viernes, 3 de julio de 2015

Página cuarenta y tres: Porfirio José de la Cruz Díaz Mori. Cien años después.


     Mi muy querido y apreciado lector:

  Después de este último silencio, regreso con nuevos bríos para comentarte que tal estuvo este centenario luctuoso con tintes nostálgicos. Pues bien, cien años después de muerto, nuestro querido amigo sigue dando guerra. ¿Cómo es eso?, te preguntarás. Pues ya sabes que quien nace con el sable en la mano, ni muerto lo abandona. Y así fue como nació Porfirio ese 15 de septiembre de 1830 en la ya entonces Ciudad de Oaxaca, la antigua Antequera virreinal, hijo de madre indígena mixteca y padre español o descendiente de españoles. Niñez común y adolescencia cargada de sueños de grandeza que se veía alcanzando por medio de la vida civil, así como lo había hecho ya su coterráneo Benito Juárez que vino a demostrar que el origen humilde e índigena no tenía porque ser un impedimento para insertarse en una sociedad estamental como lo era la de Oaxaca en aquel momento. El lema de aquellos ayeres era el progreso. Todo pendía y se orientaba hacia esa línea recta de desarrollo continuo que marcaba el éxito social, económico y, sobre todo, personal.  Pues bien, Porfirio quiso ser abogado, profesión liberal que ayudaba a subir los peldaños del empinado escalafón social, o al menos así se creía entonces como se siguió creyendo durante mucho tiempo. Y no, no lo consiguió por muchas razones, entre ellas por su precaria situación económica, por su carácter que no se avenía bien a seguir ciertas disposiciones de sus superiores y porque su destino estaba ciertamente en otra parte. El se veía como civil pero las circunstancias de su entorno le demostraron que lo suyo, suyo, era el ejército y que, como dije al principio, había nacido con un sable en la mano o con un bastón de mando que para el caso, era lo mismo. Porfirio salió de su nada cómoda zona de confort acicateado por su hermano Félix, el famoso Chato, el que le entró a los “catorrazos” desde muy joven porque le encantaba la pelea y no era muy dado a entender razones. Así que, convencido por su hermano y viendo que la vida civil no tenía ya mucho que ofrecerle, Porfirio se fue a probar suerte en el ejército y allí fue en donde terminó haciendo una carrera que lo encumbró hasta la presidencia de México. Creo que en aquellos años de ímpetu juvenil, nunca se le pasó por la mente que algún día sería el “Señor Presidente” con tintes de autócatra pues llegó a detentar un poder que nada le tenía que envidar al Zar de todas las Rusias, por ejemplo. Porfirio se hizo liberal porque tenía una convicción profunda, no de tipo ideológico precisamente, pero si de estar haciendo lo correcto al defender a su patria de amenazas externas como fue el caso de la Intervención Francesa (1862-1867). Para entonces, en ese preciso momento, su prurito militar era ya dominante dentro de su carácter y su concepto de honor le llevaba a sostener un compromiso inalterable con la causa liberal y republicana. No, aun no pensaba en la política, lo único que pensaba era en demostrar a los franceses que lo que mejor podían hacer era que se regresaran a  su casa y dejaran a México en paz. Se batió como un león en Puebla. Estuvo allí en 1862 y después cuando cayó la ciudad en 1863. Fue apresado y se escapó, por lo menos en un par de ocasiones. Los franceses lo respetaban como enemigo y trataron varias veces de que defeccionara de la causa republicana ya que lo consideraban como un verdadero peligro para la estabilidad del Imperio que sostenían las bayonetas francesas. Pero Porfirio no cedió ante aquellos inquietantes y seductores cantos de las sirenas. Tal vez porque, conforme su fama militar crecía, más consciente se iba haciendo de su lugar en medio de aquella lucha de muchos frentes. 1867, fue el año en que la victoria definitiva sobre el Imperio y los franceses, lo elevaron al rango de héroe nacional. Liberó Puebla en abril y entró victorioso a la Ciudad de México escoltando  el carruaje en donde iba Benito Juárez recibiendo el aplauso de la multitud que vitoreaba no solo al benemérito sino también al héroe que lo acompañaba.

