lunes, 23 de febrero de 2015

Página cuarenta: Hablemos de Ferdinand Max

   
 







     Mi querido, paciente y muy considerado lector:

    Regreso a tí con un tema que, en lo particular, me mueve muchos hilos interiores haciendo que emerja, sin proponérmelo, lo más granado y selecto de mi Jardín Secreto, ese mismo que me delecto en cultivar para poder compartirlo con mis afectos más cercanos. Creo que para nadie, de todos aquellos que me conocen y tratan, es un secreto que la figura de Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg-Lotheringen, conocido también como el emperador Maximiliano I de México, es uno de mis personajes históricos preferidos y por ende, uno de los más queridos y apreciados habitantes de ese Jardín Secreto que he mencionado al principio. Querido, apreciado y añoso ya que entró a formar parte de él cuando yo era una adolescente que me nutría con una ecléctica selección de autores serios y no serios, clásico y contemporáneos, doctos y vanales como era el caso de la serie de novelitas que en los años cincuentas y sesentas se publicaron sobre la vida de la emperatriz Elisabeth de Austria, más conocida con el diminutivo de "Sissi" y por el rostro de la simpar Romy Schneider, actriz austriaca que la encarnaría en cuatro películas, tres dirigidas por Ernest Marishka y una más por el talentoso Luchino Visconti. Pues bien, esas novelitas de "Sissi" me introdujeron dentro de la historia edulcorada del penúltimo emperador de Austria y rey de Hungría, Franz Josef  de la mano de su muy neurótica, pero eso sí, bellísima esposa, Elisabeth que, para mí, en esos días, era el epítome de todo lo que yo deseaba ser. Y bueno, como siempre he tenido madera para investigar y desentrañar temas que me gustan en pos de una verdad más o menos objetiva, me dí a la tarea de averiguar quiénes eran y cómo eran en realidad estos personajes. Me puse a hacer mi "tarea", como buena diletante, a ratos perdidos y acicateada por una curiosidad que me llevó a realizar interesantes descubrimientos tratando de reunir todas las  piezas de ese rompecabezas histórico que tanto me seducía. Y si, así fue como Ferdinad Max llegó a mi vida para quedarse en ella a partir de 1977 cuando yo tenía 16 años. Tal vez lo conociera un poco antes a través de unos retratos que había publicados en las enciclopedias de mi casa, en concreto el de Graefle que se exhibe en el Castillo de Chapultepec, cuando aun ni se me pasaba por la mente que algún día, en el futuro, yo podría contemplarlo con mis propios ojos. La nuestra fue, a partir de ese momento, una relación constante y única. De Franz Josef, pase a Ferdinand Max y todo lo que me caía en las manos acerca de él y de su esposa Carlota, lo leía con verdadera avidez. El inicio fue lento y errático pues aun vivía yo en España y en Europa, la figura trágica de Maximiliano no deja de ser la de un segundón de la Casa de Austria que se fue a México, un país semisalvaje del que todo se desconocía entonces, para poder lograr ese sueño imposible de llegar a ser aquello para lo que había sido educado: emperador de algún sitio más o menos civilizado. De ahí que, en la imaginación del colectivo europeo, Ferdinad Max se lanzara hacia una incierta aventura que le salió mal, muy mal hasta el punto de costarle al vida. En Europa aun se le echa la culpa de su desgracia a la ambición de su esposa, la hija favorita de uno de los monarcas más apreciados en la Europa de su época: Leopoldo I de Bélgica quien era además del tío favorito de la monarca que dio nombre a gran parte del siglo XIX: Victoria  de Inglatera. En realidad, la historia europea y en concreto, la historia austriaca, lo deja de contemplar seriamente en el momento que se embarca en la fragata Novara rumbo hacia su breve y fugaz instante de gloria y su trágico fin que no sorprendió a nadie. Y bueno, a partir del 19 de junio de 1867 no ha dejado de ser el "pobre Max" que se fue a hacer la América a su manera y acabó asesinado por gente que ni lo entendía, ni lo merecía.

