viernes, 3 de julio de 2015

Página cuarenta y tres: Porfirio José de la Cruz Díaz Mori. Cien años después.


     Mi muy querido y apreciado lector:

  Después de este último silencio, regreso con nuevos bríos para comentarte que tal estuvo este centenario luctuoso con tintes nostálgicos. Pues bien, cien años después de muerto, nuestro querido amigo sigue dando guerra. ¿Cómo es eso?, te preguntarás. Pues ya sabes que quien nace con el sable en la mano, ni muerto lo abandona. Y así fue como nació Porfirio ese 15 de septiembre de 1830 en la ya entonces Ciudad de Oaxaca, la antigua Antequera virreinal, hijo de madre indígena mixteca y padre español o descendiente de españoles. Niñez común y adolescencia cargada de sueños de grandeza que se veía alcanzando por medio de la vida civil, así como lo había hecho ya su coterráneo Benito Juárez que vino a demostrar que el origen humilde e índigena no tenía porque ser un impedimento para insertarse en una sociedad estamental como lo era la de Oaxaca en aquel momento. El lema de aquellos ayeres era el progreso. Todo pendía y se orientaba hacia esa línea recta de desarrollo continuo que marcaba el éxito social, económico y, sobre todo, personal.  Pues bien, Porfirio quiso ser abogado, profesión liberal que ayudaba a subir los peldaños del empinado escalafón social, o al menos así se creía entonces como se siguió creyendo durante mucho tiempo. Y no, no lo consiguió por muchas razones, entre ellas por su precaria situación económica, por su carácter que no se avenía bien a seguir ciertas disposiciones de sus superiores y porque su destino estaba ciertamente en otra parte. El se veía como civil pero las circunstancias de su entorno le demostraron que lo suyo, suyo, era el ejército y que, como dije al principio, había nacido con un sable en la mano o con un bastón de mando que para el caso, era lo mismo. Porfirio salió de su nada cómoda zona de confort acicateado por su hermano Félix, el famoso Chato, el que le entró a los “catorrazos” desde muy joven porque le encantaba la pelea y no era muy dado a entender razones. Así que, convencido por su hermano y viendo que la vida civil no tenía ya mucho que ofrecerle, Porfirio se fue a probar suerte en el ejército y allí fue en donde terminó haciendo una carrera que lo encumbró hasta la presidencia de México. Creo que en aquellos años de ímpetu juvenil, nunca se le pasó por la mente que algún día sería el “Señor Presidente” con tintes de autócatra pues llegó a detentar un poder que nada le tenía que envidar al Zar de todas las Rusias, por ejemplo. Porfirio se hizo liberal porque tenía una convicción profunda, no de tipo ideológico precisamente, pero si de estar haciendo lo correcto al defender a su patria de amenazas externas como fue el caso de la Intervención Francesa (1862-1867). Para entonces, en ese preciso momento, su prurito militar era ya dominante dentro de su carácter y su concepto de honor le llevaba a sostener un compromiso inalterable con la causa liberal y republicana. No, aun no pensaba en la política, lo único que pensaba era en demostrar a los franceses que lo que mejor podían hacer era que se regresaran a  su casa y dejaran a México en paz. Se batió como un león en Puebla. Estuvo allí en 1862 y después cuando cayó la ciudad en 1863. Fue apresado y se escapó, por lo menos en un par de ocasiones. Los franceses lo respetaban como enemigo y trataron varias veces de que defeccionara de la causa republicana ya que lo consideraban como un verdadero peligro para la estabilidad del Imperio que sostenían las bayonetas francesas. Pero Porfirio no cedió ante aquellos inquietantes y seductores cantos de las sirenas. Tal vez porque, conforme su fama militar crecía, más consciente se iba haciendo de su lugar en medio de aquella lucha de muchos frentes. 1867, fue el año en que la victoria definitiva sobre el Imperio y los franceses, lo elevaron al rango de héroe nacional. Liberó Puebla en abril y entró victorioso a la Ciudad de México escoltando  el carruaje en donde iba Benito Juárez recibiendo el aplauso de la multitud que vitoreaba no solo al benemérito sino también al héroe que lo acompañaba.