     A partir de entonces, como militar sin ocupación y tras haberse retirado a la vida civil,  fue cuando se planteó ingresar a la política. Sus “pininos” en ese sentido fueron desastrosos y nadie, ¡ni él mismo!, creía que pudiera tener un futuro en en ese campo de batalla en donde menudean los golpes efectistas, la demagogia y la traición. No, la política era demasiado complicada para él que no era muy afecto a hacer discursos en donde terminaba entrampándose con los conceptos y acababa llorando de impotencia al no poder expresarse con la claridad que deseaba. Pero el levantamiento, la asonada, eso si le era familiar y se sentía como pez en el agua dirigiendo a sus hombres y obligando a los civiles que lo “escucharan” con las armas en la mano. Así se levantó primero contra Juárez quien quería volver a ser presidente a través de una elección ya que, a pesar de haberlo sido de manera continua desde la época de la Guerra de Reforma (1857-1861), nunca había detentado el cargo por elección sino porque las circunstancias lo habían mantenido en él en una especie de prolongado interinato. Después Porfirio se levantó contra Lerdo de Tejada cuando éste trató de hacerse elegir como presidente constitucional ya que la muerte de Juárez lo había colocado también en la presidencia de manera interina para terminar de cubrir el periodo presidencial de su antecesor y quiso, como el propio Juárez, ser presidente por elección. Ese segundo levantamiento de Porfirio fue el que lo catapultó a presidencia de México por primera vez envuelto en el lema de su revuelta que,  fue, precisamente, la no reelección presidencial. Y así fue como, en 1876, Porfirio llegó a ser el “Señor Presidente”.

     Porque si, aunque te resulte un poco difícil de creer, lector mío, en ese primer acercamiento al poder, Porfirio, aun siendo el “Señor Presidente”, aun no era el “Don Porfirio” que después conocería México.  Su primer cuatrienio como presidente de la República, apenas fue un ensayo prefigurando, a duras penas, lo que vendría después de 1884. Antes que Don Porfirio llegará finalmente a ocupar la famosa silla, símbolo del poder presidencial mexicano -así como en las monarquías lo es la corona-, tuvo que sentarse en ella su compadre Manuel González a quien no le fue muy bien que digamos ya que los ánimos seguían sin apaciguarse y con medidas como el famoso asunto de las monedas de níquel que causó un verdadero escándalo dentro de la sociedad mexicana - que aun no se entendía bien como iba eso de las devaluaciones-, salió más que raspado mientras la sociedad clamaba el retorno del hombre fuerte que los iba sacar de todos sus problemas. Y ahora sí, a partir de 1884, Don Porfirio entra en escena completamente metamorfoseado en el salvador de México. Tenía ya casi 55 años y no se levantaría de la silla hasta que la Revolución de 1910 lo levantó de un golpe, y muy a su pesar, siendo ya un anciano de 80 años. Entre los 55 y los 80, gozó y detentó un poder casi omnímodo que lo hacía sentirse el Padre de México. Si, adivino tu gesto, caro lector mío, pero así fueron las cosas. Porfirio, Don Porfirio, marcó toda una época a la que, como en el caso de la longeva reina de Inglaterra, dio su nombre. Hablar en México del Porfiriato es evocar al último cuarto del siglo XIX y la primera década del convulso siglo XX con todas sus luces y todas sus sombras. Evocar a una modernización dependiente y trunca que llevó a la sociedad mexicana a la más obscena de las desigualdades sociales.  Evocar el costo de un progreso que enriqueció, de una manera insultante, a unas cuantas familias protegidas por el régimen mientras el resto de la población apenas subsistía de manera bastante precaria. Sus luces consistieron en ubicar a México como nación en vías de un desarrollo que prometía alcanzar el tan deseado progreso al nivel de las naciones más poderosas de Occidente. Sus sombras fueron evidenciándose y alargándose cada vez más conforme Porfirio se reelegía, una y otra vez, porque él seguía siendo el hombre fuerte de México. La década de 1880 fue la de la esperanza de que las cosas podían e iban a cambiar para mejor. La de 1890 fue la de la seguridad de que el progreso había llegado a México, finalmente, y se respiraba esa confianza en el futuro que empezó a enrarecerse unos años, solo unos pocos años después, del cambio de siglo. Fue cuando Porfirio cruzó la frontera de sus 70 que a México empezó a pesarle la gerontocracia que le gobernaba. Se imponía un cambio porque el mundo estaba cambiando y porque la propia sociedad mexicana lo estaba haciendo también a un ritmo que se aceleraba mientras Porfirio, en su ancianidad, no reconocía la necesidad de ese cambio. Así fue como llegó primero la entrevista concedida al periodista norteamericano Creelman en 1908 que ni siquiera se llegó a publicar en México pero que trascendió y fue como el banderazo de salida para las nuevas generaciones a las que les urgía ya brincar a la palestra política. De 1908 a 1910, año este último en el que Don Porfirio decidió no reparar en gastos para celebrar los primeros cien años de la Independencia de México, los acontecimientos se precipitaron y terminaron estrellando al “Señor Presidente” contra la evidente realidad de que México había finalmente cambiado, con o sin su anuencia, y que él ya, no solo no imponía el ritmo sino que además ya ni siquiera podía seguirlo. A las provocaciones del proceso electoral de 1910 no pudo, ni supo, como controlarlas, simplemente se impuso, como lo había hecho siempre, causando con ello la ruptura que terminó generando la conflagración que desangraría al país, de manera ininterrumpida, en los siguientes diez años. Cuando subió por la escalerilla del Ipiranga en mayo de 1911 rumbo al exilio, Don Porfirio era un anciano que cargaba sobre sus espaldas el odio y el desprecio de unas cuantas generaciones de mexicanos que habían sufrido por su perdida de contacto con una realidad que terminó por rebasarle. De 1911 a 1915 cuando murió en París el 2 de julio, Don Porfiro, el ex presidente de México, se paseó por el mundo como lo hacían entonces los monarcas destronados pensando en lo injusto que había sido ese pueblo para el que había tratado de ser como un padre bondadoso con su cariño e inflexible castigando sus faltas. Sus últimos pensamientos fueron para México.

