miércoles, 24 de junio de 2009

Página doce: Matilde Barroso Calero

Mi muy querido y extrañado lector:

Muchas cosas han pasado en mi mundo desde la última vez que te dirigí la palabra para hablarte acerca de los aforismos imperiales. Todo lo que puede constreñirse en las apretadas horas que pueblan los más de dos meses en los que no has sabido nada de mí. En realidad, no he escrito en las albas páginas de mi álbum, porque no encontraba el tema idóneo con el cual motivar tu lectura ya que, desde que inicié esta aventura cibernética, tenía el claro propósito de no caer en el lugar común de la anécdota anodina. Por el contrario, deseaba hacer de este espacio una prolongación de mi mundo interior. Creo que es ardua la tarea cuando uno es excesivamente puntilloso y nada parece ser digno para que tus ávidas pupilas lo recorran. Sin embargo, estoy dispuesta a romper ahora mismo con ese cerco de pudor literario, para hablarte de alguien muy importante para mí. Alguien que me abandonó hace exactamente 22 años, no porque así lo quisiera, sino porque ya no tenía más tiempo para compartir conmigo. Quiero hablarte de mi abuela paterna llamada Matilde Barroso Calero. Esta fue la mujer que estuvo presente en los primeros 26 años de vida de una manera constante. Fue la mujer que me llevó a la pila bautismal, precisamente un 24 de junio, para que se me impusiera el nombre de Carmen. La mujer a la que yo asediaba con mil y una pregunta acerca de un mundo que yo no conocí, pero ella sí. La mujer que me heredó sus sueños.

Ella nació un 14 de marzo de 1912 y fue la mayor de 5 hermanos. A la edad de 8 años, su vida se cimbró hasta sus cimientos cuando se quedó sin padre. Ella tuvo que empezar a trabajar a los 14 años y conoció a mi abuelo, su marido, en un baile de pueblo en donde él tocaba el saxofón. Le tocó vivir los horrores de una guerra y el exilio en Francia. Tuvo que vivir también la pérdida de una hija a la que lloró hasta el último día de su existencia. Quedó viuda a la edad de 35 años con la responsabilidad de mi padre a sus espaldas y, finalmente, se convirtió en abuela a la edad de 49 años. Acabo de resumir su vida en unos cuantos renglones y, como todas las vidas, ni fue tan simple, ni tan fugaz. Ahora que yo tengo ya 48, entiendo mejor lo que, cuando era adolescente, me era imposible entender de mi abuela. Sus miedos, su orgullo, sus desplantes. Ahora lo entiendo mejor, lo que no significa que “entender” se convierta en sinónimo de “aceptar”. Entiendo, por ejemplo, sus nostalgias y sus sensibilidades. Entiendo mejor sus resistencias y sus gustos. Empiezo a entender lo que antes me costaba y aun me causaba vergüenza, una vergüenza ajena de la que hoy parezco haberme liberado casi por completo.

Para mí, mi abuela fue el modelo a seguir durante muchos años, hasta que me di cuenta que no todo lo de ella me gustaba. No, yo no quería repetir sus egoísmos y empecinamientos; pero, si me gustaba esa aura de dignidad señorial que la caracterizaba. Sus miedos me resultaban ridículos y la criticaba con dureza; pero hoy, la entiendo mejor que entonces y, aunque siga sin compartir muchas de sus actitudes, ya no la puedo juzgar sin juzgarme a mi misma. Me hubiera gustado mucho conocerla de niña cuando aun vivía su padre, mi bisabuelo Sebastián. O conocerla cuando se hizo novia de mi abuelo Luis. ¿Quién era ella entonces?, ¿qué soñaba hacer con su vida?, ¿dónde se veía en el futuro? Era muy soñadora y se distraía con cualquier cosa. Con un organillero que llevara un mono en sus hombros, por ejemplo. Y también era infinitamente curiosa. Su carácter era fuerte y sus determinaciones tajantes. Su orgullo rozaba la frontera de la soberbia. Le seducía el mundo de las candilejas y disfrutaba mucho socializar. Quizá no fue la mejor madre del mundo, me es imposible negarlo; pero, para mí, fue una buena abuela. Claro que quizá eso no tiene chiste cuando tú eres la nieta favorita. ¿Yo era acaso la retribución de una perdida para ella? Nunca lo sabré, aunque puedo suponer que sí, que yo llegué a su vida para retomar la vida trunca de mi tía Manuela. Lo único que se a ciencia cierta, es que ella me quiso y me quiso mucho. Que yo llegué a ser su debilidad, después del recuerdo de su padre y su marido; después del cariño que profesaba a su hijo, mi padre; después de ese recuerdo borroso en el que se convirtió mi tía Manuela y que yo le ayudé a rehacer. Si, después de todo eso, yo era su debilidad y me consta.

Ahora, me parece increíble que ya hayan transcurrido 22 años de ausencia por su parte y que a mi me siga pareciendo que fue ayer cuando se despidió de mi cuando se la llevaban al Hospital Español de la Ciudad de México. Me parece que fue ayer y, sin embargo, ya transcurrieron 22 años.