     A partir de entonces, como militar sin ocupación y tras haberse retirado a la vida civil,  fue cuando se planteó ingresar a la política. Sus “pininos” en ese sentido fueron desastrosos y nadie, ¡ni él mismo!, creía que pudiera tener un futuro en en ese campo de batalla en donde menudean los golpes efectistas, la demagogia y la traición. No, la política era demasiado complicada para él que no era muy afecto a hacer discursos en donde terminaba entrampándose con los conceptos y acababa llorando de impotencia al no poder expresarse con la claridad que deseaba. Pero el levantamiento, la asonada, eso si le era familiar y se sentía como pez en el agua dirigiendo a sus hombres y obligando a los civiles que lo “escucharan” con las armas en la mano. Así se levantó primero contra Juárez quien quería volver a ser presidente a través de una elección ya que, a pesar de haberlo sido de manera continua desde la época de la Guerra de Reforma (1857-1861), nunca había detentado el cargo por elección sino porque las circunstancias lo habían mantenido en él en una especie de prolongado interinato. Después Porfirio se levantó contra Lerdo de Tejada cuando éste trató de hacerse elegir como presidente constitucional ya que la muerte de Juárez lo había colocado también en la presidencia de manera interina para terminar de cubrir el periodo presidencial de su antecesor y quiso, como el propio Juárez, ser presidente por elección. Ese segundo levantamiento de Porfirio fue el que lo catapultó a presidencia de México por primera vez envuelto en el lema de su revuelta que,  fue, precisamente, la no reelección presidencial. Y así fue como, en 1876, Porfirio llegó a ser el “Señor Presidente”.