     Hoy, cien años después, sus restos continúan exiliados en Montparnasse, París, como metáfora sublime  y rotunda de su propia vida. Hoy, cien años después, hay voces que se levantan pidiendo que se regresen sus huesos a la tierra que tanto amó, aunque fuera de una manera tan paternalista y desenfocada. Hoy, cien años después, hay quien exige que se le hagan honores de Jefe de Estado a su regreso. Pero, quien sabe, a lo mejor lleva décadas reposando en una tumba sin nombre, aquí en México, y no nos hemos enterado. Y con esto, lector mío, te dejo hasta la próxima entrega.



Dedico este texto, con todo mi cariño, a Rosario T Palacios y a su pequeño Sebastián.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Página cuarenta y dos: El Ministerio del Tiempo

     
     Mi muy querido y recordado lector:

    El día de hoy te traigo un tema que tal vez, para tu sapiente intelecto, juzgues de banal y ligero pero que, aun así, me gustaría mucho poner ante tus ojos como una espacie de golosina. Hoy voy a hablarte de El Ministerio del Tiempo, serie de ficción que apenas comienza su andadura en la cadena 1 de Radio Televisión Española. Me atrajo el título porque no te puedo negar, lector mío, que desde que tengo memoria me ha fascinado elucubrar sobre la posibilidad de viajar en el tiempo para así conocer, aunque fuera  a la distancia o en calidad de ectoplasma, tanto a las personas, como a los lugares en diferentes épocas que desde siempre me han resultado atractivos. El viejo sueño del historiador de poder ser testigo directo de los acontecimientos que estudia, por eso, en cuanto supe que se iba estrenar la serie que te menciono, decidí echar mano de la tecnología para así poder disfrutar esta producción que me causaba tanta curiosidad desde el planteamiento de su trama. Y te voy a confesar que, visto lo que se está haciendo en materia de series de ficción y fantasía en otras partes del planeta, no me sentía muy segura de iniciar la aventura con la desconfianza metida en el cuerpo. Pero, ¡oh sorpresa!, sin ser todo lo que nos tratan de convencer que es, El Ministerio del Tiempo, hasta este justo momento en el que ya se han retrasmitido tres programas de la serie, revivió en mí recuerdos de mi adolescencia en Madrid cargados de deseos imposibles que se resumen en ese viajar por el tiempo para conocer los hechos de la Historia de primera mano. De repente, me veo emocionada frente a la pantalla de mi computadora portátil siguiendo las aventuras de Alonso, Amelia y Julián como si yo volviera a tener catorce o quince años. No, no es una producción perfecta, estoy de acuerdo pero es un maravilloso intento por utilizar a la Historia como vehículo narrativo y enfrentarnos así a un pasado visto desde el presente, un pasado que tiene la clave del por qué el hoy es como es. Me gustó la premisa de que los protagonistas tengan que evitar que la Historia cambie. Finalmente es una premisa clásica en las series que han tratado el tema desde el famoso e inolvidable Túnel del tiempo de la década de 1960. También me gustó ver esa simbólica escalera de caracol cuya espiral nos remite, de manera inevitable, al concepto de evolución y desarrollo que tiene que ver con el discurso histórico. Por supuesto, se substituye la máquina, indispensable desde que H. G. Wells la creará, por las innumerables puertas que llevan a los diferentes