domingo, 5 de mayo de 2013

Página treinta y tres: El 5 de mayo de 1862 o de como el pez chico se comió al grande

Mi siempre paciente lector:

Hoy de nuevo fuí al cine para ver una película que ha dejado sentimientos encontrados dentro de mi. ¿Por qué?, porque no sé como hincarle el diente a esta crítica o por donde empezar a jalar la punta de ese hilo que se me escapa en estos momentos. Tal vez tendría que echar mano de la paráfrasis de una socorrida expresión mexicana que fue acuñada por un expresidente en sus años de poder: la película no es buena, ni mala, sino todo lo contrario.  Y en efecto, una vez más me enfrente al hecho del daño que la historia oficial ha hecho en las jóvenes mentes de todas esas generaciones de mexicanos que han sido. México, aunque me duela reconocerlo, narra su historia a partir de ese discurso literario que se ha nutrido extensamente con el imaginario colectivo que poco o nada tiene  que ver con la verdadera historia.  Configuran a sus héroes a  partir de la emoción y del acartonado respeto oficial que los vuelve seres monóliticos de un granito indestructible. Estatuas irreales que sirven al propósito oficial de hacer, de la Historia de México, un refente tan incombatible como subjetivo.  Toda historia oficial, en todos los países, sirven a un discutible principio de legitimidad de tal o cual propósito, no siempre siempre claro y mucho menos legítimo, en donde la obejtividad del estudio de los hechos no es precisamente el fin primero del estudio histórico en cuestión. Y esta película demuestra eso, aunado al hecho de que, un trabajo de este tipo va destinado a un público al que, lo que menos le interesa, es que le cuenten lo que ya saben de la misma manera en que se lo hicieron aprender vagamente en la escuela. Y entonces, ¿qué es lo que se puede hacer para avivar el deslucido interés que existe por lo sucesos del 5 de mayo de 1862? Muy sencillo, primero se convencen a las autoridades politicas del Estado de Puebla que aporten el capital necesario para hacer una superproducción a niveles de la filmografía épica de Hollywood. En segundo lugar, se siguen todo los cánones de esas películas históricas que tantos millones han recaudado en las taquillas de todo el mundo.  Y, en tercer, aunque no menos importante lugar, se contrata a toda una serie de actores que, en este caso, aunque no de gran cártel, son la cara bonita de la recreación histórica sobre la pantalla grande. Resultado: una película desigual en cuanto a trama, actuación y, por supuesto, atmósfera histórica.

La trama nos narra, de una manera sucinta y poco clara, los antecedentes de la gran batalla que se llevó a cabo en Puebla el 5 de mayo de 1862 en donde un heterogéneo ejército mexicano compuesto por oficiales de carrera, soldados de leva y un grupo de indígenas de los pueblos circundantes a la ciudad de Puebla, se defendió frente al ejército francés que venía a imponer en México a un monarca de origen extranjero por la necesidad que tenía el emperador Napoleón III de contener el ansia expansionista de los Estados Unidos sobre el continente americano.  Si lo hubieran explicado así, la narración hubiera resultado más digna, sin duda pero, como la película es un pequeño engendro de pretensiones festivaleras, se decidió hacer de la película un grito nacionalista que roza en lo fascistoide sin olvidar ese toque melodramátcio que tanto aprecia el público mexicano en las películas de este tipo.  Así pues se nos dice que, en realidad, el ejercito francés quería abrirse paso por México para llegar al sur de Estados Unidos y apoyar a los Estados Confederados que luchaban, en aquellos momentos, contra el ejército de los Estados del Norte en una cruenta guerra civil. Una vez cambiado el verdadero objetivo de Napoleón III, la película se empatana con una floja historia de amor entre un soldado y una muchacha de las que acompañaban a la tropa para servirla durante los desplazamientos y concluye con una batalla cuya narración visual, tratando de ser vanguardista, acaba provocando dolor de ojos ya que, la cámara se mueve tanto, que no permite distinguir con claridad lo que en verdad está ocurriendo. 

