sábado, 22 de noviembre de 2014

Página treinta y nueve: Una visita al Madrid de Francisco Santos

Mi muy querido y siempre bien recordado lector:

Regreso a estas páginas para hablarte de mi última lectura inaugurando así una nueva época de este espacio dedicado a mis gustos y aficiones al que decidí liberar de toda traba para que se ajuste a mis nuevas necesidades de expresión. Si, para darle más vida a este entrañable rincón de mi álbum, he decidido que debería de abrir una ventana, si no es que varias, a mis gustos y placeres, tanto intelectuales como emocionales, que van más allá del breve lapso que se encuentra entre 1789 y 1914 ya que, si pretendo mostrarte las diversas páginas de las que se compone mi rico álbum interior, debo hacerlo sin tapujos ni cortapisas transitando por las imágenes que provocan a mi imaginario las lecturas, la música, la moda o las historias de las diversas épocas que me atraen y que tanto disfruto de recrear. Así pues hoy, de la mano de Francisco Santos, un escritor madrileño que vivió y retrató fielmente a su sociedad a través de su pluma, te voy a llevar a conocer el Madrid de 1666 con sus formas y maneras, con su lenguaje y sus preocupaciones. Y bueno, si una página de este álbum no es suficiente, siempre le podremos dedicar las que se consideren necesarias para pintarte de cuerpo entero una sociedad que, no por distante, nos resulta del todo ajena. Y bueno, todo es empezar a entrar en materia.

     ¿Conoces acaso a éste contemporáneo de Quevedo, Calderón, Lópe y Gracián  que te menciono? seguro que ni te suena como a mi no me sonó cuando me tropecé con este ejemplar en una Feria del Libro en plena Plaza Mayor de la Ciudad de México. Iba en busca de lectura, si; pero, de una lectura diferente que atrapara a mi imaginación llevándola de paseo a conocer territorios inexplorados para mi conocimiento y así fue como me tropecé con este Francisco Santos que me llevó de la mano a conocer su Madrid lleno de espadachines, hombres seducidos por las argucias femeninas, academias de mendigos poetas y mujeres virtuosas que ocultaban con pudor sus rostros bajo los mantos y mantillas. Los protagonistas de este mosaico costumbrista del Siglo de Oro son un caballero napolitano llamado Onofre liberado del cautiverio en tierra de moros por los monjes mercedarios y Juanillo, el de la Provincia, natural de Madrid, joven pobre pero honrado, que vivió durante un tiempo de la limosna haciéndose pasar por loco y que, por supuesto, es el mejor guía para mostrarle a Onofre tanto las luces como las sombras de la sociedad que habitaba en la Villa y Corte en aquellos tiempos de crisis y de miseria, así como de pompas cortesanas y gozos espirituales en donde la muerte era presencia inevitable entre ricos y pobres, jóvenes y viejos, honrados y viciosos. Por supuesto, nuestro amigo Santos era un hombre de instrucción esmerada, conocedor de los clásicos, poeta y amigo de la ironía y de moralizar por partes iguales mientras nos trata de convencer que la tierra es un valle de lágrimas, la vida es breve y la muerte llega en un instante por lo que nos conviene estar alertas, morigerar nuestras costumbres y tener la conciencia en paz para cuando la Parca siegue nuestra vida y nos lleve a la presencia del Supremo Juez. Por eso y con ganas de ejemplificar y de hacernos ver que nadie se escapa a esta suerte, nos muestra personajes en actitudes cotidianas que no dejan de ser una advertencia para el buen comportamiento. Solo así nos muestra, por ejemplo, al hombre que pide prestado para agradar a unas mujeres que sin duda viven del galanteo de este tipo de hombres que, teniendo mujer y familia propia, son capaces de perder su hacienda y dejar sin comer a sus hijos por andar detrás de esas mujeres que se aprovechan de estos incautos. Pero, no voy adelantarte vísperas, lector mío, y voy a tratar de ceñirme a un orden que si bien no pretendo estricto, si quiero que sea lo suficientemente ilustrativo como para que tú también veas, a través de los ojos de tu imaginación, lo que yo llegué a vislumbrar a través de los míos.

