viernes, 4 de noviembre de 2016

Página cuarenta y seis: Día de Muertos


Mi muy querido y entrañable lector:

Desde abril de este año que no te dirijo unas palabras, y bueno, ya que estamos en noviembre -y aunque sea en un viernes por la tarde- me dirijo a ti casi al final de esta extraña semana partida por la mitad. Y es precisamente de ese punto en que la semana se partió en dos, de lo que te quiero hablar, o mejor dicho, escribir. En el mundo globalizado en el que nos encontramos y en donde nuestra sociedad occidental está hoy cargada de sincretismos inevitables, las tradiciones se unen, se amalgaman y, como no puede ser de otra manera, producen síntesis que no siempre nos agradan. Digo esto porque el tan famoso Día de Muertos mexicanos está convertido ya en un producto más de exportación con toda la carga mediática que amerita un producto cultural contemporáneo. El Día de Muertos nació como hijo del afortunado, si, afortunado mestizaje, de las grises, pesadas y contundentes tradiciones peninsulares hijas a su vez de otro "encuentro" cultural entre la raíz pagana mediterránea y el sincretismo religioso judeocristiano; y la fuerza espiritual de la arraigada tradición prehispánica que también recibía a las almas de sus muertos por estas fechas. La fortuna del mestizaje radica en su ligereza, en el color, en la forma tan íntima y familiar  como se recibe a los espíritus de los difuntos convencidos de que se les permite departir,  durante un breve tiempo, el mismo espacio físico que ocupan los vivos. Esta tradición surgió en ese periodo de incubación histórica de la identidad nacional que fue el Virreinato de la Nueva España. Una época larga de casi tres siglos exactos, el XVI, el XVII y el XVIII.  El siglo "sandwich", por denominarlo de alguna manera, fue el siglo en que aparecieron los primeros brotes de "criollismo" en la sociedad novohispana que, después de tener que adaptarse a los importantes cambios de pensamiento que se dieron durante el siglo XVIII, dio a luz a las diferentes luchas emancipadoras de las primeras décadas del siglo XIX. Pues bien, la tradición genérica del Día de Muertos, hunde sus raíces en el tiempo antes de que México empezara a ser reconocido como tal y ha ido transformándose, poco a poco, conforme a las exigencias de la sociedad. En el siglo XIX, el Día de Muertos era algo más íntimo y familiar. Se les compraban los dulces, en forma de calaveras y huesos, a los niños, es cierto, pero cada quien, a su manera, honraba a sus difuntos. Tuvo que llegar el siglo XX para que la uniformidad de la expresión saliera a la calle preocupada por no sucumbir ante las tradiciones extranjeras, como el "Halloween" gringo que no dejaba ser una invención norteamericana inspirada en el "Samhain" celta.

Yo llegué a México a principios  de la década de 1980 y fue entonces cuando conocí un Día de Muertos genérico para consumo nacional debatiéndose en enconada lucha contra el extranjerizante "Halloween". Los niños se disfrazaban e iban de puerta en puerta pidiendo su "calaverita". Si, su "calaverita", que podían o no ser dulces ya que había quien les daba dinero. ¿Cómo estuvo la última transformación de esta tradición mexicana? Sucedió ya en el siglo XXI cuando en el sur de los Estados Unidos se empezó a celebrar el Día de Muertos igual que se celebra el 5 de Mayo, como una fiesta descontextualizada que permite todo tipo de curiosas novedades que nada tienen que ver con la verdadera tradición. Es así como hace unos años empezaron a pintarse el rostro como calaveras llenos de detalles que se inspiran en los adornos florales de las tradicionales calaveritas de azúcar, rematando la imagen con un tocado floral a lo Frida Kahlo, actual icono cultural mexicano con calidad de exportación. No tiene mucho que esa tradición se importó de allende de Río Bravo siendo ahora lo que se podría denominar como lo último en "huaracha" en cuanto a la temática obligada en los Días de Muertos. Pero aun faltaba un colofón inevitable cuando las autoridades populistas que gobiernan a la Ciudad de México decidieron este año realizar un espectacular desfile a lo "Spectre" -título de la última película de la serie de James Bond- ya que, argumentaron, los turistas venían a esta ciudad en busca de lo que se veían en la película y, al no encontrarlo, regresarían a sus casas tan decepcionados como engañados, supongo. Este primer desfile, hijo de la globalización de la cultura occidental, significó dinero gastado en lo que más le gusta los vivos de éstas y otras muchas latitudes: la fiesta y el entretenimiento que los libere de sus responsabilidades diarias y los haga sentir felices en un momento tan especialmente crítico como el actual. Dicen que este primer desfile atrajo a un cuarto de millón de espectadores curiosos de los cuales dudo mucho que la mayoría fueran turistas ansiosos por encontrarse con la estética de la película de James Bond reconocida como parte de la tradición auténtica del pueblo de México.

