martes, 28 de septiembre de 2010

Página veintiuna: Un intento más.

Mi muy querido y extrañado lector:

No me había pasado por aquí desde hace eones, me parece y hoy, si me aparezco es para decirte que no te extrañe si empiezas a notar cambios en este espacio cibernético que cumple con recoger mis impresiones sobre un siglo que duro más de los 100 años estipulados en el calendario.  Si, después de pensarlo y repensarlo, he decidido que mi álbum sea un lugar de encuentro para quienes, como yo, difrutamos de ese siglo XIX de mis pecados y de los pecados de todos aquellos que lo vivieron en su momento y de los que aun lo viven por medio de su imaginación.  No te soprendas, por ejemplo, si ves desaparecer las direcciones de los blogs que sigo con verdadero gusto y placer o si, por el contrario, empiezan a aparecer otras sugerencias en sus márgenes.  En realidad, mi idea es que me acompañes en mis viajes a través del tiempo utilizando el vehículo de la Literatura y de la Historia a las que trataré de salpicar con anécdotas propias y confesiones de gustos que no todos comparten conmigo.  Si, necesito darle un sabor más conciso a este espacio que empezaba a írseme de las manos.

Y bueno, reiniciaré estas páginas de una manera muy mía hablando de la extensión que, para mí, posee ese siglo de contrastes que empezó con una verdadera orgía de sangre en las postrimerías del siglo XVIII y concluyó con otro baño de sangre, no menos cuentro, a principios del siglo XX.  Y, como para mí la moda y los estilos tienen mucho que decir a la hora de etiquetar momentos, puedo decir que el siglo XIX comienza con el llamado estilo Imperio en 1794, cuando la cintura perdió su lugar de centro de la figura femenina y concluye cuando el corsé, herido de muerte, iba a hacia su extinción mientras los ruedos de las faldas subían imparables hacía sus actuales largos.  Para mí, hay dos fechas claves para marcar el nacimiento y la muerte de este siglo largo, largo, marcado por un espíritu que se reclamaba científico y progresista: el 14 de julio de 1789 y el 28 de junio de 1914.  Entre una y otra discurre el ir y venir de varias generaciones que se maravillaron ante el incontenible desarrollo social de Occidente y soñaron con un futuro que terminó no siendo más que una extraña utopía romántica de la fraternidad universal.  Un siglo de desigualdades profundas y de gritos de libertad que no terminaban de cuajar en ningún lado.  Un siglo de esperanza para alcanzar la riqueza y de resignación ante la apabullante pobreza provocada por un sistema que explotaba irracionalmente no solo a su entorno natural sino al hombre mismo.  Un siglo en donde el pensamiento se revolucionó sobre si mismo convencido de que el futuro sería el epítome de la grandeza humana y, por eso, había que trabajar duramente en ese sentido sublimando al espíritu y supeditándolo al deseable y siempre codiciado bienestar material.  Siglo de descubrimientos e inventos, siglo de avances y también de encubiertos retrocesos. Siglo de la imaginación al servicio de la riqueza. Y finalmente, como herederos directos de esa visión positivista de la Economía como motor de la Historia, estamos sufriendo los descalabramos de ese exceso materialista que nos está enfrentando a una extinción casi segura de nuestros logros por no haber sido lo suficientemente racionales como para cuidar nuestro entorno natural en beneficio de nosotros mismos.  Pero, bueno, lo hecho, hecho está y, a pesar de lo que el siglo XIX nos heredó casi como una maldición, es el siglo del que procedemos todos aquellos que nacimos en algún punto del siglo XX.

Este álbum es al fin solo eso, un álbum de anécdotas, de recuerdos, personales o de los otros que escribieron sobre esos más de 100 años que denominamos siglo XIX.  Este es pues, un espacio para mostrar mi percepción, mi sensibilidad sobre aquellas décadas y lo que nos dejaron de bueno y de malo.  Espero poder lograr que el hilo conductor que ahora propongo, no solo se mantenga, sino dé frutos insospechados y provoque, por qué no, una retroalimentación de ideas entre las tuyas, caro lector, y las mías en los muchos temas que puedan ocuparnos.  Tal vez así, hablando del pasado, podamos entender mejor el presente que nos toca vivir.  Paciencia pues, mi buen lector, ya que no te puedo prometer la constancia deseada en mis actualizaciones; pero, si te puedo asegurar que dejaré en cada participación mía un trocito de misma para que lo disfrutes y paladees como la éxotica golosina que sin duda puede llegar a resultar este experimento cibernético. Así pues, me despido hasta la próxima que espero sea más pronto de lo que yo pueda ahora augurar.