tiempos. Tal vez sea rizar el rizo si comento que a mí me pareció la idea de las puertas una clara alusión a los agujeros de gusano que los fisicos actuales conciben como manera, aun no demostrada pero si propuesta como hipótesis, para comunicar lugares distantes del universo, así como planos diferentes que podrían alterar la continuidad del espacio-tiempo tal y como la concebimos en y desde nuestro planeta. El Ministerio del Tiempo parte pues de esa premisa para desarrollar una narración en donde la ficción y la realidad se entremezclan creando una trama verosímil y entretenida. Si, para mí fue una agradable sorpresa que pienso disfrutar todo lo que Radio y Televisión Española me deje ya que, por lo que he leído, tal vez su poco "raiting" no la anime a realizar una segunda temporada. En lo particular, este programa ha sabido captar mi atención con la ligereza de sus diálogos que manifiestan una nada velada crítica a la situación actual que se vive en España mientras trata con humor a personalidades del mundo de la cultura de tiempos pasados convertidos por la historia oficial en personajes intocables que, sin embargo, aquí se transforman al proporcionarles un guiño casi caricaturesco que los humaniza. Si, la serie es divertida y didáctica al mismo tiempo pues, sin mucho rascarle, la España actual se ve, frente a frente con su pasado y, de ese encuentro inevitable, surge el chiste que aligera la trama. No, no trato de convencerte, caro lector mío, de que se trata de un producto absolutamente necesario para comprender los "intringulis" históricos de una nación tan compleja como es España, pero si es un digno intento de presentarla imbuida de un espíritu ligero propio del melodrama de nuestros tiempos. Ojalá la teleaudiencia española, que es la que cuenta para ese "raiting" necesario, le de la oportunidad a esta serie para que sobreviva las suficientes temporadas como para que nos siga sorprendiendo como hasta ahora lo ha hecho. 

Espero que la lectura de esta página te haya resultado agradable y me despido por hoy con la promesa de un pronto reencuentro.

viernes, 6 de marzo de 2015

Página cuarenta y uno: Dos parejas imperiales. Una comparativa


  Mi muy estimado y presente lector:

   Decidí regresar frente a tus ojos con la comparativa de dos fotografías que nos muestran a dos parejas imperiales en una pose casi idéntica que, sin embargo, nos dejan ver la notoria diferencia que existía entre ambas. No solo por la edad de los retratados, sino además por la importancia de ambas parejas dentro del mundo europeo de mediados del siglo XIX.  La primera es la pareja conformada por Carlos Luis Napoleón Bonaparte, el autoproclamado heredero del Gran Corso, y su esposa Eugenia de Montijo, una aristocrata española muy afecta al legado napoleónico. La otra pareja está conformada por el hermano del emperador de Austria, Fernando Maximiliano, y la hija del rey de Bélgica, Carlota Amalia. Las circunsatancias relacionaron estrechamente, y de una forma por demás trágica, a ambas parejas teniendo como telón de fondo la invasión militar que realizó Francia en suelo mexicano con la intención de crear un imperio latino en México que contuviera el avance de los Estados Unidos sobre lo que Napoleón III proclamó como "América Latina" y que abarcaba, territorialmente, a toda la América española de los siglos precedentes.