Respecto a la recreación de los personajes históricos, ciertamente hay poco que comentar.  El conde de Lorencez queda reducido a una especie de "rock star" del ejército francés, con todo y su melena anacrónica.  Hay que recordar que es el antagonista de un Zaragoza contenido y poco marcial encarnado por un actor de telenovelas que ya casi no aparece en la televisión llamado Kuno Becker y al que vence sin  mucho esfuerzo en este dudoso duelo de actuaciones. El conde de Reus, Don Juan Prim, hacedor de reyes y esposo de una mexicana, se parece más a Hernán Cortés que a este político y militar español que fue la cabeza negociadora de las fuerzas de la Triple Alianza con el gobierno liberal de Juárez.  Tan se parecía a Hernán Cortés que decidieron ponerle al cinto una espada toledana del siglo XVI, a juzgar por la empuñadura de la misma. Porfirio Díaz, el verdadero héroe militar de la historia mexicana de ese conflictivo periodo, se nos muestra como un deslucido subalterno de Zaragoza encarnado en un actor que no sé preocupó por proyectar ese carácter que tanto preocupó a quienes conocieron a Porfirio Díaz entonces ya que los llevó a intuir su madera de estadista dictatorial. 

Ciertamente, no es la primera vez que en México se nos narra la historia, o un acontecimiento histórico, desde la ficción. En el pasado, las telenovelas de Televisa lo hicieron con mucho éxito durante las décadas de 1960, 1970 y  1980 y, aun más atrás, durante el siglo XIX, autores como el general Vicente Riva Palacio y Guerrero, abrieron el camino del melodrama histórico mexicano con un respetable éxito. Sin embargo, esta película adolece de lo que aquellas series televisivas tuvieron en su momento: una cierta pericia en la exposición visual de los hechos que atrapaba, de cierta manera, la atención del espectador. Eran otros tiempo y otros narradores de historias, concuerdo en ello; pero, como espectadora me duele  que ese "toque" para emocionarnos se haya practicamente perdido en este tipo de películas épicas.  Puedo decir, sin rubor, que la única parte que me provocó algún tipo de emoción, fue la escena en donde se recrea el campamento méxicano antes de la batalla -con todo y sus canción sentimental que bien podría haber sido un bambuco colombiano-. De resto, ¡nada!, solo aburrimiento.  Y bueno, antes de concluir con mis impresiones acerca de este otro fiasco sobre el cine historico nacional, solo me resta comentar la reacción del público ante la arenga del general Zaragoza antes de la batalla ya que, sin dudar un ápice de que haya sido basada en la arenga real, contiene muchos elementos destinados a calar, en lo más profundo, dentro del ánimo actual del pueblo mexicano. Los gritos en la sala completando el discurso de la pantalla, me reveló lo que provocó en el público esta película: la exposición de un nacionalismo convencional y anacrónico destinado a que se grite: "¡Viva México, cabrones!" como expresión completa de lo que significa ser mexicano.

Hasta la próxima, lector mío.

lunes, 8 de abril de 2013

Página treinta y dos: Una casita de muñecas

Mi querído y siempre presente lector:

Tengo ganas de escribir y quiero hacerlo sobre algo que, hasta el día de hoy, permanece como un sueño aun no logrado. Me remontaré hasta los días de mi infancia para inciar esta entrada con la siguiente afirmación: siempre fuí una niña de muñecas.  Sí, recuerdo los días en que, esas muñecas eran para mí mis hijas y mis compañeras, preludio inevitable de una maternidad que nunca se concreto y simbolo de una infancia que alargué durante mucho, mucho tiempo.  Las muñecas fueron vehículos mágicos que me introdujeron, no solo al mundo de mis fantasías y sueños, sino al mundo de la historia y, por supuesto, a la proyección de mi propio futuro en el interior de mi mente.  Si te digo que nunca me imaginé dejándolas, mi estimado lector, tal vez no me creas; pero, así fue y, aunque perdí a las que me acompañaron durante mi infancia, las sigo llevando en el recuerdo.  Por una muñeca vestida de Primera Comunión, dejé de chuparme el dedo.  A mi Dulcita, que me la compraron a los dos años y medio para que me la trajeran los Reyes Magos, le celebré sus quince años junto a mí; aunque finalmente se quedó en una bodega colombiana esperando un embarque que nunca llegó.  Pude haber tenido una muñeca de pocelana de 1907, pero yo quería otra, también de porcelana, de la década de 1920 que era más cara, y así, renuncié a ambas por no haberme quedado con la primera. Las muñecas antiguas, son mi adoración y hoy, que ya soy adulta, me encantaría poderme hacer con una de aquellos años de principios del siglo XX, como la que rechacé.  Por supuesto, no tengo suficiente dinero como adquirirla, así que em conformo con verlas en las tiendas de antigüedades o en las imágenes que tan generosamente pueblan la red. Pero, no solo las muñecas me siguen gustando. Hay en concreto un juguete que sigue siendo para mí el sueño de todos los sueños: la casita de muñecas.  La primera vez que jugué con una, pertenecía a una vecinita -que por cierto era sueca-, cuando yo tenía seis o siete años. Iba a su casa a jugar con la bendita casa y se me iban las horas inventando historias para mover a los muñecos de una a otra habitación.  Después, cuando ya pasaba de los diez años, le pedí a Papá Noel varios "sets" maravillosos de comedor, recamara y baño que no incluía ningún muñeco.  Mi Barbíe era demasiado grande para esos "sets"; pero, no así los muñecos de acción articulados de mis hermanos que se llamaban "Madelman".  Así que les quitaba el uniforme de soldados que traían, me deshacía de sus botas militares, y los vestía con los vestiditos de mis muñecas y jugaba con ellos dentro de los "sets" tratando de olvidarme que eran "madelmans".  Eso fue lo más cercano a una casita de muñecas que pude tener entonces.

Hoy por hoy, sigo embobándome con las casitas de muñecas y, más aun, cuando la gente que las trabaja para venderlas como verdaderas obras de arte en miniatura, las muestra por la red.  Conozco a alguien que desarrolla ese trabajo con cuidado y muy cercano a la perfección, se llama Pedrete Trigos y vive cerca de Sevilla en un lugar llamado Estepa.  No, no lo conozco en persona pero he visto en la red lo que es capaz de hacer a través de las fotos que sube en su blog llamado "Hoy puede ser un gran día" y también en su Facebook. Foto tras foto, va mostrando la manera en que es capaz de darle auténtica vida a esos espacios minúsculos que son las llamadas "escenas" dentro del mundo de las miniaturas.  Y cada vez que concluye alguna de sus creaciones, recuerdo aquellos dos cuadritos que teníamos en casa, cuando yo era niña, que mostraban una cocina de "masia catalana", con todos sus detalles, y que me hacía soñar, precisamente, con esa casita de muñecas que llevo guardada en el alma desde siempre y que todavía no llega a mi vida.  Conocer la obra de Pedrete Trigos, fue darle un nuevo impulso a ese sueño al pensar que, tal vez, no esté tan lejos el día que pueda hacerme con mi anhelada casita de muñecas, aunque sé, que no es un sueño económico puesto que aquí, en México, depende de la complejidad de la estructura de las casas de muñecas -que son prácticamente todas originarias de Estados Unidos- su valor oscila entre los 2,000 a más de 10,000 pesos - de 150 a 1,000 dólares americanos aproximadamente- y, apartir de aquí, debe invertirse unos cuantos cientos o miles de pesos más en "vestirla" y "ajuarearla" convenientemente para dejarla como una casita victoriana a escala. ¡Ah! y después, conseguirte a la familia que habitará ese espacio para poder jugar con ellos.  Un sueño caro, sin duda, y no tan fácil de conseguir.  Claro que no dejaré de quitar el dedo del renglón, aunque tenga que esperar algunos años más para darle vida a ese sueño infantil que no me abandona.