martes, 4 de mayo de 2010

Página veinte: Sueño de un domingo en la alameda

Mi muy querido lector:

Voy a hablarte de un domingo maravilloso, un domingo que me recordó, no solo a un celebérrimo mural del reconocido pintor mexicano Diego Rivera; sino, además, me trajo a la memoria el recuerdo de aquellos veranos en Santa Pola, población costera cercana a Elche, en la provincia de Alicante, cuya canícula disfruté haciendo paseos solitarios por sus calles desiertas ó por su cementerio igual de desierto.  Este pasado domingo 2 de mayo, con el eco de un dia de furia que tan bien retrata Pérez-Reverte en su obra homónima sobre mis memoriosas espaldas, gocé de un paseo singular que es el que quiero venir a contarte. Verás, empezó frente al Palacio de Bellas Artes, esa estructura colosal que fue diseñada, en su exterior, por el famoso arquitecto italiano Adamo Boari.  Poema de "art noveau" en marmol, levantado por órdenes de un régimen decrépito que pronto, muy pronto, seria sustituido por la vorágine revolucionaria que transformaría, no solo a la sociedad mexicana, sino a los interiores de ese coloso que finalmente fue inaugurado 30 años después de haber sido puesta su primera piedra en 1904.

Llegué tarde a la cita y me apené porque ahí estaban mis ahijados Cecilia y Nacho esperándome después de haber efectuado un viaje de casi dos horas desde la cercana Puebla.  Me dio pena que me tuvieran que esperar pero, gran parte de esa misma pena se disipó en cuanto pude abrazarlos.  Los nervios se me transformaron en un torrente de palabras.  Hablé de Guillermo Prieto, de la marquesa Calderón de la Barca, del Castillo de Chapultepec, de la cantante alemana Susan Sontag, del Panteón de Santa Paula, hoy desaparecido, y de la inevitable pierna de Santa Anna que se enterró con toda la pompa y circunstancia debida a tan glorioso apéndice cercenado en una gesta heroíca.  Hablé, hablamos... Esperamos hasta que el siguiente miembro del grupo apareció con su característica sonrisa: Araceli.  Ya era tarde y puesto que nadie más parecía tener intención de unírsenos, decidí que entráramos a  Bellas Artes a ver una exposición de la obra de un verdadero mago del surrealismo: el belga Magritte. Fue una experiencia realmente interesante y hasta gozamos de una inesperada puesta en escena ya que fuímos testigos de una vista guiada por el mismísimo Magritte.  Bueno, por un actor que lo representaba con su característico bombín y su paraguas.  No pude menos que echar en mientes a un personaje de la literatura infantil: Pan Tau, a quien tanto se parecía este personaje.  ¿En que momento tocaría el ala de su bombín para hacer magia? Supongo que fue en el momento en el que nos puso frente a la paleta del pintor y diseñador belga para ver sus rostros suspendidos en el aire, sus lluvias de hombres de bombín, sus casacabeles, sus buques hechos de mar.

Saliendo de ese extraordinario reciento de las artes, cruzamos la alameda para enfilarnos hacía la avenida de Puente de Alvarado.  La alameda de la Ciudad de México tiene su historia propia, una historia de casi 5 siglos que empezó siendo un pequeño bosque de álamos plantados como paseo en las goteras de la muy noble, leal e imperial Ciudad de México, allá, por el siglo XVI.  Pero, el siglo XVII, con sus inacabables inundaciones, sus epidemias y sus revueltas, vieron reconstruirse, una y otra vez, el perímetro de la alameda que ya no contenía álamos más que en su nombre.  Ese paseo, compuesto de varias avenidas, plazoletas y estatuas que la adornan, conserva hoy la mala fama que tuvo durante otros tiempos, aunque también conserva el encanto de sus leyendas y sus "aparecidos".  Hoy, un domingo en la alameda, es un paseo entre puestos ambulantes de comidas y chucherías, gente trabajadora y amiga de lo ajeno que se mezclan sin poder distinguirse bien.  También hay fotógrafos de ocasión y policía montada que lleva el revólver a la cintura en la cartuchera piteada y grandes sombreros de charro. Verlos, me produce siempre la sensación de volver a un pasado más soñado e imaginado que real cuando México era reconocido por sus gallardos jinetes que demostraban sus artes ante las hijas de familia que iba a pasear a lugares como aquellos durante el siglo XIX.  Recorrimos la alameda, pues, acompañados de esas imágenes que surgían al calor de nuestra conversación mientras transitabamos por sus avenidas.