     Carlos Luis Napoleón nació el 20 de abril de 1808 siendo hijo de Luis Bonaparte, hermano de Napoleón el Grande y de Hortensia Beauharnais, hija del primer matrimonio de María Josefa Rosa Tascher de la Pagerie, quien llegaría ser la emperatriz Josefina. Eugenia de Montijo, hija de un aristócrata andaluz, conde Teba y grande de España y de la hija de un rico comerciante escocés afincado en Granada de apellido Kirpatrick, nació el 5 de mayo de 1826 el mismo día que se recordaba  el primer lustro de la muerte de Napoleón I en su destierro de la isla de Elba. Que estos dos se encontrarán, solo fue cuestión de tiempo ya que, si creemos en la famosa anécdota en la que a Eugenia una gitana le prometió que llegaría ser más que reina, además de la educación "napoleónica" que le había proporcionado su madre y el empeño que finalmente ésta última puso para que su primogénita llegara a emparentarse con la citada familia, dio por resultado que, sin una verdadera y auténtica historia de amor de por medio -aunque si un irrefrenable deseo por parte de Luis Napoleón por llevarse a la cama a la señorita de Montijo, decimosexta condesa de Teba-, Eugenia y el recién proclamado emperador de los franceses contrajeran matrimonio el 30 de enero de 1853. Podemos decir que, a pesar de lo desigual de sus respectivos orígenes y otros detalles de la vida matrimonial que trascendieron en su momento, Eugenia y Napoleón estaban bien avenidos puesto que participaban en un proyecto en común que recibía el nombre de Segundo Imperio Francés. No, Eugenia no se casó enamorada, como tampoco lo hizo Napoleón. La suya fue una unión formalizada por el deseo de establecer una dinastía nueva e independiente de cualquier otra casa real europea.  Por supuesto, el orgullo de Napoleón no iba reconocer que se sentía herido por el rechazo que había recibido su petición de la mano de la princesa Adelaida Victoria de Hohenlohe-Langenburg, sobrina de la reina Victoria de Inglaterra. Fue este rechazo el que le hizo considerar la unión con María Eugenia Ignacia Agustina de Palafox-Portocarrero de Guzmán y Kirpatrick, como una declaración de independencia frente a la añeja sangre real de las dinastías europeas. Él era un hombre de su tiempo que iba a demostrar que no necesitaba de nadie para gobernar los destinos de Europa tal y como había hecho su famoso tío. Y sí, casi lo logra si no hubiera sido por el encontronazo final que tuvo con un taimado conde prusiano apellidado Bismarck que fue el único que consiguió replegarlo hasta el olvido. Pero, mientras tanto, fue el arbitro indiscutible de la política continental europea desde 1853 a 1870. Casi dieciocho años de imperio en los que Eugenia fue, asimismo, arbitro de la elegancia en términos de moda y asesora en algunas de las discutibles aventuras en las que se internó la política imperial francesa, especialmente, durante lo que se conoció como la Guerra de México.

    Pues bien, la foto que te presento hoy, tomada según dictaban los cánones de la pose fotográfica durante las décadas de 1850 y de 1860, nos trasmite mucho de como era la relación de pareja de Eugenia y Napoleón. Ella está sentada, volviendo el rostro hacia él con un gesto que se antoja de interrogación pero que a la vez nos muestra la fuerza de carácter de la misma Eugenia. Si, ella era la emperatriz de los franceses gracias a ese hombre pequeño en estatura pero de una tenacidad y un atrevimiento proverbial que lo había convertido en un formidable rival para las testas coronadas europeas. Un hombre que se había creído con el derecho de cambiar el destino de dos continentes, por su pura voluntad, imitando a su modelo político  que era su propio tío Napoleón I. Un hombre que fue tachado de "parvenu", de torpe, en muchos sentidos, de nos estar a la altura de su propia sangre al comparásele constantemente con su inolvidable tío -comparación de la que, como es evidente, no salía muy bien librado-. Sin embargo, a pesar de las constantes críticas e inevitables comparaciones, a pesar de su garrafales errores de cálculo provocados por su ambición y por su resentimiento político, Napoleón III fue la estrella más brillante de la política continental en esas dos décadas en las que Francia se convirtió en referencia obligada dentro y fuera de Europa. Eso es algo que sabía muy bien Napoleón III, por eso mira directamente a la cámara mientras apoya su mano sobre el hombro izquierdo de su esposa Eugenia como simbolizando así el apoyo que encontraba en ella, un apoyo que iba más allá de la esfera de la relación íntima y cotidiana del día a día. En esta imagen observo yo una complicidad de socios más que de esposos ya que cada quien cumplía su rol siendo, antes que cualquier otra cosa, el emperador y la emperatriz de Francia. No, no eran la pareja perfecta pero era algo que tenían aceptado desde el principio. Por supuesto, la convivencia en las buenas y en las malas, y el haber tenido un hijo en común, los terminó acercando como complices que eran y solo la muerte pudo separarlos.

