miércoles, 6 de enero de 2010

Página dieciséis: La década invisible

Queridísimo y bien recordado lector: A lo mejor pensabas que había abandonado este espacio para nunca más volver y no, no es así. Tal vez no tenía mucho que decir. O si he de serte sincera, si tenía que decir pero no tenía ganas para hacerlo. Lo lamento. Soy inconstante y no siempre mi humor es el ideal para hacer un recuento de mis penas o de mis alegrías. Por otro lado, aunque he leído libros muy interesantes y me han pasado cosas dignas de ser registradas, he estado sin ánimos para hacerlo. ¿Dónde nos quedamos la última vez? En algo que tal vez desee en el fondo olvidar, aunque no puedo pues no depende de mí control el poder hacerlo. ¿Sabes?, estoy en un momento de mi vida en el que nada es lo que parece y viceversa. Ayer escuché en un programa de televisión una frase realmente reveladora acerca del episodio vital que me encuentro viviendo y quiero compartírtela: “En la menopausia las mujeres nos convertimos en seres invisibles para el género opuesto”. Es el momento en que te dejan de decir “mamacita” para decirte “madrecita”. Vamos, que se acabó lo que se daba; si es que alguna vez se dio, claro. Y bueno, para que lo niego, vivo un fluctuar de sentimientos encontrados. No, nunca quise ser una “mamacita” vulgar y corriente; pero, ahora que estoy llegando al tiempo de volverme una “madrecita”, echo de menos el poder enojarme por los comentarios que suscitaban mi atractivo sexual. La naturaleza te acostumbra al galanteo y, un buen día… ¡todo se acaba! Así estoy yo ahora, ingresando en el momento de la invisibilidad femenina. Aunque, tal vez, el ser invisibles no sea tan malo después de todo. Se acabaron las tensiones sexuales, por ejemplo, y una puede volver a la sinceridad de la infancia en su trato con el otro. Finalmente, no vas a tratar de encandilar a nadie para que se reproduzca contigo. Se acabaron las peculiares y enloquecedoras danzas de las hormonas. El sexo deja de ser lo primero en la lista de prioridades para pasar a ocupar otro lugar en la vida. La felicidad ya no está en encontrar una pareja que inconscientemente buscamos para reproducirnos y conscientemente juramos que la queremos para solo pasárnosla bien –sea lo que sea eso de “pasárnosla bien” en realidad-. No todo es malo pero, durante el tránsito, se sufre porque debes de dejar atrás lo que ha constituido el meolho de tu existencia durante un buen rato. Y este tránsito es como una metamorfosis completa, tan completa como la que sufrimos durante la pubertad y de la que, a estas alturas del partido de la vida, ya no nos acordamos como estuvo. Aquí, en esta etapa, el asunto no son los cambios de humor ó los bochornos; el asunto está en que crees volverte vieja e inservible porque así te lo dice tu entorno culpural y la sociedad con la que te reúnes. Todos llegamos a ser viejos en algún momento de nuestra vida y, si no lo logramos, es porque nos quedamos en algún punto del camino. Hay quien prefiere no verse decrépito por fuera y no resisten que la edad les vaya restando fuerzas, esas mismas fuerzas que se derrochan tan generosamente durante la juventud como si nos fueran a durar para siempre. Y no, no es así. Como de niños pasamos a ser jóvenes adultos, de jóvenes adultos pasamos a ser adultos maduros y, finalmente, viejos. Pero, la vida es generosa, ya que solo te da dos tránsitos definitivos: la pubertad y la menopausia. Y si, con nosotras es mucho más rigurosa que con ellos, ¡eso sí, ni quien lo discuta! Aunque también nos da la fuerza necesaria para poder cruzar esos dos umbrales. Si alguien piensa que ser mujer es ser menos, no sabe lo equivocado que está pues, a pesar de todos los pesares, de los cambios de humor repentinos, de la acumulación de grasa en la zona del vientre y las caderas, del consecuente aumento de kilos, de las canas, las arrugas y de todo lo demás que viene con la edad, ser mujer significa ser parte de la vida, una parte irrenunciable que comprende y engloba otras partes asimismo vitales. No importa si nunca has sido madre porque de todas maneras habrás dado a luz cosas importantes al interior del proceso de la vida. Habrás tenido hijos del espíritu y los habrás ayudado a crecer. Habrás concebido ideas transformadoras. Habrás concretado proyectos sustentables en un mundo de situaciones transitorias. Habrás aprendido a vivir y habrás ayudado a otros a dar sus pasos en ese complejo camino que es la vida. Y, para ser útil y sentirse plena, no importa la edad que tengas; solo importará todo lo