Hablamos entonces del Hotel de Cortés, antiguo hospital para menesterosos, y también del Paseo del Pendón hasta la iglesia de San Hipólito -hoy San Judas Tadeo- mientras yo me abanicaba tratando de refrescarme.  De ahí, hicimos alto en el Panteón -cementerio- de San Fernando.  Un lugar único, no solo por los que que ahí reposan hasta el Día del Juicio, sino porque es uno de los pocos cementerios del siglo XIX que quedan dentro de la Ciudad de México.  Voy a sincerarme:  los cementerios me han gustado desde que yo era adolescente y mi alma romántica tenía necesidad de historias trascendentes.  No, la muerte nunca ha sido el final para mí y la relación de los que fueron con los que somos, aunque poco lógica, ha sido para mí parte de mi "leit motiv" existencial.  Para mi, aquellos que fueron, aun son en mi interior gracias a mi socorrida imaginación que es capaz de darle vida propia a quien ya no la tiene.  Solo necesito unas cuantas cordenadas espacio-temporales, unos cuantos datos anecdóticos y, por supuesto, dos ó tres rasgos físicos para componer una imagen, una historia, un entorno, una vida, en fin, que me acompañará mientras mi memoria así lo decida.  Y ahí, en San Fernando, descansan muchos de mis conocidos y más que conocidos, amigos de muchas aventuras inéditas y personales.  Visitamos pues a Don Benito Juárez y gran parte de su familia directa, esposa e hijos.  A Ignacio Zaragoza, a quien lo acompaña también su joven esposa.  Al ocurrente general Riva Palacio y a su no menos ilustre antepasado, Don Vicente Guerrero, prócer de la gesta insurgente.  Por supuesto, no pude olvidar a los míos, al honesto Tomás Mejía y al sacrificado Ignacio Comonfort.  Ahí, en San Fernando, estuvo quizá el momento más álgido del paseo.  Algido en cuanto a calor, álgido en cuanto a emoción, álgido en cuanto a descubrimientos.  Allí, en San Fernando, el siglo XIX nos envolvió con su sentimentalismo grandielocuente, con su romanticismo puro y su nostalgia inevitable.  Allí, en San Fernando, Max volvió a  salir a mi encuentro y traté, vanamente, de inmortalizar ese instante que, como instante, dejó de ser después de que el obturador de la cámara lo congeló en forma de imagen.  No, no me hubiera ido nunca de allí; finalmente, mi nombre ya está escrito en una lápida, esperándome. Sin embargo, ese no era el fin de nuestro recorrido y era inexorable que abandonara aquel recinto de paz con la promesa del retorno.

Caminando y conversando, hicimos camino hasta el museo de San Carlos en donde se expone "De peinados e individuos", una muestra de retratos del siglo XVIII, en su mayoría, que ilustra esa pasión por las composiciones artísticas hechas de cabello.  El museo de San Carlos fue diseñado por un arquitecto valenciano que hizo carrera en México a principios del siglo XIX, se llamó Manuel Tolsá y trajo el neoclásico para imponerlo frente a las desproporciones churriguerescas, tan del gusto del criollo mexicano. Manuel Tolsá hizo un palacio a las afueras de la Ciudad de México que nunca fue ocupado por su dueños originales.  Después, como sucede siempre en este país, ese elegante edificio fue de todo lo que se pudiera uno imaginar, desde casa-habitación a escuela pasando por almacén.  Hoy es un museo y su planta singular, atrae a mucha gente ya que el vistante ingresa por un patio elíptico que es verdaderamente único como concepto arquitectónico.  Ahí, en unas cuantas salas, se está exponiendo "De peinados e individuos", contando con el acervo de varios museos mexicanos, incluyendo el de Historia del Castillo de Chapultepec.  Tal vez, lo más notorio de la exposición fueron las peinetas y peinetones de carey, junto a los alfileres para adornar el cabello, que se usaron durante el siglo XIX.  carey, marfil, corales, madreperlas, plata... Es fácil imaginarse usándolos en un sobrio peinado de mediados del siglo ó con algo un poco más complicado lleno de lazos y tirabuzones de la década de 1830.  Ese fue el momento en que mi amiga Laura se nos unió junto a su hijito Iván, mi otro ahijado y, hechas las presentaciones, empezamos a intercambiar puntos de vista acerca  de nuestras intenciones de reunirnos en septiembre y en noviembre de este año, ahora si, caracterizadas para la ocasión.