     Empezaré por los vestidos de ricos y pobres, cumpliendo con esto una promesa a un amigo que hoy cumple años y al que quiero regalarle esta página de mi álbum para que la disfrute. Pues bien Pedrete -que tal así se llama y a quien pienso dirigirme desde este momento, caro lector mío, en aras de mi ofrecimiento-, te comento, siguiendo a mi autor que "estos ricos, para el adorno personal, no dejan terciopelo rizo ni liso, felpa, chamelote, tafetán ni raso, que todo lo arrastran y aun inventan otras telas; medias de pelo y de arrugar, las bastantes; zapatos, l,os que sobran; sombreros de castor, más de uno, ropa blanca, mucha, que no hacen otra cosa las doncellas de la casa." Más adelante continúa hablando del pobre comenzando el comparativo que lleve al ejemplo: "Más da de hacer el pobre en su casa (...) Cada noche a menester su mujer dos cuartos de hilo para remendarle el hato; toma la camisa y, más que el verla rota, la aburre y consume no tener remiendos para ella, obligándola la fuerza de la necesidad a cercenar las faldas para acudir al cuerpo; si ase los calzones, que parecen, salpicados de diferentes remiendos, papagayos en muda, los tiene en pie, volviéndolos lo de atrás adelante. Las mangas vestideras, que asidas a un miserable jubón de gamuzas andan, son de fustán, bien parecidas a los calzones en lo trabajoso. La ropilla, sin mangas, que perdidas se han desecho a puras peticiones de los zarigüelles. la capa, muy alcuza, que también ha entrado en las sisas de tantos remiendos como se han ofrecido para socorrer la necesidad del vestido. El sombrero, como los zapatos, que a puro limpiarlos ya no tienen color. Las medias han sido parte para haber hecho a su mujer maestra de coger puntos, y con toda esta miseria se holgaría de tener que comer para él y su mujer". Y ahora, para entender de que hablaba Francisco Santos, inserto un pequeño glosario de aquellas palabras que son más difíciles de entender por lo olvidadas que han quedado en nuestra lengua. empecemos por el "chamelote" que según la RAE define como proveniente de una voz francesa: "chamelot" ya que hace referencia a una tela impermeable hecha de pelo grueso de camello o cabra. Santos habla aquí, al enumerar las telas más frecuentes de la indumentaria masculina de su época, no solo del lujo sino de los recursos que se tenían para crear confecciones que los protegiera de la lluvia, por ejemplo. Respecto a las "medias de pelo y de arrugar", es un recursos literario el que se utiliza aquí para hablar de la lana y de la seda puesto que la lana es pelo de oveja y la seda, mal ceñida y ajustada, termina arrugándose por lo que se refiere a que el rico le sobraban prendas que utilizar en cada estación del año o situación a la que estuviera expuesto. El "castor" era un tejido de lana cuya suavidad y textura semejaba al pelo del animal del que toma su nombre y con él se hacían los sombreros de ala ancha denominados "chambergos" y que fueron tan característicos del periodo, así como faldas u otras prendas ya que no era una tela onerosa ni especialmente lujosa, aunque si ciertamente muy vistosa. Respecto a la "ropa blanca", se refiere con ello a la ropa interior que por la naturaleza de su uso que no las mostraba o las mostraba poco, no solía ser muy tomada en cuenta y, por lo tanto, se consideraba un derroche propio del lujo y del dispendio el tener mucha ropa blanca que a duras penas se utilizaba cuando los cambios de ropa interior no eran muy frecuentes en aquellos tiempos. La "mangas vestideras" eran unas mangas estrechas que, como bien dice el autor, se cosían al jubón y al hablar que son hechas de "fustán", se refiere a una tela gruesa, basta y pesada que era una mezcla de una trama de algodón con urdimbe de  lino y que fue muy usada, desde la Edad Media hasta el siglo XIX, por las clases más humildes y trabajadoras ya que era durable y muy resistente.  Los "zarigüelles" es una hierba en forma de espiga que aquí entra a colación hablando de las mangas perdidas de la ropilla porque, de mucho usarla recorriendo los campos, esa espiguilla se ha encargado de hacerlas desaparecer de la propia ropilla. Respecto a la capa muy "alcuza", se refiere a una capa llena de pringue y suciedad que ha ido encogiéndose de tanto que han recurrido a ella para ir remendando otras partes de la indumentaria. Ciertamente, la comparación, un tanto exagerada para ambos extremos de la riqueza dispendiosa y de la pobreza llena de necesidades, no deja de ser un buen ejemplo de lo extremosa que era esa sociedad española cargada de pobreza miserable con casos de escandalosa riqueza que ofendía al decoro de la conciencia del buen cristiano, tal y como presumía ser este Francisco Santos. 