Por supuesto, obvia decir que yo no fui al Centro Histórico de la Ciudad de México hasta el mero 2 de noviembre, día de Todos los Santos, cuando llegué al histórico Panteón de San Fernando para presentar mis respetos a quienes aun duermen allí el sueño eterno. La atmósfera era diferente, más calmada, más íntima y mucho más gratificante. De ahí pegué el brinco para ver el París de Toulousse Lautrec en el Palacio de Bellas Artes. Más tarde, comí enchiladas de mole en el Sanborns de la calle de Isabel la Católica y me regresé, caminando apresurada, hasta el metro que me llevó a casa. Para mi fue un buen día en el cual, si bien es cierto que no pude estrenar el vestido ando cosiendo, si cumplí con mi programa disfrutando de mi tiempo. Y aquí acabo por hoy, lector mío, deseando que estas palabras mías hayan sido de tu agrado.



martes, 5 de abril de 2016

Página cuarenta y cinco: Un crimen sentimental





      Mi muy querido lector:

  Me sumerjo de nuevo en las profundidades históricas para tratar un tema que, si bien no corresponde de lleno al siglo XIX, digamos que su trascendencia si lo hizo pues se alargó hasta las primeras décadas del siglo XX. El motivo de esta nueva página es el de acercarte a la experiencia que viví gracias al contenido de un libro escrito por John Brewer titulado: Un crimen sentimental. Amor y locura en el siglo XVIII. La experiencia comenzó justo en el momento en que lo hallé en el reciente remate de libros en el Auditorio Nacional este pasado marzo. Como últimamente he empezado a leer muchos libros pero ninguno ha logrado atraparme en su contenido, tomé el ejemplar con bastante desgana preguntándome si no sería un titulo más que añadir a la larga lista de lecturas fallidas en estos últimos meses. El título prometía pero hay muchos títulos que prometen y que dejan la ilusión del lector al interior del hoyo negro de la desgana; sin embargo, esta vez me encontré con un tema apasionante, muy bien tratado y con una narración ágil y entretenida. ¿De qué va ese texto?, de un suceso que conmocionó a la buena sociedad londinense de 1779 ya que involucraba a la conocida concubina -o "demi rep" como se les solía llamar en ese momento- del cuarto conde de Sandwich, a la sazón Primer Lord del Almirantazgo, y a un hombre respetable pero enloquecido por el amor no correspondido que sentía hacia esta mujer. Si piensas en un  hecho de sangre, mi querido lector, acertarás ya que el 7 de abril de 1779, a las puertas del Convent Garden, Martha Ray fue asesinada por el reverendo James Hackman. ¿Y que de importante tiene éste hecho de nota roja para que se haya publicado un libro más de doscientos años después hablando de él? Importancia histórica solo tiene en la medida en que nos habla de un evento que, como dice al principio de esta página, conmocionó a la buena sociedad londinense de la época; pero, su importancia historiográfica, en estos momentos, lo vuelve más relevante ya que John Brewer, el autor, escoge el hecho para explicarnos como es que se va transformando la manera de comprender lo sucedido generación tras generación y las implicaciones que esto conlleva. Para mí, caro lector, este texto resultó ser una verdadera golosina intelectual, un auténtico descubrimiento que va en el sentido de afirmar lo que siempre he sostenido acerca de la veracidad de la Historia, así, con mayúscula, y la función que esta veracidad cumple en el proceso historiográfico.