La última parada, después de aquella intensa mañana y principio de tarde, fue el Vips de San Cosme, en donde comimos rico y sabroso teniendo una divertida sobremesa en la que se habló de todo.  ¿Fotos?, algunas cuantas que podrán verse en Augusta a la brevedad.  No muchas porque nos somos de fotografiarnos demasiado.  Aunque, aquí te dejó una para ilustrar esta página del álbum y con ella, también te dejo la promesa de regresar en otra ocasión a participarte más cosas que tengan que ver con mi mundo interior.

lunes, 12 de abril de 2010

Página diecinueve: El recuerdo de Zapata

Mi muy querido lector:

Si es que aun sigues con interes las páginas de este álbum, has de saber que la página de hoy corresponde a algo que escribí antes de ayer, sábado 10 de abril, con mi puño y letra, mientras desayunaba en el Sanborns de Coyoacán. Si te preguntas por qué desayuné en Coyoacán, porque es una especie de ritual cada vez que voy a revisar mi apartado de correos que lo tengo en la oficina de la Calle de la Higuera.  Fuí con la esperanza de encontrar lo que no encontré y, acto seguido, dirigí mis pasos al Sanborns que está frente al Parque de los Coyotes para desayunar ese antojo que traía de huevos rancheros. Y, mientras me lo servían, con el run run de la conversación de una mesa cercana, empecé a escribir lo siguiente:

"Hoy, hace casi cien años, un hombre singular, sin duda alguna, fue acribillado a balazos en la hacienda de Chinameca.  Este hombre se llamaba Emiliano Zapata y era oriundo del Estado de Morelos.  Ese hecho aconteció, exactamente, un 10 de abril de 1919 y, desde ese día, el pueblo de México llora su ausencia.  En realidada, no es todo México el que lo llora hoy, solo lo hace la parte más lástimada, la que sigue viendo en él y en sus ideas, una esperanza de futuro.  Tal vez hoy, pocos se acuerden de este aniversario luctuoso ya que, este México contemporáneo tiene sus propios problemas que, aunque resulte extraño señalarlo, se asemejan en el fonfo que no en la forma, a aquellos problemas de antaño que originaron la famosa y muy estudiada revuelta social que estalló en 1910 y que es considerada como la primera Revolución del siglo XX.

Cien años después, todo parece seguir igual, sin grandes cambios, ya que los logros significativos de aquel entonces, se han diluido dentro de los aconteceres de la cotidianeidad que vive acostumbrada a ellos.  Ahora, en el 2010, se necesitan nuevos logros que se amparan detrás de los retos de la sociedad contemporánea.  Pero, esta vez se trata de hacerlo todo racionalmente, no por medio del descontrol de la cólera. En el México de hoy, hay elementos nuevos que no se pueden soslayar y, al presencia del narcotráfico con sus corte de acciones delictivas, es uno de ellos. La cacareada inseguridad, por otra parte, más que factor, es indicio de la situación extremosa que se vive hoy en México. Historicamente, este país ha tenido siempre niveles muy altos de inseguridad, en especial desde que inicio su periplo como nación independiente.  Y es que, apartir de ese momento, la inseguridad que se vivía en sus caminos, constituía el mayor indicio del descontrol absoluto que se vivía en aquellos tiempos.  La difencia de antaño con hogaño, es que esa misma inseguridad  forma parte de nuestra vida cotidiana en las ciudades densamente pobladas.

La Ciudad de México, ó el Distrito Federal, como se le conoce, es una población que hacina a más de veinte millones de personas entre los kilómetros que se expande la ciudad y su llamada zona conurbada que se extiende por el Estado de México.  Esto se dice rápido; pero, esos veintitantos millones de almas, tienen necesidades muy concretas de comida, agua, luz, vivienda... Hablar del estrés que se llega a vivir en una ciudad de estas características, es sencillamente inimaginable y, por supuesto, los niveles de inseguridad en ella, son altísimos.  Muy pocos son los afortunados ciudadanos que pueden decair que no han vivido aun la experiencia del asalto. Las calles de esta gran ciudad, en términos generales, son inseguras.  Por supuesto, unas más que otras.  Por ejemplo, las zonas en donde se cometen más de estos actos delictivos, son donde viven los ricos o sencillamente los pudientes.  La Ciudad de México, es un lugar de contrastes pues, al lado de los imponentes corporativos de Santa Fé, de los departamentos millonarios, existen las llamadas Ciudades Perdidas, verdaderos campamentos construidos con lámina de asbesto y cartón cuya miseria es vecina a la más opulenta e insultante riqueza..."