     Porque si, aunque te resulte un poco difícil de creer, lector mío, en ese primer acercamiento al poder, Porfirio, aun siendo el “Señor Presidente”, aun no era el “Don Porfirio” que después conocería México.  Su primer cuatrienio como presidente de la República, apenas fue un ensayo prefigurando, a duras penas, lo que vendría después de 1884. Antes que Don Porfirio llegará finalmente a ocupar la famosa silla, símbolo del poder presidencial mexicano -así como en las monarquías lo es la corona-, tuvo que sentarse en ella su compadre Manuel González a quien no le fue muy bien que digamos ya que los ánimos seguían sin apaciguarse y con medidas como el famoso asunto de las monedas de níquel que causó un verdadero escándalo dentro de la sociedad mexicana - que aun no se entendía bien como iba eso de las devaluaciones-, salió más que raspado mientras la sociedad clamaba el retorno del hombre fuerte que los iba sacar de todos sus problemas. Y ahora sí, a partir de 1884, Don Porfirio entra en escena completamente metamorfoseado en el salvador de México. Tenía ya casi 55 años y no se levantaría de la silla hasta que la Revolución de 1910 lo levantó de un golpe, y muy a su pesar, siendo ya un anciano de 80 años. Entre los 55 y los 80, gozó y detentó un poder casi omnímodo que lo hacía sentirse el Padre de México. Si, adivino tu gesto, caro lector mío, pero así fueron las cosas. Porfirio, Don Porfirio, marcó toda una época a la que, como en el caso de la longeva reina de Inglaterra, dio su nombre. Hablar en México del Porfiriato es evocar al último cuarto del siglo XIX y la primera década del convulso siglo XX con todas sus luces y todas sus sombras. Evocar a una modernización dependiente y trunca que llevó a la sociedad mexicana a la más obscena de las desigualdades sociales.  Evocar el costo de un progreso que enriqueció, de una manera insultante, a unas cuantas familias protegidas por el régimen mientras el resto de la población apenas subsistía de manera bastante precaria. Sus luces consistieron en ubicar a México como nación en vías de un desarrollo que prometía alcanzar el tan deseado progreso al nivel de las naciones más poderosas de Occidente. Sus sombras fueron evidenciándose y alargándose cada vez más conforme Porfirio se reelegía, una y otra vez, porque él seguía siendo el hombre fuerte de México. La década de 1880 fue la de la esperanza de que las cosas podían e iban a cambiar para mejor. La de 1890 fue la de la seguridad de que el progreso había llegado a México, finalmente, y se respiraba esa confianza en el futuro que empezó a enrarecerse unos años, solo unos pocos años después, del cambio de siglo. Fue cuando Porfirio cruzó la frontera de sus 70 que a México empezó a pesarle la gerontocracia que le gobernaba. Se imponía un cambio porque el mundo estaba cambiando y porque la propia sociedad mexicana lo estaba haciendo también a un ritmo que se aceleraba mientras Porfirio, en su ancianidad, no reconocía la necesidad de ese cambio. Así fue como llegó primero la entrevista concedida al periodista norteamericano Creelman en 1908 que ni siquiera se llegó a publicar en México pero que trascendió y fue como el banderazo de salida para las nuevas generaciones a las que les urgía ya brincar a la palestra política. De 1908 a 1910, año este último en el que Don Porfirio decidió no reparar en gastos para celebrar los primeros cien años de la Independencia de México, los acontecimientos se precipitaron y terminaron estrellando al “Señor Presidente” contra la evidente realidad de que México había finalmente cambiado, con o sin su anuencia, y que él ya, no solo no imponía el ritmo sino que además ya ni siquiera podía seguirlo. A las provocaciones del proceso electoral de 1910 no pudo, ni supo, como controlarlas, simplemente se impuso, como lo había hecho siempre, causando con ello la ruptura que terminó generando la conflagración que desangraría al país, de manera ininterrumpida, en los siguientes diez años. Cuando subió por la escalerilla del Ipiranga en mayo de 1911 rumbo al exilio, Don Porfirio era un anciano que cargaba sobre sus espaldas el odio y el desprecio de unas cuantas generaciones de mexicanos que habían sufrido por su perdida de contacto con una realidad que terminó por rebasarle. De 1911 a 1915 cuando murió en París el 2 de julio, Don Porfiro, el ex presidente de México, se paseó por el mundo como lo hacían entonces los monarcas destronados pensando en lo injusto que había sido ese pueblo para el que había tratado de ser como un padre bondadoso con su cariño e inflexible castigando sus faltas. Sus últimos pensamientos fueron para México.

     Hoy, cien años después, sus restos continúan exiliados en Montparnasse, París, como metáfora sublime  y rotunda de su propia vida. Hoy, cien años después, hay voces que se levantan pidiendo que se regresen sus huesos a la tierra que tanto amó, aunque fuera de una manera tan paternalista y desenfocada. Hoy, cien años después, hay quien exige que se le hagan honores de Jefe de Estado a su regreso. Pero, quien sabe, a lo mejor lleva décadas reposando en una tumba sin nombre, aquí en México, y no nos hemos enterado. Y con esto, lector mío, te dejo hasta la próxima entrega.



Dedico este texto, con todo mi cariño, a Rosario T Palacios y a su pequeño Sebastián.

2 comentarios:

Charo Palacios dijo...

Muchas gracias por la dedicatoria y por el artículo, Carmen. Desconocía mucho de lo que cuentas y me ha encantado poder ampliar mis conocimientos sobre el personaje. Un abrazo.

Carmen López y Martí dijo...

Un abrazo enorme para tí y para tu pequeño :* Me alegro que te haya gustado y que hayas conocido un poco más del personaje que tanto te impactó cuando estuviste en el Castillo :) Es más, la foto la escogí con cuidado. Espero haber acertado para ilustrar su fuerza y su dominio :)