Ya regresaré en otra ocasión , lector mío, para irte desgranando más anécdotas, sueños, esperanzas y anhelos relacionados con aficiones y mi gusto por el pasado.

miércoles, 3 de abril de 2013

Página treinta y uno: Mi vida como retronauta

Querido, muy querido lector:

Desde enero no regresaba a estas páginas a plasmar en ellas mis impresiones. Y es que, en efecto, tengo que asumir que la constancia no se me da. Nuevamente te pido disculpas por ello antes de adentrarme en un tema que me ha movido, durante toda mi vida, a  hacer lo que unicamente la imaginación logra: viajar por el tiempo hacia un pasado que me hubiera gustado convertir en presente. En mi presente, para ser aun más exacta.  Vivir varias vidas dentro de un solo cuerpo, es algo que solo la imaginación logra. Y aun más: vivir esas varias vidas en tiempos y atmósferas diferentes, aunque la identidad siga siendo la misma y el hilo conductor de todos mis atrevimientos de consumada retronauta. Pero, antes de que mis habituales disquisiciones terminen empantanado farragosamente mi discurso, haré un poco de historia. Si, regresaré a esa tarde de noviembre del 2006 cuando descubrí un maravilloso lugar en la red llamado Cuaderno de costura. El aburrimiento me mantenía pegada a mi silla mientras navegaba por el porceloso mar del internet en busca de nuevas emociones visuales que tuvieran que ver con mi gusto por los trajes de época.  Casi todas las páginas estaban en inglés y, como aun me sucede el día de hoy, la poca pericia que me es propia para comprender los intringulis del idioma británico, hacía que me redujera a la contemplación arrobada y envidiosa de esos maravillosos vestidos que habían sido mi sueño desde que yo era apenas una niña.  De repente, buscando miriñaques y mientras saltaba de una imagen a otra, fuí a topar con el Cuaderno de costura que implicó, para mí, abrir una puerta hacia un mundo que estaba por salírseme de la cabeza y empezar a tomar una forma tridimensional para dejar atrás la existencia plana del dibujo.  Ese momento exacto en que ví las fotos de una mujer, tan maravillosa como increíble, que vestía con el pudor y el recato de una auténtica dama del siglo XIX.  Pero, lo mejor estaba aun por venir cuando me dí cuenta que podía leer sus textos sin problema además de poder ver aquellas hermosas y cuidadas imágenes que la mostraban cargando entre sus brazos a un perrito blanco mientras se retrataba con una abultada crinolina hecha por ella misma.  De repente, mi espíritu de retronauta se puso en acción y, después de revisar lo escrito por ella, le comenté una entrada de su blog sin esperar, realmente, que hubiera una respuesta. Y, para mi sorpresa, no solo la hubo sino que, además, me permitió seguir en comunicación con esta mujer tan especial para mi afecto a la que tan orgullosamente llamo amiga.