Y aquí quedó el texto ya que, en ese momento, llegó mi desayuno al que, sencillamente, no me pude resistir. Después, tomé fotos y, más tarde, me dedique a ver libros mientras me daba cuenta de que la sincronicidad realmente existe.  Y, por hoy, esto ha sido todo.  Regresaré otro día con otro tema cualquiera que exponer a tu crítica lectura.  Hasta entonces, me despido.


miércoles, 17 de febrero de 2010

Página dieciocho: Miércoles de Ceniza

Mi muy querido y atento lector: Desde la última vez que me dirigí a ti, concluí la lectura de dos libros e inicié la lectura de un tercero. Vi unas cuantas películas de no mala factura y hasta me fui a ver a mis padres cerca de Puebla. La verdad es que no está siendo un mal inicio de año, lo reconozco. Hoy, comenzando la Cuaresma, me doy cuenta que hay proyectos, tanto personales como de trabajo, que merecen toda mi atención. Por principio de cuentas, ya soy la feliz poseedora de una máquina de coser que espero sea capaz de auxiliarme en mis futuras empresas costureriles. Voy a ser realista y a ocuparme de una cosa a la vez y lo que ahora me tiene absorbida, es la posibilidad de poder vivir una auténtica mascarada que Augusta-México llevará a cabo la próxima Noche de Primavera en el centro de la Ciudad de México. Siempre quise vivir un Carnaval en forma y nunca pude hacerlo porque, cuando vivía en España, casi no se celebraban. Ahora tendré la oportunidad de vivirlo dentro de un ambiente de mogijanga callejera. Dicen que nunca es tarde si la dicha es buena y es algo que pienso comprobar el próximo 20 de marzo. Ahora, ¿tengo idea de que disfraz hacerme? No mucha, aunque, por ahí tengo algo que me da vueltas y más vueltas al interior de mi cabeza. No, no estoy inspirada el día de hoy. Solo puedo hablarte de la Feria del Libro, a la que pienso ir en un ratito que tenga, o de la próxima Noche de Primavera, o de… El asunto aquí es que parece que me falta tiempo para hacer todo lo que me propongo hacer en los próximos meses. Pero, bueno, no quiero angustiarme de gratis. Al contrario, quiero compartir contigo, amable lector, mis ilusiones de hoy. Estoy convencida de que la vida cambia, mejor aun: de que la vida nos cambia y también de que nos da la oportunidad de cumplir nuestros sueños. Pequeñitos o grandes, eso depende de nosotros. Y me puedo dar perfecta cuenta de ello cuando la lluvia deja de molestarme y dejo, asimismo, de sentir que el tiempo se escurre entre mis dedos sin que yo pueda detenerlo. Ví a mis padres y me di cuenta que aun existe un porvenir en mi caso. Un porvenir mío, lo que está por llegar y que aun no conozco. Me di cuenta que mi vida me pertenece y que la disfruto aunque, a veces, crea no hacerlo. Me di cuenta que soy una mujer libre y con un futuro que suelo negarme por inercia. Pero, en cuanto se despejan las nubes de mi horizonte, como ahora, entiendo que aun tengo mucho para dar y mucho más aun por vivir. Tengo la dicha de contar con un trabajo que me enseña cosas nuevas todos los días y de contar con unos amigos que son parte indispensable del mundo rico y particular de mis afectos. ¿Estoy sola?, si; pero no es una soledad impuesta por las circunstancias, sino que es una soledad elegida que no me pesa. Y, si soy sincera, en realidad, tampoco estoy tan sola. Desnudo mi alma ante ti, lector mío, esta noche, porque necesito comentarte que hoy, las sombras no cubren lo que en meses pasados consideraba que era mi desgracia. Estoy tranquila, estoy contenta, estoy feliz, ¿por qué no? Me muevo, voy y vengo, me siento útil. Y ¿por qué, te cuestionarás, titulé “Miércoles de Cenizas” a esta página?. Muy sencillo: porque tras el exceso del Carnaval, vienen los actos de contrición. Porque, tras mis excesos emocionales, viene también la necesidad del reposo que da la calma. Solo estoy preparándome para mi propia resurrección. El año pasado sentí muy revueltas mis propias aguas interiores, revolturas que anunciaban un cambio inevitable que empiezo, finalmente a vislumbrar. Un cambio que me gusta, curiosamente, aunque no es fácil. Se acerca la Primavera y me revitalizo sin poder evitarlo. Bendita sea pues la esperanza de la resurrección interior y de ese cambio necesario que me impregna de vida. Quizá no me entiendas muy bien, pero tampoco importa demasiado. Solo es algo que siento así y que me gustaría compartir contigo. Te dejo pues hasta la próxima página que espero poder ofrecértela muy pronto.

