lunes, 21 de septiembre de 2009

Página catorce: Reflexiones

Mi muy querido Lector:
De nuevo estoy frente a tus ojos para poner a tu consideración esta página cuya finalidad fundamental es la de desahogar en ella mis inquietudes más personales. Sé indulgente con su planetamiento, te lo ruego y empieza a leer con calma para que después puedas verter tus comentarios, si la lectura así te lo provoca.

Son más allá de las 12: 30 de la noche y sigo despierta. A pesar de que mañana trabajo, sigo despierta y con unas ganas locas de publicar alguna cosilla mía en la red. ¿Qué es lo que tengo que decir? Mucho y nada, al mismo tiempo. Sensaciones incomprensibles que me regresan a una época de mi vida en donde el sueño sobrepasaba a la realidad y vivía en ese mundo ideal de mi cabeza en donde todo era posible. Será que esta menopausia anunciada me regresa a mi adolescencia y vuelvo a sentir lo que, en realidad, nunca he dejado de sentir, a pesar de las depresiones y las euforias cíclicas que ha habido en mi vida. A veces me olvido que ya voy para los cincuenta y sigo viéndome, interiormente, como aquella muchacha que deseaba cambiar el mundo con sus ideas que nada tenían que ver con la realidad. Sigo enamorada de lo imposible y sigo tratando de justificar mi existencia en medio del día a día monótono y rutinario. Siempre quise ser importante, especial, conocer a la gente que hace la Historia –si, así, con mayúsculas- y convertirme en una de esas personas cuyo nombre se lee en los libros cuando buscas que sucedió en un momento histórico determinado. Sin embargo, en términos de protagonismo y fama, mi tiempo ya paso. Difícilmente se vuelve uno importante después de cumplir medio siglo de existencia; sobre todo, cuando jamás “pintó” para ser nadie. Se supone que, a mi edad, yo ya debía de haber superado todo esto y vivir conformada con mi suerte, mi momento y mi vida; pero, en el fondo, muy en el fondo, aun me rebelo a que sea así.

Me he cansado de decirlo: la vida me ha dado lo que no le pedí, mientras que aquello que siempre deseé, está relegado a la calidad de “sueños imposibles”. No formé mi familia y, finalmente, mi vocación profesional no fue más que una ilusión que nunca pudo concretarse. Mis sueños se enranciaron y ya no me sirven tal y como están; sin embargo, me resisto a deshacerme de ellos porque forman parte de lo que soy hoy como ser humano. Lo peor del caso, aquí, es que no tengo nuevos sueños que se vislumbren como metas reales proyectadas hacia el futuro –un futuro que, por otro lado, se me hace mucho menos halagüeño de lo que se me hacía cuando fui adolescente-. Hoy tengo más vida a mis espaldas de la que puedo tener frente a mí en términos de mañana. Ya pase por el ecuador de mi existencia. No sé cuando pasó eso, pero sé que ya fue. Trató de ser optimista y me digo que no tengo porque entristecerme por lo inevitable. Ya fui joven y solo me queda adaptarme a mis nuevas circunstancias, ciertamente. ¿Volvería vivir todo igual tal y como lo viví?... No sé. Si supiera acerca de mi suerte previamente, quizá me aventuraría a tomar otras decisiones. Si no lo supiera, creo que si volvería a vivir mi vida tal cual sin cambiar nada. No estoy arrepentida de no haber sido “noviera”, por ejemplo. A estas alturas del partido, sigo considerando a la pareja como algo muy serio y sigo pensando que, para formar una familia bien constituida, firme y sólida, no se necesita experimentar la variedad, solo escoger bien y, por supuesto, saber escoger. Uno de mis sueños fue el de tener mi familia, si; pero, no se trataba de hacerla al aventón para que te saliera “eso” que siempre desee evitar. También desee encontrar o tropezarme con el hombre de mi vida, lo sé; pero escogí mal y no fui correspondida. No, no estoy arrepentida de haber llegado hasta aquí como lo he hecho, solo me hubiera gustado escoger bien y poder vivir el amor como siempre desee. Quise una carrera que se me negó, aunque al principio parecía que se me iba dar sin problemas, ni obstáculos. Creo que fui muy optimista al pensarlo. Uno propone y la vida dispone sin que podamos hacer nada para variar el resultado. Bueno, sí, podemos aceptar lo que se nos da y vivir contento con ello aunque no sea exactamente lo que pedimos o lo que quisimos para nosotros en realidad. Esta es una lección que aun tengo que aprender y que me está costando horrores porque, para mí, todo el mundo tiene lo que quiere o lo que desea, aunque reconozco que esa no es una verdad rotunda, ni exacta.

¿Por qué estoy escribiendo, una vez más, lo que me causa tanto dolor sobre lo que pudo ser y no fue en mi vida? Porque no deja de ser un intento, después de todo, de tratar de controlar mi desasosiego por esa falta de tiempo que no deja de ser una realidad para mí. Es cierto que me he dedicado más a dolerme por lo que no tiene remedio, que a buscarle una solución a todo eso que inmoviliza mi vida. Como bien me lo ha dicho cantidad de gente a lo largo de mi vida: “Perfecto, ya detectaste el problema. Ahora, ¿cómo lo solucionarás?”… Tengo ganas de que, en efecto, pueda hallar la solución que ansío a mi disgusto por no haber concretado ese mapa de vida que diseñé para mí en mi adolescencia. Tengo ganas de que lo que yo me prometí a mi misma que sería, de la manera en como yo lo vislumbre, no me siga pesando como una losa en mi ánimo diciéndome que mi vida no tuvo sentido sencillamente porque lo que yo soñé y desee para mí, ya no fue. Tengo ganas de demostrarme a mi misma que lo que me queda de vida, mucho o poco, es tan valioso como lo fue en su momento esos planes y proyecto que impulsaron mi existencia en el pasado, aun sin llegar a cumplirse. Siempre me he dicho, desde que soy niña, que mientras hay vida hay esperanza y que lo que quedó sin realizarse hoy, puede realizarse mañana, o al día siguiente, si realmente tienes ganas de que se cumpla. Siempre he tratado de hacer las cosas como deben de ser, siguiendo las reglas, cumpliendo con lo que se debe de cumplir para no equivocarme. Hoy sé que nadie que se precie de ser humano puede decir que no metió las patas, aunque sea una vez en su vida, y que tuvo que pagar el precio correspondiente de semejante aprendizaje. Hoy asumo que no quise aprender de la manera fácil y que eso también llevó implícito un precio que es el que me causa toda esta sensación de pérdida y dolor. No se trata de no pensar, de no razonar frente a la experiencia, de lanzarse con los ojos vendados para ver que es lo que sale, bueno o malo. No tengo el gen del riesgo y no me gusta la sensación de inseguridad que me provoca el vivir así. Siempre quise saber, más allá de los límites permitidos, que podía pasar si hacía tal o cual cosa, para poder decidir mejor y evitar así experiencias innecesarias. Nunca me gustó dar paso sin “huarache” y, contra todo pronóstico, me gustó siempre tener el control de mis propias circunstancias. Ahora sé que no siempre se puede actuar así y que, aun cuando nos resistimos a tomar ciertas decisiones, la vida nos empuja a tomarlas sin que podamos pensarlo demasiado. A veces la jugada sale a pedir de boca pero, en otras ocasiones, terminamos llorando nuestro inevitable error.

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