     Esto es solo una probada, mi querido Pedrete -y también muy querido lector mío- de las golosinas costumbristas con que este autor nos acicatea como lectores para atrapar nuestra curiosidad con la intención de aleccionarnos. En otra ocasión, si gustas y gustan el resto de mis los lectores, seguiré hablándote de estos tipos madrileños del siglo XVII tan mañosos como entrañables. Por hoy, aquí me detengo y te hago la promesa formal de volver sobre esta obra titulada "Día y noche de Madrid", si tal es tu gusto. ¡Feliz cumpleaños, Pedrete, y que la dicha y el gozo te acompañen todos los años de tu vida!

miércoles, 27 de agosto de 2014

Página treinta y ocho: Los desvelos de un empeño. El huipil

Mi muy querido lector, hoy te dejo esta entrada que va etiquetada con el nombre de un buen amigo llamado Pedrete Trigos que en estos días inició su singladura como sastre de tamaño natural dispuesto a reproducir prendas de la llamada Moda Histórica. Le prometí una entrada sobre la prenda femenina más reconocida y perdurable dentro de la indumentaria mexicana: el huipil. Una prenda cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos, como se decía antaño, ya que es anterior a la presencia europea en el continente americano, y cuya existencia se prolonga hasta nuestros días con apenas cambios significativos en su estructa, diseño y composición de materiales. Hoy se hacen los huipiles de la misma manera que se hacían hace más de quinientos años: en el famoso telar de cintura que produce una tira estrecha que, unida a otras semejantes, forman el lienzo que componen la prenda. En la época en que los españoles llegaron al altiplano mexicano, vieron que las mujeres, de cualquier estrato social, desde la noble mexica, hasta la "macehual" o mujer del pueblo, iba cubierta con esa singular "camisa" que cubría su torso desde cuello hasta más abajo de las rodillas. El atuendo lo completaban el "cueitl" o "naguas", que tal así bautizaron los españoles a esa especie de falda que se enrredaba en la cintura de la mujer natural de estas tierras y se ceñía con una especie de cinturón también tejido. Malinalli, la bautizada como Doña Marina, quien fuera "lengua" o traductora de Hernán Cortés -además de ser la madre de varios hijos de éste-, usó "huipil" y "cueitl" durante toda su vida hasta que murió siendo la esposa de Juan Jaramillo, lugarteniente y paisano del propio Cortes. El huipil se conservó dentro de la sociedad virreinal como prenda distintiva de la mujer indígena, herencia de su origen y símbolo de su identidad. Claro que este huipil de los siglos XVII y XVIII, conservando como lo hacía la estructura del diseño original, se había amestizado, por decirlo de algún modo, al beneficiarse con la incorporación de materiales que venían de Europa y Asía como eran, respectivamente, la lana o la seda. Las mujeres cacicas de las llamadas "repúblicas de indios" -estatuto jurídico que le daba la corona española a las comunidades índigenas durante el virreinato en México para respetar la independencia de usos y costumbres propios con respecto a la sociedad mestiza y española que se regía por estatutos diferentes-, se engalanaban con huipiles ricamente bordados y adornados con encajes a la usanza impuesta por la moda europea del momento. Finalmente, todos esos adornos, volvieron a desparecer del huipil cuando cuando la Independencia deshizo la diferencia existente entre la república de indios y la república de españoles para conformar una nación con intenciones de asimilar al mayoritario componente indígena de la sociedad y así lograr hacer un país guiado por las luces del progreso positivista que era el que exigía esa uniformidad. El siglo XIX fue entonces un siglo de aculturación para las comunidades mayoritariamente indígenas a las que se les exigió que adoptaran patrones y canones occidentales, desde el uso de la lengua española hasta la indumentaria occidental. Sin embargo, el huipil y la nagua -que en los Estados como Oaxaca y Chiapas adoptó el nombre de "enrredo"- siguieron existiendo en comunidades de difícil acceso donde la cultura occidental no alcanzó a penetrar por completo. Y así fue como, de ser una prenda arcaica y de uso restringido, tras la Revolución Mexicana (1910-1920) con la llegada del nacionalismo cultural, la prenda es retomada como parte de una reivindicación indigenista que figuras relevantes como lo fue la propia Frida Kahlo (1907-1954) pusieron símbolicamente en el candelero de la vanguardia cultural de la época. Así, de la mano de Frida Kahlo y otras mujeres que participaron en esa vanguardia cultural mexicana de mediados del siglo XX, el huipil regreso a la vida diaria de muchas mujeres mexicanas.  Hoy, el uso de un huipil modernizado, hecho ya en telares mecánicos con materiales sintéticos -aunque la mayoría sigue siendo de hilo de algodón- es una opción más entre las muchas que tiene la mujer mexicana para encontrar un estilo propio a la hora de definirse a si misma. Hoy hay huipiles cortos que apenas rozan las caderas para usarse con los siempres socorridos y tradicionales vaqueros, o más largos, a la altura de las rodillas, o rozando los tobillos que se utilizan como vestidos playeros para los días calurosos del verano. Hoy el huipil está de regreso y sigue manifestando en sus portadoras  ese orgullo por lo nacional, por lo auténticamente mexicano.