martes, 26 de enero de 2010

Página diecisiete: Las nuevas flores de mi Jardín Secreto

Mi muy querido lector: Aquí me tienes, otra vez, para poner a tu amable consideración, lo último de lo último en cuanto a mi existencia. ¿Qué tan importante es esto?... ¡Mucho! Estoy convencida que, sin la amistad, poco sentido tendría mi vida y hoy, mis amigas, me demostraron que significa esa palabra que tanto se usa aunque no siempre se use bien. ¿Sabes, lector caro?, hasta el día de hoy, llevaba al hilo varios días con un humor muy variable y sintiéndome bastante dejada de la Mano de Dios. Me sentía deprimida porque parecía que me había vuelto casi invisible y, para colmo, ¡hasta los dientes empezaron a molestarme! Muchas veces me he preguntado por qué mi vida no tiene la luminosidad y el brillo que tienen la vida de los otros ante mis ojos. Lo he hecho, a lo largo de mi vida, en una cantidad proporcional a lo años que he ido acumulando; y, lo más frustrante es que, aunque me pese, mi amiga Alejandra tiene razón cuando utiliza este viejo refrán anglosajón para consolarme: el pasto siempre se ve más verde en el jardín del vecino. Y si, para que te lo niego, mi pasto se ve amarillento cuando comparo mis logros con los logros ajenos. Sin embargo, si soy objetiva, mis logros son tan verdes y frescos, como cualquier logro ajeno. ¿Por qué?, porque solo sirven para explicar el desarrollo de mi existencia y para evaluarla sin ensañamientos particulares. Hoy, cuando tuve frente a mis ojos el ejemplar número 0 de “La Columna Augusta” –publicación cibernética de mi adorada Sociedad-, pude entender con bastante exactitud, cuan verde podía verse mi pasto desde el otro lado de la cerca. Ciertamente, “La Columna Augusta” no es mi obra, ¡ni siquiera fue mi idea!; pero, si es el reflejo del cariño que me une a mis “victorianiñas”. Leer la entrevista, ver las fotos, admirar el cuidado de su diseño y todo lo que significa en un lenguaje no verbal, me llevó a mí a sentirme en contacto con ellas. No solo con las que participaron directamente en la hechura de este proyecto, sino con todas las que configuran el espíritu de “Augusta”. Dicho de otro modo: ver ese periódico cibernético, me hizo el día, como se dice coloquialmente. Aunque, si soy sincera, otros detalles contribuyeron también a hacer de hoy un día prácticamente perfecto –la llamada de mi madre cuando iba al trabajo, por ejemplo; además del mensaje que recibí de Getzse, justo cuando estaba saliendo de él-. No sé como será el día de mañana; pero, lo que si sé, es que el día de hoy fue un día que alimentó mi espíritu y me hizo contemplar, con toda objetividad, cuan verde es el color de mi pasto. En fin, no tengo mucho más que añadir, de momento. Así que, si me tienes un poco de paciencia, prometo regresar a poner en estas páginas, todo esto que se me viene de repente a la cabeza y que me gusta compartir contigo. Postdata: Aunque, ya se me estaba olvidando hacerte participe de mi orgullo por este trabajo que merece ser divulgado como parte de mis afectos. Aquí lo dejo a tu consideración y te ruego seas gentil con él. http://issuu.com/sociedadaugusta/docs/columnaagustan0?mode=embed&layout=http%3A%2F%2Fskin.issuu.com%2Fv%2Flight%2Flayout.xml&showFlipBtn=true