Cuaderno de costura y su autora, me hicieron nacer al mundo del recreacionismo histórico y propiciaron el desarrollo de talentos en mí  que yo no creía tener. Mi interés sobre el desarrollo de la historia de la indumentaria en Occidente, se combinó con mi escasa habilidad para concretar, tridimensionalmente, lo que yo imaginaba conviertiéndolo en dibujo. Y así, ese mismo diciembre del 2007, pude yo también lucir mi primera "creación" para pasearme con ella por el lugar que yo había imaginado para tener esta primera experiencia de evento con matices de viaje en el tiempo. No, mi primer traje no fue perfecto, aunque me empeñe en que tuviera detalles que lo hiciera identificable con una época en concreto. Así que lo hice de algodón egipcio, me improvisé un corsé y me arreglé con esmero para poder ser identificada como una dama de principios del siglo XIX.  Fue un día mágico, absolutamente mágico en los que conocí a otras mujeres que, como yo, disfrutaban de algunos aspectos de la vida del pasado. Nos tomamos fotos, conversamos, paseamos y nos despedimos con la intención de volver a vivir "eso" que nos mantenía unidas en la red y que habíamos experimentado tan agradablemente durante un instante que había durado un día. Por supuesto, hubieron más reuniones y más vestidos; tal vez, no tantas como yo deseaba, pero de todas maneras fueron significativas para mí. La actividad fue pues en "crescendo". El Centro Historico de la Ciudad de México, el bosque de Chapultepec,  los viveros de Coyoacán, la ciudad de Puebla... Y bueno, tres trajes Imperio, uno de miriñaque, uno más de "china" -tipo popular mexicano de la primera mitad del siglo XIX- ... Empecé utilizando máquina de coser pero, por razones de mi poca pericia en el uso de tales instrumentos, siempre termino cosiendo a mano. Me gusta hacerlo así, como me gusta también improvisar mis patrones con la ayuda de un libro tituladoThe cut of the women´s clothes 1600-1929 de Norah Waugh que es mi joya de la corona en cuanto a bibliografía sobre el tema. No, no soy perfeccionista y trato siempre de no equivocarme porque, la corrección, se me da muy mal.  De hecho, sigo mi intuición y trato de aprovechar mis errores de la mejor manera, aunque el resultado no termine siendo exactamente lo que deseaba en un principio.  Pero, disfruto esa dosis de misterio alrrededor de la obra que siempre traigo entre manos.  En fin, que no soy buena, ni la mejor, a la hora de recrear los trajes de época; pero, los hago o trato de hacerlos con cuidado y atención para que, cuando me los ponga frente al espejo, el resultado me emocione.  Y sí, hasta hoy, no me ha defraudado lo que he conseguido, aunque esté lejos aun de la perfección apetecible.

Y, por supuesto, dejó para el final la presentación de mi último traje que estrené este Domingo de Ramos y con el cual subí al Castillo de Chapultepec. Por razones que tienen que ver las autoridades del bosque de Chapultepec, no me "caractericé" para no arriesgarme a que no me dejaran pasar.  Solo lo estrené y pasé desapercibida entre la multitud que llenaba el museo mientras yo me dedicaba a tomarle fotos a los objetos que se me antojaban y me tomaba fotos a mi misma reflejándome en los espectaculares espejos con los que cuenta la exhibición. Chapultepec es mi casa y sus habitantes incorpóreos, mis compañeros de otras vidas imaginadas. Después, durante la Semana Santa, me hice una sesión de fotos, en mi propia casa, para poder utilizar alguna como ilustración para esta página de mi álbum, así como poder realizar una selección de como el traje fue tomando forma al correr de los días en mi sitio de imágenes de Flickr. El tercer paso para lucir este modelo de la década de 1920, que surgió de mi propia inspiración, será poder llevármelo a la ciudad de Puebla para pasearme con él en compañía de otra entrañable amiga que conocí adentrándome en este aventurado y creativo mundo de la recreación histórica.  Ese viaje lo tengo programado para principios de mayo y espero poder tomarme suficientes fotos como para ir engrosando mi álbum de imágenes de Flickr  que, en la actualidad, tiene muy poco para mostrar con respecto a esta actividad que realizo y que tanto me alimenta. De momento, solo me queda por añadir que el vestido es de tela de algodón estampado con bies azul y lazos de raso en los costados, que tuve que corregir su forma porque en un principio me quedo enorme y que para realizar esa corrección les pedí de sus sabios consejos a dos de mis más queridas amigas, camaradas en este mundo vivo de la recreación histórica, sin cuya valiosa ayuda hubiera naufragado en las desmotivantes aguas del fracaso más estrepitoso.

Es así como por hoy, lector mío, me despido con la firme intención de regresar en cuanto junte más noticias de mis singulares actividades e inefable gusto por el mundo del pasado.  Mientras tanto, aquí te dejo esta nueva página para compartir contigo mis aficiones y conocimientos.