Espero de todo corazón, lector mío, que esta breve reseña introductoria acerca del huipil, te haya dejado satisfecho y haya acicateado tu curiosidad sobre la prenda. Si tal ha sido, permíteme que te deje aquí una primera lectura académica sobre sus orígenes y su uso dentro de un contexto histórico de la autoría de Martha Sandoval Villegas, investigadora de la Universidad Nacional Autónoma de México. Léelo con el gusto y el placer que provocan los nuevos descubrimientos y te espero en la próxima página de este álbum.

http://congresos.um.es/imagenyapariencia/imagenyapariencia2008/paper/viewFile/2851/2851


lunes, 11 de agosto de 2014

Página treinta y seis: Aprender a reciclar para dar con la forma.

Aquí estoy de nuevo, mi muy recordado lector, para darte una pequeña y espero que concisa explicación acerca de mis últimos avances con respecto a este proyecto de la década de 1790 que traigo entre manos. No, aun no me pongo manos a la obra pero puedo adelantarte algo sobre mis postreras decisiones acerca de todo esto. Pues bien, hace la friolera de cinco años, hacia mayo del 2009, me hice un vestido rojo de corte Imperio para la segunda reunión de la Sociedad Augusta Victoriana que se realizó en el Bosque de Chapultepec. Una reunión de la que tengo incontables recuerdos agradables aunque, ciertamente, el vestido ya puesto no me terminó de gustar porque con él yo no parecía "ni chicha, ni limoná". Lo que es lo mismo: ni se ceñía rigurosamente bajo el pecho, como cualquier prenda de la etapa napoleónica que se precie de serlo, ni caía ciñéndose propiamente alrrededor de la cintura. Me disgustó y lo guardé con la idea de deshacerme de él en cuanto pudiera. Incluso lo presté y me lo regresaron en un estado lastimoso. Aun así, como me lo regresaron, lo volví a guardar en el baúl para ver si me animaba en algún momento a hacer otra cosa con él.  Y hete aquí que, recientemente, después de consultar muchas ilustraciones de la década de 1790 destinadas a darme una idea de como acometer la tarea de hacerme un atuendo de esa época, el vestido despreciado que parecía dormir el sueño eterno en el fondo de mi baúl, se me apareció en la memoria y una voz interna me sugirió que lo rescatara para convertirlo en el atuendo que no terminaba de tomar forma en mi mente. Y así fue. Lo saqué, me lo puse, me lo ceñí con un fajín de un color mostaza dorado que le tomé prestado a mi traje de "china" y la emoción de haber encontrado finalmente el atuendo que deseaba, me tuvo arrobada frente al espejo un buen rato al darme cuenta que mi tarea se simplificaba notablemente. Ahora, al ya tener el vestido "chemise", lo único que necesito es aplicarme con el corsé de transición y, por supuesto, con el tocado necesario para completar el conjunto que me de un "look" de la época que me deje mucho más que satisfecha. Como ves, lector mío, no se necesita mucho para lograr lo que finalmente se desea.  Reformaré ese traje para que el efecto sea el deseado y me dedicaré con mayor empeño a lo que en esta ocasión no se va a ver. Tal vez opines que estoy perdiendo una oportunidad valiosísima para hacerme algo más adecuado y, sobre todo, más histórico; sin embargo, cuando me ví al espejo vestida con él, en esta ocasión sentí la emoción del hallazgo que la vez anterior me fue imposible identificar. Ya sabes que, para mí, recrear es un acercamiento al momento histórico, ese punto en el tiempo que pretendo vivir a través de mi esfuerzo por conocer sus pormenores y así poder darle vida a través de mi inquieto imaginario. Ahora sé que el resultado se acercará considerablemente a lo que espero lograr y eso, sin duda, me da fuerzas para seguir adelante con este proyecto.