miércoles, 6 de enero de 2010

Página dieciséis: La década invisible

Queridísimo y bien recordado lector: A lo mejor pensabas que había abandonado este espacio para nunca más volver y no, no es así. Tal vez no tenía mucho que decir. O si he de serte sincera, si tenía que decir pero no tenía ganas para hacerlo. Lo lamento. Soy inconstante y no siempre mi humor es el ideal para hacer un recuento de mis penas o de mis alegrías. Por otro lado, aunque he leído libros muy interesantes y me han pasado cosas dignas de ser registradas, he estado sin ánimos para hacerlo. ¿Dónde nos quedamos la última vez? En algo que tal vez desee en el fondo olvidar, aunque no puedo pues no depende de mí control el poder hacerlo. ¿Sabes?, estoy en un momento de mi vida en el que nada es lo que parece y viceversa. Ayer escuché en un programa de televisión una frase realmente reveladora acerca del episodio vital que me encuentro viviendo y quiero compartírtela: “En la menopausia las mujeres nos convertimos en seres invisibles para el género opuesto”. Es el momento en que te dejan de decir “mamacita” para decirte “madrecita”. Vamos, que se acabó lo que se daba; si es que alguna vez se dio, claro. Y bueno, para que lo niego, vivo un fluctuar de sentimientos encontrados. No, nunca quise ser una “mamacita” vulgar y corriente; pero, ahora que estoy llegando al tiempo de volverme una “madrecita”, echo de menos el poder enojarme por los comentarios que suscitaban mi atractivo sexual. La naturaleza te acostumbra al galanteo y, un buen día… ¡todo se acaba! Así estoy yo ahora, ingresando en el momento de la invisibilidad femenina. Aunque, tal vez, el ser invisibles no sea tan malo después de todo. Se acabaron las tensiones sexuales, por ejemplo, y una puede volver a la sinceridad de la infancia en su trato con el otro. Finalmente, no vas a tratar de encandilar a nadie para que se reproduzca contigo. Se acabaron las peculiares y enloquecedoras danzas de las hormonas. El sexo deja de ser lo primero en la lista de prioridades para pasar a ocupar otro lugar en la vida. La felicidad ya no está en encontrar una pareja que inconscientemente buscamos para reproducirnos y conscientemente juramos que la queremos para solo pasárnosla bien –sea lo que sea eso de “pasárnosla bien” en realidad-. No todo es malo pero, durante el tránsito, se sufre porque debes de dejar atrás lo que ha constituido el meolho de tu existencia durante un buen rato. Y este tránsito es como una metamorfosis completa, tan completa como la que sufrimos durante la pubertad y de la que, a estas alturas del partido de la vida, ya no nos acordamos como estuvo. Aquí, en esta etapa, el asunto no son los cambios de humor ó los bochornos; el asunto está en que crees volverte vieja e inservible porque así te lo dice tu entorno culpural y la sociedad con la que te reúnes. Todos llegamos a ser viejos en algún momento de nuestra vida y, si no lo logramos, es porque nos quedamos en algún punto del camino. Hay quien prefiere no verse decrépito por fuera y no resisten que la edad les vaya restando fuerzas, esas mismas fuerzas que se derrochan tan generosamente durante la juventud como si nos fueran a durar para siempre. Y no, no es así. Como de niños pasamos a ser jóvenes adultos, de jóvenes adultos pasamos a ser adultos maduros y, finalmente, viejos. Pero, la vida es generosa, ya que solo te da dos tránsitos definitivos: la pubertad y la menopausia. Y si, con nosotras es mucho más rigurosa que con ellos, ¡eso sí, ni quien lo discuta! Aunque también nos da la fuerza necesaria para poder cruzar esos dos umbrales. Si alguien piensa que ser mujer es ser menos, no sabe lo equivocado que está pues, a pesar de todos los pesares, de los cambios de humor repentinos, de la acumulación de grasa en la zona del vientre y las caderas, del consecuente aumento de kilos, de las canas, las arrugas y de todo lo demás que viene con la edad, ser mujer significa ser parte de la vida, una parte irrenunciable que comprende y engloba otras partes asimismo vitales. No importa si nunca has sido madre porque de todas maneras habrás dado a luz cosas importantes al interior del proceso de la vida. Habrás tenido hijos del espíritu y los habrás ayudado a crecer. Habrás concebido ideas transformadoras. Habrás concretado proyectos sustentables en un mundo de situaciones