jueves, 12 de marzo de 2009

Página diez: Eaton Place

Mi muy querido lector:

Hoy vengo a contarte que, en mi entrañable Sociedad Augusta, acicatearon de nuevo a mi nostalgia escribiendo sobre una serie inglesa que tuve la dicha de ver y disfrutar en una par de ocasiones a caballo entre dos décadas, la de los setentas y la de los ochenta, mientras mi vida transitaba fugazmente de una país a otro. “Upstair, downstair” o, como yo la conocí: “Los de arriba y los de abajo” llenó muchas horas de ensueño adolescente en aquellos lejanos días. Lady Marjorie Bellamy, su esposo y su familia; así como el simpar señor Hudson, la señora Bridges, Rose y el resto del servicio de la casa ubicada en Eaton Place 165, fueron mis maestros a la hora de instruirme sobre los usos y costumbres domésticas de la Inglaterra post-victoriana. Tan vivo permanece en mí el recuerdo de esos capítulos, que hoy por hoy, cuando tuve que crearme un domicilio para jugar en el rol de Augusta, no dudé en utilizar la misma casa de Eaton Place en donde se grabaron los exteriores de la residencia de los Bellamy. Era algo que no podía dejar de hacer en homenaje a todas esas horas de atención que pasé frente a la pantalla de la televisión de mi casa. Horas de ver pasar ante mí escenas de la vida doméstica de una Inglaterra que ya no existía.

La historia de la familia Bellamy se ubica entre los primeros años del reinado de Eduardo VII, heredero decadente de la monolítica gloria de la sociedad victoriana, y los primeros años de la década de 1930 bajo el reinado de Jorge VI, padre de la actual monarca inglesa. La familia Bellamy nos introduce pues en los intríngulis de una sociedad de tránsito, una sociedad que venía de los rígidos estándares morales victorianos que se fueron relajando, poco a poco, ante los reveses sufridos por una sociedad en franca transformación social. La familia Bellamy y su servicio inicia la serie como una familia modelo de la alta burguesía con aspiraciones político-aristocráticas muy definidas para pasar a convertirse en el espejo de su momento histórico en donde la rigidez victoriana tiene que ceder el paso a las nuevas generaciones hambrientas de un nuevo “estatus quo” mucho más equitativo y democrático. Presenciar el cambio tan bien narrado y sostenido por unas actuaciones de primer nivel, hace de esta serie una de las mejores que haya producido la BBC en aquellos días repletos de éxitos televisivos. Para mí, estimado lector, la familia Bellamy es tan poderosa, como representante de ese tránsito histórico que te comento, como lo fue después la familia Julio-Claudia en la multipremiada serie de “Yo, Claudio”. La BBC y sus series históricas y literarias, se convirtieron para mí en punto de referencia obligado para entender al mundo anglosajón y, en concreto, a la idiosincracia inglesa.

Ahora, muchos años después, cuando me encuentro a las puertas de una nueva etapa de mi vida, regresa a mi la emoción de aquellas tardes y noches en las que gocé de esa historia simpar. Y regresa a través de los comentarios de mis amigas de Augusta que están descubriendo a este clásico de la BBC bajo circunstancias completamente diferentes a las que yo viví en mi momento. Recuerdo la emoción que me producía tener que esperar a ver el capítulo semanal; o después, verlos de corrido, día tras día, a la misma hora. Recuerdo como me embobaba frente a la pantalla tratando de absorber cuanta información pudiera proporcionarme el capítulo correspondiente acerca de la vida doméstica de la Inglaterra de principios del siglo XX. Y aprendí, ¡vaya si aprendí!, capítulo tras capítulo, sobre el entorno social, sobre las relaciones entre los de arriba y los de abajo, sobre los intríngulis de una casa rica que, finalmente, si la despojábamos del hálito victoriano que la inundaba, no dejaba de parecerse a cualquier otra casa rica en cualquier parte de Europa.

