lunes, 21 de enero de 2013

Página treinta: Lincoln ó un ejemplo más de la Historia contada por Hollywood


De nuevo aquí, mi generoso lector, para ponerte al tanto de una de mis últimas incursiones cinematrográficas que tienen que ver con el siglo XIX. Ayer fui al cine a ver Lincoln, una película producida y dirigida por Steven Spielberg que ha sido nominada a los óscares de este año como mejor película. Y tal vez gane el premio porque tiene todo lo que una película ganadora debe de tener: superproducción, elenco de gran cartel, vistosa fotografía y una recreación histórica lo suficientemente acercada a la realidad como para aparentar ser creíble. Sin embargo,  algo le falta para rayar en el estatus de casi perfección al que la industria de Hollywood aspira cuando cuenta la Historia, así, con mayúscula y, eso en lo que falla, es simplemente el tratamiento del tema desde un punto de vista más objetivo e interesante, no solo para el erudito, sino simplemente para el espectador común que suele aprender Historia viéndola en las pantallas de los cines y no a través de las opiniones y los estudios de los especialistas. Lincoln es, desde mi punto de vista, eso, un gran elefante blanco cargado de millones de dólares que no alcanza a cumplir airosamente con su cometido de contarnos una historia real y verdadera. Estoy de acuerdo que el cine no es más que una ventana a los diversos modos de ver la realidad a través de los ojos de sus creadores e intérpretes.  Sin embargo, cuando se trata del resbaloso terreno de lo acontecido, esas interpretaciones deben de ser cautelosas si no quieren rayar en lo absurdo. Steven Spielberg tiene debilidad por contar historias en donde se respira una verdadera manipulación emocional del espectador. No se resiste a contar la Historia como la contaba Cecil B de Mille en sus superproducciones de antaño.  Y esta historia de Lincoln, no es la excepción. Es una historia norteamericana para ser vista por norteamericanos que necesitan hoy el refuerzo de una identidad que se resquebraja bajo el embate de la desintegración.  De ahí que el siempre oportunista Spielberg, haya decidido hincarle el diente al personaje que, tras George Washington, Padre de la Patria norteamericana, es el más emblemático de toda la Historia de Norteamérica: Abraham Lincoln.  Curiosamente, el Lincoln interpretado por Daniel Day Lewis, en un afán desmitificador, no logra darle  la fuerza necesaria a ese héroe de la Unión Americana que fue el que puso a los Estados Unidos en el camino de su posterior grandeza.  Es más, durante toda la película, Lincoln se define a través de sus confrontaciones con los otros: Seward, Stevens, su esposa Mary Todd y hasta de su hijo Robert.  Hay algo que parece fallar irremisiblemente en este Lincoln tan familiar como caricaturesco, ajeno a la grandiosidad que le otorga la historia oficial norteamericana. Toda desmitificación transita por los terrenos verdaderamente pantanosos e inciertos de las interpretaciones personales. Y la presentación de este Lincoln, no es precisamente la excepción a la regla. Si me tengo que quedar con algún personaje de la película, ese es, sin duda, Mary Todd, la desequilibrada esposa que actúa como una especie de conciencia del propio presidente.  Dudo que su imagen en el filme, corresponda a una realidad histórica objetiva, sin embargo, me agrada el giro libertario que asume frente a su propio esposo creciéndose como personaje. No sé si eso que noté fue intencional o sencillamente ocurrió al margen del manejo de dirección del propio Spielberg, lo cierto es que Mary Todd, esta Mary Todd, hace mucho por un Lincoln reducido a una interpretación simple y poco clara de un personaje histórico que no logra, ni quiere –me parece a mí- romper con los cánones oficialistas.  En fin, es la típica película bonita que deja un sabor agridulce en el paladar del espectador ya que, siendo pretenciosa, como lo son todas las grandes superproducciones fílmicas, solo alcanza a cubrir, de manera sobradamente decorosa, el aspecto visual mientras que el contenido queda reducido a contarnos, de un modo poco atractivo, los bemoles de una historia oficial que, de ninguna manera, queda superada o revisada.  Así pues, quien vaya a verla se encontrará con el “padre Abe” de toda la vida presentado según la visión de un Hollywood conservador que, lejos de desmitificar, solo le da un aire más contemporáneo al mito histórico.

jueves, 3 de enero de 2013

Página veintinueve: Una vista a Orsay sin salir de casa.

