lo de "El muerto al hoyo y el vivo al bollo" Que tanto penar por la portuguesa... bah bah bah

Hombres... no se entienden ni en el XIX ni en el XXI...

Carmen López y Martí dijo...

Efectivamente, Getzse de mi alma. Tienes razón en lo de que era bastante consentido -como buen principito ;)- y a lo de la portuguesa. Respecto a Carlota, era una mujer brillante, no me queda la menor duda de ello; pero, por más brillante que seas, cuando te enamoras... ¡pierdes!;) Y lo digo por experiencia, manque me pese :(

Dubois dijo...

Gracias a ti pude conocer algo de este señor, jamás había oído de él.
Un cordial saludo

Carmen López y Martí dijo...

Pues este señor forma parte de la Historia de México, estimado Dubois ;) Gracias por comentar en mi blog :)