Así es, estimado lector. “Upstair, downstair”, no solo atrapó mi imaginación adolescente, sino que la instruyó acerca de un momento histórico que me seducía entonces y que gestó la semilla que hoy germina en Augusta. Si, Eaton Place es hoy el hogar de mi personaje y, como en la serie, me esfuerzo por integrar a su historia, los intríngulis de las rígidas relaciones sociales entre amos y criados. Claro está que mi doña Carmen no es una Lady inglesa; al contrario, ella misma procede de una clase social trabajadora con aspiraciones a ser pequeño burguesa, en un país en donde las relaciones sociales eran mucho menos rígidas y, por ende, mucho más democráticas que en la Inglaterra victoriana. Por eso ella no actúa como los Bellamy de la serie y, a la hora de tratar a sus criados, lo hace con una cercanía escandalosa para su entorno social. Mi doña Carmen anda ahora viviendo la vida que se atrevió a soñar sin esperar realmente que pudiera hacerse realidad. Una vida que tiene sus bemoles, por supuesto, y que no resultó tan perfecta como ella esperaba, es verdad; pero que la compenso con sorpresas absolutamente insospechadas que supo aquilatar para poder ser feliz.

Como bien puedes leer, mi querido lector, el Eaton Place de ayer sobrevive en el Eaton Place de hoy como vínculo entre lo que fue y lo que es, entre la adolescente que soñaba ser algún día como Lady Marjorie, distinguida y elegante, y la mujer madura que vuelve sus ojos con nostalgia a aquellos sueños concretados hoy en el rol de Augusta.

jueves, 5 de marzo de 2009

Página nueve: Una estampa en el Munal

Mi muy querido y apreciado lector:

En esta ocasión, regreso a mi álbum contrita y apenada por mi larga ausencia. Por este silencio pertinaz que confieso involuntario; de alguna manera, claro. Sé que me preguntarás: ¿acaso no había nada que decir en estos tres largos meses? ¿Acontecimientos, por mínimos que estos hubieran sido, dignos de registrarse en las hojas de este álbum cibernético?... Y los hubo, ¡claro que los hubo!; aunque, si he de serte sincera, no consideré a ninguno de ellos, digno de suceder a lo que escribí en este álbum en la última ocasión. Y bueno, si a eso le sumas una especie de apatía que inmovilizó mi voluntad de escritora durante estos tres largos meses; el desenlace natural era pues el silencio. Sin embargo, aquí estoy de nuevo tratando de sobreponerme para exponer de nuevo, frente a tus ojos, algo que puedas juzgar de interés como probable lectura.