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lunes, 21 de enero de 2013

Página treinta: Lincoln ó un ejemplo más de la Historia contada por Hollywood


De nuevo aquí, mi generoso lector, para ponerte al tanto de una de mis últimas incursiones cinematrográficas que tienen que ver con el siglo XIX. Ayer fui al cine a ver Lincoln, una película producida y dirigida por Steven Spielberg que ha sido nominada a los óscares de este año como mejor película. Y tal vez gane el premio porque tiene todo lo que una película ganadora debe de tener: superproducción, elenco de gran cartel, vistosa fotografía y una recreación histórica lo suficientemente acercada a la realidad como para aparentar ser creíble. Sin embargo,  algo le falta para rayar en el estatus de casi perfección al que la industria de Hollywood aspira cuando cuenta la Historia, así, con mayúscula y, eso en lo que falla, es simplemente el tratamiento del tema desde un punto de vista más objetivo e interesante, no solo para el erudito, sino simplemente para el espectador común que suele aprender Historia viéndola en las pantallas de los cines y no a través de las opiniones y los estudios de los especialistas. Lincoln es, desde mi punto de vista, eso, un gran elefante blanco cargado de millones de dólares que no alcanza a cumplir airosamente con su cometido de contarnos una historia real y verdadera. Estoy de acuerdo que el cine no es más que una ventana a los diversos modos de ver la realidad a través de los ojos de sus creadores e intérpretes.  Sin embargo, cuando se trata del resbaloso terreno de lo acontecido, esas interpretaciones deben de ser cautelosas si no quieren rayar en lo absurdo. Steven Spielberg tiene debilidad por contar historias en donde se respira una verdadera manipulación emocional del espectador. No se resiste a contar la Historia como la contaba Cecil B de Mille en sus superproducciones de antaño.  Y esta historia de Lincoln, no es la excepción. Es una historia norteamericana para ser vista por norteamericanos que necesitan hoy el refuerzo de una identidad que se resquebraja bajo el embate de la desintegración.  De ahí que el siempre oportunista Spielberg, haya decidido hincarle el diente al personaje que, tras George Washington, Padre de la Patria norteamericana, es el más emblemático de toda la Historia de Norteamérica: Abraham Lincoln.  Curiosamente, el Lincoln interpretado por Daniel Day Lewis, en un afán desmitificador, no logra darle  la fuerza necesaria a ese héroe de la Unión Americana que fue el que puso a los Estados Unidos en el camino de su posterior grandeza.  Es más, durante toda la película, Lincoln se define a través de sus confrontaciones con los otros: Seward, Stevens, su esposa Mary Todd y hasta de su hijo Robert.  Hay algo que parece fallar irremisiblemente en este Lincoln tan familiar como caricaturesco, ajeno a la grandiosidad que le otorga la historia oficial norteamericana. Toda desmitificación transita por los terrenos verdaderamente pantanosos e inciertos de las interpretaciones personales. Y la presentación de este Lincoln, no es precisamente la excepción a la regla. Si me tengo que quedar con algún personaje de la película, ese es, sin duda, Mary Todd, la desequilibrada esposa que actúa como una especie de conciencia del propio presidente.  Dudo que su imagen en el filme, corresponda a una realidad histórica objetiva, sin embargo, me agrada el giro libertario que asume frente a su propio esposo creciéndose como personaje. No sé si eso que noté fue intencional o sencillamente ocurrió al margen del manejo de dirección del propio Spielberg, lo cierto es que Mary Todd, esta Mary Todd, hace mucho por un Lincoln reducido a una interpretación simple y poco clara de un personaje histórico que no logra, ni quiere –me parece a mí- romper con los cánones oficialistas.  En fin, es la típica película bonita que deja un sabor agridulce en el paladar del espectador ya que, siendo pretenciosa, como lo son todas las grandes superproducciones fílmicas, solo alcanza a cubrir, de manera sobradamente decorosa, el aspecto visual mientras que el contenido queda reducido a contarnos, de un modo poco atractivo, los bemoles de una historia oficial que, de ninguna manera, queda superada o revisada.  Así pues, quien vaya a verla se encontrará con el “padre Abe” de toda la vida presentado según la visión de un Hollywood conservador que, lejos de desmitificar, solo le da un aire más contemporáneo al mito histórico.

jueves, 3 de enero de 2013

Página veintinueve: Una vista a Orsay sin salir de casa.