     Ahora, permíteme lector mío que te presente a la otra pareja de esta comparativa, a aquellos que llegarían a ser emperadores de México gracias a la voluntad y a la fuerza militar de Napoleón III -quien aprovechó las reclamaciones de los exilados conservadores mexicanos para experimentar, por su cuenta, un proyecto de contención a la amenazadora expansión norteamericana-, y que pertenecían, ellos sí, a esas familias reales de sangre añeja que tanto despreciaban a Napoleón. El, Fernando Maximiliano José de Habsburgo-Lorena, había nacido el 6 de julio de 1832 en el palacio de Schönbrunn a las afueras de Viena y era sobrino carnal de la segunda esposa del Gran Corso, María Luisa, la madre del Aguilucho. Por su parte, María Carlota Amalia Augusta Victoria Clementina Leopoldina de Sajonia-Corburgo-Gotha y Orleans, hija del tío favorito de la reina Victoria de Inglaterra, había nacido en Leaken, cerca de Bruselas, Bélgica, el 7 de junio de 1840. Hoy no te cansaré, lector mío, con los detalles de esa unión cuya naturaleza puede apreciarse mejor en la fotografía que te muestro y, cuya sesión fotografica se realizó en 1859 o, tal vez, en 1860. Él viste con el uniforme de la marina austríaca de la cual era comandante y dirige su mirada ligeramente hacia la derecha mientras se apoya, displicentemente, sobre el respaldo del sillón en el que su esposa se sienta. La mano izquierda se encuentra apoyada en su cadera en un gesto muy característico suyo que aquí parece denotar cierta impaciencia. Ella aparece sentada, volviendo su rostro en la dirección contraria a la de él con un gesto casi de ausencia mezclada con cansancio. Probablemente aquí el matrimonio, que hasta el dia de hoy se publicita como amoroso y tierno, pasaba por uno de sus peores momentos. La verdad es que, desde el principio, fue una unión condenada en donde los esposos vivieron el desencuentro que parece apreciarse en esta foto.  Ella lo escogió a él pero él nunca pudo corresponderle de la manera en la que ella hubiera deseado que lo hiciera. Aquí no hubo ese pacto de complicidad que se aprecia en la pareja francesa, Aquí, lo que se aprecia, es la indiferencia y el hartazgo. Una indiferencia y un hartazgo provocados por el aburrimiento que los confinaba a vivir una vida que ninguno de los dos había elegido para sí. A ella le costaba soportar el casi exilio de Miramar que percibía tan estéril como su propia vida en común con el hombre que había escogido por esposo, mientras que él se evadía yendo y viniendo defendiendo esa soledad que le resultaba tan atractiva como refugio interior. Para nadie es un misterio que él dudo hasta el último instante si aceptar o no la corona de México, como tampoco es un misterio que fue ella la que más insistió, llegando incluso a hacer presión sobre él, para que aceptara esa corona.  El final de la historia es de sobra conocido: él murió en México y ella se volvió loca. Él optó por dejarse hundir en las profundidades de su orgullo habsbúrgico que le exigía una salida digna y honorable, mientras ella prefirió evadirse de la realidad que la condenaba como única resposable del rotundo fracaso de su sueño. El decidió que la salida más digna era la muerte ya que había perdido -o así al menos lo sintió él-, el apoyo que necesitaba para regresar a casa y la historia familiar le había enseñado que tal vez los Habsburgos tenían problemas para vivir pero no para morir como se esperaba de ellos que lo hicieran.

En fin, lector mío, pongo aquí el punto y final por hoy, y te emplazó a que nos encontremos, si tal es tu deseo, en una próxima entrada. 

lunes, 23 de febrero de 2015

Página cuarenta: Hablemos de Ferdinand Max

   
 







     Mi querido, paciente y muy considerado lector:

    Regreso a tí con un tema que, en lo particular, me mueve muchos hilos interiores haciendo que emerja, sin proponérmelo, lo más granado y selecto de mi Jardín Secreto, ese mismo que me delecto en cultivar para poder compartirlo con mis afectos más cercanos. Creo que para nadie, de todos aquellos que me conocen y tratan, es un secreto que la figura de Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg-Lotheringen, conocido también como el emperador Maximiliano I de México, es uno de mis personajes históricos preferidos y por ende, uno de los más queridos y apreciados habitantes de ese Jardín Secreto que he mencionado al principio. Querido, apreciado y añoso ya que entró a formar parte de él cuando yo era una adolescente que me nutría con una ecléctica selección de autores serios y no serios, clásico y contemporáneos, doctos y vanales como era el caso de la serie de novelitas que en los años cincuentas y sesentas se publicaron sobre la vida de la emperatriz Elisabeth de Austria, más conocida con el diminutivo de "Sissi" y por el rostro de la simpar Romy Schneider, actriz austriaca que la encarnaría en cuatro películas, tres dirigidas por Ernest Marishka y una más por el talentoso Luchino Visconti. Pues bien, esas novelitas de "Sissi" me introdujeron dentro de la historia edulcorada del penúltimo emperador de Austria y rey de Hungría, Franz Josef  de la mano de su muy neurótica, pero eso sí, bellísima esposa, Elisabeth que, para mí, en esos días, era el epítome de todo lo que yo deseaba ser. Y bueno, como siempre he tenido madera para investigar y desentrañar temas que me gustan en pos de una verdad más o menos objetiva, me dí a la tarea de averiguar quiénes eran y cómo eran en realidad estos personajes. Me puse a hacer mi "tarea", como buena diletante, a ratos perdidos y acicateada por una curiosidad que me llevó a realizar interesantes descubrimientos tratando de reunir todas las  piezas de ese rompecabezas histórico que tanto me seducía. Y si, así fue como Ferdinad Max llegó a mi vida para quedarse en ella a partir de 1977 cuando yo tenía 16 años. Tal vez lo conociera un poco antes a través de unos retratos que había publicados en las enciclopedias de mi casa, en concreto el de Graefle que se exhibe en el Castillo de Chapultepec, cuando aun ni se me pasaba por la mente que algún día, en el futuro, yo podría contemplarlo con mis propios ojos. La nuestra fue, a partir de ese momento, una relación constante y única. De Franz Josef, pase a Ferdinand Max y todo lo que me caía en las manos acerca de él y de su esposa Carlota, lo leía con verdadera avidez. El inicio fue lento y errático pues aun vivía yo en España y en Europa, la figura trágica de Maximiliano no deja de ser la de un segundón de la Casa de Austria que se fue a México, un país semisalvaje del que todo se desconocía entonces, para poder lograr ese sueño imposible de llegar a ser aquello para lo que había sido educado: emperador de algún sitio más o menos civilizado. De ahí que, en la imaginación del colectivo europeo, Ferdinad Max se lanzara hacia una incierta aventura que le salió mal, muy mal hasta el punto de costarle al vida. En Europa aun se le echa la culpa de su desgracia a la ambición de su esposa, la hija favorita de uno de los monarcas más apreciados en la Europa de su época: Leopoldo I de Bélgica quien era además del tío favorito de la monarca que dio nombre a gran parte del siglo XIX: Victoria  de Inglatera. En realidad, la historia europea y en concreto, la historia austriaca, lo deja de contemplar seriamente en el momento que se embarca en la fragata Novara rumbo hacia su breve y fugaz instante de gloria y su trágico fin que no sorprendió a nadie. Y bueno, a partir del 19 de junio de 1867 no ha dejado de ser el "pobre Max" que se fue a hacer la América a su manera y acabó asesinado por gente que ni lo entendía, ni lo merecía.