transitorias. Habrás aprendido a vivir y habrás ayudado a otros a dar sus pasos en ese complejo camino que es la vida. Y, para ser útil y sentirse plena, no importa la edad que tengas; solo importará todo lo hayas aprendido y hayas sido capaz de compartir con los otros. Y eso es lo que quiero para mí: ser una mujer sabia. Eso es lo que espero para mi futuro: convertirme en una anciana respetada por lo que aun puedo aportar al mundo y por lo que el mundo aun puede enseñarme. Después de este último cambio, la juventud aparecerá solo en mis ideas; pero, aun así, aparecerá y se mostrará como una joya para quien quiera apreciarla y descubrirla. Ser joven significará para mí estar viva, estar sana y seguir teniendo intereses. A lo mejor, con menos presiones hormonales, descubriré nuevos encantos a la vida sin necesidad de agobiarme por cumplir con la especie. Finalmente podré ser yo, como recuerdo vagamente que fui en algún momento de mi existencia. Podré dedicarme a lo que en verdad es importante y definitivo. Y me reiré, me reiré mucho de todo aquello que me causaba problemas. No, no seré perfecta y tendré tantas mañas como tiene el resto del género humano que llega a esta edad, pero trataré de ser honesta conmigo misma y haré todo lo posible por controlar aquellas que más problemas me causen en mi relación con los otros. Y aquí quiero dedicar las siguientes líneas a mi querida amiga Patricia Alba: ¿qué cómo me veo dentro de diez años, me preguntas? Me veo feliz y trabajando. Tal vez en lo que estoy haciendo ó en otra cosa que me dé todas las satisfacciones que buscaré en su momento. Ahorrando para mis viajes y generándome nuevos recuerdos que me ayuden a seguir adelante. Con una casita un poco más grande que la que ahora tengo, casita que compartiré con dos gatos y muchos amigos a los que invitaré, de vez en cuando, a compartir mí espacio. Espero ya haberme “iniciado” y estar así en paz con esta espiritualidad tan “sui generis” que me cargo. También quiero dedicarle un tiempo a los estudios y otro tiempo a mi propia creatividad. Seguir dibujando para mis amigos, seguir escribiendo aunque solo publique y sea leída en internet. Seguir diseñando mis propios trajes y trajes para otros, ¿por qué no? También me veo participando en la vida cultural del lugar en donde me encuentre radicando, claro. Una participación activa, me refiero. Dando ideas y concretando ideas como ese gran Museo del Traje Mexicano que tengo en mente desde hace muchos años. Dentro de diez años tendré cincuenta y ocho, casi cincuenta y nueve años y sé que pensaré en que estoy a las puertas de mi vejez; pero, ¿sabes?, pienso y deseo estar mucho más tranquila con respecto a eso. No, no me veo con pareja pero si con mucha gente a mi alrededor, más jóvenes que yo, por supuesto que me inyectarán una buena dosis diaria de su aquí y su ahora, lo que me hará sentir viva y actual. Me gustaría enseñar, no por vocación de maestra, sino para heredar mis conocimientos a quienes sepan aprovecharlos y sacarles todo el jugo de que sean capaces. Tal vez me invente un curso de algo y lo imparta para sentirme útil. No, no voy a ser millonaria pero tendré los suficientes recursos como para vivir bien, sin apuros y dándome mis gustitos de vez en cuando, ¿por qué no? Espero ya haberte conocido en persona, a ti y a Rosario, mis cuatitas del alma. Y por supuesto, os seguiré leyendo y escuchando cada vez que se pueda. También espero que Augusta crezca como proyecto y entonces, tal vez estaremos planeando una reunión trasatlántica. En diez años, pueden ocurrir muchas cosas. Me enviarás fotos de tu hijo y de ti con tu pareja. Y yo seré muy feliz porque te veré feliz a ti con tu niño, tu gato y, como se dice en México, con tu “viejo”. Sé que será así porque así lo estoy viendo ahora en mi mente. Y sabes lo mejor, mi querida, muy querida amiga, que algún día conversaremos bajo la sombra del sauce que se encontrará en el patio de tu casa mientras tu niño corretea persiguiendo al gato y esperamos que tu hombre regrese a casa después de arduo día de trabajo. Y, por hoy, esto ha sido todo. No prometo regresar pronto a ilustrar otra página de este álbum porque no sé cuando pueda y tenga ganas de hacerlo; sin embargo, aun sin ponerle fecha, habrá otra página más después de ésta, lo sé, así que espérala, lector mío.