     Conforme tenga más que platicarte acerca de lo que mi inquieta mente anda cocinando, querido lector mío, te lo iré desgranando en estas páginas para que seas testigo de un proceso que, no por conocido, no deja de ser asombroso e inquietante. Así pues, por hoy, esto ha sido todo. Te dejo con la promesa de volver en breve para ir saciando tu curiosidad acerca de este intento mío en el campo de la recreación de la moda histórica.

domingo, 27 de julio de 2014

Página treinta y cinco: Un nuevo intento de Recreación Histórica.

Mi muy querido y recordado lector:

Después de varios meses de silencio, retomo las albas páginas de este álbum para participarte de un nuevo proyecto de costura que surgió a partir de una "plática" sostenida con mi amiga Claudia Cecilia Mendoza Flores en el "Facebook" -proyecto que inmediatamente apoyaron nuestras comunes amigas Rosario Palacios y Eva García Manso- sobre la posibilidad de hacer una reunión en el Jardín de la Borda en Cuernavaca, un paseo por un jardín mexicano de acendrada prosapia histórica ya que se trata de un jardín diseñado en pleno siglo XVIII para el rico minero novohispano Don José de la Borda Sánchez. El paseo pretendemos darlo ataviada con ropas de finales de ese mismo siglo -en concreto, el estilo o la moda que privaba durante la Revolución Francesa-. Mi primera inspiración fue el retrato de Madame Seriziart realizado por el pintor Jacques Louis David en el año en que se instituyó el famoso Directorio: 1795.  Es una retrato que siempre me ha llamado poderosamente la atención por las sencillas líneas de un atuendo que, aunque parece simple con respecto a las líneas cortesanas de los grandes "panieres" de la Corte del último Luis de Francia, no es nada sencillo. La moda de la primera mitad de la década de los noventa del siglo XVIII en Francia, anunciaba el regreso de las líneas puras de las túnicas clásicas de la Antigüedad. Para 1794, concluyendo la Revolución, esa tendencia de ceñirse la ropa cada vez más arriba hasta irse a detener bajo el pecho, como en las estatuas clásicas, ya se anunciaba. Los peinados eran cada vez menos de rizos esponjados alrrededor de la cabeza para ir alargándose en caída libre  por la espalda. Ciertamente, ésta era una moda de transición que duraría lo que duró el Directorio pues, para cuando Napoleón se convirtió en Primer Cónsul (1799), no había mujer en toda Europa que no fuera vestida a la griega, o a la romana, o más prágmaticamente, "a la inglesa" que era tal vez una versión más racional y menos glamurosa de lo que el Continente se conocería como estilo Imperio. Voy a ser clara y honesta contigo, lector mío, ya que no puedo presumir de poder reproducir con toda corrección esos trajes en los que me inspiro, me divierto mientras trato de coserme algo que, al verme al espejo vestida con él, me recuerde a lo gestado por mi propia inspiración. Vamos, que se tratará de algo con cierto dejo "naïf", si es que me permites utilizar este término de la plástica para mis creaciones costureriles. Por supuesto, tengo un patrón a escala en el libro de Norah Waugh