     Pero, hay algo más que extraje de esta interesante lectura y ese algo es, sin duda ninguna, el descubrimiento de una historia íntima y sentimental que yo desconocía por completo. Empezaré diciendo que la vida de Martha Ray se parece a muchas otras vidas femeninas que en el siglo de los Jorges, en Inglaterra, se encumbraron de la pobreza a la riqueza gracias a una sola particularidad: llamar la atención de un hombre poderoso o, por lo menos, en este caso en específico, a un hombre de buena cuna. Martha Ray era sombrerera, una profesión que en el siglo XVIII, en Londres, parecía ser la actividad más adecuada para establecer contactos de todo tipo entre los diferentes estratos sociales. En concreto, Brewer menciona que la palabra "sombrerera" llegó a ser casi sinónimo de alcahueta en ese siglo en Inglaterra. Pues bien, Martha Ray era sombrerera y conoció al cuarto conde de Sandwich cuando éste tenía ya una muy bien fundamentada fama de libertino y de incansable actor político. Sandwich había sufrido en su juventud un fuerte revés de fortuna en su entorno familiar ya que su esposa se volvió loca al poco tiempo de casados y él se consoló en los brazos de cuanta mujer pudo. Aun así, la relación que sostuvo con la agraciada Martha, no fue una relación circustancial sino una especie de concubinato que la elevó al rango de "semi respetable" -"demi reputation" o "demi rep"-. Por supuesto, el campo de acción de una "demi rep" tenía sus límites ya que no podía traspasar las fronteras de los estamentos sociales de la época, dicho de otra manera: podía ser la administradora de Hinchingbrooke o compartir el entorno doméstico de Sandwich en el Almirantazgo pero ciertamente no podía ser tratada como la igual de ninguna Lady lo cual hacía que el círculo de Martha Ray se restringiera a la sociedad que el propio Sandwich le proporcionaba cuando se hacían esas inolvidables fiestas en la casa campestre del cuarto conde de Sandwich en donde departía con cantantes, escritores, científicos e intelectuales. Ella misma parecía tener una voz de soprano tan buena que llegó a pensar en independizarse de la tutela de su protector convirtiéndose en cantante de ópera. Por supuesto, eso nunca sucedió ya que la propia Martha utilizaba ese argumento para presionar al aristócrata, que era el padre de todos sus hijos, con la intención de que Sandwich dejara bien protegida a su descendencia. La vida de Martha era pues una vida tranquila y cómoda como amante de un hombre connotado y como madre de familia aunque, por supuesto, tenía sus sinsabores sociales al no ser aceptada por el gran mundo aristocrático de la Inglaterra georgiana ya que solo se trataba de una "demi rep". Su discreta vida se hubiera  diluido en el mundo de las anécdotas de alcoba si no hubiera tenido el final que tuvo. Martha era una mujer atractiva para su época y era natural que tuviera pretendientes que se animaban a acercarse a ella para beneficiarse de su intimidad con el conde de Sandwich, pero Martha era una "semi respetable" así que, aunque su nombre se vio envuelto en ciertos asuntos de tráfico de influencias y negocios no muy claros por parte del Almirantazgo, nunca se pronunció dentro de "chismes" de sociedad que tuvieran que ver con alguna infidelidad por su parte. Al contrario, mientras vivió, ni siquiera la sombra que sobre ella proyectó la locura amorosa del reverendo Hackman pudo hacer dudar de su infidelidad.