     Tuve que llegar a México, con mi escasa información y mi parco conocimiento europeo del "affaire" monárquico de Ferdinand Max, para decubrir aquí otra dimensión de los hechos. El imaginario mexicano no lo trata mucho mejor porque existe un severo conflicto de intereses entre sus figuras históricas. En México, la historia oficial es una historia de "buenos" y "malos", si, una historia para ser contada como la de los cuentos de hadas a los niños. En esta historia, Ferdinand Max, el soñador, el romántico, el antagonista ideológico del conservador Franz Josef que gustaba de las artes y de las ciencias, el suave, el gentil, el carismático príncipe que sedujo a los intelectuales libertarios de la insurgente Italia, se convierte en el iluso usurpador que llegó apoyado por las bayonetas del invasor francés del cual era solo un títere, un maniquí coronado por Napoleón III al que le debía absolutamente todo. Fue un golpe fuerte encontrarme, de repente, con que la misión civilizadora, el sueño redentor de establecer una monarquía europea en suelo americano bajo los parámetros vanguardistas del liberalismo imperante a mediados del siglo XIX y del cual Ferdinand Max se reconocía como ferviente seguidor, era un puesto que ya estaba ocupado por un liberal a la mexicana como era Benito Juárez, mucho más capaz de hacer entrar en cintura a un pueblo contradictorio que aun no se liberaba de las nieblas estamentales de la sociedad virreinal de la Nueva España. Fue un golpe fuerte ir leyendo e ir encontrándome con que Max cayó en una trampa que él mismo se había tendido desde que fue aumentando el rencor que sentía hacia su hermano Franz Josef cuyo conservadurismo lo había puesto siempre entre la espada y la pared a la hora de tener que tomar decisones de cualquier tipo -desde casarse con una mujer que no amaba hasta tener que aceptar la renuncia de su posición dentro de una familia extensa llena de archiduques sin oficio ni beneficio-. En México fuí descubriendo al verdadero Maximiliano que, finalmente, no era el príncipe azul del cuento de hadas europeo.

     Todo esto viene a colación porque el día de ayer, 22 de febrero, a las 19 horas, y teniendo una conexión de "wifi" estable, ví finalmente por internet un documental más sobre este entrañable personaje. El "plus" de esta "nueva" versión e interpretación de la vida de Max era que había sido hecha al "alimón" entre la televisón oficial austriaca y la televisión de Universidad Nacional Autónoma de México, así que, si había sido hecha entre austriacos y mexicanos, debía de estar bien hecha. Como bien dice Dhyana Angélica Rodríguez Vargas, licenciada en periodismo y dedicada artículista de divulgación histórica, la figura de Maximiliano necesita una serie televisiva de varios capítulos en donde poder exponer a conciencia quien fue Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg-Lotheringen y, por supuesto, cual fue su huella real en la historia tanto de México como de Europa. Desgraciadamente, el breve documental dirigido y escrito por el director austriaco Franz Leopold, no logra esa pretendida reunión de las visiones e interpretaciones que, tanto los austriacos como los mexicanos, tienen de este personaje. Más bien resultó la exposición libre de un texto del escritor e investigador austriaco Konrad Radtz, experto en el tema que ha desarrollado su investigación de una manera bastante convencional y sin ahondar realmente entre los entresijos y recovecos de este fascinante personaje. Entiendo que, en escasos 52 minutos de proyección, no se puede, de ninguna manera, acercarnos a Maximiliano si no es de una forma muy superficial y fragmentada, como en efecto sucedió. Lo más interesante de todo el documental fueron las imágenes presentadas y algunas de las locaciones escogidas tanto en Europa como en México. Esas imagenes fueron en si el verdadero meollo de esta versión trunca de la historia. El director sabe transmitirnos emociones a través de los ojos pero no a través de las palabras. Por supuesto, no quiero meterme en honduras acerca de la pobreza o no de la producción ya que entiendo que, tratándose de televisoras oficiales, no hay mucho dinero para gastar en darle a la ambientación un toque más fidedigno en cuanto a vestuario, caracterizaciones y esas cosas que parecen antojársenos superfluas pero que, ciertamente, no lo son cuando son las encargadas de meternos como espectadores dentro de una atmósfera histórica adecuada. Lo dije en su momento y lo repito: como intento, es un buen intento pero en eso se quedó sin aportarnos realmente el gusto de que este material se presentara como  un esfuerzo serio y cabal para acercarnos a Maximiliano desde una perspectiva en verdad mucho más completa y profunda.  Es curioso, lector mío, pero desde mediados del siglo XIX cuando fue fusilado en el Cerro de las Campanas a las afueras de la ciudad de Querétaro, el recuerdo del hombre que fue Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg-Lotheringen no ha podido sobreponerse a las veleidades que el propio archiduque propicio con respecto a su comportamiento humano. Pareciera que se condenó a si mismo a ser recordado a través del cristal de sus muchos y muy criticables defectos y debilidades que no nos permiten acercarnos como nos gustaría al verdadero legado de su vida.

     Eso es todo por hoy, lector mío. En otra ocasión volveré sobre éste u otro tema diferente que considere de interés para para tus ojos y entendimiento a través de este álbum "sui generis" que es la más pura expresión de mi inefable Jardín Secreto.