que me trajo mi padre de Los Angeles, California, en 1981 y que me puede servir muy bien de referencia. Me coseré el vestido a mano, no por purista, ya que desconozco por completo la forma, o el modo, o la técnica que empleaban las modistas de la época, sino porque le tengo muy poca paciencia a las máquinas de coser y el utilizar el hilo y la aguja llega a ser para mí como una terapia para desarrollar la concentración y la paciencia, mucha paciencia. Ciertamente, coser a mano me relaja, aunque reconozco que cuando tengo que dedicarme a coser una y otra vez sobre el mismo lugar para poder rematar y dejar todo adecentado, la impaciencia aparece y termino dejando descansar esa obra costureril que se me comienza a antojar como las famosas obras del Escorial de Felipe II: un cuento de nunca acabar. Aun no compro la tela porque estoy esperándome al momento en que empiece a dedicarle tiempo al vestido, a ver si en el inter cambio de idea con respecto al género de la tela y la combinación de los colores. Por otro lado, quiero empezar en septiembre con el corsé transicional, uno no tan envarillado como los que se llevaron a todo lo largo del siglo XVIII, porque entre otras cosas, aquí en México no se consiguen muchos de los materiales que en Estados Unidos o en Europa están disponible en su versión ya procesada para simplificarle la vida a los recreacionistas. Y no, pedirlos por internet sería la opción, estoy de acuerdo, pero el precio, con todo y envío, suele duplicarse y hasta triplicarse, por lo que prefiero hacer concesiones en cuanto a los materiales para lograr el efecto correcto aunque sea con materiales modernos -algo a lo que ya me he resignado si quiero recrear en un México tan poco proclive a recrear su historia como un entretenimiento popular de visos culturales-.  En fin, no me quejo, prefiero adaptarme a las circunstacias y crear con lo que tengo a mano mientras el resultado sea lo más cercano a proyectar la imagen  que anhelo.

Mi amiga Rosario Palacios -http://www.cuadernocostura.com/-, que es una recreacionista de moda histórica de muy alto y muy buen nivel,  tiene una filosofía al respecto que comparto: el asunto es divertirse y pasársela bien mientras estás en el proceso de creación que te llevará a la concreción de tu proyecto de la mejor manera en como puedas llevarlo a cabo. Por supuesto que hay que investigar para no cometer errores de "lesa anacronía" pero también hay que reconocer cuales son los límites de un purismo que nos puede meter en verdaderos aprietos que no siempre serán solventables. Me gusta aprender y me gusta hacer las cosas lo mejor que puedo y soy capaz pero, sobretodo, me gusta descubrir y demostrarme que tengo habilidades que puedo desarrollar para  y en beneficio de mis propios sueños.  Por hoy ha sido todo,  lector mío. Te seguiré informando acerca de los avances de este nuevo proyecto que espero llevar a mejor de los puertos posibles: el de la materialización.

jueves, 13 de febrero de 2014

Página Treinta y cuatro: Los "gazapos" de Chapultepec


Mi muy querido y siempre bien recordado lector:

Fíjate que hoy me siento un poco picada en mi amor propio por un asunto de trajes que tiene que ver con el Museo Nacional de Historia de Chapultepec.  Voy a serte sincera, no quiero agredir a nadie y menos aun cuando se trata de gente que sabe de que está hablando porque es una experta en el tema. Ciertamente, me quito el sombrero ante la restauradora de textiles del museo ya que se es la que se encarga de que los trajes que se encuentran en el acervo luzcan impecables y muy bien conservados. ¿Hay piezas auténticas en el Museo Nacional de Historia? Ciertamente si las hay y en abundancia.  Hay "gazapos" en sus bodegas, no dudo que existan alguno que otro; es más, puedo declarar sin empacho que sí, que no todo es absolutamente histórico y eso sucede hasta en la mejores colecciones, créeme. Pero, no voy a meterme con lo que pudieran ser los "gazapos" de su acervo, me voy a meter, directamente, con aquellos que exhiben las piezas catalogándolas mal y haciendo alarde de ignorancia. Puedo hablar de muchas cosas que están frescas en mi memoria pues suelo recorrer las salas del Castillo cuatro veces al año.  La llamada recámara de Carlota no perteneció a la infausta emperatriz, ni se encontraba ubicada en esa zona específica de la estructura arquitectónica. La susodicha recámara está compuesta por muebles lacados pertenecientes al estilo Segundo Imperio Francés con los que quisieron darle una atmósfera adecuada a la museografía. Y si, esos muebles pueden ser originales de la década de 1860 pero no eran los muebles de la verdadera recámara de Carlota ya que esos se embarcaron rumbo a Europa cuando llegó la debacle del Imperio en México.  Ni que decir tiene que la cama que actualmente se exhibe es otro "pastiche" para darle verosimilitud a un "atrezzo" hecho con la única intención de satisfacer el morbo histórico de los visitantes.

Dicen que sus bodegas están repletas de objetos históricos celosamente custodiados y que, cuando la ocasión así lo amerita, salen fugazmente de las bodegas para exhibirse durante una corta temporada en alguna exposición temporal. Me consta que es así y que hay objetos que no vuelven a salir de las bodegas en muchos, muchos años.  Por ejemplo, los trajes. Siempre he sufrido la forma tan poco atractiva que tienen de exhibirlos y en ocasiones no he podido menos que conmocionarme antes los garrafales errores que cometen las personas que los montan sobre los maniquíes pues demuestran tener muy poca noción de como deberían de verse cuando fueron usados por sus dueños en el pasado.  Y ni que decir tiene los errores de catalogación que los acompañan en esas cédulas que el público lee y que los estudiantes copían con absoluta devoción. ¿De que sirve entonces, me pregunto, tener una gran colección de trajes embodegados si cuando los exhiben no logran la forma apetecible de una pieza auténtica? Me da mucho dolor eso pues como público -y voy a presumir aunque esté mal que lo haga- respetablemente conocedor sufro cuando me enfrento a esos desaguisados visuales. El Castillo de Chapultepec podrá tener expertos restauradores pero dudo que tenga expertos conocedores de la Historia de la Moda.  Aunque, no voy a ser tan radical cuando he de reconocer que también he visto avances en ese rubro, pocos pero aun así, algo es algo. Yo sigo enfadada con su museógrafo que es capaz de cometer salvajadas como poner una capelo-vitrina frente al espectacular espejo del siglo XIX que ocupa casi toda una pared para proteger dos trajes y un sofá obstaculizando el deleite de poder reflejarte en ese enorme espejo.  Antes, hace unos años, lo que se exhibía frente a ese espejo estaba en completa libertad haciendo que la atmósfera fuera aun más auténtica pero hoy, poco a poco, los objetos que se exhiben se encuentran "secuestrados" dentro de vitrinas que, en algunos casos, le hacen muy poca justicia a lo que allí se exhibe.  Chapultepec, mi Chapultepec, se ha ido convirtiendo en un lugar poco atractivo para empaparse de la Historia que a duras penas rezuma y trasmite. Cuando lo pise por primera vez a finales de 1983, aun podía uno asomarse a la terraza del álcazar sin que mediara ningún vidrio coartando la libertad del acucioso paseo. Después, pusieron vidrios frente a las habitaciones de la terraza de abajo. Ahora se te indica hacia donde dirigir tus pasos para que no causes confusión al resto de los visitantes.  Chapultepec, mi Chapultepec, tan remozado y continuamente alterado, sigue siendo un espacio vivo aunque se empeñen en lo contrario. Y no, no está vivo por la cantidad de espectáculos que en él se presentan o por la cantidad de grabaciones que se han hecho en él; está vivo por lo que sigue representando para el pueblo de México que lo muestra con orgullo a los vistantes de otras partes del mundo a pesar de que en su interior no todo sea como se presume ser.