No, no me remontaré a mis patéticas vacaciones invernales con sus puntuales momentos de goce y magia. Tampoco me trasladaré a principios de este año para rememorar el gusto con el que disfruté dos exposiciones, en sendos museos, que me mostraron la gloria de los tiempos idos. No. ¿De que te hablaré esta vez? No sé, probablemente de un libro esquivo o de mi próximo proyecto de costura. O, tal vez, de ambas cosas que se reunieron en un solo espacio el pasado sábado 28 de febrero. Y, como decían mis antepasados latinos: iniciemos esta historia “ad ovo”, desde el huevo. Tengo una amiga llamada Alejandra Catalina Escudero Carrillo. La conocí una tarde de sábado en el hoy ya casi extinto Club de Harry Potter que entonces se reunía en el emblemático Parque Hundido de la Ciudad de México. Debió de ser en uno de los meses finales del agonizante 2004, año en el que ambas ingresamos al Club. ¿Por qué me lanzo a la distancia de ese tiempo pasado? Porque ella fue la causante de que este sábado 28 que comentó, yo dirigiera mis pasos al ya centenario edificio del Museo Nacional de Arte –el abreviado Munal-. Me hizo la cordial invitación el jueves anterior y como dijo en su momento el famoso Don Corleone: fue una oferta que sencillamente no pude rechazar. Primero, fui a al correo a ponerle una carta a Charity y después me encaminé, feliz como cualquier par de castañuelas que se precien de serlo, a nuestro punto de reunión. El día amaneció perfecto. Soleado y sin nubes, aun frío; pero, en el que se podía ventear ya la proximidad de la tan deseada Primavera. Estos días así, me vuelven loca pues, no puedo evitar relacionarlos con esos otros, de mi apenas lejano pasado, en los que la vida tenía un risueño matiz de rotunda esperanza. Sí, no pude evitar traerme a mientes otro sábado en el que también fui, con mis compañeras de colegio, a otro museo, este en Madrid, que puso ante mis ojos adolescentes un futuro que en esos momentos no reconocí; es más, ni siquiera alcancé a intuir. Pues bien, lector mío, otra vez era sábado y de nuevo tuve esa sensación de gozo contendido ante las maravillas que mis ojos contemplaron. Creo que en mi interior hermané ambas experiencias y tuve la dicha de regresar el tiempo al sobreponerlas para convertirlas en una sola. Sí, por un instante, el Museo de América de Madrid y el Museo Nacional de Arte de la Ciudad de México, fueron uno. Y, en esa involuntaria, aunque perfecta yuxtaposición de instantes, mi pasado y mi presente convergieron dándose sentido mutuamente. Es más, de repente, muchos momentos de mi vida pasada, se tocaron y alcanzaron a fundirse en uno solo. Momentos de mi vida de estudiante en la hoy Universidad del Claustro de Sor Juana, o de mi vida como maestra del bachillerato de Periodismo y Arte en Radio y Televisión –PART-, o de mi vida como parte de la Sociedad Victoriana Augusta. Todo fue uno y me sentí absolutamente plena.

Alejandra tenía una razón para ir a ese Museo. Una razón muy poderosa que la mantuvo sentada cerca de una hora escuchando las voces de un par de difuntos talentosos, muy queridos y admirados por ella: Jorge Ibargüengoitia y Alejandro Aura. La escuché reírse al recibir esos mensajes grabados y la vi abstraerse verdaderamente arrobada mientras los oía. Y, como esa experiencia era incompartible para nosotras –me refiero a quienes la acompañamos; o sea, Kimberly Ollinger y yo-, decidí en ese instante, buscar mi propia experiencia en los corredores y salas ese Museo que he visitado tantas veces y de tantas maneras. Recorrí pues el espacio en busca de un retrato que me diera inspiración para el próximo traje Imperio que me voy a hacer para la siguiente reunión de Augusta en México. De repente, encontré colgado de uno de sus muros, el retrato que necesitaba para inspirarme. Por supuesto, el resultado de esta nueva aventura costureril, no tendrá nada que ver con una fiel copia del original, carísimo lector; pero, me conformo con que se vea más o menos cercano en cuanto a imagen. Ya tengo ubicada la tela que volverá ser de algodón con un sorprendente estampado en blanco y negro. Espero lograr un buen acercamiento, en cuanto efecto visual, a su correspondiente histórico (1806). En fin, que me entusiasmé frente al retrato viéndome ya vestida con el traje Imperio que pienso hacerme como regalo para mi próximo cumpleaños.

Y, como el éxtasis auditivo de mi amiga Alejandra se prolongo más allá del tiempo que alcancé a dedicar para visualizarme como una mujer de la Nueva España hacia 1806, me dio tiempo para regresar a soñar frente a los paisajes de Velasco y Landesio, o frente a los retratos de Juan Cordero, o frente a la obra de Hermenegildo Bustos. Fue un breve y rápido recorrido por las salas, acompañada por Kim, por quien regresé, inconscientemente, a mi rol de maestra. Como puedes apreciar, mi muy querido lector, fue un sábado al que no le faltó nada, ni siquiera el recorrido por los puestos de libros antiguos en donde me volví a encontrar ese título esquivo y burlón al que escucho carcajearse de mis ganas de adquirirlo cada vez que pregunto por su precio que siempre resulta ser desproporcionado ante mi magro poder adquisitivo.