miércoles, 23 de marzo de 2016

Página cuarenta y cuatro: Sueños de baile

Mi muy querido y apreciado lector:

Espero que me perdones mis largos silencios pero a veces la vida solo discurre en forma de pensamientos y, por lo tanto de un diálogo muy íntimo entre la que soy por fuera y la que soy por dentro. Han sido años difíciles de tratar de recuperar un control que espero haberlo hecho de una forma satisfactoria, en primera instancia para mí y después para ese mundo con el que convivo y que es el que me suele sufrir, con mayor o menor estoicismo, mis exabruptos de carácter. Lo confieso, no soy una perita en dulce, como se suele decir por estos lares pero, como tengo otros espacios cibernéticos para esos menesteres de autoexplicarme, mejor entro en materia y no aplazo más el momento de hablar de lo que deseo. ¿Y de que deseo hablarte hoy? pues de un sueño que tuve despierta mientras escuchaba y tarareaba así, por lo bajo, el que escogí para que fuese mi vals favorito de toda la ingente producción musical de la familia Strauss: "Rosas del Sur". Era inevitable que las imágenes fueran formándose en mi mente al ritmo del tres por cuatro y que de esas imágenes se hilara un deseo y de ese deseo llegara a una historia a mi cabeza. Una historia sin principio ni fin, más bien un pedazo de "película mental" que ya he visto en otros momentos de mi vida. Una historia con una protagonista -yo misma- y con una locación exacta: el Casino Español de la Ciudad de México ubicado en la calle de Isabel la Católica. Si, escuchaba el vals, ¡mi vals!, cuando empecé a decirme a mi misma que, si tuviera dinero, mucho dinero, o al menos la posibilidad de conseguirlo, haría realidad uno de esos sueños imposibles que han vivido en mí durante décadas y décadas: haría realidad ese baile que solo ha existido en mis sueños. Un baile con orquesta, en un gran salón y, por supuesto, conmigo como anfitriona, apareciendo como esa gran señora a la que aspiré a convertirme desde que era una niña. Cuando pertenecí a la Sociedad Victoriana Augusta reviví ese sueño, aunque nunca pudo volverse realidad del todo porque en México no existen las condiciones para hacer florecer el recreacionismo histórico y así poder vivir la reconstrucción del ayer a través de eventos en lugares más o menos de la época. Sin embargo, esta mañana, mientras me vestía para irme a trabajar y mientras escuchaba el vals de Johann Strauss, hijo, volví a fantasear con ese baile en el Casino Español que aun no se produce. Tengo una amiga, a la que conocí en la anteriormente citada Sociedad, que va a hacer un baile en un palacio de Madrid como evento público. Un baile al que asistirán más amigos míos junto con esta amiga llamada Inma. Asistirán: Rosario, Eva, Pedrete..., y yo aquí, a miles de kilómetros del otro lado del océano soñando con un baile como el que se llevará acabo en Madrid este año. Bueno, si soy honesta, mi baile, el baile de mi mente, no es precisamente un baile de la época del Imperio napoleónico -o de la Regencia inglesa-. Y no puede serlo porque sería un baile que transcurriría bajo la mirada de dos retratos, el de una madre y un hijo, ambos reyes de España durante el siglo XIX. Ella, la desterrada por la Gloriosa. Él, el carismático Alfonso, el de Merceditas, el de la Restauración. Y yo me veo ahí bailando valses, polcas, mazurcas y rigodones vestida como "Doña Virtudes", la viuda de Alfonso, con un vestido negro con flores amarillas en el escote, colores ambos emblemáticos de la añeja casa de los Habsburgo. Porque así es como me veo vestida, sobria, de negro pero con un toque de color para alegrar la mirada de los circunstantes al mismo tiempo que me haría ver como la señora que soy a mis cincuenta cuatro años. Sé que en las páginas de este  álbum guardo saberes y recuerdos, así como expreso en él planes que a veces, la mayoría de las veces, por desgracia, se quedan solo en eso, en planes que no concreto porque ni la vida ni las ganas me dan para ello. Por eso, porque es un álbum de historias y de sueños, dejo aquí esta flor de encanto decimonónico esperando que un día florezca y se convierta en experiencia vivida lo que hoy solo es un anhelo. Prometo otro día, lector mío, paciente lector mío, volver a este álbum a hablarte de mi presente lectura cuyo tema no dudo que pueda interesarte. ¿Conoces a Guillermo Prieto, el inolvidable "Fidel" de los periódicos mexicanos  de mediados del siglo XIX?, pues ahora ando llevando con él una sabrosísima conversación a través de mis ojos. Conversación que, si gustas, podré comentarte en otra ocasión para hablarte de un México que fue y que me encanta visitar de vez en cuando a través de la lectura, las imágenes y los lugares físicos como este interesante Casino Español que fue fundado en 1863 y cuya actual sede ocupa el predio que fue el de la iglesia del Espiritu Santo derriba por la piqueta del imparable progreso porfirista de finales de ese siglo que tanto me gusta. Aguarda con tu proverbial paciencia  mi próxima entrega con una página más de álbum de anécdotas.