Mi muy querido lector, paciente y fiel, de este Álbum de Ánecdotas:

El día de hoy, retomó esta página para comentarte que inauguré este 2013 con una vista al Museo Nacional de Arte -MUNAL- que se encuentra en la calle de Tacuba ubicada en el Centro Histórico de la Ciudad de México. El edificio actual en donde se encuentra el museo, data de la primera década del siglo XX y fue concebido, originalmente, como un palacio dedicado a las comunicaciones de la época -principalmente, el telégrafo-. En el siglo XIX, en ese mismo predio, se albergó el Hospital de San Andrés que colindaba con el primer cementerio civil que tuvo la Ciudad de México y que se le nombró de Santa Paula. Pero esa es otra historia que quizá cuente en alguna página futura de este álbum.  Hoy regresé al MUNAL porque, después de todo, no podía hacerme oídos sordos ante la "invitación" que se me había extendido de conocer algunas de las obras que tienen por hogar el famoso Museo d´Orsay, en París. Manet, Monet, Renoir, Rodin, Gauguin y fotógrafos como Félix Nadar o los celebérrimos hermanos Lumiere, fueron mis anfitriones, por un instante, mientras yo deambulaba viendo las imágenes de la exposición. Para mi deleite, no hubo tanto público como en otras y pude ir y venir a mi gusto y sabor por las salas mientras yo misma tomaba fotografías con la cámara de mi teléfono celular. Tal vez, lo más destacado de la exposición, fue un Gauguin que he visto reproducido en cantidad de libros de arte y que me hizo reflexionar sobre el hecho de que yo también tengo pendiente una escapada a mi Tahití personal en busca de mi propio destino y de que éste llegará, sin duda, porque nadie puede escapar de sus proyecciones hacia el futuro o, lo que es lo mismo: nadie puede dejar de ser lo que desea ser desde que tuvo uso de razón para empezar a diseñar su vida.  Así pues, después de un conflictivo diciembre que me dejó un amargo sabor de boca, estar frente a un Gauguin real, me hizo pensar que, finalmente, yo también podré tener la oportunidad de abandonar algún día el escritorio de mi oficina para irme a concretar unos sueños que aun no son lo suficientemente maduros como para arrastrarme en pos de ellos.  Pero, sé que madurarán y se concretarán para hacerme feliz.  Gauguin, hoy, me dio ese mensaje: que no ceje, que no me desespere, que no me sienta miserablemente atada a mis circunstancias actuales como si nunca fueran a cambiar cuando la vida es precisamente eso, cambio y mutabilidad.  Y puedo decir que lo sentí cuando seguí recorriendo las salas y viendo las imágenes.  El autoretrato de un Renoir joven, me trajo a la mente que la memoria no son más que imágenes interiores congeladas en el tiempo o recreaciones de lo que creímos que fue a partir de nuestra propia percepción del instante vivido fijado por las emociones que nos produjeron.  Y ese Renoir joven, con su sombrero y su barba, me observaba desafiando el tiempo mientras yo lo observaba a él como si en realidad estuviera ahí  y no fuera, simplemente, el eterno reflejo del interminable juego de la memoria.  Vi fotografías en una sala acondicionada ala manera de un cafetín de la época, de esa Belle Epoque lejana y al mismo tiempo cercana para mi imaginación. Me encantó la recreación de la atmósfera y como el público participaba en esa dinámica suscitada por la recreación de un ambiente que para todos implicaba significados diferentes.  En mi caso, era un viaje a un pasado que yo convertía en presente cada vez que fijaba mi vista en una fotografía. No tengo que reiterar cuanto disfruté la vista, ni tampoco cuantos recuerdos me trajo.  Hoy estuve un instante en el Museo de d´Orsay y me sentí, de nuevo, inmersa en un espacio-tiempo particular que es el que alimenta a mis sueños.