     Tuve que llegar a México, con mi escasa información y mi parco conocimiento europeo del "affaire" monárquico de Ferdinand Max, para decubrir aquí otra dimensión de los hechos. El imaginario mexicano no lo trata mucho mejor porque existe un severo conflicto de intereses entre sus figuras históricas. En México, la historia oficial es una historia de "buenos" y "malos", si, una historia para ser contada como la de los cuentos de hadas a los niños. En esta historia, Ferdinand Max, el soñador, el romántico, el antagonista ideológico del conservador Franz Josef que gustaba de las artes y de las ciencias, el suave, el gentil, el carismático príncipe que sedujo a los intelectuales libertarios de la insurgente Italia, se convierte en el iluso usurpador que llegó apoyado por las bayonetas del invasor francés del cual era solo un títere, un maniquí coronado por Napoleón III al que le debía absolutamente todo. Fue un golpe fuerte encontrarme, de repente, con que la misión civilizadora, el sueño redentor de establecer una monarquía europea en suelo americano bajo los parámetros vanguardistas del liberalismo imperante a mediados del siglo XIX y del cual Ferdinand Max se reconocía como ferviente seguidor, era un puesto que ya estaba ocupado por un liberal a la mexicana como era Benito Juárez, mucho más capaz de hacer entrar en cintura a un pueblo contradictorio que aun no se liberaba de las nieblas estamentales de la sociedad virreinal de la Nueva España. Fue un golpe fuerte ir leyendo e ir encontrándome con que Max cayó en una trampa que él mismo se había tendido desde que fue aumentando el rencor que sentía hacia su hermano Franz Josef cuyo conservadurismo lo había puesto siempre entre la espada y la pared a la hora de tener que tomar decisones de cualquier tipo -desde casarse con una mujer que no amaba hasta tener que aceptar la renuncia de su posición dentro de una familia extensa llena de archiduques sin oficio ni beneficio-. En México fuí descubriendo al verdadero Maximiliano que, finalmente, no era el príncipe azul del cuento de hadas europeo.

     Todo esto viene a colación porque el día de ayer, 22 de febrero, a las 19 horas, y teniendo una conexión de "wifi" estable, ví finalmente por internet un documental más sobre este entrañable personaje. El "plus" de esta "nueva" versión e interpretación de la vida de Max era que había sido hecha al "alimón" entre la televisón oficial austriaca y la televisión de Universidad Nacional Autónoma de México, así que, si había sido hecha entre austriacos y mexicanos, debía de estar bien hecha. Como bien dice Dhyana Angélica Rodríguez Vargas, licenciada en periodismo y dedicada artículista de divulgación histórica, la figura de Maximiliano necesita una serie televisiva de varios capítulos en donde poder exponer a conciencia quien fue Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg-Lotheringen y, por supuesto, cual fue su huella real en la historia tanto de México como de Europa. Desgraciadamente, el breve documental dirigido y escrito por el director austriaco Franz Leopold, no logra esa pretendida reunión de las visiones e interpretaciones que, tanto los austriacos como los mexicanos, tienen de este personaje. Más bien resultó la exposición libre de un texto del escritor e investigador austriaco Konrad Radtz, experto en el tema que ha desarrollado su investigación de una manera bastante convencional y sin ahondar realmente entre los entresijos y recovecos de este fascinante personaje. Entiendo que, en escasos 52 minutos de proyección, no se puede, de ninguna manera, acercarnos a Maximiliano si no es de una forma muy superficial y fragmentada, como en efecto sucedió. Lo más interesante de todo el documental fueron las imágenes presentadas y algunas de las locaciones escogidas tanto en Europa como en México. Esas imagenes fueron en si el verdadero meollo de esta versión trunca de la historia. El director sabe transmitirnos emociones a través de los ojos pero no a través de las palabras. Por supuesto, no quiero meterme en honduras acerca de la pobreza o no de la producción ya que entiendo que, tratándose de televisoras oficiales, no hay mucho dinero para gastar en darle a la ambientación un toque más fidedigno en cuanto a vestuario, caracterizaciones y esas cosas que parecen antojársenos superfluas pero que, ciertamente, no lo son cuando son las encargadas de meternos como espectadores dentro de una atmósfera histórica adecuada. Lo dije en su momento y lo repito: como intento, es un buen intento pero en eso se quedó sin aportarnos realmente el gusto de que este material se presentara como  un esfuerzo serio y cabal para acercarnos a Maximiliano desde una perspectiva en verdad mucho más completa y profunda.  Es curioso, lector mío, pero desde mediados del siglo XIX cuando fue fusilado en el Cerro de las Campanas a las afueras de la ciudad de Querétaro, el recuerdo del hombre que fue Ferdinand Maximilian Josef von Habsburg-Lotheringen no ha podido sobreponerse a las veleidades que el propio archiduque propicio con respecto a su comportamiento humano. Pareciera que se condenó a si mismo a ser recordado a través del cristal de sus muchos y muy criticables defectos y debilidades que no nos permiten acercarnos como nos gustaría al verdadero legado de su vida.

     Eso es todo por hoy, lector mío. En otra ocasión volveré sobre éste u otro tema diferente que considere de interés para para tus ojos y entendimiento a través de este álbum "sui generis" que es la más pura expresión de mi inefable Jardín Secreto.