     Y aquí es donde entra el tercer personaje de este triángulo amoroso. James Hackman, cuando conoció a Martha Ray en una de esas inolvidables fiestas de Hinchingbrooke en 1775, era un militar trece años menor que ella con quien conversó animadamente. James se sintió muy atraído por Martha y mantuvieron una amistad que se desarrolló en varios encuentros ocasionales hasta que James fue trasladado con su regimiento a Irlanda. De Irlanda regresó para convertirse en reverendo y, en este regreso, aunque James hizo hasta lo imposible por volver a ver a Martha, ésta se negó ya que existía el antecedente de que James le había pedido matrimonio a ella y ella se había negado. Todo esto se sabe por comentarios de terceras personas y, por supuesto, por una breve relación epistolar de muy pocas cartas, de él fundamentalmente. El chiste es que ella había decidido no volver a verle más para que no insistiera sobre algo que no tenía ningún sentido. James, ante la negativa de Martha, decidió suicidarse y hacerlo frente a ella, escribió un par de cartas que dejó con su cuñado y cargo dos pistolas que se llevó consigo al encuentro fatal del Covent Garden. ¿Por qué dos pistolas si solo tenía la intención de suicidarse? En el juicio que se le siguió como asesino de la amante del conde Sandwich, se manifestó que fueron dos por si una fallaba, cosa que, según parece, en la época era algo bastante frecuente. Sin embargo, lo que se planeó como un suicidio acabó siendo un asesinato y James Hackman, arrepentido, asumió las consecuencias perdiendo asimismo la vida en el patíbulo. Brewer sabe como trasmitirnos la sensación de estupor que causó este hecho en la buena sociedad londinense y también nos lleva de la mano para que veamos como en siglos posteriores este "romance" se transformó, primero, en un caso de estudio científico sobre por qué James Hackman reaccionó como lo hizo para cometer el crimen y luego, más tarde, se convirtió en un tema literario que terminaría hablando de un amor frustrado. Solo hasta finales del siglo XX, cuando la historia amplió sus temas de estudio dando énfasis a la historia social del periodo, resurgió la curiosidad por regresar a Martha Ray y a James Hackman tal y como lo hace John Brewer en este libro cuya lectura recomiendo ampliamente. Quisiera seguir mostrándote mucho más de lo que el texto encierra, lector mío, pero no quiero extenderme más para ver si así logro picar tu curiosidad y provocar su lectura tal y como yo lo hice. Y no, no creas que he olvidado la promesa que te hice respecto a Guillermo Prieto. Déjame solo que se me disipe un poco la emoción de esta extraordinaria lectura y que pueda volver a centrarme en mi bienamado siglo XIX mexicano.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Página cuarenta y cuatro: Sueños de baile

Mi muy querido y apreciado lector:

Espero que me perdones mis largos silencios pero a veces la vida solo discurre en forma de pensamientos y, por lo tanto de un diálogo muy íntimo entre la que soy por fuera y la que soy por dentro. Han sido años difíciles de tratar de recuperar un control que espero haberlo hecho de una forma satisfactoria, en primera instancia para mí y después para ese mundo con el que convivo y que es el que me suele sufrir, con mayor o menor estoicismo, mis exabruptos de carácter. Lo confieso, no soy una perita en dulce, como se suele decir por estos lares pero, como tengo otros espacios cibernéticos para esos menesteres de autoexplicarme, mejor entro en materia y no aplazo más el momento de hablar de lo que deseo. ¿Y de que deseo hablarte hoy? pues de un sueño que tuve despierta mientras escuchaba y tarareaba así, por lo bajo, el que escogí para que fuese mi vals favorito de toda la ingente producción musical de la familia Strauss: "Rosas del Sur". Era inevitable que las imágenes fueran formándose en mi mente al ritmo del tres por cuatro y que de esas imágenes se hilara un deseo y de ese deseo llegara a una historia a mi cabeza. Una historia sin principio ni fin, más bien un pedazo de "película mental" que ya he visto en otros momentos de mi vida. Una historia con una protagonista -yo misma- y con una locación exacta: el Casino Español de la Ciudad de México ubicado en la calle de Isabel la Católica. Si, escuchaba el vals, ¡mi vals!, cuando empecé a decirme a mi misma que, si tuviera dinero, mucho dinero, o al menos la posibilidad de conseguirlo, haría realidad uno de esos sueños imposibles que han vivido en mí durante décadas y décadas: haría realidad ese baile que solo ha existido en mis sueños. Un baile con orquesta, en un gran salón y, por supuesto, conmigo como anfitriona, apareciendo como esa gran señora a la que aspiré a convertirme desde que era una niña. Cuando pertenecí a la Sociedad Victoriana Augusta reviví ese sueño, aunque nunca pudo volverse realidad del todo porque en México no existen las condiciones para hacer florecer el recreacionismo histórico y así poder vivir la reconstrucción del ayer a través de eventos en lugares más o menos de la época. Sin embargo, esta mañana, mientras me vestía para irme a trabajar y mientras escuchaba el vals de Johann Strauss, hijo, volví a fantasear con ese baile en el Casino Español que aun no se produce. Tengo una amiga, a la que conocí en la anteriormente citada Sociedad, que va a hacer un baile en un palacio de Madrid como evento público. Un baile al que asistirán más amigos míos junto con esta amiga llamada Inma. Asistirán: Rosario, Eva, Pedrete..., y yo aquí, a miles de kilómetros del otro lado del océano soñando con un baile como el que se llevará acabo en Madrid este año. Bueno, si soy honesta, mi baile, el baile de mi mente, no es precisamente un baile de la época del Imperio napoleónico -o de la Regencia inglesa-. Y no puede serlo porque sería un baile que transcurriría bajo la mirada de dos retratos, el de una madre y un hijo, ambos reyes de España durante el siglo XIX. Ella, la desterrada por la Gloriosa. Él, el carismático Alfonso, el de Merceditas, el de la Restauración. Y yo me veo ahí bailando valses, polcas, mazurcas y rigodones vestida como "Doña Virtudes", la viuda de Alfonso, con un vestido negro con flores amarillas en el escote, colores ambos emblemáticos de la añeja casa de los Habsburgo. Porque así es como me veo vestida, sobria, de negro pero con un toque de color para alegrar la mirada de los circunstantes al mismo tiempo que me haría ver como la señora que soy a mis cincuenta cuatro años. Sé que en las páginas de este  álbum guardo saberes y recuerdos, así como expreso en él planes que a veces, la mayoría de las veces, por desgracia, se quedan solo en eso, en planes que no concreto porque ni la vida ni las ganas me dan para ello. Por eso, porque es un álbum de historias y de sueños, dejo aquí esta flor de encanto decimonónico esperando que un día florezca y se convierta en experiencia vivida lo que hoy solo es un anhelo. Prometo otro día, lector mío, paciente lector mío, volver a este álbum a hablarte de mi presente lectura cuyo tema no dudo que pueda interesarte. ¿Conoces a Guillermo Prieto, el inolvidable "Fidel" de los periódicos mexicanos  de mediados del siglo XIX?, pues ahora ando llevando con él una sabrosísima conversación a través de mis ojos. Conversación que, si gustas, podré comentarte en otra ocasión para hablarte de un México que fue y que me encanta visitar de vez en cuando a través de la lectura, las imágenes y los lugares físicos como este interesante Casino Español que fue fundado en 1863 y cuya actual sede ocupa el predio que fue el de la iglesia del Espiritu Santo derriba por la piqueta del imparable progreso porfirista de finales de ese siglo que tanto me gusta. Aguarda con tu proverbial paciencia  mi próxima entrega con una página más de álbum de anécdotas.