hayas aprendido y hayas sido capaz de compartir con los otros. Y eso es lo que quiero para mí: ser una mujer sabia. Eso es lo que espero para mi futuro: convertirme en una anciana respetada por lo que aun puedo aportar al mundo y por lo que el mundo aun puede enseñarme. Después de este último cambio, la juventud aparecerá solo en mis ideas; pero, aun así, aparecerá y se mostrará como una joya para quien quiera apreciarla y descubrirla. Ser joven significará para mí estar viva, estar sana y seguir teniendo intereses. A lo mejor, con menos presiones hormonales, descubriré nuevos encantos a la vida sin necesidad de agobiarme por cumplir con la especie. Finalmente podré ser yo, como recuerdo vagamente que fui en algún momento de mi existencia. Podré dedicarme a lo que en verdad es importante y definitivo. Y me reiré, me reiré mucho de todo aquello que me causaba problemas. No, no seré perfecta y tendré tantas mañas como tiene el resto del género humano que llega a esta edad, pero trataré de ser honesta conmigo misma y haré todo lo posible por controlar aquellas que más problemas me causen en mi relación con los otros. Y aquí quiero dedicar las siguientes líneas a mi querida amiga Patricia Alba: ¿qué cómo me veo dentro de diez años, me preguntas? Me veo feliz y trabajando. Tal vez en lo que estoy haciendo ó en otra cosa que me dé todas las satisfacciones que buscaré en su momento. Ahorrando para mis viajes y generándome nuevos recuerdos que me ayuden a seguir adelante. Con una casita un poco más grande que la que ahora tengo, casita que compartiré con dos gatos y muchos amigos a los que invitaré, de vez en cuando, a compartir mí espacio. Espero ya haberme “iniciado” y estar así en paz con esta espiritualidad tan “sui generis” que me cargo. También quiero dedicarle un tiempo a los estudios y otro tiempo a mi propia creatividad. Seguir dibujando para mis amigos, seguir escribiendo aunque solo publique y sea leída en internet. Seguir diseñando mis propios trajes y trajes para otros, ¿por qué no? También me veo participando en la vida cultural del lugar en donde me encuentre radicando, claro. Una participación activa, me refiero. Dando ideas y concretando ideas como ese gran Museo del Traje Mexicano que tengo en mente desde hace muchos años. Dentro de diez años tendré cincuenta y ocho, casi cincuenta y nueve años y sé que pensaré en que estoy a las puertas de mi vejez; pero, ¿sabes?, pienso y deseo estar mucho más tranquila con respecto a eso. No, no me veo con pareja pero si con mucha gente a mi alrededor, más jóvenes que yo, por supuesto que me inyectarán una buena dosis diaria de su aquí y su ahora, lo que me hará sentir viva y actual. Me gustaría enseñar, no por vocación de maestra, sino para heredar mis conocimientos a quienes sepan aprovecharlos y sacarles todo el jugo de que sean capaces. Tal vez me invente un curso de algo y lo imparta para sentirme útil. No, no voy a ser millonaria pero tendré los suficientes recursos como para vivir bien, sin apuros y dándome mis gustitos de vez en cuando, ¿por qué no? Espero ya haberte conocido en persona, a ti y a Rosario, mis cuatitas del alma. Y por supuesto, os seguiré leyendo y escuchando cada vez que se pueda. También espero que Augusta crezca como proyecto y entonces, tal vez estaremos planeando una reunión trasatlántica. En diez años, pueden ocurrir muchas cosas. Me enviarás fotos de tu hijo y de ti con tu pareja. Y yo seré muy feliz porque te veré feliz a ti con tu niño, tu gato y, como se dice en México, con tu “viejo”. Sé que será así porque así lo estoy viendo ahora en mi mente. Y sabes lo mejor, mi querida, muy querida amiga, que algún día conversaremos bajo la sombra del sauce que se encontrará en el patio de tu casa mientras tu niño corretea persiguiendo al gato y esperamos que tu hombre regrese a casa después de arduo día de trabajo. Y, por hoy, esto ha sido todo. No prometo regresar pronto a ilustrar otra página de este álbum porque no sé cuando pueda y tenga ganas de hacerlo; sin embargo, aun sin ponerle fecha, habrá otra página más después de ésta, lo sé, así que espérala, lector mío.

2 comentarios:

Sonja dijo...

Es simplemente precioso, hace tiempo que no leía algo que me hiciera retener el aliento como cuando se observa una maravilla.
Yo creo que ya eres una mujer sabia.

Carmen López y Martí dijo...

Gracias, muchas gracias Sonja. Y he de decirte que me agrada mucho leerte por aquí :) Aun me falta para ser una mujer sabia; pero, me estoy esforzando para llegar a serlo ;) Estamos en contacto.