Mi muy querido lector, paciente y fiel, de este Álbum de Ánecdotas:

El día de hoy, retomó esta página para comentarte que inauguré este 2013 con una vista al Museo Nacional de Arte -MUNAL- que se encuentra en la calle de Tacuba ubicada en el Centro Histórico de la Ciudad de México. El edificio actual en donde se encuentra el museo, data de la primera década del siglo XX y fue concebido, originalmente, como un palacio dedicado a las comunicaciones de la época -principalmente, el telégrafo-. En el siglo XIX, en ese mismo predio, se albergó el Hospital de San Andrés que colindaba con el primer cementerio civil que tuvo la Ciudad de México y que se le nombró de Santa Paula. Pero esa es otra historia que quizá cuente en alguna página futura de este álbum.  Hoy regresé al MUNAL porque, después de todo, no podía hacerme oídos sordos ante la "invitación" que se me había extendido de conocer algunas de las obras que tienen por hogar el famoso Museo d´Orsay, en París. Manet, Monet, Renoir, Rodin, Gauguin y fotógrafos como Félix Nadar o los celebérrimos hermanos Lumiere, fueron mis anfitriones, por un instante, mientras yo deambulaba viendo las imágenes de la exposición. Para mi deleite, no hubo tanto público como en otras y pude ir y venir a mi gusto y sabor por las salas mientras yo misma tomaba fotografías con la cámara de mi teléfono celular. Tal vez, lo más destacado de la exposición, fue un Gauguin que he visto reproducido en cantidad de libros de arte y que me hizo reflexionar sobre el hecho de que yo también tengo pendiente una escapada a mi Tahití personal en busca de mi propio destino y de que éste llegará, sin duda, porque nadie puede escapar de sus proyecciones hacia el futuro o, lo que es lo mismo: nadie puede dejar de ser lo que desea ser desde que tuvo uso de razón para empezar a diseñar su vida.  Así pues, después de un conflictivo diciembre que me dejó un amargo sabor de boca, estar frente a un Gauguin real, me hizo pensar que, finalmente, yo también podré tener la oportunidad de abandonar algún día el escritorio de mi oficina para irme a concretar unos sueños que aun no son lo suficientemente maduros como para arrastrarme en pos de ellos.  Pero, sé que madurarán y se concretarán para hacerme feliz.  Gauguin, hoy, me dio ese mensaje: que no ceje, que no me desespere, que no me sienta miserablemente atada a mis circunstancias actuales como si nunca fueran a cambiar cuando la vida es precisamente eso, cambio y mutabilidad.  Y puedo decir que lo sentí cuando seguí recorriendo las salas y viendo las imágenes.  El autoretrato de un Renoir joven, me trajo a la mente que la memoria no son más que imágenes interiores congeladas en el tiempo o recreaciones de lo que creímos que fue a partir de nuestra propia percepción del instante vivido fijado por las emociones que nos produjeron.  Y ese Renoir joven, con su sombrero y su barba, me observaba desafiando el tiempo mientras yo lo observaba a él como si en realidad estuviera ahí  y no fuera, simplemente, el eterno reflejo del interminable juego de la memoria.  Vi fotografías en una sala acondicionada ala manera de un cafetín de la época, de esa Belle Epoque lejana y al mismo tiempo cercana para mi imaginación. Me encantó la recreación de la atmósfera y como el público participaba en esa dinámica suscitada por la recreación de un ambiente que para todos implicaba significados diferentes.  En mi caso, era un viaje a un pasado que yo convertía en presente cada vez que fijaba mi vista en una fotografía. No tengo que reiterar cuanto disfruté la vista, ni tampoco cuantos recuerdos me trajo.  Hoy estuve un instante en el Museo de d´Orsay y me sentí, de nuevo, inmersa en un espacio-tiempo particular que es el que alimenta a mis sueños.